jueves, 26 de noviembre de 2015

LA MISMA MISERIA

Luis Enríquez Travezaño

En poco tiempo la democracia peruana nuevamente enfrentara otra prueba que la pondrá frente a una ya vieja amenaza: el fujimorismo. A la que se aúna una verdadera tara del sistema: el alanismo que funge de aprismo desde que García se encumbró políticamente de manera práctica como el sucesor de Haya de la Torre al vencer en el interior del PAP a la facción de Andrés Townsend, y ganar las presidenciales de 1985.
En una democracia fuerte, con instituciones sólidas y reglas claras y serias y una ciudadanía consciente, informada y responsable, las candidaturas de Keiko Fujimori y Alan García no representarían un peligro. Ya desde el momento mismo de sus intenciones de postulación, estás serían moralmente condenadas, por ser personajes que desafían toda ética y toda moral y representan lo peor de la política peruana, tanto por sus antecedentes políticos, y en muchos casos sospechosos de ser cómplices de crímenes y delitos, como por sus contenidos políticos simbólicos. Empero, en una democracia endeble, institucionalmente enclenque y poco seria al momento de perfilar sus preferencias electorales, candidatos como los mencionados no sólo van a ser un problema para la institucionalidad democrática del país, sino también van a tener siempre la posibilidad de tener el apoyo de sectores de la población, que en su mayoría lo hacen de manera irresponsable (en estos casos, los electores siempre van a tener un grado de responsabilidad en tanto Alan y Keiko no son ni figuras públicas diáfanas y libres de toda sospecha y de conductas intachables, ni son una apuesta electoral nueva y atractiva. Nadie puede alegar que fue embaucado con promesas falsas o que no los conoce. Todos los peruanos mínimamente informados saben quiénes son y que representan estos sombríos actores políticos). En fin que, Keiko y Alan representan la misma miseria política y moral del país.
Empero, objetivamente se diferencian por matices. Mientras que Keiko Fujimori representa el mayor de los males y espantos para la democracia peruana, Alan se encuentra un escalón debajo. Porque mientras Keiko es la abanderada de la organización que durante los años 90 literalmente hundió al Perú en la más abyecta de las calamidades morales y políticas (además del neoliberalismo a rajatabla que instauró en el país, razón por la cual las derechas con vocación democrática se sienten un poco confundidas al tener al frente a sus ‘primos’ ideológicos que lograron lo que ellas hubieran querido hacer, el mayor legado del fujimorismo fue destruir toda noción y respeto de moral, honestidad, valores, cultura en el ámbito político y social, llevando al Perú a niveles extremos de corrupción y perversidad históricas), la candidatura de García es una mera falla del sistema y la prueba final de que el APRA no es un partido.
Una de las principales consecuencias de la dictadura fujimorista de los años 90 fue la anulación de la reelección presidencial, dado que las fuerzas políticas del autócrata de origen japonés que gobernó al país corrompieron este mecanismo para sus propios intereses (la conocida popularmente: re-reelección del año 2000; que no fue otra cosa que deformar las leyes vigentes en aquel momento para su beneficio, buscando permanecer en el poder por al menos 5 años más, de manera que aparente ser legítima ante la comunidad nacional e internacional), viciándolo ante la opinión pública una vez derrumbada la dictadura a fines del año 2000. Esto impide que se dé la reelección inmediata de un presidente (lo cual considero un error en tanto una comunidad que puede sentirse a gusto y satisfecha con su mandatario debería tener la oportunidad de darle más tiempo en la jefatura de gobierno, y a su vez permitir que el político en cuestión y su partido u asociación política en el poder tengan el tiempo de lograr plasmar, si lo tienen, su proyecto político nacional, tomando en consideración que un periodo de gobierno, que en el caso del Perú es 5 años como es sabido, siempre va a resultar insuficiente para desplegar con total eficiencia, si esa es su intención, un plan nacional de reformas, objetivos desarrollistas y de modernización. Lo que sí debería implementarse, mirándonos en el espejo del sistema político de los gringos del extremo norte de América, luego de este periodo de dos gobiernos, es el retiro definitivo del presidente saliente de las lides electorales, para evitar así tener candidatos eternos que busquen hacer negocio cada temporada electoral y de paso ayudar a fortalecer la democracia interna de los partidos nacionales, forzándolos a renovar sus cuadros y fortalecer sus instituciones). Pero no impide que el que fue presidente un periodo, pueda volver a ser candidato luego de pasada la etapa de otro gobierno, y por ende tener la oportunidad de llegar al poder de nuevo las veces que se le dé su reverenda gana. Este vacío del sistema es aprovechado por personajes como Alan García para ser los candidatos eternos de su facción política, a los que se suelen llamar partidos en el Perú. Y se suele, porque los partidos políticos en el Perú no existen.
