Minutos pasada las 4 de la tarde del domingo 5 de junio del año 2011, los primeros sondeos de votación que se daban a conocer en los medios de comunicación daban como ganador de las elecciones presidenciales a Ollanta Humala; los cuales horas más tarde serían confirmados de manera oficial por la ONPE. Este suceso histórico significó, al menos eso aparentaba en un principio, la primera vez que una opción política de (centro) izquierda llegaba al gobierno (aunque su naturaleza ideológica no fue de izquierda, algo que los políticos e intelectuales de derecha suelen olvidar u obviar al momento de analizar o presentar el hecho, las medidas y reformas de la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado estuvieron caracterizadas por aquel espectro ideológico), en cuyo alrededor se dan una serie de eventos, afortunados y desafortunados, relacionados al mismo.
En primer lugar, se encuentra en el
susodicho proceso electoral la consolidación del voto anti.
Si bien es cierto que en un primer
momento la intencionalidad del elector está dirigida en su gran mayoría por su
simpatía o fascinación por un determinado candidato o lo que éste representa
(valgan obviedades, en el escenario electoral nacional no se toman en
consideración proyectos, al momento de elegir, ni de plantear análisis), lo que
al final decide el triunfo y la derrota de uno u otro es el voto anti, en
contra de. Al finalizar la primera parte de las presidenciales de 2011, Ollanta
y Keiko Fujimori pasaron a una segunda vuelta electoral; durante el transcurso
de esta, y a pesar de la campaña de un poderoso sector de las derechas en contra
de Ollanta y a favor de la representante de la dictadura de los años 90, lo que
terminó siendo el factor decisivo para la derrota de esta y el triunfo de aquel
fue la resistencia que supuso entre la población la candidata del fujimorismo.
La mayoría de los pobladores no votaron por el nacionalismo humalista, el que
dicho sea de paso también tuvo en aquel momento una gran resistencia por el
miedo y la incertidumbre que generaba. Votaron, al fin y al cabo, en contra de
Keiko. Si Ollanta hubiera enfrentado a un candidato distinto a la fujimorista,
el centro político y las derechas liberales democráticas representadas por
Mario Vargas Llosa no le hubieran dado su apoyo ni su respaldo tal como
sucedió, y lo más probable es que haya sido derrotado.
El voto anti ha sido la variable que en
los últimos procesos electorales presidenciales ha decidido, más que las
victorias, las derrotas de los candidatos que causaron oposición entre la
ciudadanía. En las presidenciales del 2006, un chavista Ollanta encarnó el voto
negativo, lo que le permitió a Alan García ganar el escrutinio. Como en el caso
anterior, Alan, quien también figuraba una gran oposición (por su funesto primer
gobierno, por su fama de charlatán y ladino y por todas las sombras de corrupción
que lo envuelven, hasta el presente), aunque no tanta como la del entonces
chavista, no hubiera triunfado si competía con Lourdes Flores o Valentín
Paniagua, por citar un par de ejemplos. El año 2001 también se dio la
preeminencia del voto anti, aunque en diferentes circunstancias que en los
casos anteriores. El entonces por tercera vez candidato Alejandro Toledo,
principal y destacada figura de la lucha contra la dictadura fujimorista a
fines de los años 90, no era un actor resistido por el electorado, y su voto a
favor estaba explicado más por la simpatía y el agrado de la mayor parte de la
población (voto que simbolizaba también una recompensa por su labor política
contra el fujimorismo), que por el rechazo al que era su rival en la segunda
vuelta, Alan García. No obstante, el hecho de haber sido involucrado en
denuncias, escándalos y faltas a la verdad durante la última parte de la
campaña, hicieron peligrar su triunfo, el que finalmente se consumó gracias a
la circunstancia de enfrentar al que en ese momento era, después de Alberto
Fujimori y todos los relacionados a éste, el personaje político con mayor
oposición entre los ciudadanos.
