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jueves, 26 de noviembre de 2015

LA MISMA MISERIA

Luis Enríquez Travezaño

En poco tiempo la democracia peruana nuevamente enfrentara otra prueba que la pondrá frente a una ya vieja amenaza: el fujimorismo. A la que se aúna una verdadera tara del sistema: el alanismo que funge de aprismo desde que García se encumbró políticamente de manera práctica como el sucesor de Haya de la Torre al vencer en el interior del PAP a la facción de Andrés Townsend, y ganar las presidenciales de 1985.
En una democracia fuerte, con instituciones sólidas y reglas claras y serias y una ciudadanía consciente, informada y responsable, las candidaturas de Keiko Fujimori y Alan García no representarían un peligro. Ya desde el momento mismo de sus intenciones de postulación, estás serían moralmente condenadas, por ser personajes que desafían toda ética y toda moral y representan lo peor de la política peruana, tanto por sus antecedentes políticos, y en muchos casos sospechosos de ser cómplices de crímenes y delitos, como por sus contenidos políticos simbólicos. Empero, en una democracia endeble, institucionalmente enclenque y poco seria al momento de perfilar sus preferencias electorales, candidatos como los mencionados no sólo van a ser un problema para la institucionalidad democrática del país, sino también van a tener siempre la posibilidad de tener el apoyo de sectores de la población, que en su mayoría lo hacen de manera irresponsable (en estos casos, los electores siempre van a tener un grado de responsabilidad en tanto Alan y Keiko no son ni figuras públicas diáfanas y libres de toda sospecha y de conductas intachables, ni son una apuesta electoral nueva y atractiva. Nadie puede alegar que fue embaucado con promesas falsas o que no los conoce. Todos los peruanos mínimamente informados saben quiénes son y que representan estos sombríos actores políticos). En fin que, Keiko y Alan representan la misma miseria política y moral del país.
Empero, objetivamente se diferencian por matices. Mientras que Keiko Fujimori representa el mayor de los males y espantos para la democracia peruana, Alan se encuentra un escalón debajo. Porque mientras Keiko es la abanderada de la organización que durante los años 90 literalmente hundió al Perú en la más abyecta de las calamidades morales y políticas (además del neoliberalismo a rajatabla que instauró en el país, razón por la cual las derechas con vocación democrática se sienten un poco confundidas al tener al frente a sus ‘primos’ ideológicos que lograron lo que ellas hubieran querido hacer, el mayor legado del fujimorismo fue destruir toda noción y respeto de moral, honestidad, valores, cultura en el ámbito político y social, llevando al Perú a niveles extremos de corrupción y perversidad históricas), la candidatura de García es una mera falla del sistema y la prueba final de que el APRA no es un partido.
Una de las principales consecuencias de la dictadura fujimorista de los años 90 fue la anulación de la reelección presidencial, dado que las fuerzas políticas del autócrata de origen japonés que gobernó al país corrompieron este mecanismo para sus propios intereses (la conocida popularmente: re-reelección del año 2000; que no fue otra cosa que deformar las leyes vigentes en aquel momento para su beneficio, buscando permanecer en el poder por al menos 5 años más, de manera que aparente ser legítima ante la comunidad nacional e internacional), viciándolo ante la opinión pública una vez derrumbada la dictadura a fines del año 2000. Esto impide que se dé la reelección inmediata de un presidente (lo cual considero un error en tanto una comunidad que puede sentirse a gusto y satisfecha con su mandatario debería tener la oportunidad de darle más tiempo en la jefatura de gobierno, y a su vez permitir que el político en cuestión y su partido u asociación política en el poder tengan el tiempo de lograr plasmar, si lo tienen, su proyecto político nacional, tomando en consideración que un periodo de gobierno, que en el caso del Perú es 5 años como es sabido, siempre va a resultar insuficiente para desplegar con total eficiencia, si esa es su intención, un plan nacional de reformas, objetivos desarrollistas y de modernización. Lo que sí debería implementarse, mirándonos en el espejo del sistema político de los gringos del extremo norte de América, luego de este periodo de dos gobiernos, es el retiro definitivo del presidente saliente de las lides electorales, para evitar así tener candidatos eternos que busquen hacer negocio cada temporada electoral y de paso ayudar a fortalecer la democracia interna de los partidos nacionales, forzándolos a renovar sus cuadros y fortalecer sus instituciones). Pero no impide que el que fue presidente un periodo, pueda volver a ser candidato luego de pasada la etapa de otro gobierno, y por ende tener la oportunidad de llegar al poder de nuevo las veces que se le dé su reverenda gana. Este vacío del sistema es aprovechado por personajes como Alan García para ser los candidatos eternos de su facción política, a los que se suelen llamar partidos en el Perú. Y se suele, porque los partidos políticos en el Perú no existen.
Esta tercera candidatura de Alan, debería ya de una vez por todas acabar con el lugar común al que llegan la mayoría de los intelectuales y académicos sin distinciones ideológicas al nombrar al APRA como el único o lo que más se parece a un partido en el país. Más allá de todas las insinuaciones que ha dado a través de toda su historia, y de su organización y tradición nacional (que ya es casi una pieza de museo), la cultura de jefatura que está inoculada en las mentalidades apristas nunca le va a permitir consolidarse como partido político. Este rasgo no es nuevo; es parte de su historia, ya que Víctor Raúl fue quien lo definió con su incuestionable y longeva jefatura, que lo acompañó hasta su muerte en 1979. Hizo de su organización dependiente totalmente de una persona, de un jefe, de un caudillo, debilitando así sus propias estructuras organizativas e impidiendo su desarrollo institucional democrático. No es casualidad en la actualidad que el APRA se vea huérfano y a punto del colapso una vez que García esta fuera del panorama electoral (la última presidencial y congresal del año 2011, sin Alan de candidato, el APRA desembarcó a su candidata presidencial Mercedes Aráoz, y la hizo renunciar en beneficio del candidato de la derecha, o bien Castañeda o bien Keiko, quienes finalmente perdieron, que se enfrentara a Humala, y sólo pudo meter a 4 de sus candidatos al Congreso; en suma, un real desastre electoral). Al no ser un partido, el APRA es incapaz de presentar, interna y externamente, candidatos y alternativas diferentes que puedan ser atractivas para el electorado (los enfrentamientos de su cúpula de dirigentes y de las corrientes internas que la atraviesan, como por ejemplo es el caso de los denominados ‘cuarentones’ y ‘provincianos’, sólo definen cuotas de poder dentro de la casona de la av. Alfonso Ugarte; nadie en realidad puede discutir al líder y mucho menos alimentar tendencias que las diferencien, que las hagan únicas; el APRA en la actualidad es sólo otra asociación política de derecha, como las hay muchas, que busca llegar al poder, sin tener otro objetivo más que ese. No tiene contenido; está vacío por dentro. El mayor anhelo de su jefe y sus acompañantes es que sus nombres figuren en algún alto cargo de gobierno: presidente, ministro, congresista, y quedar como parte de la historia oficial. Y nada más. Su visión de país se reduce a lo ya existente desde los años 90, a lo que sólo creen es necesario agregarle obras de infraestructura y reproducir y aprobar leyes y ordenanzas periféricas, darle un trabajo en el Estado a todos los que los apoyaron durante la campaña, como suele suceder con todas las asociaciones políticas nacionales, y dar entrevistas a sus amigos de los medios y proclamar cuanto discurso sea necesario sobre el Perú que avanza), y todo lo que representa se reduce a la personalidad de su líder, que en este caso es el eterno candidato García.
Ahora, lo de Keiko y el fujimorismo no es una amenaza nueva, o que haya agarrado desprevenido al país. Es un proyecto que se ha venido gestando años y que pareció estar a punto de dar a luz en las presidenciales pasadas, del 2011, en las que según las encuestas del momento tuvo la ventaja hasta pocos días antes de realizarse la segunda vuelta (el cambio de rumbo de esas elecciones se logró gracias a la oportuna y astuta denuncia del entonces candidato Ollanta en el debate presidencial de la segunda vuelta, sobre las esterilizaciones forzadas durante el tiempo en el que Keiko fungía de Primera Dama de la nación en la dictadura dirigida por su padre; el golpe fue tan fuerte y tan cercano al día de las elecciones que Fujimori terminó perdiendo unos comicios que muchos creían que ya tenía ganado). Tal furor, de estar a portas de Palacio de Gobierno, a tan sólo unos metros, hizo que el fujimorismo mirara con optimismo el 2016, ya con la persona (Keiko) que los guiaría y llevaría nuevamente al poder y a la reivindicación de la dictadura de Alberto Fujimori. Y de toda la miseria y podredumbre que eso conlleva.
