jueves, 4 de diciembre de 2014

ADIÓS SUSANA

Luis Enríquez Travezaño

El 5 de octubre del 2014 se llevaron a cabo las elecciones municipales más aburridas y predecibles de los últimos tiempos, ocurridas en la ciudad de Lima. Casi desde el mismo momento que se oficializó la postulación del ex alcalde de la capital peruana, Luis Castañeda Lossio, todos los que tenían cierto conocimiento del tema sabían que él iba a ser el ganador (y casi, porque desde que se instaló la idea de su candidatura entre los limeños, aún sin ser oficial, los sondeos de opinión ya lo daban como un seguro ganador, con más del 50% de las preferencias electorales). Este adormecedor suceso social y político está vinculado a dos factores que incidieron directamente en él: por un lado, la gestión de Susana Villarán, y por el otro las mentalidades del electorado limeño. Dejando de lado las explicaciones cliché, vagas, sin profundidad, tanto de las derechas como de las izquierdas, tales como electarado o roba pero hace obra (explicaciones propias de propaganda, de panfletos, pero que en un análisis detenido de la situación, sencillamente caen en la repetición); de este proceso se desprende más de una vertiente explicativa que nos ayuda a comprender muchos por qué, que encierra el fenómeno en sus diferentes dinámicas que transcurrieron desde los orígenes del  gobierno municipal de Villarán.
En primer lugar, tenemos la gestación de Villarán como alcaldesa de Lima (valgan obviedades, no se menciona el triunfo de un proyecto político o de una ideología, porque simplemente eso no existe en la dinámica electoral peruana. En pocas palabras: no triunfó ni un proyecto progresista ni una ideología de izquierda; la elección la ganó el individuo, la personalidad llamada Susana Villarán). Recordar, saber cómo se gestó el mandato de Villarán, otorga perspectiva sobre el fenómeno.
Durante las elecciones municipales de 2010, en las cuales se perfilaba como clara favorita la candidata del Partido Popular Cristiano, PPC, Lourdes Flores, quien tenía como competencia real a Álex Kouri, se dio una circunstancia particular que definiría el resultado de las mismas; el popular candidato de ‘Cambio Radical’ (uno de los muchísimos grupúsculos políticos existentes, que se hacen llamar equivocadamente: partidos; de tendencia derechista, conservadora), fue descalificado de la contienda por el Jurado Nacional de Elecciones, por descubrirse que no cumplía los requisitos necesarios para postular a la alcaldía de Lima. Es esta circunstancia que cambia la historia de aquel proceso. Al ser tachado Kouri, toda su intención de voto tuvo que migrar forzosamente, empero con una característica propia de la coyuntura: no migrarían (salvo habituales y contadas excepciones, claro) hacia la candidata del PPC; lo cual no es de extrañar si tomamos en cuenta que la principal responsable de que esto sucediera fue la misma Lourdes, quien al trazar durante su campaña la línea entre la decencia y la corrupción (estrategia electoral en la que ella, obviamente, representaba a la decencia y su rival la corrupción), polarizó la contienda y literalmente ahuyentó a la masa electoral que pensaba votar por Kouri, pero la cual ya con su candidato defenestrado no tenía ninguna intención de hacerlo por quien indirectamente los había rechazado, lo que afirmó y consolidó la idiosincrasia de la intención de voto por Kouri, que desde un inicio no simpatizó con Lourdes Flores.
La que se favoreció directamente con esto fue Susana Villarán, quien representó en ese momento lo opuesto, lo contrario de Lourdes: la candidata del pueblo (lo que resulta por lo menos curioso si tenemos en cuenta que la extracción social de Susana y Lourdes es similar), simpática, agradable, un “nuevo” rostro político (lo cual no es necesario explicar que falta groseramente a la verdad) y lo más importante en este caso: obtuvo la simpatía del electorado que no le agradaba Lourdes (la elección municipal de 2010 se caracterizó principalmente por la simpatía, que siempre es un factor a tomar en cuenta en cualquier escenario electoral, empero en el peruano resulta en la mayoría de los casos: determinante). Desfavorecida por este motivo, al que se aunaron la denuncia de su vinculación al empresario acusado de estar ligado al narcotráfico César Cataño, la difusión de los llamados potoaudios, en los cuales literalmente manda al poto a Lima y a todos los limeños que no pensaban votar por ella, y la afanosa contra-campaña que le hizo el escritor y periodista Jaime Bayly en su programa de televisión que se difundía en aquel entonces, Lourdes, dándole la razón nuevamente a su estigma de ‘eterna perdedora de elecciones’ (a las presidenciales a las que se presentó, 2001 y 2006, tras comienzos de campaña muy favorables, Lourdes fue derrotada en primera vuelta, y anecdóticamente en ambas ocasiones por un estrecho margen de votos y por el astuto y ladino candidato del APRA, Alan García, quien le ganó, como se dice en coloquial en el país, por tener personeros más pendejos), en poco tiempo se vio superada en las encuestas por Villarán, para finalmente perder los comicios del 3 de octubre del 2010.