Dejando de lado las por demás irregulares,
por todo lo que aconteció durante estas,
y al parecer, por los indicios, fraudulentas presidenciales del 2000 y, aunque
en una situación de ilegalidad por el golpe de Estado del 5 de abril de 1992,
las justas de 1995 (Fujimori ganó con el voto de la simpatía, el encanto y el
agradecimiento por la idea arraigada en el imaginario nacional de haber sido
durante su primer gobierno que se capturó a Abimael Guzmán, se derrotó a
Sendero Luminoso y se logró la paz y por haber detenido la terrible crisis
económica y social heredada del gobierno aprista y dar comienzo a la
recuperación y el desarrollo del país hacia la modernidad), las elecciones de
1990 igualmente se resolvieron por el voto anti, empero más que la resistencia
a la figura de Mario Vargas Llosa (sí existió resistencia a su persona, pero
esta estuvo vinculada a la irresponsable e imprudente contra-campaña del
aprismo y las izquierdas, por cuestiones políticas e ideológicas), el voto anti
estuvo relacionado a la, entonces, más polémica de sus propuestas: las
aplicación del llamado shock económico para reestructurar y salvar la moribunda
economía del país. Este drástico e inflexible plan de rescate de la economía
generó el rechazo necesario para el triunfo en segunda vuelta electoral del
candidato que se mostró en contra del shock y prometió no aplicarlo, un, hasta
hace unos meses atrás, desconocido Alberto Fujimori, quien dicho sea de paso,
días después de asumir la presidencia, aplicó la mencionada medida económica de
emergencia, tristemente recordada como fujishock.
El triunfo de Ollanta asimismo denotó la
importancia del escenario.
Esbozar una campaña electoral implica
para toda agrupación política conocer el escenario en el cual va a competir.
Una vez que se conocen los requerimientos, deseos y gustos de los electores
(los cuales varían de acuerdo a la edad, estrato socioeconómico y espacio geográfico),
el rechazo y el antagonismo que su candidato o sus ideas van a generar y entre quienes
o qué grupos lo va hacer, y a sus, o probables, competidores, los movimientos
políticos pueden plantear una estrategia de campaña que pretenda ser efectiva y
que no entre en contradicción con su plan de gobierno, o su proyecto de país,
en caso de tenerlo.
Después de su derrota en 2006, el nuevo
equipo de campaña del nacionalismo humalista (en donde destacó, por sobre todos
los demás, el trabajo como asesor del argentino brasileño Luis Favre) configuró
la estrategia para las presidenciales del 2011 de acuerdo a las etapas, los
tiempos de la elección. Durante la primera parte presentaron, si bien ya
divorciado de su chavismo y etnocacerismo auroral y lejos de su discurso
radical “anti sistema”, a un todavía Ollanta reformista, de la Gran Transformación, que confirmó el
promedio de la intención de voto que tuvo en 2006 (30%), y que le valió para
clasificar sin apuros de ningún tipo, y como en las elecciones pasadas con la
aún resistencia de Lima (el capital electoral de Ollanta se encontraba en el
interior del país), a la segunda vuelta. En esta nueva etapa, acomodada además
a las circunstancias (la rival, Keiko Fujimori), se presentó a un Ollanta
moderado, demócrata y conciliador (consumado todo en la conocida: Hoja de Ruta),
enfatizando estas características en contra de lo que representaba su rival
(los viejos anhelos autoritarios de las derechas conservadoras y
antidemocráticas), e intentando acercar al votante de la capital, plaza que
suele definir los procesos electorales presidenciales.
A diferencia de lo ocurrido en 2006, el
nacionalismo humalista en 2011 conocía el escenario en el cual iba a contender.
El equipo de campaña de Ollanta sabía muy bien que el potencial voto del
interior no bastaba para ganar, y que sin el convencimiento de Lima, era poco
menos que imposible. A cierta distancia, la campaña de Ollanta pareciera ser
afectada por una serie de virajes en pleno transcurso, no obstante, pienso que
esta respondió más a una sola estrategia planificada en base a un entendimiento
y conocimiento del escenario nacional (apariciones en público, nexos de
comunicación y gestos políticos, como por ejemplo lo fueron el manejo del
discurso de acuerdo al público que lo escuchaba, a la ciudad a la que iba o el
medio en el que estaba; y, con un gran sentido del tiempo y la oportunidad, la
denuncia sobre las esterilizaciones forzadas cometidas en el momento en que
Keiko formaba parte del régimen dictatorial como Primera Dama, dada a conocer
durante el debate presidencial a pocos días de la votación de segunda vuelta,
no sólo para causar impacto en la opinión pública, como efectivamente ocurrió,
sino para evitar que la contrincante tuviera tiempo de reponerse y responder).