Actualmente, los sondeos de opinión parecen darle la razón y ya perfilan al as de espadas naranja como la ganadora, con una gran complacencia de la mayoría de los medios de comunicación y la abierta complicidad de las derechas conservadoras que ven con ilusión a la facción fujimorista nuevamente al mando del gobierno nacional. Sin embargo, sabiendo también sus operadores políticos que existe una gran probabilidad de una segunda vuelta electoral, han desplegado un plan en el que Keiko es presentada ante la ciudadanía como una estadista con un discurso y un proyecto político de centro, conciliador y democrático (algo que ciertamente hace recordar las entrevistas que daba Álvaro Vargas Llosa en las presidenciales del 2011, en las que definía a Ollanta como un estadista), distinto al de su padre y los viejos caudillos del fujimorismo, para así evitar el rechazo de ser el mal mayor y resistir la colisión que supondrá enfrentarse al bloque democrático que va a alinearse tras el otro candidato que pase a la segunda vuelta. Todas sus expectativas electorales están puestas en esto. No obstante, también es cierto que a estas alturas aún las encuestas sólo están perfilando a los actores principales de la próxima elección. Recordemos que para las presidenciales del 2011, en el mes de noviembre de 2010, según las encuestas Ollanta Humala figuraba por debajo de hasta 3 candidatos (Alejandro Toledo, Keiko y Luis Castañeda), y su intención de voto llegaba en promedio sólo al 10%. Por aquel entonces, siguiendo las encuestas de noviembre, los probables ganadores hubieran sido Toledo o Castañeda, quien por aquel tiempo lideraba las preferencias electorales con más del 20% de intención de voto, o incluso  en el peor de los escenarios la misma Fujimori. Está por demás decir que nada de esto ocurrió, como todos ya saben. El voto fuerte por Humala recién se develó en marzo, a pocas semanas de los comicios, y rápidamente lo colocó en primer lugar y le permitió finalmente acceder a la segunda vuelta; entretanto, la intención de voto de Castañeda cayó irremediablemente en favor del candidato de ‘Alianza por el gran Cambio’, Pedro Pablo Kuczynski, quien en noviembre del 2010 no llegaba ni siquiera al 2% de intención de voto y que finalmente se quedaría con el tercer lugar de aquellas presidenciales, con el 18% de los votos válidos.  Al igual que Castañeda, Toledo luego de experimentar una verdadera fiebre de triunfo gracias a su casi 30% de preferencia electoral según las encuestas desde fines del 2010 hasta febrero del 2011, empezó a debilitarse en marzo para terminar de caerse a días de realizarse los comicios y sólo pudo conseguir un magro cuarto lugar con el 15% de los votos válidos.
Lo que sí es de resaltar, es que estas mismas encuestas y sondeos de opinión denotan que la fluctuación de la intención de voto por Fujimori (15-20%), a diferencia de las otras candidaturas, se mantuvo estable durante todo el periodo electoral, lo cual finalmente le bastó para clasificar a la segunda vuelta y competir con Ollanta. Esta intención de voto  sólida y estable a su vez reveló el voto pro fujimorista (entiéndase como el voto por Fujimori, por la personalidad, el apellido; si Keiko se apellidaría Chávez, Salgado o Cuculiza su intención y su concretización de voto no hubiera llegado a los dos dígitos, tal como le sucedió a una de las mismas mariscalas históricas del fujimorismo Martha Chávez en las elecciones del 2006, quien apenas llegó al 7% de los votos) que existe y resiste aún en las mentalidades nacionales y que le permiten tener al fujimorismo presencia y espacio en el ámbito público y político nacional  y una cuota de poder que le otorga capacidad de negociación y fuerza respecto a las otras fuerzas políticas. Esto da a entender que de acá hasta las presidenciales del próximo año, Fujimori tiene asegurada en promedio el 20% de la intención real de voto. Lo que no es seguro es si va a mantener los números que hoy le dan las encuestadoras (que ya de por sí, algunas actúan con muy poca seriedad al presentar tendenciosas encuestas de segunda vuelta dándola como ganadora, las cuales sí no tienen ningún tipo de valor de análisis; es decir que ese tipo de encuestas no sirven absolutamente para nada. El escenario político electoral de la casi segura segunda vuelta en las presidenciales del 2016 se va a configurar recién acabada la primera vuelta, por tanto el escenario de la segunda vuelta es un escenario inexistente aún, sobre el cual resulta imposible hacer sondeos de opinión o análisis serios, antes de que aquello ocurra). En todo caso, la apuesta del fujimorismo es llegar a la segunda vuelta con una candidata de centro con una recién descubierta vocación democrática, intentar seducir a la mayor parte de la población tal como ya sucedió en 2011 y proponer una estrategia similar a la de Humala en ese mismo año, lo cual resulta por lo menos curioso si tenemos en cuenta que todos los otros candidatos, incluidos los candidatos del 1%, que anhelan el sillón de Pizarro apuestan casi por lo mismo: en sus casos, captar el voto que contempla desilusionado y deprimido a Keiko y Alan y llegar a la segunda vuelta y enfrentar a la china –voto desilusionado que hoy en día ha puesto sus ojos coquetos en César Acuña, y que según Datum, CPI e IPSOS, ya lo colocan en tercer lugar de las preferencias-. Todos quieren enfrentar a Keiko porque saben que detrás de ellos se va a formar una gran coalición pro democrática que va a rechazar de manera frontal y absoluta la posibilidad de que el fujimorismo nuevamente llegue al poder; uno de ellos es el mismo Alan García, quien arma su estrategia con un sinnúmero de promesas falsas para convencer a los electores pensando en la segunda vuelta y presentándose en esta ante la población como el mal menor, tal como ya lo hizo exitosamente el 2006 enfrentándose y ganándole al por ese entonces furioso y vehemente chavista Ollanta Humala; por sí, es su única y mejor estrategia, porque enfrentar a otro candidato, lo convertiría a él automáticamente en el mal mayor. Y justamente es esta condición de mal mayor de Keiko la que afecta toda su estrategia electoral, y no hace posible que pueda ejecutar con holgura su plan de campaña conciliador de centro como el de Humala en el 2011; en aquel entonces el humalismo sabía que, dado el temor y rechazo que padecía por una gran parte de la población, para tener posibilidades reales de triunfo tenía que enfrentar al fujimorismo en la segunda vuelta, porque como sucede en el actual contexto en todos los casos siempre Keiko va a representar el mal mayor.
El problema para el fujimorismo es que Keiko nunca va a ser una candidata con vocación y convicción democrática.
Más allá de todo análisis del comportamiento y nuevas actitudes y tendencias que la candidata naranja pueda ofrecer ante la opinión pública, y por más visitas que haga a Harvard, auspiciado por periodistas, intelectuales y académicos que queriendo o sin querer fungen de útiles avales (ejerciendo un mal pretendido uso de la objetividad, en el contexto actual los últimos artículos sobre Keiko del politólogo gringo Steven Levitsky, en los cuales intenta convencer y convencerse a sí mismo de que el fujimorismo ‘Keikista’ es democrático y políticamente fresco, se asemejan a un café con sal; es una equivocación que sabe muy mal), el fujimorismo liderado por Alberto, Keiko o Kenji o por quien sea, en ningún caso puede tener vocación democrática. El fujimorismo en sí es anti-democrático. Su esencia se forjó durante la dictadura de los años 90. Su carácter conocido y reconocido, y la fuerza que empuja a sus bases sociales sólidas y fieles, es el autoritarismo. El fujimorismo no tiene corrientes, es una sola fuerza que tiene como práctica y razón de ser a Alberto y todo lo que él representa: su gobierno de los 90, sus triunfos electorales, sus logros económicos, la derrota del terrorismo, su “don de mando”, su “injusta persecución”, su condición de casi “mártir” en prisión; en fin, el mito del fujimorismo a todas luces. Toda su organización se mueve al ritmo de apellido Fujimori; no es casualidad que sea su hija, quien fue parte de la dictadura de los 90 como Primera Dama, su principal representante político en la actualidad. Realmente pensar o imaginar que el fujimorismo pueda ser democrático revela una tremenda ingenuidad por parte de ciertos académicos e intelectuales; claro, me refiero a los académicos e intelectuales críticos e independientes que no son fujimoristas de carné o corazón en la sombra. Los operadores intelectuales del ‘keikismo’ sí actúan con complicidad y trabajan como quinta columnas, preparando las condiciones para el triunfo de su lideresa. La única posibilidad de que el fujimorismo pueda ser democrático se funda en la negación misma del fujimorismo. Es decir, que para que su organización tenga vocación y perfil democrático tendrían que hacer una frontal autocrítica, rechazar públicamente la dictadura de los años 90, abandonar la praxis fujimorista, romper con la familia Fujimori y con todas sus estrellas y mariscalas históricas, tal lo son las ‘chicas superpoderosas’, que hoy forman parte del parlamento nacional. Esto da a entender fácilmente que es simplemente imposible. Dejarían de existir. Por tal no puede haber un ‘keikismo’ democrático y responsable y sin Fujimori, como ciertos intelectuales intentan presentar. La sola idea de un fujimorismo sin Fujimori no tiene sentido. Es ridícula. El fujimorismo puede tener matices, pugnas y diferencias de opinión y estrategia internas, pero todo lo que lo convierte en una grave amenaza para la democracia peruana sigue estando ahí, en su seno mismo. No ha cambiado. Sigue siendo la misma sombra nefasta y fúnebre que envolvió al Perú durante 10 años. Empero, ahora ya no con el rostro del chino, sino con el de su legítima heredera. Su hija. La china. Porque Keiko es el golpe del 5 de abril, es Vladimiro Montesinos, es el Grupo Colina, es el crimen de la Cantuta, y también el de Barrios Altos, es la masacre de Santa. Keiko es la manipulación y control de periódicos, canales de televisión, radios y periodistas, es la corrupción de funcionarios, políticos y empresarios, es la destrucción del Estado de Derecho, es el control absoluto e ilegal de las instituciones del Estado. Keiko es el desprecio y la violación de la Constitución y los derechos fundamentales de los ciudadanos, es la negación de los derechos laborales, es el desfalco de las arcas del Estado, es las imágenes de los vladivideos. Keiko es Alberto huyendo del país, y también es Alberto en prisión condenado por crímenes de lesa humanidad. Keiko es la podredumbre cultural y la crisis educativa del país. Keiko es todos los funcionarios y operadores de la dictadura fujimorista que purgaron y purgan prisión por cometer diversos delitos y crímenes, y también es todos los que huyeron del país y hoy se ocultan en el extranjero. Keiko es la intolerancia y el desprecio por los derechos humanos y civiles de todas las personas. Keiko es el colapso moral del Perú.
