Luis Enríquez Travezaño
Por entre el camino de la historia
existen hechos, eventos, sucesos que marcan pautas y establecen cambios (y
continuidades) que reconfiguran las organizaciones sociales, políticas y
económicas en un determinado contexto, y afectan directa e indirectamente la
consciencia y la memoria de los imaginarios nacionales. Ejemplos de estos hitos
en la historia peruana son: el proceso de Conquista y colonización (dicho sea
de paso, el origen histórico del Perú moderno;
por más buenas intenciones y
promociones turísticas que puedan tener por un lado, o por más complejos o
miedos que tengan por el otro, el origen de la sociedad peruana actual no se
encuentra en las culturas nativas que ocuparon estos territorios, así como
tampoco se encuentra, claro está, en Madrid, Extremadura o Aragón; valgan obviedades, el Perú es el todo de un
mestizaje, que se caracterizó, sin desmerecer a las otras culturas inmigrantes,
principalmente de la amalgama de las culturas nativas, las culturas españolas y
las culturas africanas), o el proceso de Independencia (el origen político del Perú
moderno; no obstante, si bien en este
paradigma, caracterizado por su aparencial estado de ruptura, los imparables
cauces de continuidad y por albergar una suma de infortunados sucesos que
determinaron en el tiempo la formación de las estructuras organizacionales, se
encuentran, contemplados por el análisis histórico, respuestas a muchos por qué
de la historia nacional, sería un error razonar en condicionamientos absolutos
o destinos trágicos de los cuales se hace imposible escapar. Resulta muy fácil
y conveniente para algunos políticos e intelectuales explicar la realidad del
país pensando solamente en aquello, sin tomar en cuenta los diversos
movimientos, vuelcos y variables que han afectado el transcurso, desde aquel
hito; claro, cabe anotar también que es imposible explicar nuestra realidad sin
tomar en cuenta aquellos paradigmas). Ahora, dejando de lado hechos más
relacionados a la larga duración, en esta ocasión quisiera centrarme en 3
sucesos vinculados de manera directa a la consciencia y la memoria histórica de
la colectividad peruana contemporánea.
En primer lugar, la Guerra del Pacífico.
Es cierto que este paradigma tiene más
que ver con la larga duración, que con lo inmediato; también es cierto que con
el pasar del tiempo las nuevas generaciones casi no tienen, o simplemente no lo
tienen, interés verdadero en lo que sucedió y lo que significó esta guerra del
siglo pasado (la Historia es por poco una paria, entre las juventudes); sin
embargo, el caso de que sea un conflicto sin resolver en el inconsciente
colectivo, y que haya ido develando lo que se escondía celosamente tras
bastidores del escenario nacional, hace que, aunque invisible y fantasmal,
retorne cada cierto tiempo y se haga presente para incentivar dudas y herir
orgullos. Tal, se pudo apreciar durante el conflicto de La Haya.
De este evento particular, que enfrentó
en los tribunales de La Haya a Perú y Chile por la delimitación marítima, se
pueden dilucidar algunas cuestiones referidas al tema que nos concierne. Antes
que nada se debe señalar que la relevancia y la expectativa de este hecho,
estuvo más relacionada al interés que existió por parte de algunos sectores
políticos y periodísticos por hacerlo un asunto de identidad nacional y de patriotismo
a ultranza (el tema era de orden jurídico, y sin las euforias nacionalistas
inventadas no hubiera pasado de ser eso, ni hubiera tenido la cobertura
mediática que tuvo). Esta exaltación patriotera llegó a su cumbre el 27 de enero
del 2014, día en el que se dio a conocer el fallo del tribunal. Más allá de la
confusión que generó en los pobladores la resolución (dictado de algo más de 2
horas lleno de cansados detalles y tediosos tecnicismos; los ciudadanos
únicamente querían saber quién ganó el duelo), y los mensajes de triunfo y
orgullo de las clases políticas y dirigentes peruanas; con el pasar de los
días, y la coyuntura, este trascendental
tema pasó casi a desaparecer del interés público. Pasó de moda. Lo que parecía
en un momento una cuestión de prestigio y honor para los peruanos, en unas
semanas (por no decir, días) se convirtió en olvido y cenizas. Consecuencia común
de un hecho mediático.