El éxito de cualquier “partido” o frente político está relacionado a su
conocimiento del escenario; desconocerlo o ignorarlo, en pos de subjetivismos
ideológicos o un equivocado sentido de pertenencia (errores de táctica política
que suelen cometer las izquierdas, por candidez, terquedad o fanatismo, como
por ejemplo las posiciones tomadas ante la coyuntura venezolana: por un lado,
la ambigüedad del Frente Amplio, y por el otro una defensa férrea e ideológica
del chavismo por parte de otros sectores; hacer esto en un país donde el
chavismo es percibido por la mayoría de electores como negativo y hasta nocivo
como pensamiento y paradigma de desarrollo, es propio del desconocimiento del
escenario), conduce a la derrota, el fracaso electoral y la desaparición política.
Al respecto del escenario, el éxito del
humalismo también posicionó el centro político.
Entender el escenario electoral,
necesariamente significa conocer su idiosincrasia; en las presidenciales del
2006, Ollanta equivocadamente creyó que ésta estaba definida en su mayoría por
el malestar, la inconformidad y el deseo de cambio, similar a la Venezolana a
fines de la década de los 90, lo que permitió que Hugo Chávez llegara al poder
con un discurso extremista, radical, de ruptura. Plantear una campaña en las
mismas condiciones como las planteó el chavismo en su momento, impidió la
victoria del nacionalismo humalista, y precipitó su derrota. 5 años más tarde,
Ollanta ganó las elecciones ubicándose en el centro. 5 años antes Alan hizo lo
mismo, y también ganó (en ambos casos, lejos de posturas, principios o moral
política, su ubicación en el centro respondió a sus conveniencias). Toledo en
2001 ganó con una propuesta de centro. Y en 1990, Fujimori ganó al posicionarse
más al centro que Vargas Llosa, quien a pesar de ser una personalidad
independiente, de su prestigio y su propuesta liberal innovadora en el país,
fue percibido como representante de las clases altas y la vetusta derecha
oligárquica, por su ascendencia y posición acomodada y por haber estado aliado
a sus “partidos” tradicionales (Acción Popular y el Partido Popular Cristiano,
P.P.C.), a desemejanza del novedoso “chino”, independiente (tan sólo unos meses
antes, Ricardo Belmont inició el llamado boom de los independientes, u
outsiders, ganando las elecciones para alcalde de Lima en 1989), con un
discurso mesurado (habría cambios para salir de la crisis, pero no se aplicaría
el shock económico que prometía Vargas Llosa) y un perfil austero y popular que
lo acercaba al elector. Porque, a pesar de lo que comúnmente se cree, el centro
político no sólo implica las promesas electorales (lineamientos generales de un
plan de gobierno) y el discurso; también implica la representación, lo que
simboliza el candidato para el elector. A Ollanta, muy a pesar de todos los
esfuerzos de su equipo de campaña, le fue muy complicado disponerse en el
centro político en 2011. La imagen brindada en las presidenciales anteriores (el
radical chavista), estaba presente en el imaginario de la ciudadanía, y causaba
desconfianza y recelo en un sector de la población (de sobremanera en la plaza
limeña, en donde su rechazo seguía siendo abrumador). En las instancias de la
segunda vuelta, no solamente le bastó el acercamiento y las alianzas a grupos
con credibilidad democrática (lo que Sinesio López definió en aquel contexto,
cuando todavía era parte de la confluencia electoral izquierdista humalista: Gana
Perú, como la nueva correlación de fuerzas), tal es el “partido” de Alejandro
Toledo, Perú Posible, sino que, para hacer creíble su cambio de conducta y
pensamiento político, hasta tuvo que jurar un documento de obligación: Compromiso en Defensa de la Democracia y en
Contra de la Dictadura, ante la presencia de diversas y famosas personalidades,
quienes actuaron como garantes de aquel juramento. Si bien es cierto que, a fin
de cuentas, Ollanta logró el centro, y ganó la elección, cabe recordar que esto
no hubiera sido posible si no hubiera tenido al frente a Keiko y al fujimorismo
(lo que finamente prevaleció fue el voto anti). Sin el fujimorismo como
antagonista, lo más probable es que cualquiera de sus otros rivales (Pedro
Pablo Kuczynski, Alejandro Toledo, Luis Castañeda), hubiera representado el
centro, y ganado el escrutinio.
