Luis Enríquez Travezaño
El fascismo acriollado encanta. Encantó a la mayoría de los peruanos
en la elección presidencial de 1995, y a una gran parte de ellos en la del 2011
(la elección de 1990, que viene ser la
primera que ganó el fujimorismo, no fue sólo el resultado del apoyo prístino y
lúdico obtenido sino que a este se aunó la emboscada que le tendieron, y que
fue determinante para la victoria de Alberto Fujimori, el aprismo y las
izquierdas a Mario Vargas Llosa, boicoteando su candidatura, y en la elección
del 2000, la tercera que ganó Alberto, existieron suficientes indicios de
fraude que deslegitimaron dicho proceso, de tal forma que en noviembre de ese
mismo año Alberto huye del país, renuncia desde Japón, Valentín Paniagua asume
como gobernante de transición, y se convoca elecciones para el 2001), a los
poderes fácticos y mediáticos, a Steven Levitsky y Fernando Rospigliosi, y a
Ollanta Humala.
El fujimorismo encantó al pueblo peruano. Embelesó a los electores
peruanos en 1995 y 2011, y estos, al darle su respaldo, legitimaron al fascismo
(definición de Mario Vargas Llosa) acriollado (agrego, para diferenciarlo del
viejo fascismo europeo y latinoamericano. El nacional tiene características
particulares).
Aunque sería injusto no tomar en cuenta el contexto de 1995 (auge
de la creación mítica fujimorista: derrota del terrorismo e inicio del progreso
económico), no se puede negar el hecho de que, en dicha elección, se legitimó,
con la anuencia de la mayoría de los peruanos, definitivamente el golpe de Estado
de 1992 (año en el cual se inició aquel proceso con la conformación del
Congreso Constituyente Democrático y, un año más tarde, con la aprobación de la
nueva constitución), y el modelo antidemocrático de desarrollo instituido.
Si la elección de 1995 es, hasta cierto punto, comprensible por la
situación (paz, luego de una década trágica provocada por la rebelión de
Sendero Luminoso y la respuesta del órgano militar y policial represor del Estado,
estabilidad económica, luego de la crisis extrema causada por el gobierno de
Alan García, y desconocimiento de los actos delictivos que ya se habían
cometido y de los que se iban a cometer), la elección del 2011 no tiene
parangón.
A pesar del público conocimiento de todas las transgresiones del
fascismo acriollado como gobierno, desde la destrucción de la democracia hasta
la devastación moral del país, su principal representante en prisión, y saberse
que como movimiento político encarna una opción autoritaria, 48% del electorado
le brindó su respaldo, legitimando así, nuevamente, al fujimorismo como fuerza
política ante la sociedad.
Pero, a diferencia de 1995, cuya legitimidad obtenida fue producto
de su masivo apoyo popular a sus políticas, en 2011 lo hizo por entre los
poderes fácticos y mediáticos, los cuales utilizaron todos los recursos que le
fueron posibles para dar apertura a un segundo fujimorismo, y así evitar
también el triunfo del reformismo (hasta ese momento) nacionalista. Si bien no lograron
su objetivo principal (en lo que seguramente será recordado como una jugada
maestra del ajedrez electoral nacional, los asesores de Ollanta aprovecharon el
debate, que se efectuó una semana antes del segundo sufragio y así provocar un
mayor impacto, para lanzar la denuncia sobre el caso de las esterilizaciones
forzadas llevadas a cabo por la dictadura, de la cual fue Primera Dama la
candidata fujimorista en competencia, quien hasta ese momento lideraba las
preferencias electorales. Este movimiento no sólo conmocionó a la opinión
pública, sino también jaqueó al fascismo
y le significó la victoria al nacionalismo), su tarea de legitimización
política y social del fascismo acriollado tuvo éxito. Para tal logro fue clave
el apoyo que le brindaron, en su gran mayoría, como instrumentos vinculantes
con la sociedad, los canales de televisión y radio, la prensa escrita, el
gobierno de turno, los empresarios, las derechas políticas, personajes famosos del medio farandulero y
deportivo local.
Y los intelectuales.
A Steven Levitsky el fujimorismo no lo encantó. Lo engañó. Le hizo
creer que es el aprismo del siglo xxi (tesis, compartida por Carlos Meléndez,
expuesta en una entrevista para un programa de televisión durante la coyuntura
electoral de 2011. En los artículos sobre el fujimorismo atenuara esta
afirmación, así como lo hará con otras sugeridas en los mismos). Como lo
mencioné en Los Herederos (Bloch Jones,
7 de mayo de 2012), tal comparación es un despropósito.