Existen diversas causas que han hecho posible un escenario en el cual Keiko Fujimori sea presidenciable. Sin atender todas las de corte estructural y coyuntural, de larga y corta duración (corrupción histórica, caudillismo, debilidad del Estado y sus instituciones, tradición autoritaria del imaginario nacional, abismos nacionales de exclusión, desigualdad y discriminación entre la capital y el interior, imposibilidad de plantear reformas por el manejo del poder de los poderes fácticos –los gobiernos que se suceden tienen tanta capacidad de poder y verdadera gestión como se los permiten los poderes fácticos, los que realmente dirigen  el país-, amnesia e inconsciencia de considerable parte de la población, redes de clientelismo fujimoristas tejidas en los años 90, gobiernos democráticos impopulares e ineficaces que no cumplen sus promesas o que simplemente no las pueden cumplir y se conforman con ser mascaras del poder, lo que genera desconfianza y escepticismo en los métodos democráticos, complicidad y beneplácito de los poderes fácticos con los autoritarismos de derecha, el mito del fujimorismo exitoso de los años 90), una de las principales causas es la endeble democracia que tenemos en el país. Desde el derrumbe de la dictadura, los diversos gobiernos que se han sucedido en el mando (Toledo, García, Humala) y sus respectivos poderes legislativos (y un Poder Judicial que todos perciben como injusto y corrupto en extremo), han hecho todo lo posible por debilitar el sistema democrático, con gestiones que a la vista de la mayoría de la población resultaron sendos fracasos (a excepción del gobierno de Alan, esta visión de fracaso de Toledo y Humala fue ayudada a ser creada por sus enemigos políticos y mediáticos de derechas, quienes aprovechando mínimos y máximos errores, torpezas políticas y su tremenda impopularidad, ejercieron una desmedida venganza por la derrota sufrida en las urnas. Les aplican lo que se conoce como ‘mala prensa’ y les practican una oposición violenta y en muchos casos injusta, para debilitarlos y tumbarlos de tal manera que sea casi imposible levantarse nuevamente como actores políticos con credibilidad. Los mandatos de Toledo y de Humala, que a fin de cuentas fue una suerte de segundo toledismo, fueron gobiernos ciertamente mediocres, pero nunca llegando al punto dramático y desastroso como sus enemigos los presentan en la radio, en la prensa y la televisión; eso es una falacia, una imagen inventada, creada por su ‘mala prensa’. A diferencia de aquellos, el segundo gobierno de Alan García, quien en comparación fue peor que los de Toledo y Humala, tuvo ‘buena prensa’, complaciente y sobona y una oposición política débil, presentando por momentos la imagen inventada de un gobierno exitoso, lo cual como ya se sabe dista mucho de la realidad y la verdad. Dicho sea de paso, estos modos y prácticas políticas irresponsables de los medios de derechas, cuya invencible nave insignia es el Grupo El Comercio, también debilitan la democracia), haciendo promesas en sus campañas a sabiendas que no las podían cumplir (excepto Alan García, quien sonriente y convencido suele hacer adornadas e histriónicas promesas falsas en sus campañas electorales), porque no tienen el suficiente poder para esto. Y si se hubieran atrevido a cumplir sus promesas de cambio y reforma, lo más probable es que los poderes fácticos y sus operadores mediáticos y las derechas conservadoras simplemente les hubieran sacado los tanques de los cuarteles y chau Alejandro, chau Ollanta, creado una junta por la estabilidad, el orden y la ‘democracia’ del país y llamado al poco tiempo a nuevas elecciones.
Promesas en tiempo de elecciones que se vuelven mentirosas y vacías en tiempo de gobierno, atentan contra el sistema democrático y lo vuelven cada vez más frágil. La gente se vuelve cada vez más escéptica y desconfiada de los políticos y sus organizaciones en democracia, y muchos finalmente terminan por dejar de creerles. Esto conlleva a contextos en donde proyectos autoritarios que reflejan una artificial imagen de eficacia (la popular y conocida ‘mano dura’ para resolver los problemas; por ejemplo, en un escenario como el actual en donde el Congreso de la República y todos los lamentables y ridículos políticos que lo integran parecen haber sido extraídos de un cuento de Kafka, una medida de cierre o clausura por un presidente popular, con gran aceptación, sería apoyada por la mayoría de la población) sean vistos con buenos ojos por amplios sectores de los electores, y terminen dándole su confianza. No es un voto de rabia contra el sistema como es definido comúnmente por intelectuales y académicos; es un voto por la personalidad que les ofrezca soluciones prácticas a sus problemas inmediatos. Por ejemplo, el grave problema de la inseguridad en el país está llegando a un punto en que muchos ciudadanos estén de acuerdo con soluciones radicales para acabar con la delincuencia y la criminalidad que los agobia día con día, y con un mandatario que inflexiblemente y sin escrúpulos no le tiemble la mano para poner orden y brindar seguridad (uno de los réditos que tuvo el candidato Ollanta en el 2011 en vastos sectores electorales, la mayoría afincados en provincias, fue su condición de militar).
La otra causa son los propios electores. Sin sus votos de confianza, simpatía o azar a personajes como Keiko o Alan, estos no representarían ninguna amenaza para la democracia. Son los propios ciudadanos los que deciden darles su preferencia. Y son los mismos ciudadanos los que deben asumir la responsabilidad por sus decisiones (muchos se preguntan repetidamente por qué tenemos un Congreso de espanto y desafortunados mandatarios; y la verdad es que únicamente están ahí por sus votos; llegaron a ocupar un cargo público porque votaron por ellos; porque todos esos congresistas que en la actualidad casi toda la población repudia y le da vergüenza ajena, fueron elegidos por sus mismos votos. Les otorgaron mandato). Keiko puede repetir miles y miles de veces que ella y su “nuevo” fujimorismo son democráticos, y Alan decir que es el candidato del cambio y que va a cumplir sus promesas multicolores para todos los gustos, como lo hace en cada elección en la que se presenta; en complicidad con sus operadores políticos y mediáticos pueden, y van a, repetirlo hasta el hartazgo durante la campaña electoral; Keiko y Alan tienen la libertad y el derecho de decir lo que deseen, el problema está en las personas que les creen.
El colapso y la debacle de la moral que provocó el fujimorismo en el país durante los años 90 afectaron a los ámbitos públicos y privados y a todos los actores políticos y sociales del escenario nacional, haciendo que posturas, ideas y personajes sospechosos y abiertamente nocivos en sus formas y contenidos, sean tomados como parte de la cotidianidad, de las costumbres y en el peor de los casos sean aceptados con simpatía o como males necesarios. Esto se resume muy bien en lo que ya a estas alturas es una frase cliché del progresismo intelectual: ‘roba pero hace obra’. Esta incapacidad de poder distinguir entre lo bueno y lo malo, hacer lo correcto en vez de lo incorrecto, y este ambiente de confusión moral y egoísmo, el verdadero gran logro del fujimorismo de los años 90, está creando olas de cinismo en el imaginario nacional, lo cual es aprovechado por viejas prácticas como el fujimorismo o el alanismo para nuevamente intentar llegar al poder, y de paso poner a prueba la democracia en el Perú. Por eso es muy importante que los electores decidan qué es lo que quieren para el país. Va a ser su propia decisión, y de la decisión que tomen, basándose en simpatías y lo que piensen o lo que crean que es correcto, van a tener que asumir las consecuencias.
No obstante, no es la primera vez que el país tiene que pasar por este tipo de pruebas. Y cuando tuvo que hacerlo, la gran mayoría de ciudadanos lo hizo con responsabilidad y consciencia (Lo del llamado ‘electarado’ es sólo un mote bobo al que recurren los intelectuales de derechas para descargar su rabia por perder elecciones contra los candidatos de los liberales y los progresistas. La dinámica del heterogéneo electorado peruano suele estar vinculada a las diferentes coyunturas que se suceden; no acostumbran actuar de la misma manera siempre. Esto significa que la idiosincrasia del electorado sea compleja, no esté caracterizada por un comportamiento inmutable, y sí esté condicionada por el contexto y las circunstancias históricas que la afectan en un determinado momento). Lo hizo en el 2011, cuando la misma Keiko quiso mover las agujas del reloj y las fechas calendario y hacernos retroceder hasta los años 90 (un triunfo del fujimorismo en las presidenciales, significaría echar al tacho de la basura 15 años de democracia, y de paso reivindicar a una de los peores absurdos y miserias políticas que tuvo y tiene el país); también actuó con la misma firmeza rechazando la malhadada Revocatoria del 2013 contra la entonces alcaldesa de Lima, Susana Villarán, impulsada por el tristemente célebre Marco Tulio Gutiérrez (en realidad, sólo un operador; los poderes en la sombra de aquel despropósito político fueron el actual alcalde de Lima Luis Castañeda y el alanismo aprista); y la rechazaron muy a pesar de la impopularidad y de las torpezas políticas y de gestión de doña Susana y sus muchachos, dejando de lado sus intereses personales y actuando con verdadera responsabilidad cívica y en defensa de la democracia.
Y en las presidenciales del 2016 que se avecinan, y que ya dejan escuchar por las calles los estruendosos y fúnebres tambores del fujimorismo, los ciudadanos peruanos van a tener la oportunidad de hacerlo nuevamente. Lo único malo de toda esta historia es que ante tanta prueba, la democracia que en el Perú se asemeja a un cristal, puede terminar por ceder ante la siempre presente tentación de fracasar y permita que el fujimorismo la haga esquirlas.
Porque esto es el Perú, y en el Perú suelen pasar cosas como estas. Y peores.