Al ser convertido en un tema de
naturaleza mediática, una vez que el fallo de La Haya dejó de ser una novedad,
perdió el interés (inventado, por conveniencias políticas), y como suele
suceder con los temas mediáticos, al ser reemplazado por otra noticia sensación
(o sensacionalista), se desvaneció del imaginario nacional, dejando algunos
rastros que vuelven de cuando en cuando.
De ser un tema jurídico no tan
importante, pasó a ser lo más importante de la historia peruana, y culminó como
un asunto al cual ya nadie le da importancia. La forma como se trató este
evento particular por parte de los distintos actores, denota una falta de
equilibrio, producto de todos los huaycos,
temblores y derrumbes que han sido y son parte de la historia de la formación
nacional.
Por un lado, las clases dirigentes,
políticas e intelectuales (en parte), al inventar el carácter trascendental del
fallo, por diversas razones, que van desde las honestas y nobles (fortalecer la
identidad y crear consciencia en el imaginario social), hasta las mezquinas y
egoístas (conveniencias políticas; al respecto, se dio un caso curioso el día
del fallo: algunos medios, instantes después de haber sido culminada la lectura
de la sentencia del tribunal, lejos de presentar las reacciones de las
autoridades actuales o de los ciudadanos en las calles, mostró al líder y
caudillo del aprismo, Alan García, descorchando champañas y brindando por el
triunfo con sus allegados; semanas antes, este mismo controvertido y sospechoso
personaje pidió, cual fiestas de julio, embanderar el país para recibir el
fallo), hicieron de aquel, de manera irresponsable, un tema mediático, con
todos los riesgos que esto conlleva. Por su parte, los ciudadanos, abstraídos y
confundidos por la histeria y la emoción creada por los medios, al parecer
nunca tomaron consciencia de la circunstancia misma (esto lo demostraría, el
hecho de que el suceso transcurrió y no dejó nada en las estructuras mentales.
Como elementos de identidad, el cebiche y el pollo a la brasa resultan ser más
efectivos que estos brotes no espontáneos de nacionalismo). Tan es así, que el
fallo de La Haya parece ya algo muy lejano (es justo añadir que también es un
reflejo de los tiempos, de las organizaciones sociales mediáticas y fugaces sin
contenidos reales en todas sus formas de representación; los ejemplos más
llamativos se dan en las expresiones artísticas y culturales comerciales). Este
desequilibrio es propio de la formación de la nación y el Estado. Es difícil
fortalecer la identidad, crear consciencia y extender la memoria histórica en
una nación indefinida, con un Estado débil (claro, cabe anotar que el tradicional,
obsoleto y desfasado concepto de nación hace que los cimientos del proyecto
nacional tomen en consideración las nuevas articulaciones y reconfiguraciones
de las estructuras organizacionales, y construyan, extiendan y fortalezcan
derechos a todos los ciudadanos, como bases de igualdad).
La Guerra de 1879 es para la mayoría de
las nuevas generaciones de peruanos un tema del pasado, que no reviste ninguna
importancia ni interés (a pesar de la similitud de los escenarios, a diferencia
del peruano en el chileno existen esfuerzos por seguir desarrollando y
fortaleciendo su consciencia utilizando medios populares, tal es el caso del
cine: ‘La Esmeralda, 1879’, una entretenida película de 2010 dirigida por Elías
Llanos no obstante llena de clichés del cine patriotero estadounidense, es un
ejemplo de ello - en el momento en el que preparo este trabajo, un conocido
canal de televisión local publicita una serie sobre la vida de Don Miguel Grau
Seminario; por los avances mostrados, esta aparenta ser un reflejo y una
respuesta a la vez de la película chilena citada); no es más que el tema de un examen que
aprobar en el colegio, la sección de un libro de historia o la imagen
polvorienta de algún héroe en un salón o en la calle. En parte, tienen razón;
la Guerra con Chile y sus ecos que sobrevinieron, son un tema del pasado. Más
allá de ciertas histéricas bravuconadas de algunos actores peruanos y chilenos,
relacionadas en gran parte a los sectores chauvinistas y las derechas
conservadoras de ambos países, el proceso jurídico de La Haya se llevó a cabo en
total normalidad, sin producirse episodios de ruptura entre los gobiernos, ni
ambientes hostiles y de rechazo de mayor importancia entre las poblaciones sudamericanas.
