martes, 30 de septiembre de 2014

SIN OLVIDO NI RENCOR

Luis Enríquez Travezaño

Por entre el camino de la historia existen hechos, eventos, sucesos que marcan pautas y establecen cambios (y continuidades) que reconfiguran las organizaciones sociales, políticas y económicas en un determinado contexto, y afectan directa e indirectamente la consciencia y la memoria de los imaginarios nacionales. Ejemplos de estos hitos en la historia peruana son: el proceso de Conquista y colonización (dicho sea de paso, el origen histórico del Perú moderno;  por más buenas intenciones y promociones turísticas que puedan tener por un lado, o por más complejos o miedos que tengan por el otro, el origen de la sociedad peruana actual no se encuentra en las culturas nativas que ocuparon estos territorios, así como tampoco se encuentra, claro está, en Madrid, Extremadura o Aragón;  valgan obviedades, el Perú es el todo de un mestizaje, que se caracterizó, sin desmerecer a las otras culturas inmigrantes, principalmente de la amalgama de las culturas nativas, las culturas españolas y las culturas africanas), o el proceso de Independencia (el origen político del Perú moderno; no obstante, si bien en este paradigma, caracterizado por su aparencial estado de ruptura, los imparables cauces de continuidad y por albergar una suma de infortunados sucesos que determinaron en el tiempo la formación de las estructuras organizacionales, se encuentran, contemplados por el análisis histórico, respuestas a muchos por qué de la historia nacional, sería un error razonar en condicionamientos absolutos o destinos trágicos de los cuales se hace imposible escapar. Resulta muy fácil y conveniente para algunos políticos e intelectuales explicar la realidad del país pensando solamente en aquello, sin tomar en cuenta los diversos movimientos, vuelcos y variables que han afectado el transcurso, desde aquel hito; claro, cabe anotar también que es imposible explicar nuestra realidad sin tomar en cuenta aquellos paradigmas). Ahora, dejando de lado hechos más relacionados a la larga duración, en esta ocasión quisiera centrarme en 3 sucesos vinculados de manera directa a la consciencia y la memoria histórica de la colectividad peruana contemporánea.
En primer lugar, la Guerra del Pacífico.
Es cierto que este paradigma tiene más que ver con la larga duración, que con lo inmediato; también es cierto que con el pasar del tiempo las nuevas generaciones casi no tienen, o simplemente no lo tienen, interés verdadero en lo que sucedió y lo que significó esta guerra del siglo pasado (la Historia es por poco una paria, entre las juventudes); sin embargo, el caso de que sea un conflicto sin resolver en el inconsciente colectivo, y que haya ido develando lo que se escondía celosamente tras bastidores del escenario nacional, hace que, aunque invisible y fantasmal, retorne cada cierto tiempo y se haga presente para incentivar dudas y herir orgullos. Tal, se pudo apreciar durante el conflicto de La Haya.
De este evento particular, que enfrentó en los tribunales de La Haya a Perú y Chile por la delimitación marítima, se pueden dilucidar algunas cuestiones referidas al tema que nos concierne. Antes que nada se debe señalar que la relevancia y la expectativa de este hecho, estuvo más relacionada al interés que existió por parte de algunos sectores políticos y periodísticos por hacerlo un asunto de identidad nacional y de patriotismo a ultranza (el tema era de orden jurídico, y sin las euforias nacionalistas inventadas no hubiera pasado de ser eso, ni hubiera tenido la cobertura mediática que tuvo). Esta exaltación patriotera llegó a su cumbre el 27 de enero del 2014, día en el que se dio a conocer el fallo del tribunal. Más allá de la confusión que generó en los pobladores la resolución (dictado de algo más de 2 horas lleno de cansados detalles y tediosos tecnicismos; los ciudadanos únicamente querían saber quién ganó el duelo), y los mensajes de triunfo y orgullo de las clases políticas y dirigentes peruanas; con el pasar de los días, y la coyuntura, este trascendental tema pasó casi a desaparecer del interés público. Pasó de moda. Lo que parecía en un momento una cuestión de prestigio y honor para los peruanos, en unas semanas (por no decir, días) se convirtió en olvido y cenizas. Consecuencia común de un hecho mediático.