El fascismo acriollado también le hizo creer que es ideológico, místico,
militante, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la
democracia (tesis planteadas en los artículos, publicados en el diario La República:
La Derecha y la Democracia, 5 de
febrero de 2012, Construcción de Partidos
y la Paradoja del Fujimorismo, 19 de febrero de 2012, Los Dilemas del Fujimorismo, 4 de marzo de 2012).
El fujimorismo ideológico no existe como un conjunto de ideas por
su cultura caudillista y pragmática.
Todo se reduce al líder. Durante la elección de 2011, el discurso público de
Keiko Fujimori estaba relacionado directamente con su padre (evocación,
reivindicación, y deseo de liberación). El mito fujimorista, lo que Steven considera
el cimento ideológico: la victoria sobre Sendero Luminoso, la “persecución” al
líder y, a los cuales añado, el progreso económico, está unido al proceder, la
“genialidad”, y el sufrimiento del caudillo.
El fujimorismo místico es una tradición inventada no exclusiva.
Todas las agrupaciones políticas, desde su propia perspectiva histórica, tienen
mística. Acción Popular tiene mística, al igual que el Partido Popular Cristiano,
y mucho más aún los partidos comunista y aprista. Hasta un novel Perú Posible podría
reclamar mística, construirla, en fin, imaginarla.
El fujimorismo militante es inestable en sus bases sociales
cimentadas con políticas asistencialistas. Si estas políticas son redirigidas
por un nuevo caudillo, el basamento social del fujimorismo se perdería. La
eliminación del Programa Nacional de Asistencia alimentaria, Pronaa, y la
creación de Qali Warma, al parecer, van en este sentido.
El fujimorismo como posible partido que fortalezca la democracia
es un absurdo. El fujimorismo es anti-partido, fue concebido como tal, es su
naturaleza, casi su razón de existir,
por su cultura, al igual que en el supuesto ideológico, caudillista y
pragmática. No podría fortalecer la democracia por su esencia antidemocrática.
La democratización del fujimorismo significaría su desaparición.
El fujimorismo sin Fujimori no existe.
No tiene una identidad, un nombre propio, nunca lo ha tenido, que
no esté vinculado con Alberto. No gana elecciones (Martha Chávez en la elección
presidencial de 2006 sólo obtuvo 7%, con lo cual ni siquiera logró alcanzar el
promedio del voto fujimorista: 20%, promedio que, dicho sea de paso, le bastó a
Keiko para disputar la segunda vuelta del último curso electoral), ni
legitimidad social (se puede pensar que quien obtuvo la legitimización en 2011
fue Keiko, y no Alberto. Es más, algunos analistas observaron cualidades de
buena candidata, presidenciable, en ella. En realidad quien logró legitimar al
fascismo acriollado no fue Keiko, fue Fujimori. Lo simbólico. Si Keiko se
apellidaría Raffo, Cuculiza, Salgado, Montesinos, Cipriani, Alcorta, o Bayly,
lo más probable es que no hubiera tenido éxito).
El caso de Steven no es uno de simpatías ni de subjetividades
analíticas (él mismo se encargó de aclararlo en el artículo: Los Dilemas del Fujimorismo), tampoco
de desconocimiento del tema (politólogo estadounidense que desde hace muchos
años atrás estudia la realidad nacional y el fenómeno fujimorista-él y Lucan Way
le dieron un enfoque particular al gobierno de Alberto denominándolo, para
diferenciarlo de otros sucesos análogos: Autoritarismo
Competitivo),ni mucho menos, claro está, de falta de capacidad, la cual es
indudable por sus conocimientos y su prestigio.
Es simplemente, considero, una apreciación desacertada.
Por el contrario, a Fernando Rospigliosi el fujimorismo no lo
engañó. Lo encantó. Sólo así se puede explicar su artículo: Sin Montesinos (La República, 8 de mayo de
2011), en el cual fundamentó las razones por las cuales Keiko sería una
alternativa a considerar.
El artículo es una toma de posición. Una de las muchas que se
dieron durante el contexto electoral. Al igual que Fernando, Mario Vargas Llosa
lo hizo con: Retorno a la Dictadura, no (El País, 24 de abril de 2011), o
César Hildebrandt con: Votar por Humala
(Hildebrandt en sus Trece, 3 de junio de 2011). Pero, a diferencia de aquel,
Mario y César lo hicieron por principios y con razones sólidas. Las razones de
Fernando fueron inconsistentes (argüir, en síntesis, que Keiko no representaba
al fascismo acriollado, no es argumentar. Es mentir, por cálculo político. Sólo
alguien con un absoluto desconocimiento del tema referido podría haber hecho
tal afirmación con convicción. Fernando no es una de esas personas), y sus
principios olvidados (debes olvidarte de tus principios y de tu integridad como
persona, como profesional, como intelectual, como demócrata, para apoyar a la
agrupación política que destruyó al país y que cometió toda una serie de
delitos en los cuales también está involucrada la hija de Alberto).