Lima, noviembre de 2015. 

lunes, 16 de junio de 2014

LAS LECCIONES DE OLLANTA

Luis Enríquez Travezaño

Minutos pasada las 4 de la tarde del domingo 5 de junio del año 2011, los primeros sondeos de votación que se daban a conocer en los medios de comunicación daban como ganador de las elecciones presidenciales a Ollanta Humala; los cuales horas más tarde serían confirmados de manera oficial por la ONPE. Este suceso histórico significó, al menos eso aparentaba en un principio, la primera vez que una opción política de (centro) izquierda llegaba al gobierno (aunque su naturaleza ideológica no fue de izquierda, algo que los políticos e intelectuales de derecha suelen olvidar u obviar al momento de analizar o presentar el hecho, las medidas y reformas de la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado estuvieron caracterizadas por aquel espectro ideológico), en cuyo alrededor se dan una serie de eventos, afortunados y desafortunados, relacionados al mismo.
En primer lugar, se encuentra en el susodicho proceso electoral la consolidación del voto anti.
Si bien es cierto que en un primer momento la intencionalidad del elector está dirigida en su gran mayoría por su simpatía o fascinación por un determinado candidato o lo que éste representa (valgan obviedades, en el escenario electoral nacional no se toman en consideración proyectos, al momento de elegir, ni de plantear análisis), lo que al final decide el triunfo y la derrota de uno u otro es el voto anti, en contra de. Al finalizar la primera parte de las presidenciales de 2011, Ollanta y Keiko Fujimori pasaron a una segunda vuelta electoral; durante el transcurso de esta, y a pesar de la campaña de un poderoso sector de las derechas en contra de Ollanta y a favor de la representante de la dictadura de los años 90, lo que terminó siendo el factor decisivo para la derrota de esta y el triunfo de aquel fue la resistencia que supuso entre la población la candidata del fujimorismo. La mayoría de los pobladores no votaron por el nacionalismo humalista, el que dicho sea de paso también tuvo en aquel momento una gran resistencia por el miedo y la incertidumbre que generaba. Votaron, al fin y al cabo, en contra de Keiko. Si Ollanta hubiera enfrentado a un candidato distinto a la fujimorista, el centro político y las derechas liberales democráticas representadas por Mario Vargas Llosa no le hubieran dado su apoyo ni su respaldo tal como sucedió, y lo más probable es que haya sido derrotado.
El voto anti ha sido la variable que en los últimos procesos electorales presidenciales ha decidido, más que las victorias, las derrotas de los candidatos que causaron oposición entre la ciudadanía. En las presidenciales del 2006, un chavista Ollanta encarnó el voto negativo, lo que le permitió a Alan García ganar el escrutinio. Como en el caso anterior, Alan, quien también figuraba una gran oposición (por su funesto primer gobierno, por su fama de charlatán y ladino y por todas las sombras de corrupción que lo envuelven, hasta el presente), aunque no tanta como la del entonces chavista, no hubiera triunfado si competía con Lourdes Flores o Valentín Paniagua, por citar un par de ejemplos. El año 2001 también se dio la preeminencia del voto anti, aunque en diferentes circunstancias que en los casos anteriores. El entonces por tercera vez candidato Alejandro Toledo, principal y destacada figura de la lucha contra la dictadura fujimorista a fines de los años 90, no era un actor resistido por el electorado, y su voto a favor estaba explicado más por la simpatía y el agrado de la mayor parte de la población (voto que simbolizaba también una recompensa por su labor política contra el fujimorismo), que por el rechazo al que era su rival en la segunda vuelta, Alan García. No obstante, el hecho de haber sido involucrado en denuncias, escándalos y faltas a la verdad durante la última parte de la campaña, hicieron peligrar su triunfo, el que finalmente se consumó gracias a la circunstancia de enfrentar al que en ese momento era, después de Alberto Fujimori y todos los relacionados a éste, el personaje político con mayor oposición entre los ciudadanos.
Dejando de lado las por demás irregulares, por todo lo que  aconteció durante estas, y al parecer, por los indicios, fraudulentas presidenciales del 2000 y, aunque en una situación de ilegalidad por el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, las justas de 1995 (Fujimori ganó con el voto de la simpatía, el encanto y el agradecimiento por la idea arraigada en el imaginario nacional de haber sido durante su primer gobierno que se capturó a Abimael Guzmán, se derrotó a Sendero Luminoso y se logró la paz y por haber detenido la terrible crisis económica y social heredada del gobierno aprista y dar comienzo a la recuperación y el desarrollo del país hacia la modernidad), las elecciones de 1990 igualmente se resolvieron por el voto anti, empero más que la resistencia a la figura de Mario Vargas Llosa (sí existió resistencia a su persona, pero esta estuvo vinculada a la irresponsable e imprudente contra-campaña del aprismo y las izquierdas, por cuestiones políticas e ideológicas), el voto anti estuvo relacionado a la, entonces, más polémica de sus propuestas: las aplicación del llamado shock económico para reestructurar y salvar la moribunda economía del país. Este drástico e inflexible plan de rescate de la economía generó el rechazo necesario para el triunfo en segunda vuelta electoral del candidato que se mostró en contra del shock y prometió no aplicarlo, un, hasta hace unos meses atrás, desconocido Alberto Fujimori, quien dicho sea de paso, días después de asumir la presidencia, aplicó la mencionada medida económica de emergencia, tristemente recordada como fujishock.
El triunfo de Ollanta asimismo denotó la importancia del escenario.
Esbozar una campaña electoral implica para toda agrupación política conocer el escenario en el cual va a competir. Una vez que se conocen los requerimientos, deseos y gustos de los electores (los cuales varían de acuerdo a la edad, estrato socioeconómico y espacio geográfico), el rechazo y el antagonismo que su candidato o sus ideas van a generar y entre quienes o qué grupos lo va hacer, y a sus, o probables, competidores, los movimientos políticos pueden plantear una estrategia de campaña que pretenda ser efectiva y que no entre en contradicción con su plan de gobierno, o su proyecto de país, en caso de tenerlo.
Después de su derrota en 2006, el nuevo equipo de campaña del nacionalismo humalista (en donde destacó, por sobre todos los demás, el trabajo como asesor del argentino brasileño Luis Favre) configuró la estrategia para las presidenciales del 2011 de acuerdo a las etapas, los tiempos de la elección. Durante la primera parte presentaron, si bien ya divorciado de su chavismo y etnocacerismo auroral y lejos de su discurso radical “anti sistema”, a un todavía Ollanta reformista, de la Gran Transformación, que confirmó el promedio de la intención de voto que tuvo en 2006 (30%), y que le valió para clasificar sin apuros de ningún tipo, y como en las elecciones pasadas con la aún resistencia de Lima (el capital electoral de Ollanta se encontraba en el interior del país), a la segunda vuelta. En esta nueva etapa, acomodada además a las circunstancias (la rival, Keiko Fujimori), se presentó a un Ollanta moderado, demócrata y conciliador (consumado todo en la conocida: Hoja de Ruta), enfatizando estas características en contra de lo que representaba su rival (los viejos anhelos autoritarios de las derechas conservadoras y antidemocráticas), e intentando acercar al votante de la capital, plaza que suele definir los procesos electorales presidenciales.
A diferencia de lo ocurrido en 2006, el nacionalismo humalista en 2011 conocía el escenario en el cual iba a contender. El equipo de campaña de Ollanta sabía muy bien que el potencial voto del interior no bastaba para ganar, y que sin el convencimiento de Lima, era poco menos que imposible. A cierta distancia, la campaña de Ollanta pareciera ser afectada por una serie de virajes en pleno transcurso, no obstante, pienso que esta respondió más a una sola estrategia planificada en base a un entendimiento y conocimiento del escenario nacional (apariciones en público, nexos de comunicación y gestos políticos, como por ejemplo lo fueron el manejo del discurso de acuerdo al público que lo escuchaba, a la ciudad a la que iba o el medio en el que estaba; y, con un gran sentido del tiempo y la oportunidad, la denuncia sobre las esterilizaciones forzadas cometidas en el momento en que Keiko formaba parte del régimen dictatorial como Primera Dama, dada a conocer durante el debate presidencial a pocos días de la votación de segunda vuelta, no sólo para causar impacto en la opinión pública, como efectivamente ocurrió, sino para evitar que la contrincante tuviera tiempo de reponerse y responder). El éxito de cualquier “partido” o frente político está relacionado a su conocimiento del escenario; desconocerlo o ignorarlo, en pos de subjetivismos ideológicos o un equivocado sentido de pertenencia (errores de táctica política que suelen cometer las izquierdas, por candidez, terquedad o fanatismo, como por ejemplo las posiciones tomadas ante la coyuntura venezolana: por un lado, la ambigüedad del Frente Amplio, y por el otro una defensa férrea e ideológica del chavismo por parte de otros sectores; hacer esto en un país donde el chavismo es percibido por la mayoría de electores como negativo y hasta nocivo como pensamiento y paradigma de desarrollo, es propio del desconocimiento del escenario), conduce a la derrota, el fracaso electoral  y la desaparición política.
Al respecto del escenario, el éxito del humalismo también posicionó el centro político.
Entender el escenario electoral, necesariamente significa conocer su idiosincrasia; en las presidenciales del 2006, Ollanta equivocadamente creyó que ésta estaba definida en su mayoría por el malestar, la inconformidad y el deseo de cambio, similar a la Venezolana a fines de la década de los 90, lo que permitió que Hugo Chávez llegara al poder con un discurso extremista, radical, de ruptura. Plantear una campaña en las mismas condiciones como las planteó el chavismo en su momento, impidió la victoria del nacionalismo humalista, y precipitó su derrota. 5 años más tarde, Ollanta ganó las elecciones ubicándose en el centro. 5 años antes Alan hizo lo mismo, y también ganó (en ambos casos, lejos de posturas, principios o moral política, su ubicación en el centro respondió a sus conveniencias). Toledo en 2001 ganó con una propuesta de centro. Y en 1990, Fujimori ganó al posicionarse más al centro que Vargas Llosa, quien a pesar de ser una personalidad independiente, de su prestigio y su propuesta liberal innovadora en el país, fue percibido como representante de las clases altas y la vetusta derecha oligárquica, por su ascendencia y posición acomodada y por haber estado aliado a sus “partidos” tradicionales (Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, P.P.C.), a desemejanza del novedoso “chino”, independiente (tan sólo unos meses antes, Ricardo Belmont inició el llamado boom de los independientes, u outsiders, ganando las elecciones para alcalde de Lima en 1989), con un discurso mesurado (habría cambios para salir de la crisis, pero no se aplicaría el shock económico que prometía Vargas Llosa) y un perfil austero y popular que lo acercaba al elector. Porque, a pesar de lo que comúnmente se cree, el centro político no sólo implica las promesas electorales (lineamientos generales de un plan de gobierno) y el discurso; también implica la representación, lo que simboliza el candidato para el elector. A Ollanta, muy a pesar de todos los esfuerzos de su equipo de campaña, le fue muy complicado disponerse en el centro político en 2011. La imagen brindada en las presidenciales anteriores (el radical chavista), estaba presente en el imaginario de la ciudadanía, y causaba desconfianza y recelo en un sector de la población (de sobremanera en la plaza limeña, en donde su rechazo seguía siendo abrumador). En las instancias de la segunda vuelta, no solamente le bastó el acercamiento y las alianzas a grupos con credibilidad democrática (lo que Sinesio López definió en aquel contexto, cuando todavía era parte de la confluencia electoral izquierdista humalista: Gana Perú, como la nueva correlación de fuerzas), tal es el “partido” de Alejandro Toledo, Perú Posible, sino que, para hacer creíble su cambio de conducta y pensamiento político, hasta tuvo que jurar un documento de obligación: Compromiso en Defensa de la Democracia y en Contra de la Dictadura, ante la presencia de diversas y famosas personalidades, quienes actuaron como garantes de aquel juramento. Si bien es cierto que, a fin de cuentas, Ollanta logró el centro, y ganó la elección, cabe recordar que esto no hubiera sido posible si no hubiera tenido al frente a Keiko y al fujimorismo (lo que finamente prevaleció fue el voto anti). Sin el fujimorismo como antagonista, lo más probable es que cualquiera de sus otros rivales (Pedro Pablo Kuczynski, Alejandro Toledo, Luis Castañeda), hubiera representado el centro, y ganado el escrutinio.