Al ser convertido en un tema de naturaleza mediática, una vez que el fallo de La Haya dejó de ser una novedad, perdió el interés (inventado, por conveniencias políticas), y como suele suceder con los temas mediáticos, al ser reemplazado por otra noticia sensación (o sensacionalista), se desvaneció del imaginario nacional, dejando algunos rastros que vuelven de cuando en cuando.
De ser un tema jurídico no tan importante, pasó a ser lo más importante de la historia peruana, y culminó como un asunto al cual ya nadie le da importancia. La forma como se trató este evento particular por parte de los distintos actores, denota una falta de equilibrio, producto de todos los huaycos, temblores y derrumbes que han sido y son parte de la historia de la formación nacional.
Por un lado, las clases dirigentes, políticas e intelectuales (en parte), al inventar el carácter trascendental del fallo, por diversas razones, que van desde las honestas y nobles (fortalecer la identidad y crear consciencia en el imaginario social), hasta las mezquinas y egoístas (conveniencias políticas; al respecto, se dio un caso curioso el día del fallo: algunos medios, instantes después de haber sido culminada la lectura de la sentencia del tribunal, lejos de presentar las reacciones de las autoridades actuales o de los ciudadanos en las calles, mostró al líder y caudillo del aprismo, Alan García, descorchando champañas y brindando por el triunfo con sus allegados; semanas antes, este mismo controvertido y sospechoso personaje pidió, cual fiestas de julio, embanderar el país para recibir el fallo), hicieron de aquel, de manera irresponsable, un tema mediático, con todos los riesgos que esto conlleva. Por su parte, los ciudadanos, abstraídos y confundidos por la histeria y la emoción creada por los medios, al parecer nunca tomaron consciencia de la circunstancia misma (esto lo demostraría, el hecho de que el suceso transcurrió y no dejó nada en las estructuras mentales. Como elementos de identidad, el cebiche y el pollo a la brasa resultan ser más efectivos que estos brotes no espontáneos de nacionalismo). Tan es así, que el fallo de La Haya parece ya algo muy lejano (es justo añadir que también es un reflejo de los tiempos, de las organizaciones sociales mediáticas y fugaces sin contenidos reales en todas sus formas de representación; los ejemplos más llamativos se dan en las expresiones artísticas y culturales comerciales). Este desequilibrio es propio de la formación de la nación y el Estado. Es difícil fortalecer la identidad, crear consciencia y extender la memoria histórica en una nación indefinida, con un Estado débil (claro, cabe anotar que el tradicional, obsoleto y desfasado concepto de nación hace que los cimientos del proyecto nacional tomen en consideración las nuevas articulaciones y reconfiguraciones de las estructuras organizacionales, y construyan, extiendan y fortalezcan derechos a todos los ciudadanos, como bases de igualdad).
La Guerra de 1879 es para la mayoría de las nuevas generaciones de peruanos un tema del pasado, que no reviste ninguna importancia ni interés (a pesar de la similitud de los escenarios, a diferencia del peruano en el chileno existen esfuerzos por seguir desarrollando y fortaleciendo su consciencia utilizando medios populares, tal es el caso del cine: ‘La Esmeralda, 1879’, una entretenida película de 2010 dirigida por Elías Llanos no obstante llena de clichés del cine patriotero estadounidense, es un ejemplo de ello - en el momento en el que preparo este trabajo, un conocido canal de televisión local publicita una serie sobre la vida de Don Miguel Grau Seminario; por los avances mostrados, esta aparenta ser un reflejo y una respuesta a la vez de la película chilena citada);  no es más que el tema de un examen que aprobar en el colegio, la sección de un libro de historia o la imagen polvorienta de algún héroe en un salón o en la calle. En parte, tienen razón; la Guerra con Chile y sus ecos que sobrevinieron, son un tema del pasado. Más allá de ciertas histéricas bravuconadas de algunos actores peruanos y chilenos, relacionadas en gran parte a los sectores chauvinistas y las derechas conservadoras de ambos países, el proceso jurídico de La Haya se llevó a cabo en total normalidad, sin producirse episodios de ruptura entre los gobiernos, ni ambientes hostiles y de rechazo de mayor importancia entre las poblaciones sudamericanas. Es decir, nunca fue realmente un asunto de identidades ni de espíritus nacionales para los ciudadanos de las dos naciones. No obstante, esto no significa que no haya tenido importancia; por el contrario, este evento es (o debería serlo) parte de la memoria histórica de la Guerra del Guano y el Salitre. Dejando de lado la importancia geopolítica del asunto tratado (geopolíticamente, su relevancia no tiene discusión por ningún ángulo desde el cual se le enfoque), el juicio de La Haya, comprendido como un capítulo derivado de las consecuencias de la Guerra del Pacífico, es importante en relación a la memoria y la consciencia histórica nacional; las cuales no tienen nada que ver con expresiones nacionalistas fanáticas ni alteraciones mediáticas sensacionalistas, como las que se contemplaron durante la coyuntura.