Es decir, nunca fue realmente un asunto de identidades ni de espíritus
nacionales para los ciudadanos de las dos naciones. No obstante, esto no
significa que no haya tenido importancia; por el contrario, este evento es (o
debería serlo) parte de la memoria histórica de la Guerra del Guano y el
Salitre. Dejando de lado la importancia geopolítica del asunto tratado
(geopolíticamente, su relevancia no tiene discusión por ningún ángulo desde el
cual se le enfoque), el juicio de La Haya, comprendido como un capítulo derivado
de las consecuencias de la Guerra del Pacífico, es importante en relación a la
memoria y la consciencia histórica nacional; las cuales no tienen nada que ver
con expresiones nacionalistas fanáticas ni alteraciones mediáticas
sensacionalistas, como las que se contemplaron durante la coyuntura.
Con el paso del tiempo, el conflicto del
siglo XIX con el vecino país del sur va quedando cada vez más atrás; y aunque sea
un hito en la historia de ambos países, y un dilema sin resolver en el
imaginario social peruano, su importancia se va haciendo cada vez más histórica;
sin embargo, son necesarios gestos políticos por parte de los gobiernos que
sustenten este carácter histórico. En este afán, por ejemplo, en la medida de
lo posible, se debieran dar las voluntades de dejar de lado los denominados trofeos de guerra (la devolución en 2007
de libros robados por el Ejército chileno durante la invasión al Perú, aunque
insuficiente, es un inicio).
En segundo lugar, Sendero Luminoso.
El 17 de mayo de 1980, el Partido Comunista
del Perú-Sendero Luminoso inició su rebelión contra el Estado, quemando ánforas
en el pueblo ayacuchano de Chuschi; más de 30 años después, todavía no es
posible tener un panorama en su totalidad de lo que significó esa terrorífica y
catastrófica situación de guerra para los peruanos (sobre todo para los del
interior del país). Existen muchos claroscuros por dilucidar en un tema que
sigue despertando pasiones, odios y rencores en distintos sectores y actores de
la sociedad. Una de las razones principales que no permiten apreciar el
fenómeno en su total dimensión, es la existencia del Movimiento por la Amnistía
y Derechos Fundamentales, MOVADEF, órgano político vinculado a lo que fue
Sendero Luminoso (lo que fue, sí; Sendero ya no existe más; las “guerrillas” asociadas
al narcotráfico del Vraem se desprenden de Sendero, pero ya no son propiamente
Sendero Luminoso, no son una continuación política ni ideológica; por su parte,
el MOVADEF, a pesar de que existen suficientes indicios que lo señalan como
fachada del órgano partidario gonzalista, y esto aparentemente revelaría su
existencia en la sombra, es en realidad una organización política civil pro
amnistía de los responsables de los crímenes cometidos durante la guerra, que
realiza sus actividades de manera pública y abierta a diferencia de lo que
hacía SL. Sus intenciones, aunque totalmente discutibles y en gran parte
inaceptables, son más políticas que revolucionarias; en realidad, la “existencia”
del viejo Sendero Luminoso de Guzmán
es funcional a conveniencias mediáticas y políticas de las derechas
conservadoras; revivir el cadáver del comunismo de la cuarta espada es muy útil para lanzar advertencias, despertar
temores o prestigiar métodos discriminatorios, violentos y autoritarios, sobre
todo en contextos de protestas ciudadanas y en tiempos electorales). Su
actuación en la escena política peruana se asemeja al de un espectro de muerte
que se pasea libremente por las calles, provocando con su presencia, acrecentada
por los medios amarillistas, los intereses inmediatos del gobierno de turno y
las extremas derechas; pánico y susto entre los ciudadanos.
El principal problema que acarrea esta
falta de apreciación, y al mismo tiempo una de sus causas, es la permanente negación
de lo que sucedió en el país, negando a su vez parte de la memoria nacional y
afectando la consciencia histórica (y esto a pesar de que, a desemejanza del
caso anterior, lo que se comprende por su estado temporal “reciente”, este
hecho generó y sigue generando amplios esfuerzos académicos, intelectuales y
artísticos por crear consciencia en los ciudadanos: existen numerosos ensayos, ficciones
literarias, trabajos de investigación y análisis crítico, películas,
documentales, exposiciones artísticas sobre el tema).
