miércoles, 11 de julio de 2012

EL ENCANTO DEL FUJIMORISMO

Luis Enríquez Travezaño

El fascismo acriollado encanta. Encantó a la mayoría de los peruanos en la elección presidencial de 1995, y a una gran parte de ellos en la del 2011 (la elección de 1990, que viene  ser la primera que ganó el fujimorismo, no fue sólo el resultado del apoyo prístino y lúdico obtenido sino que a este se aunó la emboscada que le tendieron, y que fue determinante para la victoria de Alberto Fujimori, el aprismo y las izquierdas a Mario Vargas Llosa, boicoteando su candidatura, y en la elección del 2000, la tercera que ganó Alberto, existieron suficientes indicios de fraude que deslegitimaron dicho proceso, de tal forma que en noviembre de ese mismo año Alberto huye del país, renuncia desde Japón, Valentín Paniagua asume como gobernante de transición, y se convoca elecciones para el 2001), a los poderes fácticos y mediáticos, a Steven Levitsky y Fernando Rospigliosi, y a Ollanta Humala.

El fujimorismo encantó al pueblo peruano. Embelesó a los electores peruanos en 1995 y 2011, y estos, al darle su respaldo, legitimaron al fascismo (definición de Mario Vargas Llosa) acriollado (agrego, para diferenciarlo del viejo fascismo europeo y latinoamericano. El nacional tiene características particulares).
Aunque sería injusto no tomar en cuenta el contexto de 1995 (auge de la creación mítica fujimorista: derrota del terrorismo e inicio del progreso económico), no se puede negar el hecho de que, en dicha elección, se legitimó, con la anuencia de la mayoría de los peruanos, definitivamente el golpe de Estado de 1992 (año en el cual se inició aquel proceso con la conformación del Congreso Constituyente Democrático y, un año más tarde, con la aprobación de la nueva constitución), y el modelo antidemocrático de desarrollo instituido.
Si la elección de 1995 es, hasta cierto punto, comprensible por la situación (paz, luego de una década trágica provocada por la rebelión de Sendero Luminoso y la respuesta del órgano militar y policial represor del Estado, estabilidad económica, luego de la crisis extrema causada por el gobierno de Alan García, y desconocimiento de los actos delictivos que ya se habían cometido y de los que se iban a cometer), la elección del 2011 no tiene parangón.
A pesar del público conocimiento de todas las transgresiones del fascismo acriollado como gobierno, desde la destrucción de la democracia hasta la devastación moral del país, su principal representante en prisión, y saberse que como movimiento político encarna una opción autoritaria, 48% del electorado le brindó su respaldo, legitimando así, nuevamente, al fujimorismo como fuerza política ante la sociedad.
Pero, a diferencia de 1995, cuya legitimidad obtenida fue producto de su masivo apoyo popular a sus políticas, en 2011 lo hizo por entre los poderes fácticos y mediáticos, los cuales utilizaron todos los recursos que le fueron posibles para dar apertura a un segundo fujimorismo, y así evitar también el triunfo del reformismo (hasta ese momento) nacionalista. Si bien no lograron su objetivo principal (en lo que seguramente será recordado como una jugada maestra del ajedrez electoral nacional, los asesores de Ollanta aprovecharon el debate, que se efectuó una semana antes del segundo sufragio y así provocar un mayor impacto, para lanzar la denuncia sobre el caso de las esterilizaciones forzadas llevadas a cabo por la dictadura, de la cual fue Primera Dama la candidata fujimorista en competencia, quien hasta ese momento lideraba las preferencias electorales. Este movimiento no sólo conmocionó a la opinión pública, sino también  jaqueó al fascismo y le significó la victoria al nacionalismo), su tarea de legitimización política y social del fascismo acriollado tuvo éxito. Para tal logro fue clave el apoyo que le brindaron, en su gran mayoría, como instrumentos vinculantes con la sociedad, los canales de televisión y radio, la prensa escrita, el gobierno de turno, los empresarios, las derechas políticas,  personajes famosos del medio farandulero y deportivo local.
Y los intelectuales.