El centro político figura una necesidad
para los candidatos presidenciales en el Perú. No es sencillo disponerse en el
centro. Es necesario un trabajo político dirigido hacia la ciudadanía,
respaldado con gestos y posturas de los actores; en relación, resultó interesante
la postura de Lourdes Flores ante el proceso de revocatoria del 2013 contra la
alcaldesa de Lima, Susana Villarán. Al apoyar a Susana, una política de izquierda,
en pos de la gobernabilidad y la democracia, Lourdes se acercó un poco más al
centro, distanciándose, empero no del todo, de su imagen de “vieja” y
aristocrática derechista sectaria incapaz de tender puentes hacia la izquierda,
ni de actuar sin apasionamientos y odios (imagen que le significó sus más
importantes derrotas electorales, en el 2001 y el 2006). Ese gesto político
visto como de solidaridad con el adversario y responsabilidad democrática, le
ha valido a Lourdes bordear el centro, cambiar la percepción de su imagen y ser
una atractiva y sugerente opción para elecciones futuras. Por el contrario,
aferrarse al líder y caudillo en prisión y no tener un horizonte ni ideario
político más que luchar por la liberación de aquel y recordar constantemente y
con un orgullo desmedido cuando fueron gobierno, lo cual más que algo a su
favor, suele resultarle contraproducente, al fujimorismo le resulta casi, por
no decir imposible, intentar ubicarse en el centro. El fujimorismo en sí, su
naturaleza autoritaria, su esencia antidemocrática, no se lo permite. El
fujimorismo tendría que dejar de ser fujimorismo, romper con Alberto Fujimori y
su familia y sus figuras (las “chicas súper poderosas”, por ejemplo), y pasar
por un proceso de autocrítica para que tengan posibilidades reales de ser
creíbles como demócratas, y alcanzar el centro; no obstante, al ser evidente
que esto implicaría la negación de su propio ser y su desaparición, aquello no
es posible (hipótesis que sugieren al
fujimorismo como una fuerza política que podría afirmar la democracia y que
vendría a ser “el aprismo del siglo XXI”, y todo lo que eso implica, esbozadas
por politólogos juiciosos y mediáticos, reflejan una equivocación en la
contemplación del fenómeno. El fujimorismo en sí mismo es una negación de la
democracia, y equipararlo con un “partido” como el APRA del siglo XX, que era
un movimiento político de masas que contaba con una estructura partidaria
nacional, un ideario y un proyecto de país, es por demás un contrasentido; el
fujimorismo fue popular en los años 90 pero nunca tuvo la capacidad política de
movilizar masas, jamás se preocupó por edificar un órgano partidario ni crear
un ideario y mucho menos tenía una idea de nación -cuando a fines de los años
90 comenzaron a articularse y movilizarse las corrientes democráticas de protesta
contra la dictadura, no hubo acción cívica ciudadana ni partidaria que
defendiera al fujimorismo o a una supuesta concepción de país, muy distinto, en
comparación, a lo que ocurre hoy en día en Venezuela, en donde la organización
política, social y militar chavista defiende y logra sostener hasta el momento
a pesar del caudaloso descontento y la crisis social y económica, el régimen de
un ineficiente y políticamente obtuso Nicolás Maduro, y a su modelo de nación).
Es más, lo que todavía les permite ser una fuerza política importante en el
país es esa misma postura radical acompañada del apellido del caudillo
(elemento de vital importancia para sus intereses; sin el apellido, sus
candidatos no logran llegar al 10%, como lo demostró la candidatura de Martha
Chávez en el 2006), que en términos electorales representa un promedio de 20%
(así lo confirmó el algo más del 23% que Keiko logró en las presidenciales del
2011), lo que les asegura seguir teniendo presencia, voz y poder para negociar,
pero al mismo tiempo les impide ganar presidenciales.