Con el paso del tiempo, el conflicto del siglo XIX con el vecino país del sur va quedando cada vez más atrás; y aunque sea un hito en la historia de ambos países, y un dilema sin resolver en el imaginario social peruano, su importancia se va haciendo cada vez más histórica; sin embargo, son necesarios gestos políticos por parte de los gobiernos que sustenten este carácter histórico. En este afán, por ejemplo, en la medida de lo posible, se debieran dar las voluntades de dejar de lado los denominados trofeos de guerra (la devolución en 2007 de libros robados por el Ejército chileno durante la invasión al Perú, aunque insuficiente, es un inicio).
En segundo lugar, Sendero Luminoso.
El 17 de mayo de 1980, el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso inició su rebelión contra el Estado, quemando ánforas en el pueblo ayacuchano de Chuschi; más de 30 años después, todavía no es posible tener un panorama en su totalidad de lo que significó esa terrorífica y catastrófica situación de guerra para los peruanos (sobre todo para los del interior del país). Existen muchos claroscuros por dilucidar en un tema que sigue despertando pasiones, odios y rencores en distintos sectores y actores de la sociedad. Una de las razones principales que no permiten apreciar el fenómeno en su total dimensión, es la existencia del Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales, MOVADEF, órgano político vinculado a lo que fue Sendero Luminoso (lo que fue, sí; Sendero ya no existe más; las “guerrillas” asociadas al narcotráfico del Vraem se desprenden de Sendero, pero ya no son propiamente Sendero Luminoso, no son una continuación política ni ideológica; por su parte, el MOVADEF, a pesar de que existen suficientes indicios que lo señalan como fachada del órgano partidario gonzalista, y esto aparentemente revelaría su existencia en la sombra, es en realidad una organización política civil pro amnistía de los responsables de los crímenes cometidos durante la guerra, que realiza sus actividades de manera pública y abierta a diferencia de lo que hacía SL. Sus intenciones, aunque totalmente discutibles y en gran parte inaceptables, son más políticas que revolucionarias; en realidad, la “existencia” del viejo Sendero Luminoso de Guzmán es funcional a conveniencias mediáticas y políticas de las derechas conservadoras; revivir el cadáver del comunismo de la cuarta espada es muy útil para lanzar advertencias, despertar temores o prestigiar métodos discriminatorios, violentos y autoritarios, sobre todo en contextos de protestas ciudadanas y en tiempos electorales). Su actuación en la escena política peruana se asemeja al de un espectro de muerte que se pasea libremente por las calles, provocando con su presencia, acrecentada por los medios amarillistas, los intereses inmediatos del gobierno de turno y las extremas derechas; pánico y susto entre los ciudadanos.
El principal problema que acarrea esta falta de apreciación, y al mismo tiempo una de sus causas, es la permanente negación de lo que sucedió en el país, negando a su vez parte de la memoria nacional y afectando la consciencia histórica (y esto a pesar de que, a desemejanza del caso anterior, lo que se comprende por su estado temporal “reciente”, este hecho generó y sigue generando amplios esfuerzos académicos, intelectuales y artísticos por crear consciencia en los ciudadanos: existen numerosos ensayos, ficciones literarias, trabajos de investigación y análisis crítico, películas, documentales, exposiciones artísticas sobre el tema).