El factor generacional es clave para
entender este comportamiento social. Por un lado, las nuevas generaciones (las
generaciones post guerra, las que no la vivieron, por ejemplo: los nacidos a
fines de los años 80 e inicios de los 90) no tienen vínculos con ese pasado de
horror, ni desean construirlos (en cierta forma, comprensible: no quieren
detenerse y voltear a contemplar por unos momentos los mares de sangre y fuego que
asolaron el país por más de 10 años); por otro, las generaciones de la guerra (los
que la vivieron de manera consciente, a diferentes edades hasta los nacidos a
fines de los años 70 e inicios de los 80) la tienen afligidamente presente como
una ignominia; de sobremanera los directamente afectados por la guerra. Para
que esto ocurra, sirven de mucha ayuda el MOVADEF, las anacrónicas facciones
ultraizquierdistas estudiantiles universitarias y el hecho de que nunca los
principales representantes políticos de Sendero Luminoso hayan practicado una
autocrítica, frente a sus partidarios y a sus víctimas (en su gran mayoría, toda
la población civil), por toda la muerte y el horror que provocaron con su
fallida, desde todo punto de vista (equivocaron el análisis de la realidad
nacional, equivocaron los métodos, la estrategia política, equivocaron el
horizonte), insurgencia, que conllevó la infausta y tenebrosa respuesta del
Estado por entre sus órganos de represión (la Policía, las Fuerzas Armadas y
los grupos paramilitares), con los resultados que a estas alturas ya todos
conocemos: la absurda muerte de aproximadamente 70 mil peruanos (según cifras
de la Comisión de la Verdad y Reconciliación), violaciones, torturas, maltrato
y daño psicológico de hombres y mujeres, niños y ancianos (factores en curso,
de forma inconsciente en las estructuras mentales, del mecanismo de
interiorización de la violencia).
El hecho de que el proceso de guerra
interna que se dio en los años 80 y parte de los 90 en el imaginario nacional
esté en estado de negación, y no se haya consolidado como parte de la memoria
histórica, es peligroso; este suceso es muy “reciente” para que se extravíe u
olvide; se cometieron demasiados disparates como para hacer un ejercicio de borrón y cuenta nueva; todos los actores
cometieron disparates: Sendero Luminoso, el Estado y la sociedad civil (la
guerra develó miedos y cobardías expresados a través de la indiferencia, del
racismo y la discriminación entre muchos grupos de ciudadanos, sobre todo los de
la capital y la Costa urbana del país, quienes en sus mentes relacionaron la
violencia y el terrorismo con la piel, la cultura, las costumbres de peruanos
distintos a ellos, obteniendo como resultado en su imaginación: el serrano terruco).