Si para las derechas nacionales es
necesaria la búsqueda del centro político, para las izquierdas posicionarse en
el centro debería ser una obligación innegociable, e imprescindible. En un
escenario, hasta cierto punto conservador, que únicamente tolera cambios y
reformas siempre y cuando estos sean comprendidos como beneficiosos y no
afecten la estabilidad económica, el modelo de desarrollo y la estructura
organizacional del país, sólo el centro (y la confluencia de sus organizaciones
políticas) hace electoralmente viable una opción de izquierda, considerando que
esta representa en el imaginario del elector, en parte por vincularlas
directamente con los fallidos modelos de pensamiento y sociedad socialistas del
siglo XX y la funesta y malhadada experiencia de Sendero Luminoso en los años
80, el extremismo, la debacle y lo políticamente obsoleto (triste y
ciertamente, algunas apartadas y anacrónicas células de las izquierdas todavía
lo representan). Así parecen haberlo entendido las fuerzas reunidas en el
Frente Amplio, un proyecto político que intenta ser un reflejo de la experiencia
uruguaya, la que junto a la brasileña, son las izquierdas mejor organizadas, más
modernas y exitosas de Sudamérica; sin embargo, al menos todavía por el
momento, no parece encontrar un rumbo definido, ni perfilar una identidad
política que lo distinga en el escenario nacional como un actor importante y
con posibilidades reales de éxito, dependiendo esto principalmente de las
decisiones que tomen y los gestos y señales que envíen a la población
(decisiones que involucran posturas débiles o de confraternidad ante
experiencias autoritarias de izquierda en la región, como durante la coyuntura
venezolana, o el lanzamiento de candidatos presidenciales populares empero
advenedizos como en las elecciones del 2011, o sin considerar que su figura
debe generar empatía y consenso y no temor y rechazo en la mayoría del
electorado como lo haría por ejemplo la figura de Gregorio Santos; son el tipo
de decisiones que hacen que las izquierdas no representen mayor importancia en
la escena política nacional).
Para las izquierdas nacionales
representa un reto tomar el centro, y ganar elecciones; secciones mismas de las
izquierdas piensan que acercarse al centro y compartir espacios con la derecha,
entendido no de manera ideológica sino en la configuración de políticas
públicas, es algo parecido a una traición a sus principios e ideales
“revolucionarios”, de cambio estructural (muy distintos en sus formas y en sus
métodos, claro está, a los que predicaban y propugnaban en el siglo XX), perder
su esencia inconforme y rebelde, lo que los hace ser de izquierda, y actuar en
la medida, creen, que les sea conveniente a las derechas. Pensar de esta
manera, considero, es un error de apreciación; por poco un subjetivismo
ideológico. Si existen unas izquierdas que las derechas temen, detestan y las
desconciertan, son justamente aquellas que se muestran como una opción política
moderna, responsable, eficaz, solidaria y capaz de plantear acuerdos en pos del
beneficio público; lo que les convienen política y electoralmente a las
derechas, dicho sea de paso, son unas izquierdas “revolucionarias” y sectarias, ideológicamente anacrónicas y autoritarias
e intransigentes e intolerantes; en fin, lo que les conviene son unas
izquierdas quejicosas, tira-piedras y
quema-llantas, que sigan siendo
negadas e ignoradas en las urnas por la casi totalidad de la población.
Por otra parte, el nacionalismo
humalista confirmó la irrealidad de las “grandes transformaciones”.