Se entiende que el triunfo de Villarán se dio por una circunstancia específica, afortunada para ella y fatídica para el candidato descalificado. Por tal, su triunfo no fue el resultado de una exitosa campaña, de una simpatía espontánea de los ciudadanos por ella, ni de un supuesto voto afín a las izquierdas que ella representaba. Su triunfo, valga la redundancia, fue el triunfo de las circunstancias. Esto se corrobora si tomamos en cuenta que, cuando al final de la campaña electoral Lourdes cambia de estrategia y demostrando preparación y determinación propone una agresiva campaña publicitaria y ataca ferozmente a su rival por todos los medios posibles, develando su inexperiencia, flaqueza y cierto grado de improvisación, casi logrando revertir los resultados (si la campaña hubiera durado una semana más probablemente Susana, como estaba sucediendo en los últimos días del proceso, habría continuado su caída en la intención de voto y Lourdes habría obtenido la victoria); y cuando a poco tiempo después de asumir la gobernación de la ciudad, su nivel de popularidad se fue desmoronando rápidamente, hasta volverse catastróficamente impopular (a tal punto que intentaron revocarla), producto de la demoledora contra-campaña efectuada por la casi totalidad de los medios de comunicación (se popularizó entre los limeños el agraviante y burlón apodo: lady vaga), por sus propios errores políticos y porque la gran mayoría de los que votaron por ella nunca lo hicieron por un proyecto de desarrollo progresista de la ciudad (simplemente, a sus votantes no les preocupaba ni les interesaba que Lima se reforme; ellos no votaron por reformas; votaron por obras de mejoramiento y de beneficio público, pero sin que nada cambie; valgan verdades, los que votaron por reformas, por un programa o una idea fueron 4 gatos comunistones).
No es cierto entonces que el 3 de octubre del 2010 Susana Villarán o las izquierdas o el progresismo político haya triunfado en las elecciones municipales. Este tan sólo aparencial éxito, esta suerte de espejismo, fue una de las grandes debilidades del gobierno municipal de Villarán a través de todo su transcurso, y una de las razones por las cuales en las municipales de 2014, su derrota electoral, y de (todas) las izquierdas, fue tan evidentemente previsible y contundente.
En segundo lugar, la relación de Villarán con sus enemigos políticos y mediáticos.
Uno de los principales errores que cometió Villarán y su equipo de trabajo fue el nunca plantear una estrategia política para enfrentar la difícil relación que tendría como gobierno municipal con los medios y los sectores políticos de oposición, que en muchas oportunidades actuaron más como sus enemigos que como opositores políticos.
Luego del fallido intento de los radicalizados medios derechistas conservadores contrarios a toda opción de izquierda o liberal progresista que definen de la manera más burda y simplona como ‘caviar’ (El Comercio y Correo, y sus respectivos satélites, como sus principales representantes), de acabar con Villarán en las municipales del 2010 (por el contrario, su contra-campaña del miedo, intentando vincular a Villarán y su gente con el comunismo más retrógrado, tuvo el efecto contrario, victimizando a Villarán y afianzando su ocasional empatía con el votante), con ‘Fuerza Social’ ya como gobierno desde el 2011 inician como venganza, junto a sus declarados enemigos políticos (Castañeda Lossio y sus muchachos, tras el anuncio de que, después de descubrirse graves indicios de corrupción, se investigaría la gestión del ex alcalde y su grado de su participación en el caso Comunicore), una paciente y permanente e intolerante campaña de hostigamiento y difamación que desembocó en el proceso de revocatoria del año 2013. Tras una nueva derrota (como premio consuelo para sus enemigos, se revocó a casi todos los regidores de ‘Fuerza Social’; sólo quedó uno), esta vez ocasionada por la pésima, desorganizada y antidemocrática campaña del ‘SÍ’, y por la audaz y creativa campaña del ‘NO’ y por el respaldo de los principales representantes políticos democráticos de la ciudad a Villarán y al sistema de gobierno (destacando fundamentalmente en aquella ocasión el apoyo que le brindó la lideresa del PPC, Lourdes Flores); el antivillaranismo recién encontraría su venganza en la municipales del 2014, derrotando y sacando del  gobierno de Lima a una terriblemente impopular Villarán y a las desorganizadas y extraviadas izquierdas.