Por tal, es necesario que la problemática
de Sendero Luminoso confluya con la memoria histórica; sin embargo, muy a pesar
de todos los loables esfuerzos académicos, intelectuales y artísticos (a los
que se asocia el trabajo institucional, a través de la construcción del Lugar
de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social, LUM) realizados para que se
tome consciencia de este asunto, plantear una reconciliación nacional y aquello
sea posible, se deben buscar alternativas para abordar de manera diferente el
tema; y para esto, los actores deben tomar en cuenta ciertas consideraciones:
antes que nada, afirmar el cumplimiento de los castigos y las condenas a
prisión de todos los responsables directos (los que ejecutaron los crímenes y
delitos) e indirectos (los que mandaron a ejecutar los antes mencionados; es
decir, los responsables políticos) de las atrocidades cometidas durante el
proceso de guerra. Desde los soldados (aunque, claro está, con atención de
responsabilidad diferente: los soldados y policías que cometieron crímenes como
miembros de instituciones del Estado fueron o serán juzgados de distinta forma
que los soldados del ejército popular de Guzmán, quienes por el simple hecho de
pertenecer a un organismo clandestino, ilegal, insurgente y declarado enemigo
del Estado, ya estaban cometiendo un grave delito) hasta los mayores responsables
políticos de ambos sectores (como lo son los principales que purgan prisión,
empero no los únicos: Abimael Guzmán y
Alberto Fujimori). Pero, eso sí, una vez que todos estos cumplan sus
condenas, tomando las respectivas precauciones y medidas necesarias (por
ejemplo, normar una política pública de seguimiento y control de actividades
por entre un sistema de labor social ejercida por la autoridad correspondiente
y que tendría que ser acatada de forma obligatoria por la persona que cumplió
su condena, por un determinado tiempo), deben quedar en plena libertad y ser
reincorporados a la sociedad, con todo lo que eso significa: volver a tener los
mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano; volver a tener la
oportunidad de trabajar, de hacer vida social (¿vida política?, es discutible),
de opinar libremente, de desenvolverse sin el acoso, el ensañamiento, el
denuesto, el prejuicio y el aprovechamiento amarillista y morboso de los medios
y las derechas políticas extremistas. Por lo mismo, se debe recordar el hecho de
que los comunistas senderistas son peruanos (idea planteada hace ya más de 20
años por Alberto Flores Galindo); quienes, acusados y juzgados socialmente sin
misericordia, en muchos casos cobardía y crueldad, son el reflejo de nuestro
propio país; son el espejo de nosotros mismos. Parece algo obvio, pero
contemplado a cierta distancia se puede apreciar que no lo es; los ciudadanos inconscientemente
suelen olvidarlo, por distintas razones (políticas, ideológicas, personales), y
actuar con desmedida obcecación e intolerancia; los ex-insurrectos maoístas son
vistos como forasteros, extraños o, lo que genera mayor consenso en la opinión
pública: dementes (valgan verdades, muchas de las decisiones que tomaron en su
momento tanto los miembros de politburó como los mandos militares senderistas
en los campos de batalla, se ahogaron
en la insania y la estupidez). Razonar de esta manera desde un criterio
objetivo no sólo es criticable, sino también representa una equivocación. Es
cierto que la rebelión de Sendero Luminoso, como sus ideólogos y militantes
creían, no tiene nada que ver con una supuesta naturaleza histórica ni
filosófica de la misma (y sí mucho con la religiosidad fanática ideológica de
sus principales dirigentes y seguidores; el fenómeno de Sendero es el resultado
de una suma de factores, decisiones y circunstancias históricas que afectaron el
transcurso de los hechos, y desembocaron en aquel 17 de mayo de 1980); sin
embargo, negarlo, ignorarlo o simplemente creer que fue un hecho ajeno a todos
nosotros, llevado a cabo por un grupo de rojos orates, es negar la historia del Perú, sus parajes sombríos y sus miserias
como país; lo que fue y en algunos aspectos no ha dejado de ser (si bien
existen logros y luchas políticas por extender derechos civiles y humanitarios a los grupos y minorías
sociales excluidos, implementando políticas públicas liberales; aún resultan
insuficientes, tanto en forma de normas, como en contraste con la realidad,
frente al carácter desigual, excluyente, discriminatorio, racista e intolerante
de las relaciones sociales en el Perú). En fin, creer de manera concluyente, y
así zafar de responsabilidad alguna (las clases dirigentes y diversos sectores
sociales y políticos tienen parte de responsabilidad de lo que sucedió durante
la rebelión de Sendero), que lo acaecido pasó porque Guzmán y sus muchachos
perdieron la razón, significa no tener consciencia de lo que ocurrió, y dejar
en blanco páginas del libro de la memoria histórica de nuestro país. Y para que
esto no ocurra, como dice una “añeja” lección que nos dejó doña Hannah Arendt, necesitamos