A Steven Levitsky el fujimorismo no lo encantó. Lo engañó. Le hizo creer que es el aprismo del siglo xxi (tesis, compartida por Carlos Meléndez, expuesta en una entrevista para un programa de televisión durante la coyuntura electoral de 2011. En los artículos sobre el fujimorismo atenuara esta afirmación, así como lo hará con otras sugeridas en los mismos). Como lo mencioné en Los Herederos (Bloch Jones, 7 de mayo de 2012), tal comparación es un despropósito.
El fascismo acriollado también le hizo creer que es ideológico, místico, militante, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la democracia (tesis planteadas en los artículos, publicados en el diario La República: La Derecha y la Democracia, 5 de febrero de 2012, Construcción de Partidos y la Paradoja del Fujimorismo, 19 de febrero de 2012, Los Dilemas del Fujimorismo, 4 de marzo de 2012).
El fujimorismo ideológico no existe como un conjunto de ideas por su cultura caudillista y  pragmática. Todo se reduce al líder. Durante la elección de 2011, el discurso público de Keiko Fujimori estaba relacionado directamente con su padre (evocación, reivindicación, y deseo de liberación). El mito fujimorista, lo que Steven considera el cimento ideológico: la victoria sobre Sendero Luminoso, la “persecución” al líder y, a los cuales añado, el progreso económico, está unido al proceder, la “genialidad”, y el sufrimiento del caudillo.
El fujimorismo místico es una tradición inventada no exclusiva. Todas las agrupaciones políticas, desde su propia perspectiva histórica, tienen mística. Acción Popular tiene mística, al igual que el Partido Popular Cristiano, y mucho más aún los partidos comunista y aprista. Hasta un novel Perú Posible podría reclamar mística, construirla, en fin, imaginarla.
El fujimorismo militante es inestable en sus bases sociales cimentadas con políticas asistencialistas. Si estas políticas son redirigidas por un nuevo caudillo, el basamento social del fujimorismo se perdería. La eliminación del Programa Nacional de Asistencia alimentaria, Pronaa, y la creación de Qali Warma, al parecer, van en este sentido.
El fujimorismo como posible partido que fortalezca la democracia es un absurdo. El fujimorismo es anti-partido, fue concebido como tal, es su naturaleza,  casi su razón de existir, por su cultura, al igual que en el supuesto ideológico, caudillista y pragmática. No podría fortalecer la democracia por su esencia antidemocrática. La democratización del fujimorismo significaría su desaparición.
El fujimorismo sin Fujimori no existe.
No tiene una identidad, un nombre propio, nunca lo ha tenido, que no esté vinculado con Alberto. No gana elecciones (Martha Chávez en la elección presidencial de 2006 sólo obtuvo 7%, con lo cual ni siquiera logró alcanzar el promedio del voto fujimorista: 20%, promedio que, dicho sea de paso, le bastó a Keiko para disputar la segunda vuelta del último curso electoral), ni legitimidad social (se puede pensar que quien obtuvo la legitimización en 2011 fue Keiko, y no Alberto. Es más, algunos analistas observaron cualidades de buena candidata, presidenciable, en ella. En realidad quien logró legitimar al fascismo acriollado no fue Keiko, fue Fujimori. Lo simbólico. Si Keiko se apellidaría Raffo, Cuculiza, Salgado, Montesinos, Cipriani, Alcorta, o Bayly, lo más probable es que no hubiera tenido éxito).
El caso de Steven no es uno de simpatías ni de subjetividades analíticas (él mismo se encargó de aclararlo en el artículo: Los Dilemas del Fujimorismo), tampoco de desconocimiento del tema (politólogo estadounidense que desde hace muchos años atrás estudia la realidad nacional y el fenómeno fujimorista-él y Lucan Way le dieron un enfoque particular al gobierno de Alberto denominándolo, para diferenciarlo de otros sucesos análogos: Autoritarismo Competitivo),ni mucho menos, claro está, de falta de capacidad, la cual es indudable por sus conocimientos y su prestigio.
Es simplemente, considero, una apreciación desacertada.
Por el contrario, a Fernando Rospigliosi el fujimorismo no lo engañó. Lo encantó. Sólo así se puede explicar su artículo: Sin Montesinos (La República, 8 de mayo de 2011), en el cual fundamentó las razones por las cuales Keiko sería una alternativa a considerar.
El artículo es una toma de posición. Una de las muchas que se dieron durante el contexto electoral. Al igual que Fernando, Mario Vargas Llosa lo hizo con: Retorno a la Dictadura, no (El País, 24 de abril de 2011), o César Hildebrandt con: Votar por Humala (Hildebrandt en sus Trece, 3 de junio de 2011). Pero, a diferencia de aquel, Mario y César lo hicieron por principios y con razones sólidas. Las razones de Fernando fueron inconsistentes (argüir, en síntesis, que Keiko no representaba al fascismo acriollado, no es argumentar. Es mentir, por cálculo político. Sólo alguien con un absoluto desconocimiento del tema referido podría haber hecho tal afirmación con convicción. Fernando no es una de esas personas), y sus principios olvidados (debes olvidarte de tus principios y de tu integridad como persona, como profesional, como intelectual, como demócrata, para apoyar a la agrupación política que destruyó al país y que cometió toda una serie de delitos en los cuales también está involucrada la hija de Alberto).
Sin Montesinos es político y panfletario. Analíticamente subjetivo. Expresa los deseos conscientes e inconscientes del autor, y su mentalidad. El artículo es casi una mala ficción. Casi, porque en la parte final, refiriéndose a Ollanta (en realidad la cita refiere un engaño muy distinto al que se iba a perpetrar. Es un presagio involuntario), escribe lo siguiente: “Se ha disfrazado para aparentar algo que no es.”
Y tenía razón.