En ningún momento, Villarán y su equipo entendieron que estaban jugando de visitantes, con el público y el árbitro ideologizados y en contra. Por el contrario, sin ningún criterio político al saberse nuevos y sin una verdadera organización política y social que los respalde, sin experiencia ni un equipo técnico adecuado, sin aliados importantes y habiendo ganado las elecciones más por azar y por buena fortuna que por su capacidad de convocatoria o por ser un movimiento de masas; deliberadamente abrieron nuevos frentes, se buscaron más enemigos al contraponerse a más intereses de diversos sectores con una determinada cuota de poder en la ciudad, y literalmente se pelearon con medio Lima. Es cierto que lo hicieron con buenas intenciones, pero el plan de reforma y desarrollo que intentaron llevar a cabo en la ciudad no podía cimentarse en la buena voluntad; además de un plan técnico integral consistente (que existió, pero que por el apresuramiento y la improvisación de su implementación, pareció que en realidad no existía), se necesitaba de un plan político. No todo se podía resolver con “faltó comunicación”, como declaraban sus funcionarios. Por sus propias decisiones la administración de Villarán se aisló, se quedó sola y desamparada.
No hubo por parte de Villarán y su gente voluntad, capacidad, criterio político (buscar acercamientos, crear alianzas de conveniencias, ceder poder, convocar tecnócratas de otras tiendas políticas, negociar con los sectores opositores más blandos) ni una idea real del escenario en el cual iban a actuar, para enfrentar a sus enemigos políticos y mediáticos, dejando en evidencia su inexperiencia y su falta de preparación en el aspecto político, para asumir un cargo de este tipo. Para decirlo, en palabras simples, les faltó maña; les faltó calle, como se dice popularmente. 
En tercer lugar, el proyecto político de Villarán en Lima.
Para comenzar con este punto, es necesario afirmar que lo hecho por la gestión de Villarán, dar inicio a una serie de políticas públicas y reformas en la ciudad (recuperación y mejoramiento del espacio público, inversión considerable en infraestructura, reforma del transporte) es loable, responsable y muy necesario. Llevar adelante un proyecto de modernización de la ciudad de este tipo es muy arriesgado. No era muy difícil inferir que iba a provocar resistencias de diferentes clases y de distintos sectores. No obstante, el gobierno de ‘Fuerza Social’, con la mejor buena voluntad, lo llevó a cabo, sucediendo los contratiempos y cometiendo las equivocaciones que se suelen cometer cuando se desarrollan este tipo de programas de gobierno. Así mismo, demostró a una parte de la ciudadanía que un gobierno de (centro) izquierda nacional (salvando las evidentes diferencias, lo más cercano a las experiencias de centro izquierda de la región) puede generar proyectos de inversión y desarrollo en concordancia con el libre mercado, contradiciendo los prejuicios inventados por entre los discursos de las derechas conservadoras y los operadores mediáticos de los poderes fácticos, que hacen referencia al arcaísmo ideológico de las izquierdas, las cuales supuestamente estarían en contra de toda política pública de desarrollo que implique relación con el libre mercado y el capitalismo; discurso que, dicho sea de paso, ha funcionado muy bien en el caso de Cajamarca y el proyecto de inversión minera Conga; las izquierdas son percibidas desde diversos sectores del país como anti-mineros, contrarios al progreso, la modernidad, al desarrollo y a toda inversión del capital extranjero en el país. Ciertamente, la intransigencia y la postura anti-minera y anti-capitalista de algunos dirigentes de la protesta y grupos radicalizados de izquierdas, también han hecho su parte en la construcción de este discurso.