Esta tercera candidatura de Alan, debería ya de una vez por todas acabar con el lugar común al que llegan la mayoría de los intelectuales y académicos sin distinciones ideológicas al nombrar al APRA como el único o lo que más se parece a un partido en el país. Más allá de todas las insinuaciones que ha dado a través de toda su historia, y de su organización y tradición nacional (que ya es casi una pieza de museo), la cultura de jefatura que está inoculada en las mentalidades apristas nunca le va a permitir consolidarse como partido político. Este rasgo no es nuevo; es parte de su historia, ya que Víctor Raúl fue quien lo definió con su incuestionable y longeva jefatura, que lo acompañó hasta su muerte en 1979. Hizo de su organización dependiente totalmente de una persona, de un jefe, de un caudillo, debilitando así sus propias estructuras organizativas e impidiendo su desarrollo institucional democrático. No es casualidad en la actualidad que el APRA se vea huérfano y a punto del colapso una vez que García esta fuera del panorama electoral (la última presidencial y congresal del año 2011, sin Alan de candidato, el APRA desembarcó a su candidata presidencial Mercedes Aráoz, y la hizo renunciar en beneficio del candidato de la derecha, o bien Castañeda o bien Keiko, quienes finalmente perdieron, que se enfrentara a Humala, y sólo pudo meter a 4 de sus candidatos al Congreso; en suma, un real desastre electoral). Al no ser un partido, el APRA es incapaz de presentar, interna y externamente, candidatos y alternativas diferentes que puedan ser atractivas para el electorado (los enfrentamientos de su cúpula de dirigentes y de las corrientes internas que la atraviesan, como por ejemplo es el caso de los denominados ‘cuarentones’ y ‘provincianos’, sólo definen cuotas de poder dentro de la casona de la av. Alfonso Ugarte; nadie en realidad puede discutir al líder y mucho menos alimentar tendencias que las diferencien, que las hagan únicas; el APRA en la actualidad es sólo otra asociación política de derecha, como las hay muchas, que busca llegar al poder, sin tener otro objetivo más que ese. No tiene contenido; está vacío por dentro. El mayor anhelo de su jefe y sus acompañantes es que sus nombres figuren en algún alto cargo de gobierno: presidente, ministro, congresista, y quedar como parte de la historia oficial. Y nada más. Su visión de país se reduce a lo ya existente desde los años 90, a lo que sólo creen es necesario agregarle obras de infraestructura y reproducir y aprobar leyes y ordenanzas periféricas, darle un trabajo en el Estado a todos los que los apoyaron durante la campaña, como suele suceder con todas las asociaciones políticas nacionales, y dar entrevistas a sus amigos de los medios y proclamar cuanto discurso sea necesario sobre el Perú que avanza), y todo lo que representa se reduce a la personalidad de su líder, que en este caso es el eterno candidato García.