El centro político figura una necesidad para los candidatos presidenciales en el Perú. No es sencillo disponerse en el centro. Es necesario un trabajo político dirigido hacia la ciudadanía, respaldado con gestos y posturas de los actores; en relación, resultó interesante la postura de Lourdes Flores ante el proceso de revocatoria del 2013 contra la alcaldesa de Lima, Susana Villarán. Al apoyar a Susana, una política de izquierda, en pos de la gobernabilidad y la democracia, Lourdes se acercó un poco más al centro, distanciándose, empero no del todo, de su imagen de “vieja” y aristocrática derechista sectaria incapaz de tender puentes hacia la izquierda, ni de actuar sin apasionamientos y odios (imagen que le significó sus más importantes derrotas electorales, en el 2001 y el 2006). Ese gesto político visto como de solidaridad con el adversario y responsabilidad democrática, le ha valido a Lourdes bordear el centro, cambiar la percepción de su imagen y ser una atractiva y sugerente opción para elecciones futuras. Por el contrario, aferrarse al líder y caudillo en prisión y no tener un horizonte ni ideario político más que luchar por la liberación de aquel y recordar constantemente y con un orgullo desmedido cuando fueron gobierno, lo cual más que algo a su favor, suele resultarle contraproducente, al fujimorismo le resulta casi, por no decir imposible, intentar ubicarse en el centro. El fujimorismo en sí, su naturaleza autoritaria, su esencia antidemocrática, no se lo permite. El fujimorismo tendría que dejar de ser fujimorismo, romper con Alberto Fujimori y su familia y sus figuras (las “chicas súper poderosas”, por ejemplo), y pasar por un proceso de autocrítica para que tengan posibilidades reales de ser creíbles como demócratas, y alcanzar el centro; no obstante, al ser evidente que esto implicaría la negación de su propio ser y su desaparición, aquello no es posible (hipótesis que sugieren al fujimorismo como una fuerza política que podría afirmar la democracia y que vendría a ser “el aprismo del siglo XXI”, y todo lo que eso implica, esbozadas por politólogos juiciosos y mediáticos, reflejan una equivocación en la contemplación del fenómeno. El fujimorismo en sí mismo es una negación de la democracia, y equipararlo con un “partido” como el APRA del siglo XX, que era un movimiento político de masas que contaba con una estructura partidaria nacional, un ideario y un proyecto de país, es por demás un contrasentido; el fujimorismo fue popular en los años 90 pero nunca tuvo la capacidad política de movilizar masas, jamás se preocupó por edificar un órgano partidario ni crear un ideario y mucho menos tenía una idea de nación -cuando a fines de los años 90 comenzaron a articularse y movilizarse las corrientes democráticas de protesta contra la dictadura, no hubo acción cívica ciudadana ni partidaria que defendiera al fujimorismo o a una supuesta concepción de país, muy distinto, en comparación, a lo que ocurre hoy en día en Venezuela, en donde la organización política, social y militar chavista defiende y logra sostener hasta el momento a pesar del caudaloso descontento y la crisis social y económica, el régimen de un ineficiente y políticamente obtuso Nicolás Maduro, y a su modelo de nación). Es más, lo que todavía les permite ser una fuerza política importante en el país es esa misma postura radical acompañada del apellido del caudillo (elemento de vital importancia para sus intereses; sin el apellido, sus candidatos no logran llegar al 10%, como lo demostró la candidatura de Martha Chávez en el 2006), que en términos electorales representa un promedio de 20% (así lo confirmó el algo más del 23% que Keiko logró en las presidenciales del 2011), lo que les asegura seguir teniendo presencia, voz y poder para negociar, pero al mismo tiempo les impide ganar presidenciales.
Si para las derechas nacionales es necesaria la búsqueda del centro político, para las izquierdas posicionarse en el centro debería ser una obligación innegociable, e imprescindible. En un escenario, hasta cierto punto conservador, que únicamente tolera cambios y reformas siempre y cuando estos sean comprendidos como beneficiosos y no afecten la estabilidad económica, el modelo de desarrollo y la estructura organizacional del país, sólo el centro (y la confluencia de sus organizaciones políticas) hace electoralmente viable una opción de izquierda, considerando que esta representa en el imaginario del elector, en parte por vincularlas directamente con los fallidos modelos de pensamiento y sociedad socialistas del siglo XX y la funesta y malhadada experiencia de Sendero Luminoso en los años 80, el extremismo, la debacle y lo políticamente obsoleto (triste y ciertamente, algunas apartadas y anacrónicas células de las izquierdas todavía lo representan). Así parecen haberlo entendido las fuerzas reunidas en el Frente Amplio, un proyecto político que intenta ser un reflejo de la experiencia uruguaya, la que junto a la brasileña, son las izquierdas mejor organizadas, más modernas y exitosas de Sudamérica; sin embargo, al menos todavía por el momento, no parece encontrar un rumbo definido, ni perfilar una identidad política que lo distinga en el escenario nacional como un actor importante y con posibilidades reales de éxito, dependiendo esto principalmente de las decisiones que tomen y los gestos y señales que envíen a la población (decisiones que involucran posturas débiles o de confraternidad ante experiencias autoritarias de izquierda en la región, como durante la coyuntura venezolana, o el lanzamiento de candidatos presidenciales populares empero advenedizos como en las elecciones del 2011, o sin considerar que su figura debe generar empatía y consenso y no temor y rechazo en la mayoría del electorado como lo haría por ejemplo la figura de Gregorio Santos; son el tipo de decisiones que hacen que las izquierdas no representen mayor importancia en la escena política nacional).
Para las izquierdas nacionales representa un reto tomar el centro, y ganar elecciones; secciones mismas de las izquierdas piensan que acercarse al centro y compartir espacios con la derecha, entendido no de manera ideológica sino en la configuración de políticas públicas, es algo parecido a una traición a sus principios e ideales “revolucionarios”, de cambio estructural (muy distintos en sus formas y en sus métodos, claro está, a los que predicaban y propugnaban en el siglo XX), perder su esencia inconforme y rebelde, lo que los hace ser de izquierda, y actuar en la medida, creen, que les sea conveniente a las derechas. Pensar de esta manera, considero, es un error de apreciación; por poco un subjetivismo ideológico. Si existen unas izquierdas que las derechas temen, detestan y las desconciertan, son justamente aquellas que se muestran como una opción política moderna, responsable, eficaz, solidaria y capaz de plantear acuerdos en pos del beneficio público; lo que les convienen política y electoralmente a las derechas, dicho sea de paso, son unas izquierdas “revolucionarias” y  sectarias, ideológicamente anacrónicas y autoritarias e intransigentes e intolerantes; en fin, lo que les conviene son unas izquierdas quejicosas, tira-piedras y quema-llantas, que sigan siendo negadas e ignoradas en las urnas por la casi totalidad de la población.
Por otra parte, el nacionalismo humalista confirmó la irrealidad de las “grandes transformaciones”.
Disponer una estrategia supone, entre otros factores, la construcción de un discurso, respecto a lo que los electores (o una parte de ellos) necesiten escuchar. El discurso de la Gran Transformación durante las presidenciales del 2011 supuso esto. Como en los comicios del 2006, Ollanta buscó figurar la necesidad de un cambio en la organización política y económica del Estado de una gran parte de la población electoral, empero, a diferencia de aquel año, en el cual creía que esa necesidad le bastaría para ganar, el 2011 era consciente de que sólo le permitiría pasar a una segunda vuelta. Una vez concluido el proceso electoral, por haber sido únicamente parte de la estrategia discursiva y jamás algo real, la llamada Gran Transformación fue dejada absolutamente de lado por el humalismo. Una estrategia astuta y taimada, valgan verdades, pero que conllevó en sí misma una mentira; un engaño, a fin de cuentas. Lo que Ollanta sugirió durante su campaña electoral como promesa de un cambio en las estructuras organizacionales del país, conocida como Gran Transformación, es irremediablemente ilusoria y ciertamente inviable. En un contexto en el cual el ordenamiento político, económico, jurídico y militar nacional forma parte del sistema mundial capitalista neoliberal normado por la economía de mercado, proponer “grandes transformaciones” es sencillamente mentir (escribiendo hace más de 50 años atrás, no obstante refiriéndose a la inviabilidad de las aventuras revolucionarias comunistas y socialistas post experiencia bolchevique, Albert Camus planteó, en diferentes términos eso sí, esta idea). En tanto no se reestructure o se cambie el paradigma de desarrollo mundial, no es razonable una “gran transformación” a nivel nacional (dejando de lado los métodos de represión del contexto internacional, las estructuras de poder en el Perú, potestad de las derechas conservadoras, ahogarían cualquier intento de transformación, de cambios profundos emprendidos por un mandato, por ser los que habitualmente suelen trazarlo en sus proyectos, de izquierda; en relación, como caso expresivo, en el año 2013 bastó solamente que el gobierno insinúe la posibilidad de comprar Repsol contraviniendo los intereses ideológicos y económicos de las derechas, para que estas, exhibiendo parte de su poder para condicionar la decisión de la administración humalista, lo que finalmente ocurrió, realicen una intensa y envolvente contra campaña en todos los medios de comunicación, la cual, acariciando la histeria y el ridículo, llegó afirmar que: “….este será el comienzo de la transformación del Perú con un Estado avasallador, prepotente, autoritario, como en Cuba, Bolivia, Venezuela y Argentina. Pero los peruanos nos defenderemos de esta gran amenaza.”-Confiep: “Hemos salido de la hoja de ruta. Es una vergüenza”. Entrevista a Alfonso García Miró, El Comercio, 29 de abril del 2013). Las experiencias reformistas de centro izquierda de la región (Chile, Argentina, Uruguay, Brasil), y en menor medida los populismos de izquierda (Venezuela, Bolivia, Ecuador), lo entendieron así.
Uno de los puntos de crítica a Ollanta, por parte de las izquierdas que lo acompañaron y lo apoyaron durante el proceso electoral y el inicio de su gobierno, es justamente el hecho de que no haya cumplido con la promesa de la Gran Transformación (y no haya mantenido un perfil de izquierda como gobierno), y haya preferido el camino del pragmatismo. Este juicio, a mi criterio, tiene algo de verdad y algo de mentira; algo de razonable, y mucho de inconsciente e insensato. Todo parece indicar, a estas alturas, que Ollanta nunca tuvo la intención de efectuar, si bien no la Gran Transformación programada en su plan de gobierno (uso discursivo), por lo menos reformas políticas, sociales y económicas a la organización del país; Ollanta al parecer tenía su propia agenda, la cual empezó a evidenciar al poco tiempo de ganar las elecciones (la designación de un neoliberal convicto y confeso como Luis Castilla como ministro de Economía es muestra de ello), y transparentó con el caso Conga, la caída del gabinete Lerner y la desafectación de sus aliados de izquierda del gobierno. Ollanta como gobernante se presentó ante la ciudadanía como un pragmático, muy distinto a la figura de cambio que representó en las presidenciales, lo cual significó una farsa como bien reclaman las izquierdas, para sus partidarios y votantes independientes que creyeron en él. Sin embargo, este punto de crítica se mantuvo ausente cuando ya se estaban dando a conocer las primeras señales de lo que se llamó, el viraje hacia la derecha (en mí opinión no hubo tal viraje. Pienso que Ollanta nunca se sintió, ni mucho menos se concibió como él mismo se encargaba de hacerlo saber, de izquierda; solamente fue parte conveniente de su estrategia electoral). Políticos e intelectuales de izquierda intentaban explicar cada decisión durante la campaña (la correlación de fuerzas para la segunda vuelta, por ejemplo), o a comienzos del gobierno (la hipótesis, que no deja de estar conforme a razón y de tener bases explicativas sólidas, de la captura del Estado); una vez que estos fueron echados, la crítica, que ya existía tras bastidores, recién se manifestó de forma clara y pública, denotando una lucha de intereses y conveniencias (por ambas partes), más que por ideología, principios, ética o moral política por el lado de las izquierdas; y aún así, si esas hubieran sido las cuestiones, y expresaran un pedido franco y honesto, exigir al nacionalismo humalista la aplicación de una Gran Transformación (como aún, de forma obstinada y con poco sentido de la realidad, se sigue discutiendo en los ámbitos de las izquierdas), circunda la temeridad y la irreflexión; las derechas conservadoras, las que manejan las relaciones de poder, nunca lo hubieran permitido (y si Ollanta insistía, “nuestras” derechas, quienes suelen olvidarse rápida y fácilmente de sus compromisos y valores democráticos al momento de defender sus fueros e intereses, para decirlo sin eufemismos, le sacaban los tanques, lo golpeaban y se deshacían de él, sin misericordia, remordimientos de conciencia ni arrepentimientos de por medio). Ollanta asumió la presidencia sin un poder real detrás de él (una institución partidaria nacional de masas, y al menos 2 tercios de la población que respalde sus decisiones). Sin partido ni experiencia, los grupos de poder en contra, con una opinión pública dividida, una Lima desconfiada y con un triunfo conseguido no por sus propuestas sino por haber sido el “menos malo” de los dos candidatos, Ollanta eligió sobrevivir; y para esto tomó, para bien o para mal, la ruta del pragmatismo. Se adecuó a lo existente sin intentar cambiar nada (como lo hacen todos los jefes de gobierno desde el 2001; ha habido cambios sí, pero no de carácter sustancial), e intenta construir, junto a la figura de su esposa Nadine Heredia, un espacio propio de poder (por eso mismo, el recelo de las derechas conservadoras que lo toleran, pero no lo aceptan a pesar de su aparente cambio de rumbo hacia la derecha, y la campaña de desprestigio de los poderes fácticos, dirigido por entre la popular imagen de Nadine -desprestigio asentado en críticas y reproches justos, como su excesiva intromisión en asuntos de Estado, e injustos, tal es la labor social que realiza como representante política del gobierno).
La ruta del pragmatismo escogida por Ollanta, mucho antes de ser elegido presidente, y que es la consecuencia de una serie de circunstancias que se dieron alrededor de su concepción como actor político, suele ser un camino en cierta medida cómodo, seguro y estable; sin embargo el hecho de evitar proyectar y construir políticas públicas reformistas, necesarias en determinadas áreas de la sociedad (tales lo son, por mencionar algunas, educación, salud, industria, medioambiente, seguridad ciudadana, cimentación de las instituciones públicas, fortalecimiento de la igualdad y los derechos humanos, culturales y de género), hacen que nuestra realidad asemeje estar contenida en un limbo conceptual. Experiencias de centro izquierda sudamericanas (Brasil, Uruguay y Chile como casos ejemplares) y, no obstante ser diferentes en el fondo pero análogos en la forma, el gobierno municipal de Susana Villarán, demuestran que las reformas no son sencillas de construir (la puesta en marcha por la alcaldía de Lima de políticas públicas como la reforma del transporte, la recuperación de espacios públicos, tal es el caso emblemático de La Parada, y una considerable inversión en infraestructura, han provocado una fuerte resistencia y reacción por parte de los “afectados”, a los que se aúna el rechazo de las derechas conservadoras y el permanente e injusto hostigamiento de los medios, por razones ideológicas y ciertamente, no obstante en menor medida que la voceada por aquellos,  por errores propios y la falta de trabajo político con la ciudadanía, sus opositores y los que se muestran, literalmente, como sus enemigos políticos y mediáticos muy parecidos a los del Tea Party y los que suelen aparecer en Fox News), empero, con organización y convencimiento, aptitud y la mayoría de la opinión pública de acuerdo con aquellas, son realizables.
Ollanta, a diferencia de Susana, no se arriesgó. Por el momento, esa es su última lección.