El factor generacional es clave para entender este comportamiento social. Por un lado, las nuevas generaciones (las generaciones post guerra, las que no la vivieron, por ejemplo: los nacidos a fines de los años 80 e inicios de los 90) no tienen vínculos con ese pasado de horror, ni desean construirlos (en cierta forma, comprensible: no quieren detenerse y voltear a contemplar por unos momentos los mares de sangre y fuego que asolaron el país por más de 10 años); por otro, las generaciones de la guerra (los que la vivieron de manera consciente, a diferentes edades hasta los nacidos a fines de los años 70 e inicios de los 80) la tienen afligidamente presente como una ignominia; de sobremanera los directamente afectados por la guerra. Para que esto ocurra, sirven de mucha ayuda el MOVADEF, las anacrónicas facciones ultraizquierdistas estudiantiles universitarias y el hecho de que nunca los principales representantes políticos de Sendero Luminoso hayan practicado una autocrítica, frente a sus partidarios y a sus víctimas (en su gran mayoría, toda la población civil), por toda la muerte y el horror que provocaron con su fallida, desde todo punto de vista (equivocaron el análisis de la realidad nacional, equivocaron los métodos, la estrategia política, equivocaron el horizonte), insurgencia, que conllevó la infausta y tenebrosa respuesta del Estado por entre sus órganos de represión (la Policía, las Fuerzas Armadas y los grupos paramilitares), con los resultados que a estas alturas ya todos conocemos: la absurda muerte de aproximadamente 70 mil peruanos (según cifras de la Comisión de la Verdad y Reconciliación), violaciones, torturas, maltrato y daño psicológico de hombres y mujeres, niños y ancianos (factores en curso, de forma inconsciente en las estructuras mentales, del mecanismo de interiorización de la violencia).
El hecho de que el proceso de guerra interna que se dio en los años 80 y parte de los 90 en el imaginario nacional esté en estado de negación, y no se haya consolidado como parte de la memoria histórica, es peligroso; este suceso es muy “reciente” para que se extravíe u olvide; se cometieron demasiados disparates como para hacer un ejercicio de borrón y cuenta nueva; todos los actores cometieron disparates: Sendero Luminoso, el Estado y la sociedad civil (la guerra develó miedos y cobardías expresados a través de la indiferencia, del racismo y la discriminación entre muchos grupos de ciudadanos, sobre todo los de la capital y la Costa urbana del país, quienes en sus mentes relacionaron la violencia y el terrorismo con la piel, la cultura, las costumbres de peruanos distintos a ellos, obteniendo como resultado en su imaginación: el serrano terruco).