Sin Montesinos
es político y panfletario. Analíticamente subjetivo. Expresa los deseos conscientes
e inconscientes del autor, y su mentalidad. El artículo es casi una mala ficción.
Casi, porque en la parte final, refiriéndose a Ollanta (en realidad la cita
refiere un engaño muy distinto al que se iba a perpetrar. Es un presagio
involuntario), escribe lo siguiente: “Se ha disfrazado para aparentar algo que
no es.”
Y tenía razón.
El fujimorismo está encantando a Ollanta Humala. Su gobierno se
está acercando peligrosamente al fascismo. Criminaliza y reprime con violencia
la protesta social y ciudadana, representa y defiende los intereses de los
poderes fácticos y económicos.
Atenta contra la democracia.
Analistas diversos muestran su preocupación por el hecho de que
Ollanta se “parezca”, día a día, cada vez más a Alberto, y temen un golpe de Estado
como el de 1992. Sinesio López les responde que éste sería innecesario por
redundante. Las derechas, según él, ya han ejecutado un “golpe blanco” y han
tomado el poder (Sicarios Ayer y
Turiferarios Hoy, La República, 17 de junio de 2012). Discrepo con ambas
hipótesis. Comparar la situación de 1992 con la actual, sin tomar en cuenta las
situaciones históricas, es una equivocación. Y proponer, con razón, un “golpe
blanco” de las derechas, es soslayar responsabilidades propias y ajenas.
El que ha vulnerado la, ya de por sí frágil, democracia es
Ollanta.
El incumplimiento, y olvido, de sus promesas electorales
transgrede la democracia. Por supuesto que las derechas también son
responsables de éste atentado. Los representantes del poder económico, y sus operadores
mediáticos, lo propiciaron y alentaron. Hacer esto, es demostrar que a ellas no
les interesa la democracia. Pero, el que decidió y consumó esta contravención,
desmontando la puesta en escena de su campaña electoral, fue Ollanta.
Y los que lo ayudaron a vulnerar la democracia fueron las
izquierdas.
Estas (Ciudadanos por el Cambio, de la que es parte Sinesio, fue
la principal agrupación que refrendó a Humala), como herramienta política del
nacionalismo plebiscitario, a estas alturas ya defenestradas del nacionalismo
gobernante, son responsables por pragmatismo. Éste los indujo apostar por un
advenedizo, por su capital socio-electoral, en vez de hacerlo por la
construcción de un proyecto político propio de corto (circunstancial,
plebiscitario) y largo (institucional) plazo. Esta malhadada aventura los ha
obligado esbozar un proyecto político unitario, inspirado en el Frente Amplio
uruguayo, por el momento indefinido y, según Levitsky, caracterizando a las
izquierdas nacionales, sin fortaleza, débil: “Como ha señalado Eduardo Dargent,
la izquierda peruana es muy débil. De hecho, es una de las más débiles de
América Latina (junto con Guatemala, Panamá y Paraguay). Los partidos de
izquierda son casi inexistentes.”(El
Fantasma de la Izquierda, La República, 24 de junio de 2012). Por su parte,
César Hildebrandt propone sin entusiasmo ni fe, como primer paso antes de
intentar construir un proyecto, la autocrítica (Patada en el Culo, Hildebrandt en sus Trece, 27 de enero de 2012).
Adhiero y estoy de acuerdo con ambas apreciaciones. Con lo único que estoy en
desacuerdo es que se siga nombrando partido a los que no lo son. Partido, en el
escenario nacional, no es un nombre propio, es un apodo. Un alias. Los partidos
políticos, como instituciones, en el Perú, sencillamente, no existen.
Políticos, empresarios, periodistas, ayayeros varios, del fascismo
acriollado, engatusan a Ollanta y, desde que “Conga va” (palabras emblemáticas
que significaron el viraje del gobierno hacia la derecha, y por las cuales
personajes como Aldo Mariátegui, Cecilia Valenzuela, Cecilia Blume, más que opositores acérrimos, enemigos no
declarados de Ollanta hasta antes de ser pronunciadas, le brindaran su apoyo y
sus halagos), él está fascinado.
Heredero de Alan (Los Herederos), encantado por Alberto (encanto limitado.