Sin embargo, también es cierto, no basta con la buena voluntad para hacer algo de beneficio. Y justamente ese fue el principal error de Villarán y sus muchachos: creer que con su buena voluntad podían hacerlo todo posible. En política, razonar que con la buena voluntad es suficiente, es un arma; pero para tus enemigos políticos.
Al no tener conciencia de que jugaban con todo en contra, no tomaron en consideración que cada error o falla cometida, por insignificante que esta pueda ser, sería aprovechado por sus enemigos. Tal cual sucedió. Al principio, toda obra o iniciativa pública fue silenciada por los medios, y como admitirían los mismos Villarán boys: por sus propios errores (falta de comunicación y difusión de sus obras). Esto propició que sus enemigos y los medios inventaran la imagen de ociosa de la alcaldesa y de una ciudad detenida, que no avanzaba. Luego, cuando se empezó a difundir su trabajo, los contratiempos y fallas de las iniciativas y proyectos, tales como los casos de la arena de la playa La Herradura o la inundación de una parte de las obras de Vía Parque Rímac, fueron convertidos en ineficacia e ineptitud. Tras la fallida revocatoria, nunca se dio tregua a Villarán. Su imagen impopular se acentuó y consolidó entre la mayoría de la población, gracias también a su poco trabajo político de imagen y su frágil relación con los sectores populares. Villarán se convirtió para la mayor parte de los limeños en un personaje político antipático. No les caía bien. Por tal, todo mal funcionamiento de sus políticas públicas, de sus obras o proyectos no iba a ser bien recibido (todos los intereses y los grupos de poder en pugna con la municipalidad, aprovecharon esta situación). En la mayoría de los casos no se planificaron ni se tomaron las medidas necesarias para intentar contrarrestar esto; el ejemplo más claro fue el malhadado e infausto caso de La Parada, que resultó finalmente siendo un éxito, empero con un excesivo costo social que se trasluciría más adelante en un costo político. Era evidente la falta de organización política, y sobre todo el sentido de oportunidad para desplegar determinados trabajos.
La implementación del Corredor Azul, parte de la reforma del transporte, a ojos de la mayor parte de los ciudadanos fue propia de la improvisación y del hacer mal las cosas. Fue rechazada. Sus enemigos políticos y mediáticos, claro está, contribuyeron desde sus tribunas a que el impacto negativo fuera mayor. A mi criterio, el Corredor Azul y la reforma del transporte de manera integral, son de suma necesidad para la reorganización y el bienestar de Lima. Sin embargo, el apresuramiento, la manifiesta improvisación de su puesta en funcionamiento y su débil trabajo político de concientización ciudadana (ausencia de fuertes campañas de información previa, medición del impacto social, encuestas sobre su necesidad y sobre la aceptación o rechazo de los limeños a su implementación, prever y contrarrestar las lógicas resistencias de los intereses afectados y de las personas al cambio), han ocasionado que no sea aceptada totalmente, y que pueda ser detenida o definitivamente terminada por el nuevo gobierno de Lima. Desde el hecho de que se desplegara este proyecto en un año electoral y con la alcaldesa intentando reelegirse fue una pésima decisión, por las consecuencias que podrían afectar los planes de reforma y el beneficio público de los limeños; la misma decisión de Villarán de participar en las municipales de 2014, ya de por sí era una mala decisión, por sus altos niveles de rechazo e impopularidad. Para todos era conocido que no iba a ganar; probablemente incluso si Castañeda no participaba en las mismas. A tal punto llegó su impopularidad y su antipatía política, que hasta un personaje políticamente desdichado y enclenque como Enrique Cornejo le ganó.
En cuarto lugar, la relación de Villarán con los limeños.