comprender. En relación, existen todavía muchos puntos conocidos que necesitan
discutirse (claro, con esto no hago referencia a juicios de valor moral; a lo
que me refiero es a poner en discusión la consideración de ciertas formas,
asumidas como verdades, de entender el tema; por ejemplo: Sendero Luminoso como
conjunto social; es ampliamente conocido que los conjuntos sociales, más de
allá de costumbres o expresiones culturales propias, no se caracterizan por ser
colectividades homogéneas, uniformes en sus formas de comportarse, de pensar,
en sus creencias, gustos o intereses; por lo tanto, creer y afirmar que SL como
totalidad fue un conjunto social homogéneo, extensiones de Guzmán y sus
postulados políticos e ideológicos, incapaces de tener sus propias ideas,
sentimientos o intereses como individuos, al punto de casi deshumanizarlos, es un
aspecto que, al menos, es propio de controversia; pienso que, dejando de lado a
Gonzalo, a Miriam, el resto de la cúpula y sus allegados y sectores políticos
más fanáticos, Sendero Luminoso como conjunto tenía su propia dinámica y como
en cualquier espacio social los que lo integraban eran un grupo de
individualidades, de personas con sus propias maneras de pensar, comportarse y sentir
como cualquier otra), y otros que necesitan investigarse. Todavía, por todo lo
que representa aún la aventura de Guzmán y sus camaradas, no se ha podido
concretar un estudio del fenómeno lejos de apasionamientos políticos e
ideológicos, y que proyecten una visión crítica total de la situación de guerra
que vivió el Perú; en fin, comprender el por qué, más que seguir emitiendo
partes de condenas sociales interesadas muchas veces sólo en contar una parte
de la historia o sus propias versiones de la historia de la insurgencia
senderista (como lo hacen con fines políticos por ejemplo, las derechas
conservadoras, para las cuales todo acto de represión, sin que haya importado
el grado de fuerza o los métodos utilizados, de los órganos estatales estaba
justificado; para las extremas derechas mientras SL cometió crímenes y causó
espantos, las Fuerzas Armadas y Policiales únicamente cometieron excesos y
errores - es por demás curioso que el MOVADEF utilice el mismo inmoral y
vergonzoso argumento de las derechas para plantear su campaña de amnistía). En tal
sentido, resultó interesante en su momento el libro del 2007 de Santiago
Roncagliolo: ‘La Cuarta Espada. La Historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso’.
Escrito en una clave diferente a los tradicionales estudios sobre el tema, la
investigación periodística de Roncagliolo resulta no sólo bien escrita, didáctica,
sin dejar de ser crítica y, para una persona que desee profundizar sobre el
tema, como una introducción A SL (al que se aúnan, según mi opinión, los
libros de Gustavo Gorriti, ‘Sendero:
Historia de la Guerra Milenaria en el Perú’, de 1990; y de Carlos Iván
Degregori, ‘El Surgimiento de Sendero Luminoso. Ayacucho, 1969-1979’, publicado
el mismo año que el anterior), aunque eso sí poco desarrollado en la parte
bibliográfica, sino también un intento por comprender, desde distintos ángulos
del escenario (tal, uno de los más novedosos y polémicos, abordarlo desde un
lado humano, razonar a los senderistas como seres humanos), qué sucedió en el
Perú durante la década de los 80 y parte de los 90, involucrándose como un
personaje más de la historia de la investigación, que a la vez forma parte de
una historia que todavía no ha llegado a su punto culmine, que aún no ha
encontrado su lugar en la memoria ni una presencia estable, configurada en el
imaginario nacional; un episodio más de lo que significó para el país una
tragedia que nunca debiera olvidarse como experiencia histórica.
Por último, el fujimorismo.
A diferencia de los casos anteriores, el
fujimorismo como gobierno y como expresión política de derecha, populista y
conservadora, ya tiene un lugar en la memoria y la consciencia histórica
nacional. En este aspecto, no existe ningún problema respecto al caso de
estudio; no obstante, a pesar de esto, el fujimorismo no ha logrado crear en
torno suyo una opinión de consenso entre los ciudadanos; por el contrario, es
habitual que genere juicios de valor, debido a las diferentes formas de atender
e interpretar todo lo relacionado a aquel. El fujimorismo ha fundado a su
alrededor, tomas de posición que se caracterizan por ser absolutas: o están a
favor o en contra de, que derivan del juicio de valor moral al cual es
sometido: es bueno, o es malo. También existen, cabe la mención, empero son los
menos, puntos medios que intentan rescatar y poner énfasis en lo bueno y lo malo de su experiencia, en perspectiva como en la actualidad,
aunque en la mayor parte de los casos de manera acrítica, y en oportunidades
hasta cómplice (su postura: ni a favor ni
en contra de, además de hacer recordar el título de una vieja canción de
Los Prisioneros, ‘Nunca Quedas Mal con Nadie’, se suele mimetizar con las
posiciones conservadoras y reaccionarias).