El fujimorismo está encantando a Ollanta Humala. Su gobierno se está acercando peligrosamente al fascismo. Criminaliza y reprime con violencia la protesta social y ciudadana, representa y defiende los intereses de los poderes fácticos y económicos.
Atenta contra la democracia.
Analistas diversos muestran su preocupación por el hecho de que Ollanta se “parezca”, día a día, cada vez más a Alberto, y temen un golpe de Estado como el de 1992. Sinesio López les responde que éste sería innecesario por redundante. Las derechas, según él, ya han ejecutado un “golpe blanco” y han tomado el poder (Sicarios Ayer y Turiferarios Hoy, La República, 17 de junio de 2012). Discrepo con ambas hipótesis. Comparar la situación de 1992 con la actual, sin tomar en cuenta las situaciones históricas, es una equivocación. Y proponer, con razón, un “golpe blanco” de las derechas, es soslayar responsabilidades propias y ajenas.
El que ha vulnerado la, ya de por sí frágil, democracia es Ollanta.
El incumplimiento, y olvido, de sus promesas electorales transgrede la democracia. Por supuesto que las derechas también son responsables de éste atentado. Los representantes del poder económico, y sus operadores mediáticos, lo propiciaron y alentaron. Hacer esto, es demostrar que a ellas no les interesa la democracia. Pero, el que decidió y consumó esta contravención, desmontando la puesta en escena de su campaña electoral, fue Ollanta.
Y los que lo ayudaron a vulnerar la democracia fueron las izquierdas.
Estas (Ciudadanos por el Cambio, de la que es parte Sinesio, fue la principal agrupación que refrendó a Humala), como herramienta política del nacionalismo plebiscitario, a estas alturas ya defenestradas del nacionalismo gobernante, son responsables por pragmatismo. Éste los indujo apostar por un advenedizo, por su capital socio-electoral, en vez de hacerlo por la construcción de un proyecto político propio de corto (circunstancial, plebiscitario) y largo (institucional) plazo. Esta malhadada aventura los ha obligado esbozar un proyecto político unitario, inspirado en el Frente Amplio uruguayo, por el momento indefinido y, según Levitsky, caracterizando a las izquierdas nacionales, sin fortaleza, débil: “Como ha señalado Eduardo Dargent, la izquierda peruana es muy débil. De hecho, es una de las más débiles de América Latina (junto con Guatemala, Panamá y Paraguay). Los partidos de izquierda son casi inexistentes.”(El Fantasma de la Izquierda, La República, 24 de junio de 2012). Por su parte, César Hildebrandt propone sin entusiasmo ni fe, como primer paso antes de intentar construir un proyecto, la autocrítica (Patada en el Culo, Hildebrandt en sus Trece, 27 de enero de 2012). Adhiero y estoy de acuerdo con ambas apreciaciones. Con lo único que estoy en desacuerdo es que se siga nombrando partido a los que no lo son. Partido, en el escenario nacional, no es un nombre propio, es un apodo. Un alias. Los partidos políticos, como instituciones, en el Perú, sencillamente, no existen.
Políticos, empresarios, periodistas, ayayeros varios, del fascismo acriollado, engatusan a Ollanta y, desde que “Conga va” (palabras emblemáticas que significaron el viraje del gobierno hacia la derecha, y por las cuales personajes como Aldo Mariátegui, Cecilia Valenzuela, Cecilia Blume,  más que opositores acérrimos, enemigos no declarados de Ollanta hasta antes de ser pronunciadas, le brindaran su apoyo y sus halagos), él está fascinado.
Heredero de Alan (Los Herederos),  encantado por Alberto (encanto limitado. Humala tiene sus propios apetitos. Por el momento ha empezado a crear los aparatos de asistencia social que le permitan establecer relaciones clientelares con los sectores populares), Ollanta es el reflejo del Perú.
Es el espejo de una ficción kafkiana.