Humala tiene sus propios apetitos. Por el momento ha empezado a crear los
aparatos de asistencia social que le permitan establecer relaciones
clientelares con los sectores populares), Ollanta es el reflejo del Perú.
Es el espejo de una ficción kafkiana.
Estamos atrapados en una novela de Kafka. Fascistas legitimados
por el poder y la sociedad política (derechas) y ciudadana (el Perú “incluido”,
la “mitad” del país), intelectuales, consciente o inconscientemente, al
servicio de aquellos, un presidente, que engañó a propios y ajenos, y tal vez
hasta a él mismo, con falsas promesas de cambio (la gran transformación pasó a
ser, post Conga y nombramiento de Óscar Valdés como Premier, una gran estafa adornada
con la hoja de ruta), enajenado por el fujimorismo, todos reunidos en un país
cuya realidad a la vez que indica una aparente modernidad (pensar en esto, cuando
los pilares de un país moderno, que son la educación y la salud, están en
crisis permanente, cuando las instituciones públicas son precarias, cuando un
tercio de la población vive en pobreza y pobreza extrema, cuando sus
gobernantes vulneran la democracia y los derechos humanos, laborales, y
sociales, de sus gobernados, cuando la desigualdad, la discriminación, el
racismo, la injusticia, la corrupción, la inmoralidad, imperan en las
relaciones sociales en sus ámbitos público y privado, es una paradoja), y progreso
económico (excluyente, que sólo beneficia al Perú “incluido”. El término, en
política, inclusión, en parte gracias al gobierno nacionalista que lo ha
desvirtuado, se puede prestar a confusión. El Perú excluido no busca ser
incluido. Busca ser respetado. El ideal es, o debería serlo, sin incluidos ni
excluidos, la igualdad), también anacronismo e inercia cultural y mental,
podría ser una ficción, sombría y genial como El Proceso, escrita por Franz. Lo infausto es que no es una ficción.
Es la realidad peruana.
Peruanos exigen (a veces con formas inadecuadas y grotescas) una
minería responsable con el medio ambiente y respetuosa de los derechos de las
personas, y otros peruanos les responden que eso es detener el progreso y la
marcha inexorable hacia el primer mundo (lo cual me hace recordar a las
izquierdas del siglo xx que pensaban lo mismo del socialismo). Peruanos exigen
que se respeten la vida y las diferencias culturales y de pensamiento, y otros
peruanos reclaman represión, sin importar que esta pueda llegar a ser brutal y
asesina (17 muertos por protestar, denuncias de tortura y agresión física y
psicológica contra manifestantes anti-Conga y activistas pro derechos humanos
en Cajamarca, violencia desmedida, normada en el segundo gobierno de García, contra
protestantes en Espinar), de toda diferencia. Peruanos exigen que se respete el
derecho a la protesta política y ciudadana y al diálogo, otros peruanos
exhortan la cárcel para los disidentes y la imposición para los discrepantes
(para que exista una verdadera voluntad de diálogo en Cajamarca, o en Espinar,
lo primero que debe hacerse es reconocer a los otros como iguales, como
peruanos. Identificarse con ellos. A los cajamarquinos que se oponen a Conga,
los que están a favor del mismo –las derechas políticas y sociales, los poderes
fácticos, económicos y mediáticos- los perciben como diferentes, extranjeros,
enemigos a los que se tiene que abatir. No les importan sus derechos ni sus
pareceres). Peruanos exigen justicia, otros peruanos les responden que eso es
subversión. Peruanos exigen un país diferente, otros peruanos les responden que
eso es imposible.
No lo es.
El país encantado por el fujimorismo es el espejo de la ficción
kafkiana. Pero este lúgubre encanto puede romperse.
Con alegría y felicidad.
No pienso, por supuesto, que estas por sí solas puedan quebrar
esta oscuridad. Eso sí es imposible. Creerlo sería una ingenuidad, decirlo una
banalidad, y escribirlo un eslogan. Ellas son sólo el preámbulo de un poema de
Mario Benedetti, el bosquejo del sueño de Julio Cortázar.
El umbral de la esperanza de Albert Camus.
La alegría, tal como la defiende Mario de pasmos y pesadillas,
miserias y miserables, ingenuos y canallas, tal como la entiende Julio, la
supresión de toda humillación y dolor, explotación y alienación, distancia y mutilación,
para llegar a ser nosotros mismos, y la felicidad, tal como la reivindica
Albert bregando por la justicia y la libertad, el arte y la cultura, la verdad
y la solidaridad, son sólo el preludio.
Lima, junio de 2012.