Por tal, es necesario que la problemática de Sendero Luminoso confluya con la memoria histórica; sin embargo, muy a pesar de todos los loables esfuerzos académicos, intelectuales y artísticos (a los que se asocia el trabajo institucional, a través de la construcción del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social, LUM) realizados para que se tome consciencia de este asunto, plantear una reconciliación nacional y aquello sea posible, se deben buscar alternativas para abordar de manera diferente el tema; y para esto, los actores deben tomar en cuenta ciertas consideraciones: antes que nada, afirmar el cumplimiento de los castigos y las condenas a prisión de todos los responsables directos (los que ejecutaron los crímenes y delitos) e indirectos (los que mandaron a ejecutar los antes mencionados; es decir, los responsables políticos) de las atrocidades cometidas durante el proceso de guerra. Desde los soldados (aunque, claro está, con atención de responsabilidad diferente: los soldados y policías que cometieron crímenes como miembros de instituciones del Estado fueron o serán juzgados de distinta forma que los soldados del ejército popular de Guzmán, quienes por el simple hecho de pertenecer a un organismo clandestino, ilegal, insurgente y declarado enemigo del Estado, ya estaban cometiendo un grave delito) hasta los mayores responsables políticos de ambos sectores (como lo son los principales que purgan prisión, empero no los únicos: Abimael Guzmán y  Alberto Fujimori). Pero, eso sí, una vez que todos estos cumplan sus condenas, tomando las respectivas precauciones y medidas necesarias (por ejemplo, normar una política pública de seguimiento y control de actividades por entre un sistema de labor social ejercida por la autoridad correspondiente y que tendría que ser acatada de forma obligatoria por la persona que cumplió su condena, por un determinado tiempo), deben quedar en plena libertad y ser reincorporados a la sociedad, con todo lo que eso significa: volver a tener los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano; volver a tener la oportunidad de trabajar, de hacer vida social (¿vida política?, es discutible), de opinar libremente, de desenvolverse sin el acoso, el ensañamiento, el denuesto, el prejuicio y el aprovechamiento amarillista y morboso de los medios y las derechas políticas extremistas. Por lo mismo, se debe recordar el hecho de que los comunistas senderistas son peruanos (idea planteada hace ya más de 20 años por Alberto Flores Galindo); quienes, acusados y juzgados socialmente sin misericordia, en muchos casos cobardía y crueldad, son el reflejo de nuestro propio país; son el espejo de nosotros mismos. Parece algo obvio, pero contemplado a cierta distancia se puede apreciar que no lo es; los ciudadanos inconscientemente suelen olvidarlo, por distintas razones (políticas, ideológicas, personales), y actuar con desmedida obcecación e intolerancia; los ex-insurrectos maoístas son vistos como forasteros, extraños o, lo que genera mayor consenso en la opinión pública: dementes (valgan verdades, muchas de las decisiones que tomaron en su momento tanto los miembros de politburó como los mandos militares senderistas en los campos de batalla, se ahogaron en la insania y la estupidez). Razonar de esta manera desde un criterio objetivo no sólo es criticable, sino también representa una equivocación. Es cierto que la rebelión de Sendero Luminoso, como sus ideólogos y militantes creían, no tiene nada que ver con una supuesta naturaleza histórica ni filosófica de la misma (y sí mucho con la religiosidad fanática ideológica de sus principales dirigentes y seguidores; el fenómeno de Sendero es el resultado de una suma de factores, decisiones y circunstancias históricas que afectaron el transcurso de los hechos, y desembocaron en aquel 17 de mayo de 1980); sin embargo, negarlo, ignorarlo o simplemente creer que fue un hecho ajeno a todos nosotros, llevado a cabo por un grupo de rojos orates, es negar la historia del Perú, sus parajes sombríos y sus miserias como país; lo que fue y en algunos aspectos no ha dejado de ser (si bien existen logros y luchas políticas por extender derechos civiles  y humanitarios a los grupos y minorías sociales excluidos, implementando políticas públicas liberales; aún resultan insuficientes, tanto en forma de normas, como en contraste con la realidad, frente al carácter desigual, excluyente, discriminatorio, racista e intolerante de las relaciones sociales en el Perú). En fin, creer de manera concluyente, y así zafar de responsabilidad alguna (las clases dirigentes y diversos sectores sociales y políticos tienen parte de responsabilidad de lo que sucedió durante la rebelión de Sendero), que lo acaecido pasó porque Guzmán y sus muchachos perdieron la razón, significa no tener consciencia de lo que ocurrió, y dejar en blanco páginas del libro de la memoria histórica de nuestro país. Y para que esto no ocurra, como dice una “añeja” lección que nos dejó doña Hannah