Ahora, lo de Keiko y el fujimorismo no es una amenaza nueva, o que haya agarrado desprevenido al país. Es un proyecto que se ha venido gestando años y que pareció estar a punto de dar a luz en las presidenciales pasadas, del 2011, en las que según las encuestas del momento tuvo la ventaja hasta pocos días antes de realizarse la segunda vuelta (el cambio de rumbo de esas elecciones se logró gracias a la oportuna y astuta denuncia del entonces candidato Ollanta en el debate presidencial de la segunda vuelta, sobre las esterilizaciones forzadas durante el tiempo en el que Keiko fungía de Primera Dama de la nación en la dictadura dirigida por su padre; el golpe fue tan fuerte y tan cercano al día de las elecciones que Fujimori terminó perdiendo unos comicios que muchos creían que ya tenía ganado). Tal furor, de estar a portas de Palacio de Gobierno, a tan sólo unos metros, hizo que el fujimorismo mirara con optimismo el 2016, ya con la persona (Keiko) que los guiaría y llevaría nuevamente al poder y a la reivindicación de la dictadura de Alberto Fujimori. Y de toda la miseria y podredumbre que eso conlleva.
Actualmente, los sondeos de opinión parecen darle la razón y ya perfilan al as de espadas naranja como la ganadora, con una gran complacencia de la mayoría de los medios de comunicación y la abierta complicidad de las derechas conservadoras que ven con ilusión a la facción fujimorista nuevamente al mando del gobierno nacional. Sin embargo, sabiendo también sus operadores políticos que existe una gran probabilidad de una segunda vuelta electoral, han desplegado un plan en el que Keiko es presentada ante la ciudadanía como una estadista con un discurso y un proyecto político de centro, conciliador y democrático (algo que ciertamente hace recordar las entrevistas que daba Álvaro Vargas Llosa en las presidenciales del 2011, en las que definía a Ollanta como un estadista), distinto al de su padre y los viejos caudillos del fujimorismo, para así evitar el rechazo de ser el mal mayor y resistir la colisión que supondrá enfrentarse al bloque democrático que va a alinearse tras el otro candidato que pase a la segunda vuelta. Todas sus expectativas electorales están puestas en esto. No obstante, también es cierto que a estas alturas aún las encuestas sólo están perfilando a los actores principales de la próxima elección. Recordemos que para las presidenciales del 2011, en el mes de noviembre de 2010, según las encuestas Ollanta Humala figuraba por debajo de hasta 3 candidatos (Alejandro Toledo, Keiko y Luis Castañeda), y su intención de voto llegaba en promedio sólo al 10%. Por aquel entonces, siguiendo las encuestas de noviembre, los probables ganadores hubieran sido Toledo o Castañeda, quien por aquel tiempo lideraba las preferencias electorales con más del 20% de intención de voto, o incluso  en el peor de los escenarios la misma Fujimori. Está por demás decir que nada de esto ocurrió, como todos ya saben. El voto fuerte por Humala recién se develó en marzo, a pocas semanas de los comicios, y rápidamente lo colocó en primer lugar y le permitió finalmente acceder a la segunda vuelta; entretanto, la intención de voto de Castañeda cayó irremediablemente en favor del candidato de ‘Alianza por el gran Cambio’, Pedro Pablo Kuczynski, quien en noviembre del 2010 no llegaba ni siquiera al 2% de intención de voto y que finalmente se quedaría con el tercer lugar de aquellas presidenciales, con el 18% de los votos válidos.  Al igual que Castañeda, Toledo luego de experimentar una verdadera fiebre de triunfo gracias a su casi 30% de preferencia electoral según las encuestas desde fines del 2010 hasta febrero del 2011, empezó a debilitarse en marzo para terminar de caerse a días de realizarse los comicios y sólo pudo conseguir un magro cuarto lugar con el 15% de los votos válidos.