Como en el caso de Sendero, el
fujimorismo suele generar pasiones encontradas (durante la segunda vuelta de
las últimas elecciones presidenciales realizadas en el año 2011, votar a favor
o en contra de la candidata fujimorista, la señora Keiko Fujimori, representó
una toma de posición que iba más allá de lo político; dependiendo de la
perspectiva de cada persona, fue una lucha entre el bien y el mal; la cual, en
este tipo de circunstancias, resulta algo común de manera consciente e
inconsciente entre los ciudadanos). Las ideas que suelen actuar como ejes
discursivos de las distintas visiones del fujimorismo en permanente
contradicción son, por un lado, los que la consideran una experiencia histórica
positiva, la fuerza política que inició la etapa de orden, paz y progreso
económico y modernidad en el Perú; y por el otro, los que la consideran como
negativa, el movimiento político criminal, autoritario y antidemocrático que
sumergió al país en lo más hondo de un pantano de corrupción, deshonestidad,
inconsciencia e inmoralidad (valgan verdades, características de la tan mentada
mentalidad criolla que ya formaban parte de las estructuras mentales
nacionales, pero que con el fujimorismo se agigantaron y se extendieron,
dejando su condición de excepcional y ocasional, hasta convertirse en hábitos y
costumbres en secciones considerables de las clases dirigentes y de la
población).
Resulta interesante que al contemplar la
situación, la totalidad de estas ideas eje de las 2 vertientes en negación, al
contrastarse con la realidad histórica, obtengan fundamento; lo cual significa
que, a pesar de las posiciones políticas en contradicción, sus principales
postulados no se nieguen unos a otros. Durante el gobierno de Alberto Fujimori
(que constó de 2 etapas: una etapa democrática, entre julio de 1990 y abril de
1992, y una fase antidemocrática, dictatorial, entre abril de 1992 y noviembre
del 2000), tras el literal desastre de la realidad nacional provocado por la
profunda crisis política, económica y social, malhadada herencia del primer
gobierno de Alan García y de la rebelión de Sendero Luminoso (y en menor medida
e importancia, la participación del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru,
MRTA, quienes aprovecharon la coyuntura y a mediados de los años 80 tomaron
parte activa del conflicto armado y, debido a su filiación ideológica castrista
guevarista, radicalmente desemejante de la de los senderistas, por su lado iniciaron
su propia lucha revolucionaria); se logró estabilizar la economía (por entre políticas
de emergencia con medidas de choque, cuyos costos sociales más graves fueron
las oleadas de despidos, la quiebra de empresas y la eliminación de los derechos
laborales) al insertarla en el modelo de desarrollo mundial, la economía
liberal de mercado, lo cual conllevó con el tiempo a su recuperación y a trazar una línea de “progreso” y
“modernidad” en construcción (ideas muy discutibles, eso sí; dependiendo de la
perspectiva desde la cual se las entienda), reflejado sobre todo en el campo de
lo macroeconómico. Durante la década del fujimorismo gobernante, también se
logró desestructurar a Sendero Luminoso, capturando a sus principales
dirigentes y acabando con sus posiciones político militares, el llamado poder popular. Si bien quedaron rezagos
y se mantuvieron aisladas posiciones rebeldes en zonas remotas del país, con la
captura de Gonzalo y el resto de los miembros de su politburó se inició la
derrota final de la insurrección del maoísmo gonzalista. En términos concretos,
reales, durante el mandato de Fujimori se logró volver a una situación de paz
y, aunque en forma relativa, únicamente relacionada a la finalización de las
prácticas terroristas de los comunistas de la cuarta espada y los órganos de represión del Estado (obvia
consecuencia del fin de la guerra); orden. Estos hechos que nos dan una visión
positiva, favorable del fujimorismo, son verdaderos, reales; innegables (aunque
sí propios de debate). Como asimismo lo son los que no nos hablan bien de éste.