Arendt, necesitamos comprender. En relación, existen todavía muchos puntos conocidos que necesitan discutirse (claro, con esto no hago referencia a juicios de valor moral; a lo que me refiero es a poner en discusión la consideración de ciertas formas, asumidas como verdades, de entender el tema; por ejemplo: Sendero Luminoso como conjunto social; es ampliamente conocido que los conjuntos sociales, más de allá de costumbres o expresiones culturales propias, no se caracterizan por ser colectividades homogéneas, uniformes en sus formas de comportarse, de pensar, en sus creencias, gustos o intereses; por lo tanto, creer y afirmar que SL como totalidad fue un conjunto social homogéneo, extensiones de Guzmán y sus postulados políticos e ideológicos, incapaces de tener sus propias ideas, sentimientos o intereses como individuos, al punto de casi deshumanizarlos, es un aspecto que, al menos, es propio de controversia; pienso que, dejando de lado a Gonzalo, a Miriam, el resto de la cúpula y sus allegados y sectores políticos más fanáticos, Sendero Luminoso como conjunto tenía su propia dinámica y como en cualquier espacio social los que lo integraban eran un grupo de individualidades, de personas con sus propias maneras de pensar, comportarse y sentir como cualquier otra), y otros que necesitan investigarse. Todavía, por todo lo que representa aún la aventura de Guzmán y sus camaradas, no se ha podido concretar un estudio del fenómeno lejos de apasionamientos políticos e ideológicos, y que proyecten una visión crítica total de la situación de guerra que vivió el Perú; en fin, comprender el por qué, más que seguir emitiendo partes de condenas sociales interesadas muchas veces sólo en contar una parte de la historia o sus propias versiones de la historia de la insurgencia senderista (como lo hacen con fines políticos por ejemplo, las derechas conservadoras, para las cuales todo acto de represión, sin que haya importado el grado de fuerza o los métodos utilizados, de los órganos estatales estaba justificado; para las extremas derechas mientras SL cometió crímenes y causó espantos, las Fuerzas Armadas y Policiales únicamente cometieron excesos y errores - es por demás curioso que el MOVADEF utilice el mismo inmoral y vergonzoso argumento de las derechas para plantear su campaña de amnistía). En tal sentido, resultó interesante en su momento el libro del 2007 de Santiago Roncagliolo: ‘La Cuarta Espada. La Historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso’. Escrito en una clave diferente a los tradicionales estudios sobre el tema, la investigación periodística de Roncagliolo resulta no sólo bien escrita, didáctica, sin dejar de ser crítica y, para una persona que desee profundizar sobre el tema, como una introducción A SL (al que se aúnan, según mi opinión, los libros  de Gustavo Gorriti, ‘Sendero: Historia de la Guerra Milenaria en el Perú’, de 1990; y de Carlos Iván Degregori, ‘El Surgimiento de Sendero Luminoso. Ayacucho, 1969-1979’, publicado el mismo año que el anterior), aunque eso sí poco desarrollado en la parte bibliográfica, sino también un intento por comprender, desde distintos ángulos del escenario (tal, uno de los más novedosos y polémicos, abordarlo desde un lado humano, razonar a los senderistas como seres humanos), qué sucedió en el Perú durante la década de los 80 y parte de los 90, involucrándose como un personaje más de la historia de la investigación, que a la vez forma parte de una historia que todavía no ha llegado a su punto culmine, que aún no ha encontrado su lugar en la memoria ni una presencia estable, configurada en el imaginario nacional; un episodio más de lo que significó para el país una tragedia que nunca debiera olvidarse como experiencia histórica.
Por último, el fujimorismo.
A diferencia de los casos anteriores, el fujimorismo como gobierno y como expresión política de derecha, populista y conservadora, ya tiene un lugar en la memoria y la consciencia histórica nacional. En este aspecto, no existe ningún problema respecto al caso de estudio; no obstante, a pesar de esto, el fujimorismo no ha logrado crear en torno suyo una opinión de consenso entre los ciudadanos; por el contrario, es habitual que genere juicios de valor, debido a las diferentes formas de atender e interpretar todo lo relacionado a aquel. El fujimorismo ha fundado a su alrededor, tomas de posición que se caracterizan por ser absolutas: o están a favor o en contra de, que derivan del juicio de valor moral al cual es sometido: es bueno, o es malo. También existen, cabe la mención, empero son los menos, puntos medios que intentan rescatar y poner énfasis en lo bueno y lo malo de su experiencia, en perspectiva como en la actualidad, aunque en la mayor parte de los casos de manera acrítica, y en oportunidades hasta cómplice (su postura: ni a favor ni en contra de, además de hacer recordar el título de una vieja canción de Los Prisioneros, ‘Nunca Quedas Mal con Nadie’, se suele mimetizar con las posiciones conservadoras y reaccionarias).