A desemejanza de lo que los intelectuales, periodistas y políticos de derecha concluyen en sus poco reflexivas y sí muy apasionadas opiniones, el gobierno de Villarán dista de ser un fracaso. Es cierto que se cometieron errores que traslucieron en más de una ocasión inexperiencia y falta de preparación, empero Villarán durante su mandato hizo lo que otros alcaldes no hicieron cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo, y con mayor tiempo para hacerlo (desde el gobierno de Alberto Andrade, QEPD, quien a partir del año 1996 hasta el 2002 inició la reorganización de la capital, nunca se llevó a cabo un proyecto de desarrollo y modernización profundo de la ciudad de Lima. Durante su primer periodo de 8 años, Castañeda, políticamente muy hábil y taimado, supo con sus decisiones, acciones y obras quedar bien con los diversos intereses que existen en Lima, sin intentar siquiera enfrentar los problemas trascendentes que afectaban a la ciudad. Es decir, nunca se peleó con nadie y a la vez se las ingenió para contentar a la mayoría. Eso explica sus altos niveles de aprobación y popularidad entre los limeños y el consenso de las derechas mediáticas, junto a un sector de las derechas políticas, para que sea quien los lleve al triunfo en las elecciones del 2014, tal como finalmente sucedió). Emprendió una serie de obras, políticas públicas y reformas a favor de la capital, cuyos resultados, en el momento en que escribo este artículo, si bien es cierto que aún están en proceso (4 años resulta un tiempo escaso para llevar adelante tal iniciativa), ya han puesto en marcha un proyecto de ciudad.
Susana Villarán no fracasó como alcaldesa. Sin embargo, sí lo hizo como política; y este fracaso se denotó claramente en su relación con los limeños. Porque si bien es evidente que sus enemigos hicieron su trabajo, a todas luces exitoso, denigrando y destruyendo su imagen pública, la propia Villarán también hizo su parte.
Sin tomar consciencia del voto prestado del 2010 (no fue un voto genuino por ella, por su agrupación, ni mucho menos por las izquierdas), Villarán y sus muchachos no se plantearon una estrategia para vincularse verdaderamente con los ciudadanos, de manera políticamente efectiva. Muy por el contrario, Villarán se alejó de los limeños y su gobierno pareció habitar en una burbuja, sin contacto con la realidad. Esta ausencia de trabajo político con los ciudadanos, el cual incluye la falta de difusión de sus obras en la primera etapa de su gobierno, su alejamiento de los sectores populares (“Para los sectores mayoritarios de la población, especialmente para los más pobres, las obras de Castañeda llegaban más a sus intereses y necesidades que las obras de Villarán”. Sinesio López, El Velorio de la Derecha, La República, 9 de octubre del 2014) y una imagen distante y distinta de la mayoría de sus votantes, los que no se sentían verdaderamente identificados con ella, fue muy bien aprovechada por sus enemigos políticos y mediáticos para su demolición política (por entre opinión mezclada con un poco de información, ideologizada y sensacionalista, prensa, radio y televisión en su mayoría estimularon el morbo de los limeños que no les agradaba, soportaban ni toleraban a Villarán). A estas alturas pienso que Villarán y su gente consideraron equivocadamente que los limeños iban a comprender su trabajo, porque al fin y al cabo iban a llegar a entender que era para el beneficio de ellos mismos. Tal ingenuidad política quedó demostrada cuando Villarán decidió presentarse a las municipales del 2014, para intentar reelegirse, tal vez entusiasmada por los resultados favorables de la revocatoria; empero, en aquella consulta, tampoco el voto fue por Villarán; el voto mayoritario fue en contra de las consecuencias que traería la revocatoria, y en contra de la insensata campaña del NO y sus nada responsables representantes políticos.
Esto devela también de paso un desconocimiento de la idiosincrasia del electorado.
Al respecto, no estoy de acuerdo con Steven Levitsky cuando afirma que lo que se define como irracionalidad del voto programático es provocada por la incertidumbre generada por el exceso de oferta de candidatos, la desconfianza porque los candidatos no cumplen sus promesas, y la corrupción (Elecciones y Tarados, La República, 5 de octubre del 2104).