Lima, junio de 2014.

miércoles, 11 de julio de 2012

EL ENCANTO DEL FUJIMORISMO

Luis Enríquez Travezaño

El fascismo acriollado encanta. Encantó a la mayoría de los peruanos en la elección presidencial de 1995, y a una gran parte de ellos en la del 2011 (la elección de 1990, que viene  ser la primera que ganó el fujimorismo, no fue sólo el resultado del apoyo prístino y lúdico obtenido sino que a este se aunó la emboscada que le tendieron, y que fue determinante para la victoria de Alberto Fujimori, el aprismo y las izquierdas a Mario Vargas Llosa, boicoteando su candidatura, y en la elección del 2000, la tercera que ganó Alberto, existieron suficientes indicios de fraude que deslegitimaron dicho proceso, de tal forma que en noviembre de ese mismo año Alberto huye del país, renuncia desde Japón, Valentín Paniagua asume como gobernante de transición, y se convoca elecciones para el 2001), a los poderes fácticos y mediáticos, a Steven Levitsky y Fernando Rospigliosi, y a Ollanta Humala.

El fujimorismo encantó al pueblo peruano. Embelesó a los electores peruanos en 1995 y 2011, y estos, al darle su respaldo, legitimaron al fascismo (definición de Mario Vargas Llosa) acriollado (agrego, para diferenciarlo del viejo fascismo europeo y latinoamericano. El nacional tiene características particulares).
Aunque sería injusto no tomar en cuenta el contexto de 1995 (auge de la creación mítica fujimorista: derrota del terrorismo e inicio del progreso económico), no se puede negar el hecho de que, en dicha elección, se legitimó, con la anuencia de la mayoría de los peruanos, definitivamente el golpe de Estado de 1992 (año en el cual se inició aquel proceso con la conformación del Congreso Constituyente Democrático y, un año más tarde, con la aprobación de la nueva constitución), y el modelo antidemocrático de desarrollo instituido.
Si la elección de 1995 es, hasta cierto punto, comprensible por la situación (paz, luego de una década trágica provocada por la rebelión de Sendero Luminoso y la respuesta del órgano militar y policial represor del Estado, estabilidad económica, luego de la crisis extrema causada por el gobierno de Alan García, y desconocimiento de los actos delictivos que ya se habían cometido y de los que se iban a cometer), la elección del 2011 no tiene parangón.
A pesar del público conocimiento de todas las transgresiones del fascismo acriollado como gobierno, desde la destrucción de la democracia hasta la devastación moral del país, su principal representante en prisión, y saberse que como movimiento político encarna una opción autoritaria, 48% del electorado le brindó su respaldo, legitimando así, nuevamente, al fujimorismo como fuerza política ante la sociedad.
Pero, a diferencia de 1995, cuya legitimidad obtenida fue producto de su masivo apoyo popular a sus políticas, en 2011 lo hizo por entre los poderes fácticos y mediáticos, los cuales utilizaron todos los recursos que le fueron posibles para dar apertura a un segundo fujimorismo, y así evitar también el triunfo del reformismo (hasta ese momento) nacionalista. Si bien no lograron su objetivo principal (en lo que seguramente será recordado como una jugada maestra del ajedrez electoral nacional, los asesores de Ollanta aprovecharon el debate, que se efectuó una semana antes del segundo sufragio y así provocar un mayor impacto, para lanzar la denuncia sobre el caso de las esterilizaciones forzadas llevadas a cabo por la dictadura, de la cual fue Primera Dama la candidata fujimorista en competencia, quien hasta ese momento lideraba las preferencias electorales. Este movimiento no sólo conmocionó a la opinión pública, sino también  jaqueó al fascismo y le significó la victoria al nacionalismo), su tarea de legitimización política y social del fascismo acriollado tuvo éxito. Para tal logro fue clave el apoyo que le brindaron, en su gran mayoría, como instrumentos vinculantes con la sociedad, los canales de televisión y radio, la prensa escrita, el gobierno de turno, los empresarios, las derechas políticas,  personajes famosos del medio farandulero y deportivo local.
Y los intelectuales.

A Steven Levitsky el fujimorismo no lo encantó. Lo engañó. Le hizo creer que es el aprismo del siglo xxi (tesis, compartida por Carlos Meléndez, expuesta en una entrevista para un programa de televisión durante la coyuntura electoral de 2011. En los artículos sobre el fujimorismo atenuara esta afirmación, así como lo hará con otras sugeridas en los mismos). Como lo mencioné en Los Herederos (Bloch Jones, 7 de mayo de 2012), tal comparación es un despropósito.
El fascismo acriollado también le hizo creer que es ideológico, místico, militante, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la democracia (tesis planteadas en los artículos, publicados en el diario La República: La Derecha y la Democracia, 5 de febrero de 2012, Construcción de Partidos y la Paradoja del Fujimorismo, 19 de febrero de 2012, Los Dilemas del Fujimorismo, 4 de marzo de 2012).
El fujimorismo ideológico no existe como un conjunto de ideas por su cultura caudillista y  pragmática. Todo se reduce al líder. Durante la elección de 2011, el discurso público de Keiko Fujimori estaba relacionado directamente con su padre (evocación, reivindicación, y deseo de liberación). El mito fujimorista, lo que Steven considera el cimento ideológico: la victoria sobre Sendero Luminoso, la “persecución” al líder y, a los cuales añado, el progreso económico, está unido al proceder, la “genialidad”, y el sufrimiento del caudillo.
El fujimorismo místico es una tradición inventada no exclusiva. Todas las agrupaciones políticas, desde su propia perspectiva histórica, tienen mística. Acción Popular tiene mística, al igual que el Partido Popular Cristiano, y mucho más aún los partidos comunista y aprista. Hasta un novel Perú Posible podría reclamar mística, construirla, en fin, imaginarla.
El fujimorismo militante es inestable en sus bases sociales cimentadas con políticas asistencialistas. Si estas políticas son redirigidas por un nuevo caudillo, el basamento social del fujimorismo se perdería. La eliminación del Programa Nacional de Asistencia alimentaria, Pronaa, y la creación de Qali Warma, al parecer, van en este sentido.
El fujimorismo como posible partido que fortalezca la democracia es un absurdo. El fujimorismo es anti-partido, fue concebido como tal, es su naturaleza,  casi su razón de existir, por su cultura, al igual que en el supuesto ideológico, caudillista y pragmática. No podría fortalecer la democracia por su esencia antidemocrática. La democratización del fujimorismo significaría su desaparición.
El fujimorismo sin Fujimori no existe.
No tiene una identidad, un nombre propio, nunca lo ha tenido, que no esté vinculado con Alberto. No gana elecciones (Martha Chávez en la elección presidencial de 2006 sólo obtuvo 7%, con lo cual ni siquiera logró alcanzar el promedio del voto fujimorista: 20%, promedio que, dicho sea de paso, le bastó a Keiko para disputar la segunda vuelta del último curso electoral), ni legitimidad social (se puede pensar que quien obtuvo la legitimización en 2011 fue Keiko, y no Alberto. Es más, algunos analistas observaron cualidades de buena candidata, presidenciable, en ella. En realidad quien logró legitimar al fascismo acriollado no fue Keiko, fue Fujimori. Lo simbólico. Si Keiko se apellidaría Raffo, Cuculiza, Salgado, Montesinos, Cipriani, Alcorta, o Bayly, lo más probable es que no hubiera tenido éxito).
El caso de Steven no es uno de simpatías ni de subjetividades analíticas (él mismo se encargó de aclararlo en el artículo: Los Dilemas del Fujimorismo), tampoco de desconocimiento del tema (politólogo estadounidense que desde hace muchos años atrás estudia la realidad nacional y el fenómeno fujimorista-él y Lucan Way le dieron un enfoque particular al gobierno de Alberto denominándolo, para diferenciarlo de otros sucesos análogos: Autoritarismo Competitivo),ni mucho menos, claro está, de falta de capacidad, la cual es indudable por sus conocimientos y su prestigio.
Es simplemente, considero, una apreciación desacertada.
Por el contrario, a Fernando Rospigliosi el fujimorismo no lo engañó. Lo encantó. Sólo así se puede explicar su artículo: Sin Montesinos (La República, 8 de mayo de 2011), en el cual fundamentó las razones por las cuales Keiko sería una alternativa a considerar.
El artículo es una toma de posición. Una de las muchas que se dieron durante el contexto electoral. Al igual que Fernando, Mario Vargas Llosa lo hizo con: Retorno a la Dictadura, no (El País, 24 de abril de 2011), o César Hildebrandt con: Votar por Humala (Hildebrandt en sus Trece, 3 de junio de 2011). Pero, a diferencia de aquel, Mario y César lo hicieron por principios y con razones sólidas. Las razones de Fernando fueron inconsistentes (argüir, en síntesis, que Keiko no representaba al fascismo acriollado, no es argumentar. Es mentir, por cálculo político. Sólo alguien con un absoluto desconocimiento del tema referido podría haber hecho tal afirmación con convicción. Fernando no es una de esas personas), y sus principios olvidados (debes olvidarte de tus principios y de tu integridad como persona, como profesional, como intelectual, como demócrata, para apoyar a la agrupación política que destruyó al país y que cometió toda una serie de delitos en los cuales también está involucrada la hija de Alberto).
Sin Montesinos es político y panfletario. Analíticamente subjetivo. Expresa los deseos conscientes e inconscientes del autor, y su mentalidad. El artículo es casi una mala ficción. Casi, porque en la parte final, refiriéndose a Ollanta (en realidad la cita refiere un engaño muy distinto al que se iba a perpetrar. Es un presagio involuntario), escribe lo siguiente: “Se ha disfrazado para aparentar algo que no es.”
Y tenía razón.