Disponer una estrategia supone, entre
otros factores, la construcción de un discurso, respecto a lo que los electores
(o una parte de ellos) necesiten escuchar. El discurso de la Gran Transformación durante las
presidenciales del 2011 supuso esto. Como en los comicios del 2006, Ollanta
buscó figurar la necesidad de un cambio en la organización política y económica
del Estado de una gran parte de la población electoral, empero, a diferencia de
aquel año, en el cual creía que esa necesidad le bastaría para ganar, el 2011
era consciente de que sólo le permitiría pasar a una segunda vuelta. Una vez
concluido el proceso electoral, por haber sido únicamente parte de la
estrategia discursiva y jamás algo real, la llamada Gran Transformación fue
dejada absolutamente de lado por el humalismo. Una estrategia astuta y taimada,
valgan verdades, pero que conllevó en sí misma una mentira; un engaño, a fin de
cuentas. Lo que Ollanta sugirió durante su campaña electoral como promesa de un
cambio en las estructuras organizacionales del país, conocida como Gran Transformación,
es irremediablemente ilusoria y ciertamente inviable. En un contexto en el cual
el ordenamiento político, económico, jurídico y militar nacional forma parte
del sistema mundial capitalista neoliberal normado por la economía de mercado,
proponer “grandes transformaciones” es sencillamente mentir (escribiendo hace
más de 50 años atrás, no obstante refiriéndose a la inviabilidad de las
aventuras revolucionarias comunistas y socialistas post experiencia bolchevique,
Albert Camus planteó, en diferentes términos eso sí, esta idea). En tanto no se
reestructure o se cambie el paradigma de desarrollo mundial, no es razonable
una “gran transformación” a nivel nacional (dejando de lado los métodos de
represión del contexto internacional, las estructuras de poder en el Perú,
potestad de las derechas conservadoras, ahogarían cualquier intento de
transformación, de cambios profundos emprendidos por un mandato, por ser los
que habitualmente suelen trazarlo en sus proyectos, de izquierda; en relación, como
caso expresivo, en el año 2013 bastó solamente que el gobierno insinúe la
posibilidad de comprar Repsol contraviniendo los intereses ideológicos y
económicos de las derechas, para que estas, exhibiendo parte de su poder para
condicionar la decisión de la administración humalista, lo que finalmente
ocurrió, realicen una intensa y envolvente contra campaña en todos los medios
de comunicación, la cual, acariciando la histeria y el ridículo, llegó afirmar
que: “….este será el comienzo de la transformación
del Perú con un Estado avasallador, prepotente, autoritario, como en Cuba,
Bolivia, Venezuela y Argentina. Pero los peruanos nos defenderemos de esta gran
amenaza.”-Confiep: “Hemos salido de la hoja de ruta. Es una vergüenza”. Entrevista
a Alfonso García Miró, El Comercio, 29 de abril del 2013). Las experiencias
reformistas de centro izquierda de la región (Chile, Argentina, Uruguay,
Brasil), y en menor medida los populismos de izquierda (Venezuela, Bolivia,
Ecuador), lo entendieron así.
Uno de los puntos de crítica a Ollanta,
por parte de las izquierdas que lo acompañaron y lo apoyaron durante el proceso
electoral y el inicio de su gobierno, es justamente el hecho de que no haya
cumplido con la promesa de la Gran Transformación (y no haya mantenido un
perfil de izquierda como gobierno), y haya preferido el camino del pragmatismo.
Este juicio, a mi criterio, tiene algo de verdad y algo de mentira; algo de razonable,
y mucho de inconsciente e insensato. Todo parece indicar, a estas alturas, que
Ollanta nunca tuvo la intención de efectuar, si bien no la Gran Transformación
programada en su plan de gobierno (uso discursivo), por lo menos reformas políticas,
sociales y económicas a la organización del país; Ollanta al parecer tenía su
propia agenda, la cual empezó a evidenciar al poco tiempo de ganar las elecciones
(la designación de un neoliberal convicto y confeso como Luis Castilla como
ministro de Economía es muestra de ello), y transparentó con el caso Conga, la
caída del gabinete Lerner y la desafectación de sus aliados de izquierda del
gobierno. Ollanta como gobernante se presentó ante la ciudadanía como un
pragmático, muy distinto a la figura de cambio que representó en las
presidenciales, lo cual significó una farsa como bien reclaman las izquierdas,
para sus partidarios y votantes independientes que creyeron en él. Sin embargo,
este punto de crítica se mantuvo ausente cuando ya se estaban dando a conocer
las primeras señales de lo que se llamó, el viraje hacia la derecha (en mí
opinión no hubo tal viraje. Pienso que Ollanta nunca se sintió, ni mucho menos se