Es cierto lo del exceso de oferta de candidatos personalistas, muchos de ellos noveles, sin programa claro y sin partido. Empero, razonar que esto genera incertidumbre no es correcto. Durante el proceso mismo, a pesar del exceso de candidatos, los electores destacan con su intención de voto a 2 o 3 candidatos sobre el resto, a los cuales dejan de lado (los llamados candidatos del 1 %, que en realidad algunos no llegan ni siquiera a bordear esta cifra). En la práctica no se da tal incertidumbre; en el transcurso del proceso electoral, los votantes definen entre varios a los que finalmente van a competir por el puesto de gobierno. Basta recordar los últimos procesos, para darse cuenta de ello: en las municipales de Lima del 2014 participaron 13 candidatos; desde un inicio los votantes decidieron al ganador de estos comicios. A pesar de los 10 candidatos, en las presidenciales del 2011 los ciudadanos perfilaron mayoritariamente sus preferencias hacia 3 candidatos, Ollanta Humala, Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski. En las municipales de Lima del 2010 se presentaron 9 candidatos; sólo 2 compitieron en la práctica. En las municipales de Lima del 2006 ocurrió algo similar a las del 2014, con el mismo resultado. En las presidenciales del 2006, participaron 20 candidatos; sólo 3 compitieron en la realidad: Ollanta, Alan y Lourdes.
Lo del caudillismo y lo de la falta de partidos son problemas estructurales, y son temas que pertenecen a una problemática más amplia y compleja.
La aplastante victoria de Castañeda en las municipales del 2014 no sólo se entiende como el rechazo y la ojeriza a Villarán, sino como un voto de confianza del limeño al nuevamente alcalde de Lima. La señalada desconfianza porque los políticos no cumplen sus promesas no es una característica de las mentalidades de los electores. Sí existe tal desconfianza, denuesto y recelo por la clase política, sin embargo no puede ser aplicado como característica del comportamiento de los votantes, porque no existe un patrón de desconfianza hacia todos los candidatos políticos. El caso de Castañeda es más que evidente. La mayor parte de los limeños confían en él, en su trabajo, así como en su momento confiaron en Alberto Andrade, o en Ricardo Belmont. Esa confianza puede desaparecer en algún momento claro, o no puede ser transferida a otra situación distinta, como sucedió con el mismo Castañeda en las presidenciales del 2011, quien no vio reflejada su popularidad como exitoso alcalde de la capital a nivel nacional (por poco una maldición de los alcaldes de Lima que quieren ser presidente). Sin embargo, existe.
Razonar en teoría a la corrupción como un factor que incide en los electores, en la práctica no ocurre. Si la corrupción actuara como un factor de este tipo, Castañeda en Lima ni Gregorio Santos en Cajamarca hubieran ganado sus respectivos escrutinios, por ejemplo. Los graves indicios de corrupción que los envuelven a ambos (Santos incluso participó en la elecciones, preso), hubieran bastado para ser inhabilitados moralmente por sus poblaciones electorales. Empero, esto no sucedió; por el contrario, la corrupción nunca actuó como un factor negativo ni estimuló una reacción moral en la mayoría de los votantes. La candidatura de Castañeda fue apoyada abiertamente por amplios sectores de la sociedad (empresarios, medios de comunicación, “partidos” políticos, ciudadanos independientes), sin que la corrupción que acechaba a su candidato representara un real problema. El caso de Santos, fue distinto; su voto a favor fue el voto del hartazgo de Cajamarca por la capital, el voto contra Lima y su clase política y sus periodistas y sus ciudadanos derechistas, discriminadores, superfluos e intolerantes. Este sentimiento lo representó Santos, e incidió en la mayoría de los votantes cajamarquinos, a diferencia de las sospechas de corrupción, las cuales no actuaron en la práctica como un elemento incidente importante.
Depende de las tendencias del comportamiento del votante, para que factores como la desconfianza o la corrupción funcionen y actúen en la dinámica electoral como características, pero esto siempre va a estar condicionado por la coyuntura, por el momento en el que ocurren los hechos y por las circunstancias históricas que inciden en aquel; es decir, pueden funcionar y actuar como particularidades de las mentalidades de los votantes, empero sólo en determinados contextos electorales. Por lo mismo, la desconfianza y la corrupción no pueden ser características de la nombrada irracionalidad del voto programático, proposición teórica que significa, valgan obviedades, y en palabras menos pomposas, que los peruanos no votan por programas.
Por último, Villarán en relación a la situación de las izquierdas nacionales.