El gobierno de la organización política
fujimorista fue el más corrupto, sombrío y nefasto del siglo XX, y uno de los
más corruptos, sombríos y nefastos de la historia peruana. Se cometieron
crímenes y delitos de todo tipo: desde crímenes de lesa humanidad, pasando por
la transgresión de las leyes constitucionales y democráticas, hasta el control
y corrupción de los poderes e instituciones del Estado y de casi la totalidad
de los medios de comunicación. El país, sin tomar consciencia real de esto, fue
arrastrado por el fujimorismo a una de sus etapas más oscuras, de decadencia
moral, reflejada en las relaciones sociales. A tal punto llegó el estado de
gravedad de este aciago y desdichado suceso que, pasado el tiempo, desde que
Fujimori literalmente fugó del país y se reinstauró la democracia aquel ya
lejano noviembre del 2000, los principales representantes políticos, funcionarios
públicos, empresarios privados y agentes (“periodistas” corruptos) de la
dictadura fujimorista fueron arrestados, enjuiciados y condenados a prisión,
por sus diferentes responsabilidades. Esta es la visión desfavorable del fujimorismo,
que a fin de cuentas viene a ser, con la perspectiva positiva, una suma de
realidades que no se contradicen entre sí, que forman parte de un mismo hecho
histórico.
Sin embargo, en el proceso de
construcción de la memoria y la disposición de la consciencia no sólo funcionan
e intervienen las humanidades (la Historia y las ciencias sociales como parte
de ellas - una de las razones por las cuales la Historia y en general las
ciencias sociales en el Perú han perdido contacto con el mundo real , con la vida y la gente, radica en el hecho de creer o
asumir aquellas que no tienen nada que ver con las expresiones artísticas o las
culturas populares, por ejemplo); también lo hacen los mitos y las realidades
inventadas, como en los casos de las historias oficiales, las que suelen estar
compuestas, confundidas entre los hechos históricos, de estos mitos y
ficciones; estos se originan del campo de las subjetividades (creencias
populares, intencionalidades políticas, desapego y desinterés a la realidad) y
se articulan “objetivamente” por entre discursos en los imaginarios nacionales.
Lo malo de esto, es que en muchas ocasiones, cuando la crítica y el análisis
histórico dejan de intervenir, estas irrealidades se convierten en verdades
acríticas, instalando medias verdades ornadas con capítulos de una historia que
nunca existió, creando subjetividades políticas y discriminatorias (xenofobia,
chauvinismo, exclusión, prejuicios, odios, rencores, derechismos e
izquierdismos fanáticos), y afectando la formación de la memoria y la
consciencia de la colectividad; así tendríamos por ejemplo, una guerra de 1879
como un episodio únicamente de heroísmo y valor; una insurgencia en los años 80
llevada a cabo por malvados y crueles cholos resentidos y serranos terroristas;
o un presidente durante los años 90 que salvó y condujo a una era de modernidad
y progreso al Perú.
No resulta muy difícil hacer que esto
suceda (tal, el mito del fujimorismo, vivo en una parte significativa de la
población, ha permitido en la actualidad que su praxis permanezca y persista
como una fuerza política importante, empero a la vez, por la misma aura
autoritaria y antidemocrática que encierra este mito, incapaces de autocrítica
sus principales representantes políticos a semejanza del caso de Sendero Luminoso,
también provoca enormes resistencias entre la ciudadanía, lo que afecta
directamente sus posibilidades de ganar elecciones presidenciales y retomar al
poder); ya en el terreno de las subjetividades, sólo depende del trabajo
político y social y la capacidad de movilización de los actores que quieran
hacerlo realidad (Estado, clases dirigentes, movimientos políticos, poderes
fácticos), unas circunstancias históricas favorables (tal podrían serlo un
nuevo gobierno del fujimorismo, leyes de amnistía o desagravios discursivos
hechos por “historiadores” a sueldo o ideologizados), y lo más importante, todas
las personas que estén dispuestas a asumirlo como verdad y esperanza de
existencia; porque, al fin y al cabo, en el espacio de lo subjetivo y lo relativo
el ciudadano como individuo cree lo que quiere creer, recuerda lo que quiere
recordar.
Contempla lo que quiere, o cree, contemplar.
Lima, setiembre de 2014.
Lima, setiembre de 2014.
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