El fujimorismo está encantando a Ollanta Humala. Su gobierno se está acercando peligrosamente al fascismo. Criminaliza y reprime con violencia la protesta social y ciudadana, representa y defiende los intereses de los poderes fácticos y económicos.
Atenta contra la democracia.
Analistas diversos muestran su preocupación por el hecho de que Ollanta se “parezca”, día a día, cada vez más a Alberto, y temen un golpe de Estado como el de 1992. Sinesio López les responde que éste sería innecesario por redundante. Las derechas, según él, ya han ejecutado un “golpe blanco” y han tomado el poder (Sicarios Ayer y Turiferarios Hoy, La República, 17 de junio de 2012). Discrepo con ambas hipótesis. Comparar la situación de 1992 con la actual, sin tomar en cuenta las situaciones históricas, es una equivocación. Y proponer, con razón, un “golpe blanco” de las derechas, es soslayar responsabilidades propias y ajenas.
El que ha vulnerado la, ya de por sí frágil, democracia es Ollanta.
El incumplimiento, y olvido, de sus promesas electorales transgrede la democracia. Por supuesto que las derechas también son responsables de éste atentado. Los representantes del poder económico, y sus operadores mediáticos, lo propiciaron y alentaron. Hacer esto, es demostrar que a ellas no les interesa la democracia. Pero, el que decidió y consumó esta contravención, desmontando la puesta en escena de su campaña electoral, fue Ollanta.
Y los que lo ayudaron a vulnerar la democracia fueron las izquierdas.
Estas (Ciudadanos por el Cambio, de la que es parte Sinesio, fue la principal agrupación que refrendó a Humala), como herramienta política del nacionalismo plebiscitario, a estas alturas ya defenestradas del nacionalismo gobernante, son responsables por pragmatismo. Éste los indujo apostar por un advenedizo, por su capital socio-electoral, en vez de hacerlo por la construcción de un proyecto político propio de corto (circunstancial, plebiscitario) y largo (institucional) plazo. Esta malhadada aventura los ha obligado esbozar un proyecto político unitario, inspirado en el Frente Amplio uruguayo, por el momento indefinido y, según Levitsky, caracterizando a las izquierdas nacionales, sin fortaleza, débil: “Como ha señalado Eduardo Dargent, la izquierda peruana es muy débil. De hecho, es una de las más débiles de América Latina (junto con Guatemala, Panamá y Paraguay). Los partidos de izquierda son casi inexistentes.”(El Fantasma de la Izquierda, La República, 24 de junio de 2012). Por su parte, César Hildebrandt propone sin entusiasmo ni fe, como primer paso antes de intentar construir un proyecto, la autocrítica (Patada en el Culo, Hildebrandt en sus Trece, 27 de enero de 2012). Adhiero y estoy de acuerdo con ambas apreciaciones. Con lo único que estoy en desacuerdo es que se siga nombrando partido a los que no lo son. Partido, en el escenario nacional, no es un nombre propio, es un apodo. Un alias. Los partidos políticos, como instituciones, en el Perú, sencillamente, no existen.
Políticos, empresarios, periodistas, ayayeros varios, del fascismo acriollado, engatusan a Ollanta y, desde que “Conga va” (palabras emblemáticas que significaron el viraje del gobierno hacia la derecha, y por las cuales personajes como Aldo Mariátegui, Cecilia Valenzuela, Cecilia Blume,  más que opositores acérrimos, enemigos no declarados de Ollanta hasta antes de ser pronunciadas, le brindaran su apoyo y sus halagos), él está fascinado.
Heredero de Alan (Los Herederos),  encantado por Alberto (encanto limitado. Humala tiene sus propios apetitos. Por el momento ha empezado a crear los aparatos de asistencia social que le permitan establecer relaciones clientelares con los sectores populares), Ollanta es el reflejo del Perú.
Es el espejo de una ficción kafkiana.

Estamos atrapados en una novela de Kafka. Fascistas legitimados por el poder y la sociedad política (derechas) y ciudadana (el Perú “incluido”, la “mitad” del país), intelectuales, consciente o inconscientemente, al servicio de aquellos, un presidente, que engañó a propios y ajenos, y tal vez hasta a él mismo, con falsas promesas de cambio (la gran transformación pasó a ser, post Conga y nombramiento de Óscar Valdés como Premier, una gran estafa adornada con la hoja de ruta), enajenado por el fujimorismo, todos reunidos en un país cuya realidad a la vez que indica una aparente modernidad (pensar en esto, cuando los pilares de un país moderno, que son la educación y la salud, están en crisis permanente, cuando las instituciones públicas son precarias, cuando un tercio de la población vive en pobreza y pobreza extrema, cuando sus gobernantes vulneran la democracia y los derechos humanos, laborales, y sociales, de sus gobernados, cuando la desigualdad, la discriminación, el racismo, la injusticia, la corrupción, la inmoralidad, imperan en las relaciones sociales en sus ámbitos público y privado, es una paradoja), y progreso económico (excluyente, que sólo beneficia al Perú “incluido”. El término, en política, inclusión, en parte gracias al gobierno nacionalista que lo ha desvirtuado, se puede prestar a confusión. El Perú excluido no busca ser incluido. Busca ser respetado. El ideal es, o debería serlo, sin incluidos ni excluidos, la igualdad), también anacronismo e inercia cultural y mental, podría ser una ficción, sombría y genial como El Proceso, escrita por Franz. Lo infausto es que no es una ficción.
Es la realidad peruana.
Peruanos exigen (a veces con formas inadecuadas y grotescas) una minería responsable con el medio ambiente y respetuosa de los derechos de las personas, y otros peruanos les responden que eso es detener el progreso y la marcha inexorable hacia el primer mundo (lo cual me hace recordar a las izquierdas del siglo xx que pensaban lo mismo del socialismo). Peruanos exigen que se respeten la vida y las diferencias culturales y de pensamiento, y otros peruanos reclaman represión, sin importar que esta pueda llegar a ser brutal y asesina (17 muertos por protestar, denuncias de tortura y agresión física y psicológica contra manifestantes anti-Conga y activistas pro derechos humanos en Cajamarca, violencia desmedida, normada en el segundo gobierno de García, contra protestantes en Espinar), de toda diferencia. Peruanos exigen que se respete el derecho a la protesta política y ciudadana y al diálogo, otros peruanos exhortan la cárcel para los disidentes y la imposición para los discrepantes (para que exista una verdadera voluntad de diálogo en Cajamarca, o en Espinar, lo primero que debe hacerse es reconocer a los otros como iguales, como peruanos. Identificarse con ellos. A los cajamarquinos que se oponen a Conga, los que están a favor del mismo –las derechas políticas y sociales, los poderes fácticos, económicos y mediáticos- los perciben como diferentes, extranjeros, enemigos a los que se tiene que abatir. No les importan sus derechos ni sus pareceres). Peruanos exigen justicia, otros peruanos les responden que eso es subversión. Peruanos exigen un país diferente, otros peruanos les responden que eso es imposible.
No lo es.
El país encantado por el fujimorismo es el espejo de la ficción kafkiana. Pero este lúgubre encanto puede romperse.
Con alegría y felicidad.
No pienso, por supuesto, que estas por sí solas puedan quebrar esta oscuridad. Eso sí es imposible. Creerlo sería una ingenuidad, decirlo una banalidad, y escribirlo un eslogan. Ellas son sólo el preámbulo de un poema de Mario Benedetti, el bosquejo del sueño de Julio Cortázar.
El umbral de la esperanza de Albert Camus.
La alegría, tal como la defiende Mario de pasmos y pesadillas, miserias y miserables, ingenuos y canallas, tal como la entiende Julio, la supresión de toda humillación y dolor, explotación y alienación, distancia y mutilación, para llegar a ser nosotros mismos, y la felicidad, tal como la reivindica Albert bregando por la justicia y la libertad, el arte y la cultura, la verdad y la solidaridad, son sólo el preludio.


Lima, junio de 2012. 

lunes, 7 de mayo de 2012

LOS HEREDEROS

Luis Enríquez Travezaño

La hegemonía de las derechas, y su modelo democrático neoliberal totalitario, es real. A fines de los años 80, e inicios de los 90, con la caída del Muro de Berlín y de la real politik socialista, se impone a nivel mundial. En el Perú, el modelo forjado por el Consenso De Washington y los Chicago Boys, se instaura a través del golpe de Estado perpetrado por Alberto Fujimori el 5 de abril de 1992.
En el año 2000 diversos factores (movimiento social y ciudadano, oposición cultural e intelectual, desgaste político del fujimorismo, develación de los llamados: vladivideos) decidieron el fin de la dictadura fujimorista.
Pero no del modelo impuesto.
El esquema teórico de Friedman, y práctico de Pinochet, no fue reformado a pesar de que su base legal: la Constitución Política de 1993, es un genuino producto de esta suerte de fascismo (Mario Vargas Llosa) acriollado que es el fujimorismo.
El modelo de desarrollo que Paniagua no pudo reformar, Toledo no quiso, García agudizo, y, todo parecería indicar, Humala continuará, es herencia del fujimorismo.
Y los herederos son las derechas.
Sus matices confluyen en la aprobación del modelo. Desde Vargas Llosa (Mario suele plantear una síntesis crítica del fujimorismo disociando su objeto de análisis. Por un lado estaría el fujimorismo como estructura política, social, e ideológica, que afectó, y afecta, a las relaciones sociales organizacionales del país en su esfera pública y privada. Este fujimorismo es el que Mario rechaza y combate. Por el otro lado estaría el fujimorismo económico que no es otra cosa que la aplicación, con características propias, del modelo de desarrollo capitalista neoliberal en el Perú. Sobre este fujimorismo Mario siempre ha guardado un discreto silencio por razones ideológicas. El error en su análisis radica en el hecho mismo de la disociación. Proponer una síntesis crítica del fujimorismo, u otro paradigma social, implica necesariamente analizar al fenómeno como un todo. Por lo mismo se infiere que no existe un fujimorismo político y social, y otro económico. El fascismo acriollado es uno solo. Es una totalidad. Es un modelo que no se puede desarmar según conveniencias) hasta Jaime Bayly, desde Bedoya Reyes hasta Alan García, desde Rosa María hasta Cecilia Valenzuela, desde Álvarez Rodrich hasta Aldo Mariátegui. Las derechas han aceptado el bien que la dictadura les legó. El arquetipo de Montesinos.
El país de Fujimori.
El Perú de Alberto es el de la ortodoxia capitalista, del mercado como fin y de la democracia como medio, de la disminución de derechos sociales, del consumismo como valor y el egoísmo como moral, del totalitarismo neoliberal.
Del nihilismo.
El modelo que heredaron, y aceptaron, las derechas peruanas es un modelo de desarrollo que no está relacionado únicamente con la economía (extractivismo primario exportador), sino que atañe a todos las facetas y organización como sociedad. Este sistema no sólo significa bienestar macroeconómico (como fundamento), significa también precariedad de la democracia, injusticia, ahondamiento del clientelismo político y la fragmentación social, absentismo del Estado, perversión de las estructuras mentales (corrupción, discriminación, racismo, inmoralidad, interiorización del nihilismo).
Las derechas políticas al no tener más ideario que el dinero, y al no tener partidos (ruina institucional) que los vinculen políticamente con la sociedad (la preeminencia de las derechas está ordenada por los poderes fácticos y mediáticos), han aceptado el fujimorismo como paradigma.
Un paradigma antidemocrático.
El paradigma fujimorista es el resultado de la Historia (Sinesio López) entendida como estructura. Es el resultado de la tradición autoritaria (Flores Galindo), y el contexto en el cual se extendió. Esta práctica antidemocrática (el politólogo estadounidense Steven Levitsky, quien junto a Lucan Way caracteriza el régimen fujimorista como autoritarismo competitivo, se equivoca al proponer un fujimorismo ideológico, que no existe como un conjunto de ideas por su cultura caudillista y pragmática, místico, que es una tradición inventada no exclusiva, militante, que es inestable en sus bases sociales cimentadas con políticas asistencialistas, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la democracia, que es un absurdo porque el fujimorismo sin Fujimori no existe y el fujimorismo es en esencia anti partido y antidemocrático) ha configurado el Perú contemporáneo.
Las derechas han convertido, consciente o inconscientemente, al fujimorismo, en confluencia con un falso liberalismo (el liberalismo no banca ni tranza con autoritarismos de ninguna laya. Es la actitud mostrada por Mario y Álvaro Vargas Llosa en la elección presidencial del 2011. Por el contrario, el falso liberalismo adhiere fascismos que restringen libertades y derechos. Es el caso de la política exterior de los Estados Unidos e Israel y sus aliados, o el de los azarosos “liberales” peruanos que en la coyuntura electoral referida apoyaron, sin atisbo de duda, al fascismo acriollado, lo cual no es de sorprender ya que nuestros “liberales” suelen pensar, usualmente, como conservadores, y actuar, en diferentes temas de interés nacional, como quinta columna), en normativa.
Este hecho no es un fenómeno nacional (aunque sí tiene sus particularidades). Está relacionado con las políticas internacionales de la economía de mercado.
El establecimiento de nuevas políticas pragmáticas asociadas al mercado (European Estability Mechanism), relacionadas con la crisis del neoliberalismo como modelo de desarrollo, están articulando un nuevo paradigma antidemocrático.
La democracia realmente existente.