No ha pasado mucho tiempo desde que se anunció desde los ámbitos de las izquierdas la formación del ‘Frente Amplio’, una suerte de espejo de la electoral y políticamente exitosa experiencia uruguaya. Este proyecto de organización partidaria política nacional, con evidentes fines electorales, buscaba, o busca en realidad, ser un espacio de izquierda que se convierta en una confluencia de corrientes políticas, unidas bajo acuerdos y un programa, para así mostrarse como una alternativa electoralmente viable, una opción atractiva entre los ciudadanos y una voz importante en la dinámica pública política nacional. Las recientes elecciones municipales y regionales eran la oportunidad del ‘Frente Amplio’ para presentarse como un solo bloque en torno a los distintos candidatos de izquierda, partidarios y afines, que postularían; así además intentar atraer a otros organismos y movimientos regionales independientes de izquierda. Este hubiera sido por ejemplo el caso de Villarán, representante de las izquierdas en Lima (aunque una vez hundido el barco, algunos trataron de negarlo), y a quien incluso antes de su clara y contundente derrota en las municipales se le voceaba en los corredores de las izquierdas como la candidata para las presidenciales del 2016. Y escribo hubiera, porque esto jamás sucedió. Durante el proceso electoral la unidad planteada en teoría por las izquierdas, no funcionó en la práctica. Nunca llegaron a alcanzar acuerdos mutuos por insuperables posturas ideológicas (resulta obvio que Villarán y sus muchachos y Patria Roja, por citar un caso, están separados por un profundo y extenso abismo ideológico), cuestiones de principios (el principal, según los protagonistas, la alianza  del villaranismo con el toledismo), falta de voluntad y por cuotas de poder, y se dividieron (parece ser un eterno vicio de las izquierdas el de que a pesar de ser “4 gatos”, esos “4” terminan siempre peleándose entre sí).
Hasta este punto, considero necesario aclarar que la unidad, cual fórmula mágica, no hubiera significado el éxito electoral de Villarán, ni mucho menos (los problemas de las izquierdas nacionales no se van a resolver únicamente con predecibles y repetitivos llamados a la unidad de sus políticos e intelectuales; sus problemas son mucho más profundos y están vinculados a lo que sucedió con aquellas una vez caído el Muro de Berlín y el bloque comunista internacional liderado por la URSS); Castañeda iba a ganar, de todas maneras. Empero, una vez decidida la postulación de Villarán (un error político, desde un principio), como unidad se debió trabajar arduamente para hacer ingresar a la mayor cantidad de regidores que fiscalicen al nuevo gobierno y defiendan las reformas emprendidas por ‘Fuerza Social’.
La derrota de las izquierdas en Lima (y por poco en todo el Perú; hubo algunas excepciones, como Cajamarca; aunque claro, este triunfo tampoco puede traducirse como un voto de izquierda), develó una serie de quiebres en su interior, y confirmó su fantasmal situación actual. Razonar, por enésima vez, que se debe Comenzar desde cero: quemar las naves (Una Autocrítica desde la Izquierda. Rocío Silva Santisteban, La República, 7 de octubre del 2014), o, sin ningún afán de autocrítica, que la derrota de Villarán….no compromete al sector que decidió abstenerse en las elecciones…. (Tiempos Turbulentos, Nelson Manrique, La República, 7 de octubre del 2014), no hace sino confirmar estos quiebres, reflejados en sus organizaciones, sus ideologías, sus prácticas, sus políticos y sus intelectuales.
Sin autocrítica ni consciencia de la realidad (uno de los pocos que planteó una verdadera autocrítica en sus artículos sobre las elecciones del 2014 fue Sinesio López, quien afirmó de manera concluyente: En vez de responder al desafío de la derecha con la unidad y con la formación de una vasta coalición de centro izquierda, los partidos fragmentados de la izquierda se suicidaron antes de entrar a la batalla, abandonaron a Susana y ahora quieren rehuir la responsabilidad de la derrota. El Velorio de la Derecha, La República, 9 de octubre del 2014; Se desataca el triunfo regional en Cajamarca y el éxito en pocas provincias en contraste con la derrota de Lima, pero se oculta la aplastante derrota de los partidos de izquierda que impulsaron la división en muchas provincias y distritos en donde presentaron candidatos. La verdad es que todas las izquierdas perdieron. Dos estrategias, La República, 16 de octubre del 2014), atractivo electoral ni horizonte (vivir añorando la “gloriosa” década de los 80 y a Izquierda Unida, no presenta precisamente un panorama alentador; muchas de ellas viven atrapadas en anacronismos ideológicos), sin poder, capacidad de organización y sí con mucha mezquindad, las izquierdas políticas en estos tiempos electoralmente no representan absolutamente nada. Las izquierdas únicamente son una piedra y un cristal roto, un ahogado grito de protesta y un viejo libro de editorial Progreso, un profesor de la Católica, una desganada canción de Silvio Rodríguez y una enardecida conversación en un bar, entre butifarras, cigarrillos y cervezas.