concibió como él mismo se encargaba de hacerlo saber, de izquierda; solamente
fue parte conveniente de su estrategia electoral). Políticos e intelectuales de
izquierda intentaban explicar cada decisión durante la campaña (la correlación
de fuerzas para la segunda vuelta, por ejemplo), o a comienzos del gobierno (la
hipótesis, que no deja de estar conforme a razón y de tener bases explicativas sólidas,
de la captura del Estado); una vez que estos fueron echados, la crítica, que ya
existía tras bastidores, recién se manifestó de forma clara y pública,
denotando una lucha de intereses y conveniencias (por ambas partes), más que
por ideología, principios, ética o moral política por el lado de las
izquierdas; y aún así, si esas hubieran sido las cuestiones, y expresaran un
pedido franco y honesto, exigir al nacionalismo humalista la aplicación de una Gran Transformación (como aún, de forma
obstinada y con poco sentido de la realidad, se sigue discutiendo en los
ámbitos de las izquierdas), circunda la temeridad y la irreflexión; las
derechas conservadoras, las que manejan las relaciones de poder, nunca lo
hubieran permitido (y si Ollanta insistía, “nuestras” derechas, quienes suelen
olvidarse rápida y fácilmente de sus compromisos y valores democráticos al
momento de defender sus fueros e intereses, para decirlo sin eufemismos, le
sacaban los tanques, lo golpeaban y se deshacían de él, sin misericordia,
remordimientos de conciencia ni arrepentimientos de por medio). Ollanta asumió
la presidencia sin un poder real detrás de él (una institución partidaria
nacional de masas, y al menos 2 tercios de la población que respalde sus
decisiones). Sin partido ni experiencia, los grupos de poder en contra, con una
opinión pública dividida, una Lima desconfiada y con un triunfo conseguido no
por sus propuestas sino por haber sido el “menos malo” de los dos candidatos,
Ollanta eligió sobrevivir; y para esto tomó, para bien o para mal, la ruta del
pragmatismo. Se adecuó a lo existente sin intentar cambiar nada (como lo hacen
todos los jefes de gobierno desde el 2001; ha habido cambios sí, pero no de
carácter sustancial), e intenta construir, junto a la figura de su esposa
Nadine Heredia, un espacio propio de poder (por eso mismo, el recelo de las
derechas conservadoras que lo toleran, pero no lo aceptan a pesar de su
aparente cambio de rumbo hacia la derecha, y la campaña de desprestigio de los
poderes fácticos, dirigido por entre la popular imagen de Nadine -desprestigio
asentado en críticas y reproches justos, como su excesiva intromisión en
asuntos de Estado, e injustos, tal es la labor social que realiza como
representante política del gobierno).
La ruta del pragmatismo escogida por
Ollanta, mucho antes de ser elegido presidente, y que es la consecuencia de una
serie de circunstancias que se dieron alrededor de su concepción como actor
político, suele ser un camino en cierta medida cómodo, seguro y estable; sin
embargo el hecho de evitar proyectar y construir políticas públicas
reformistas, necesarias en determinadas áreas de la sociedad (tales lo son, por
mencionar algunas, educación, salud, industria, medioambiente, seguridad
ciudadana, cimentación de las instituciones públicas, fortalecimiento de la
igualdad y los derechos humanos, culturales y de género), hacen que nuestra
realidad asemeje estar contenida en un limbo conceptual. Experiencias de centro
izquierda sudamericanas (Brasil, Uruguay y Chile como casos ejemplares) y, no
obstante ser diferentes en el fondo pero análogos en la forma, el gobierno
municipal de Susana Villarán, demuestran que las reformas no son sencillas de
construir (la puesta en marcha por la alcaldía de Lima de políticas públicas
como la reforma del transporte, la recuperación de espacios públicos, tal es el
caso emblemático de La Parada, y una considerable inversión en infraestructura,
han provocado una fuerte resistencia y reacción por parte de los “afectados”, a
los que se aúna el rechazo de las derechas conservadoras y el permanente e
injusto hostigamiento de los medios, por razones ideológicas y ciertamente, no
obstante en menor medida que la voceada por aquellos, por errores propios y la falta de trabajo político
con la ciudadanía, sus opositores y los que se muestran, literalmente, como sus
enemigos políticos y mediáticos muy parecidos a los del Tea Party y los que
suelen aparecer en Fox News), empero, con organización y convencimiento,
aptitud y la mayoría de la opinión pública de acuerdo con aquellas, son
realizables.
Ollanta, a diferencia de Susana, no se
arriesgó. Por el momento, esa es su última lección.
Lima, junio de 2014.
No hay comentarios:
Publicar un comentario