Como en el caso de Sendero, el fujimorismo suele generar pasiones encontradas (durante la segunda vuelta de las últimas elecciones presidenciales realizadas en el año 2011, votar a favor o en contra de la candidata fujimorista, la señora Keiko Fujimori, representó una toma de posición que iba más allá de lo político; dependiendo de la perspectiva de cada persona, fue una lucha entre el bien y el mal; la cual, en este tipo de circunstancias, resulta algo común de manera consciente e inconsciente entre los ciudadanos). Las ideas que suelen actuar como ejes discursivos de las distintas visiones del fujimorismo en permanente contradicción son, por un lado, los que la consideran una experiencia histórica positiva, la fuerza política que inició la etapa de orden, paz y progreso económico y modernidad en el Perú; y por el otro, los que la consideran como negativa, el movimiento político criminal, autoritario y antidemocrático que sumergió al país en lo más hondo de un pantano de corrupción, deshonestidad, inconsciencia e inmoralidad (valgan verdades, características de la tan mentada mentalidad criolla que ya formaban parte de las estructuras mentales nacionales, pero que con el fujimorismo se agigantaron y se extendieron, dejando su condición de excepcional y ocasional, hasta convertirse en hábitos y costumbres en secciones considerables de las clases dirigentes y de la población).
Resulta interesante que al contemplar la situación, la totalidad de estas ideas eje de las 2 vertientes en negación, al contrastarse con la realidad histórica, obtengan fundamento; lo cual significa que, a pesar de las posiciones políticas en contradicción, sus principales postulados no se nieguen unos a otros. Durante el gobierno de Alberto Fujimori (que constó de 2 etapas: una etapa democrática, entre julio de 1990 y abril de 1992, y una fase antidemocrática, dictatorial, entre abril de 1992 y noviembre del 2000), tras el literal desastre de la realidad nacional provocado por la profunda crisis política, económica y social, malhadada herencia del primer gobierno de Alan García y de la rebelión de Sendero Luminoso (y en menor medida e importancia, la participación del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, MRTA, quienes aprovecharon la coyuntura y a mediados de los años 80 tomaron parte activa del conflicto armado y, debido a su filiación ideológica castrista guevarista, radicalmente desemejante de la de los senderistas, por su lado iniciaron su propia lucha revolucionaria); se logró estabilizar la economía (por entre políticas de emergencia con medidas de choque, cuyos costos sociales más graves fueron las oleadas de despidos, la quiebra de empresas y la eliminación de los derechos laborales) al insertarla en el modelo de desarrollo mundial, la economía liberal de mercado, lo cual conllevó con el tiempo a su recuperación y  a trazar una línea de “progreso” y “modernidad” en construcción (ideas muy discutibles, eso sí; dependiendo de la perspectiva desde la cual se las entienda), reflejado sobre todo en el campo de lo macroeconómico. Durante la década del fujimorismo gobernante, también se logró desestructurar a Sendero Luminoso, capturando a sus principales dirigentes y acabando con sus posiciones político militares, el llamado poder popular. Si bien quedaron rezagos y se mantuvieron aisladas posiciones rebeldes en zonas remotas del país, con la captura de Gonzalo y el resto de los miembros de su politburó se inició la derrota final de la insurrección del maoísmo gonzalista. En términos concretos, reales, durante el mandato de Fujimori se logró volver a una situación de paz y, aunque en forma relativa, únicamente relacionada a la finalización de las prácticas terroristas de los comunistas de la cuarta espada y los órganos de represión del Estado (obvia consecuencia del fin de la guerra); orden. Estos hechos que nos dan una visión positiva, favorable del fujimorismo, son verdaderos, reales; innegables (aunque sí propios de debate). Como asimismo lo son los que no nos hablan bien de éste.