Hablar cada cierto tiempo, tras un nuevo fracaso electoral y político y social, de unidad, quemar naves y comenzar de nuevo, bajar a bases, que la izquierda se gesta en las calles, que la izquierda se tiene que modernizar,  que las nuevas generaciones tienen que tomar la posta y que el pueblo unido jamás será vencido, son a estas alturas palabras vacías; sin contenido. Puro lirismo intelectual y académico. La realidad indica que las izquierdas están destruidas, por dentro y por fuera. Y que fueron las mismas izquierdas las que se destruyeron a sí mismas cuando a fines de la década de los años 80 e inicios de los 90, con el derrumbe del paradigma del comunismo y el socialismo mundial y el duro e innegociable rechazo de la sociedad peruana a la infausta vía revolucionaria de Gonzalo y Sendero Luminoso, no se reformaron organizacional, política ni ideológicamente. Tuvieron la oportunidad de hacerlo, y no lo hicieron. Ahora se asemejan a un alma en pena que, olvidando que ya está muerta, vuelve a repetir los momentos de su muerte, una y otra vez.
Para que la izquierda peruana deje de seguir siendo lo que es desde la década de los 90, un mero ornamento folclórico para darle color al escenario político nacional, tiene que practicar lo mismo que predicó como receta infalible para la sociedad nacional y mundial, hasta el punto alucinado de postularlo como verdad científica: tiene que afrontar una revolución, y todo lo que eso conlleva y significa. Tiene que someterse a un proceso de transformación de sus propias estructuras. Cambiarlo completamente todo, sin atisbo de dudas.    
El caso de Villarán, aunque muchos izquierdistas no estén de acuerdo, figura muy bien la realidad de las izquierdas nacionales. Un triunfo electoral de las circunstancias, un gobierno progresista impopular, una líder, junto a sus muchachos, sin capacidad de respuesta política (es justo decir que lo que les faltó en organización y experiencia, les sobró en buena voluntad y decisión política. Las reformas emprendidas en Lima son parte de un proyecto que vislumbra una idea de ciudad, y aunque se notó la falta de organización en su implementación, son trascendentes para la modernización y el ordenamiento de Lima). Y una gran mayoría de la población diciéndole, adiós.
La crisis política de las izquierdas, que se extiende a todo el sistema partidario “institucional” del país (es decir, también es propio de las derechas; al respecto, resultó patético ver a algunos periodistas, analistas y políticos celebrar el “éxito” electoral de Cornejo y el aprismo, e intentar convencer a la opinión pública de su arraigo supuestamente restablecido. Los mismos que intentan formar opinión y tendencias a favoritismos en base a prematuras encuestas para las presidenciales del 2016; a estas alturas, esas encuestas no dicen nada, no descubren nada ni auguran nada; en resumen, no significan nada para futuras presidenciales. Ciertamente, ese tipo de encuestas únicamente sirven como pasatiempo para periodistas y analistas políticos mediáticos), nos brinda una idea del comportamiento de los votantes en una realidad sin partidos y con los poderes fácticos controlando las relaciones de poder en el Perú (no existen partidos políticos en el país; discrepo con los que afirman que el APRA es un partido. El APRA no puede ser un partido porque se ha visto afectado históricamente por su cultura autoritaria de jefatura; actualmente sin Alan García no ganan elecciones ni posiciones de poder. Dependen totalmente de él).
Es equivocado intentar dar características, o descubrir pautas, a este comportamiento porque no es único ni absoluto. El comportamiento de los votantes está relacionado al escenario, al contexto histórico y a las circunstancias en el cual se desenvuelven, los cuales cambian con el transcurrir del tiempo. Entendiendo esto, es posible comprender las diferentes dinámicas electorales nacionales.

Lima, noviembre de 2014. 

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