La historia ha sido injusta con José Carlos Mariátegui. Ella habitualmente ha indicado que las izquierdas peruanas son sus herederas políticas, sus beneficiarias ideológicas, sus usufructuarias intelectuales, cuando en realidad es otro actor el que legó a las izquierdas.
Eudocio Ravines.
Si bien es cierto que José Carlos apertura el socialismo, como pensamiento (7 Ensayos De Interpretación De La Realidad Peruana, Amauta) y como organización política (funda, junto a Manuel Hinojosa, Avelino Navarro, Julio Portocarrero, Julio Borja, Bernardo Regman, Ricardo Martínez De La Torre, Luciano Castillo, y Ricardo Chávez León, el Partido Socialista Peruano en 1928), es Eudocio quien, al morir Mariátegui en 1930, trunca este proyecto y decide, como secretario general, en una acción más que simbólica (y por la política de la Komintern), cambiar el nombre del partido a comunista. Este hecho significó la vinculación política dependiente con el estalinismo, y el proceso de ideologización.
El dogma y el sectarismo de las izquierdas peruanas (y mundiales).
El marxismo y el leninismo fueron convertidos en religión (y Stalin en sumo pontífice), los comunistas en fanáticos, y el pensamiento de izquierda pasó de ser crítico a único.
Este pensamiento único no debe ser entendido como unidad política.
La ideologización fragmentó políticamente a las izquierdas ya que, este pensamiento único, se reprodujo entre sus numerosas y distintas capillas creando, cada una de ellas, una verdad absoluta en hostilidad con las otras.
Los pensamientos de Marx y Lenin se deifican al descontextualizarlos, es decir al ser apreciados sin tomar en cuenta su contexto histórico (sus producciones culturales deberían ser comprendidas como constructos de su época).
Y al ser convertidos en paradigmas científicos.
Ser asumidos como doctrina científica (marxismo leninismo) propicia contradictoriamente su divinización, la pérdida de su carácter histórico, subjetivismo (visión marxista de la historia), y noción de la realidad (interpretación subjetiva y anacrónica).
Las izquierdas peruanas nunca se dispusieron como institución democrática (la Izquierda Unida de los años 80 quedó en perspectiva). Su religión favoreció la adhesión, y justificación, de experimentos opresivos (Unión Soviética, Cuba, China, Corea Del Norte, Kampuchea Democrática, Bloque Del Este), y revolucionarios (Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, Movimiento Revolucionario Túpac Amaru). Favoreció su inexistencia como partido, su fragmentación política, su falta de identidad nacional, su falta de representación electoral.
Las izquierdas son las herederas de Ravines.

Steven Levitsky y Carlos Meléndez se equivocaron al afirmar que “el fujimorismo es el aprismo del siglo xxi”, comparación, por lo menos, desafortunada (comparar el aprismo de Víctor Raúl, Manuel Seoane, Luis Alberto Sánchez, Carlos Manuel Cox, Luis Heysen, Andrés Townsend, Ramiro Prialé, el aprismo auroral de Ciro Alegría y Magda Portal, con el fujimorismo de Alberto, Vladimiro, Keiko, Kenji, Santiago, las “chicas súper poderosas”, es un despropósito. Sólo el “búfalo” Pacheco podría caber en tal comparación).
El nacionalismo es el aprismo. El nacionalismo de Ollanta Humala es el aprismo de Alan García.
El heredero de Alan es Ollanta.
Humala es el heredero ideológico (el aprismo es una variante del nacionalismo adornado con La Marsellesa), y práctico (la dualidad contrapuesta: candidato-gobernante, que en política significa que el gobernante no va a cumplir las promesas que como candidato ofreció, y el doble discurso conocido como “escopeta de dos cañones”, es de uso corriente en Alan) de García.
El aprismo, como matiz ideológico del nacionalismo, es pragmático. No tiene principios ni ética, ni moral.
Es una indefinición (puede estar ubicado a la izquierda, a la derecha, al centro. Es una hoja en el viento)
Por lo mismo los virajes políticos de los actores son recurrentes (Haya en 1956, García en 2006, Humala post Conga en 2011. Todos hacia la derecha. En el caso de los apristas los virajes fueron resultados de procesos que duraron años y significaron ajustes y reinterpretaciones a su ideología. En el caso de Ollanta su viraje se dio en menos de 5 meses y no tuvo mayor significación ideológica. Políticamente significó la defenestración de su instrumento electoral de izquierda. Sinesio López explica el viraje, de Humala, con la hipótesis, que adhiero, de la captura del Estado y su aparato de gobierno por el gran capital).
Este pragmatismo, aunado al caudillismo y a la ausencia de partidos (el aprismo no se consolida como partido, a pesar de que su organización tiene todos los elementos necesarios para hacerlo, entre otras razones por el liderazgo de García –cultura autoritaria de jefatura- que lo ha convertido en su patrimonio), emprende contra la democracia y la construcción de instituciones políticas partidarias.

El macondo de las instituciones políticas (no existe un sistema de partidos) está relacionado con los actores y la estructura, y afecta directamente la representación democrática (democracia en perspectiva). Es un problema que no se reduce tan sólo a la precariedad de los actores políticos ni al sistema organizacional.
El pragmatismo, de larga duración, de las derechas y el nacionalismo, ha forjado un modelo antidemocrático. Su enajenación al fujimorismo es el producto de la inexistencia de un sistema partidario y de las circunstancias históricas (preeminencia de los poderes fácticos y mediáticos, caudillismo, nación inacabada, situación de contexto).
Las derechas tendrían que reconstruir su tradición política rescatando el pensamiento liberal histórico (Francisco García Calderón Rey), nacional (Jorge Basadre, Víctor Andrés Belaúnde),  y relacionarlo dialécticamente con el moderno (Mario y Álvaro Vargas Llosa), vinculándose a la sociedad a través de un proyecto político nacional liberal, no libertario (Martín Tanaka explica el conservadurismo de las derechas liberales peruanas con la hipótesis de la influencia del liberalismo libertario), de centro derecha, que necesariamente exigiría una articulación partidaria con base social, alcance nacional, y un programa que actúe como eje cohesionador de sus distintas fuerzas políticas. Este trabajo de base, y organización, sería el primer paso para la institucionalización (lo que sólo se lograría en el largo plazo. Una institución política no se crea por decreto. El Estado no puede crear un sistema de partidos. A los partidos los forjan los actores y la Historia).
La conformación de un partido al estilo del Republican Party, y la consolidación del aprismo nacionalista (reconstrucción de su tradición política: Haya, Sánchez) como institución, fortalecerían la democracia.
Una identidad política democrática liberal institucionalizada les permitiría a las derechas tener libertad de acción respecto a los poderes fácticos y mediáticos (y a su vez estos ya no tendrían el control total de las relaciones de poder), y romper la relación de dependencia con el fascismo criollo (fujimorismo) al que recurre el falso liberalismo cuando se asusta (César Hildebrandt).
Las derechas deben construir democracias libres, el gobierno de los ciudadanos  y no el designio del mercado.
Las ideologías descontextualizadas (marxismo, leninismo, estalinismo, maoísmo, trotskismo) no sólo han desestructurado a las izquierdas, también han producido anacronismos autoritarios (Cuba, FARC, neo senderismo, violencia revolucionaria, dictadura del proletariado) y subjetivos (La religión marxista ha creado verdades absolutas en el imaginario de las izquierdas). La dualidad, entendida como contradictoria, que define el ideal de las izquierdas y el de las derechas: justicia (izquierdas) y libertad (derechas), y que opone lo cultural a lo natural (lo social relacionado a lo cultural y lo individual a lo natural), han significado históricamente, para las izquierdas, asumir compromisos con regímenes despóticos, tiranías, “socialismos” totalitarios, persiguiendo un ideal de justicia que inhibía la libertad de las personas (a su vez las derechas liberales cimentaron democracias injustas).
La preeminencia del mercado, en el contexto actual, apertura un nuevo escenario: el ordenamiento de nuevas políticas pragmáticas asociadas al mercado (“markt konforme democratie.” Angela Merkel) están configurando un modelo de democracia realmente existente (el experimento europeo). Ante tal situación las experiencias reformistas (políticas nacionales independientes en relación con el sistema globalizado) de las izquierdas latinoamericanas (Uruguay, Brasil, Argentina), se presentan como una alternativa de instauración democrática.
Esta realidad antepone a las izquierdas peruanas: construir un ideario nacional histórico y cultural (José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José María Arguedas, Alberto Flores Galindo), situar ideologías y hechos en su tiempo y espacio, reencontrarse con la socialdemocracia, acabar con los anacronismos y los subjetivismos, proponer una unidad programática, desde las bases y los distintos actores políticos e intelectuales, que tenga una agenda, que realice un trabajo político que recree la comunicación con la sociedad (recrear el vínculo), que le dé forma a un proyecto político nacional reformista (urgen reformas de Estado, salud, educación, justicia, marco legal, políticas de interés nacional, de industrialización, de seguridad ciudadana, de diversidad cultural y de género, políticas laborales, medio ambientales, fiscales, en relación independiente con la economía de mercado-creación de un nuevo paradigma de desarrollo) y propio (la aventura con Ollanta debería ser la última en la que el fin se antepone a los medios), que forje una identidad, y que cimente los principios para su institucionalización.
Converger justicia y libertad.
Construir un proyecto político moderno de centro izquierda representa una alternativa para la democracia en perspectiva, y una contrariedad para las tentaciones autoritarias del capitalismo neoliberal.

Lima, Abril de 2012.