El gobierno de la organización política fujimorista fue el más corrupto, sombrío y nefasto del siglo XX, y uno de los más corruptos, sombríos y nefastos de la historia peruana. Se cometieron crímenes y delitos de todo tipo: desde crímenes de lesa humanidad, pasando por la transgresión de las leyes constitucionales y democráticas, hasta el control y corrupción de los poderes e instituciones del Estado y de casi la totalidad de los medios de comunicación. El país, sin tomar consciencia real de esto, fue arrastrado por el fujimorismo a una de sus etapas más oscuras, de decadencia moral, reflejada en las relaciones sociales. A tal punto llegó el estado de gravedad de este aciago y desdichado suceso que, pasado el tiempo, desde que Fujimori literalmente fugó del país y se reinstauró la democracia aquel ya lejano noviembre del 2000, los principales representantes políticos, funcionarios públicos, empresarios privados y agentes (“periodistas” corruptos) de la dictadura fujimorista fueron arrestados, enjuiciados y condenados a prisión, por sus diferentes responsabilidades. Esta es la visión desfavorable del fujimorismo, que a fin de cuentas viene a ser, con la perspectiva positiva, una suma de realidades que no se contradicen entre sí, que forman parte de un mismo hecho histórico.
Sin embargo, en el proceso de construcción de la memoria y la disposición de la consciencia no sólo funcionan e intervienen las humanidades (la Historia y las ciencias sociales como parte de ellas - una de las razones por las cuales la Historia y en general las ciencias sociales en el Perú han perdido contacto con el mundo real , con la vida y la gente, radica en el hecho de creer o asumir aquellas que no tienen nada que ver con las expresiones artísticas o las culturas populares, por ejemplo); también lo hacen los mitos y las realidades inventadas, como en los casos de las historias oficiales, las que suelen estar compuestas, confundidas entre los hechos históricos, de estos mitos y ficciones; estos se originan del campo de las subjetividades (creencias populares, intencionalidades políticas, desapego y desinterés a la realidad) y se articulan “objetivamente” por entre discursos en los imaginarios nacionales. Lo malo de esto, es que en muchas ocasiones, cuando la crítica y el análisis histórico dejan de intervenir, estas irrealidades se convierten en verdades acríticas, instalando medias verdades ornadas con capítulos de una historia que nunca existió, creando subjetividades políticas y discriminatorias (xenofobia, chauvinismo, exclusión, prejuicios, odios, rencores, derechismos e izquierdismos fanáticos), y afectando la formación de la memoria y la consciencia de la colectividad; así tendríamos por ejemplo, una guerra de 1879 como un episodio únicamente de heroísmo y valor; una insurgencia en los años 80 llevada a cabo por malvados y crueles cholos resentidos y serranos terroristas; o un presidente durante los años 90 que salvó y condujo a una era de modernidad y progreso al Perú.
No resulta muy difícil hacer que esto suceda (tal, el mito del fujimorismo, vivo en una parte significativa de la población, ha permitido en la actualidad que su praxis permanezca y persista como una fuerza política importante, empero a la vez, por la misma aura autoritaria y antidemocrática que encierra este mito, incapaces de autocrítica sus principales representantes políticos a semejanza del caso de Sendero Luminoso, también provoca enormes resistencias entre la ciudadanía, lo que afecta directamente sus posibilidades de ganar elecciones presidenciales y retomar al poder); ya en el terreno de las subjetividades, sólo depende del trabajo político y social y la capacidad de movilización de los actores que quieran hacerlo realidad (Estado, clases dirigentes, movimientos políticos, poderes fácticos), unas circunstancias históricas favorables (tal podrían serlo un nuevo gobierno del fujimorismo, leyes de amnistía o desagravios discursivos hechos por “historiadores” a sueldo o ideologizados), y lo más importante, todas las personas que estén dispuestas a asumirlo como verdad y esperanza de existencia; porque, al fin y al cabo, en el espacio de lo subjetivo y lo relativo el ciudadano como individuo cree lo que quiere creer, recuerda lo que quiere recordar.
Contempla lo que quiere, o cree, contemplar.

Lima, setiembre de 2014.   

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