Estamos atrapados en una novela de Kafka. Fascistas legitimados por el poder y la sociedad política (derechas) y ciudadana (el Perú “incluido”, la “mitad” del país), intelectuales, consciente o inconscientemente, al servicio de aquellos, un presidente, que engañó a propios y ajenos, y tal vez hasta a él mismo, con falsas promesas de cambio (la gran transformación pasó a ser, post Conga y nombramiento de Óscar Valdés como Premier, una gran estafa adornada con la hoja de ruta), enajenado por el fujimorismo, todos reunidos en un país cuya realidad a la vez que indica una aparente modernidad (pensar en esto, cuando los pilares de un país moderno, que son la educación y la salud, están en crisis permanente, cuando las instituciones públicas son precarias, cuando un tercio de la población vive en pobreza y pobreza extrema, cuando sus gobernantes vulneran la democracia y los derechos humanos, laborales, y sociales, de sus gobernados, cuando la desigualdad, la discriminación, el racismo, la injusticia, la corrupción, la inmoralidad, imperan en las relaciones sociales en sus ámbitos público y privado, es una paradoja), y progreso económico (excluyente, que sólo beneficia al Perú “incluido”. El término, en política, inclusión, en parte gracias al gobierno nacionalista que lo ha desvirtuado, se puede prestar a confusión. El Perú excluido no busca ser incluido. Busca ser respetado. El ideal es, o debería serlo, sin incluidos ni excluidos, la igualdad), también anacronismo e inercia cultural y mental, podría ser una ficción, sombría y genial como El Proceso, escrita por Franz. Lo infausto es que no es una ficción.
Es la realidad peruana.
Peruanos exigen (a veces con formas inadecuadas y grotescas) una minería responsable con el medio ambiente y respetuosa de los derechos de las personas, y otros peruanos les responden que eso es detener el progreso y la marcha inexorable hacia el primer mundo (lo cual me hace recordar a las izquierdas del siglo xx que pensaban lo mismo del socialismo). Peruanos exigen que se respeten la vida y las diferencias culturales y de pensamiento, y otros peruanos reclaman represión, sin importar que esta pueda llegar a ser brutal y asesina (17 muertos por protestar, denuncias de tortura y agresión física y psicológica contra manifestantes anti-Conga y activistas pro derechos humanos en Cajamarca, violencia desmedida, normada en el segundo gobierno de García, contra protestantes en Espinar), de toda diferencia. Peruanos exigen que se respete el derecho a la protesta política y ciudadana y al diálogo, otros peruanos exhortan la cárcel para los disidentes y la imposición para los discrepantes (para que exista una verdadera voluntad de diálogo en Cajamarca, o en Espinar, lo primero que debe hacerse es reconocer a los otros como iguales, como peruanos. Identificarse con ellos. A los cajamarquinos que se oponen a Conga, los que están a favor del mismo –las derechas políticas y sociales, los poderes fácticos, económicos y mediáticos- los perciben como diferentes, extranjeros, enemigos a los que se tiene que abatir. No les importan sus derechos ni sus pareceres). Peruanos exigen justicia, otros peruanos les responden que eso es subversión. Peruanos exigen un país diferente, otros peruanos les responden que eso es imposible.
No lo es.
El país encantado por el fujimorismo es el espejo de la ficción kafkiana. Pero este lúgubre encanto puede romperse.
Con alegría y felicidad.
No pienso, por supuesto, que estas por sí solas puedan quebrar esta oscuridad. Eso sí es imposible. Creerlo sería una ingenuidad, decirlo una banalidad, y escribirlo un eslogan. Ellas son sólo el preámbulo de un poema de Mario Benedetti, el bosquejo del sueño de Julio Cortázar.
El umbral de la esperanza de Albert Camus.
La alegría, tal como la defiende Mario de pasmos y pesadillas, miserias y miserables, ingenuos y canallas, tal como la entiende Julio, la supresión de toda humillación y dolor, explotación y alienación, distancia y mutilación, para llegar a ser nosotros mismos, y la felicidad, tal como la reivindica Albert bregando por la justicia y la libertad, el arte y la cultura, la verdad y la solidaridad, son sólo el preludio.


Lima, junio de 2012.