Lo que sí es de resaltar, es que estas mismas encuestas y sondeos de opinión denotan que la fluctuación de la intención de voto por Fujimori (15-20%), a diferencia de las otras candidaturas, se mantuvo estable durante todo el periodo electoral, lo cual finalmente le bastó para clasificar a la segunda vuelta y competir con Ollanta. Esta intención de voto  sólida y estable a su vez reveló el voto pro fujimorista (entiéndase como el voto por Fujimori, por la personalidad, el apellido; si Keiko se apellidaría Chávez, Salgado o Cuculiza su intención y su concretización de voto no hubiera llegado a los dos dígitos, tal como le sucedió a una de las mismas mariscalas históricas del fujimorismo Martha Chávez en las elecciones del 2006, quien apenas llegó al 7% de los votos) que existe y resiste aún en las mentalidades nacionales y que le permiten tener al fujimorismo presencia y espacio en el ámbito público y político nacional  y una cuota de poder que le otorga capacidad de negociación y fuerza respecto a las otras fuerzas políticas. Esto da a entender que de acá hasta las presidenciales del próximo año, Fujimori tiene asegurada en promedio el 20% de la intención real de voto. Lo que no es seguro es si va a mantener los números que hoy le dan las encuestadoras (que ya de por sí, algunas actúan con muy poca seriedad al presentar tendenciosas encuestas de segunda vuelta dándola como ganadora, las cuales sí no tienen ningún tipo de valor de análisis; es decir que ese tipo de encuestas no sirven absolutamente para nada. El escenario político electoral de la casi segura segunda vuelta en las presidenciales del 2016 se va a configurar recién acabada la primera vuelta, por tanto el escenario de la segunda vuelta es un escenario inexistente aún, sobre el cual resulta imposible hacer sondeos de opinión o análisis serios, antes de que aquello ocurra). En todo caso, la apuesta del fujimorismo es llegar a la segunda vuelta con una candidata de centro con una recién descubierta vocación democrática, intentar seducir a la mayor parte de la población tal como ya sucedió en 2011 y proponer una estrategia similar a la de Humala en ese mismo año, lo cual resulta por lo menos curioso si tenemos en cuenta que todos los otros candidatos, incluidos los candidatos del 1%, que anhelan el sillón de Pizarro apuestan casi por lo mismo: en sus casos, captar el voto que contempla desilusionado y deprimido a Keiko y Alan y llegar a la segunda vuelta y enfrentar a la china –voto desilusionado que hoy en día ha puesto sus ojos coquetos en César Acuña, y que según Datum, CPI e IPSOS, ya lo colocan en tercer lugar de las preferencias-. Todos quieren enfrentar a Keiko porque saben que detrás de ellos se va a formar una gran coalición pro democrática que va a rechazar de manera frontal y absoluta la posibilidad de que el fujimorismo nuevamente llegue al poder; uno de ellos es el mismo Alan García, quien arma su estrategia con un sinnúmero de promesas falsas para convencer a los electores pensando en la segunda vuelta y presentándose en esta ante la población como el mal menor, tal como ya lo hizo exitosamente el 2006 enfrentándose y ganándole al por ese entonces furioso y vehemente chavista Ollanta Humala; por sí, es su única y mejor estrategia, porque enfrentar a otro candidato, lo convertiría a él automáticamente en el mal mayor. Y justamente es esta condición de mal mayor de Keiko la que afecta toda su estrategia electoral, y no hace posible que pueda ejecutar con holgura su plan de campaña conciliador de centro como el de Humala en el 2011; en aquel entonces el humalismo sabía que, dado el temor y rechazo que padecía por una gran parte de la población, para tener posibilidades reales de triunfo tenía que enfrentar al fujimorismo en la segunda vuelta, porque como sucede en el actual contexto en todos los casos siempre Keiko va a representar el mal mayor.
El problema para el fujimorismo es que Keiko nunca va a ser una candidata con vocación y convicción democrática.
Más allá de todo análisis del comportamiento y nuevas actitudes y tendencias que la candidata naranja pueda ofrecer ante la opinión pública, y por más visitas que haga a Harvard, auspiciado por periodistas, intelectuales y académicos que queriendo o sin querer fungen de útiles avales (ejerciendo un mal pretendido uso de la objetividad, en el contexto actual los últimos artículos sobre Keiko del politólogo gringo Steven Levitsky, en los cuales intenta convencer y convencerse a sí mismo de que el fujimorismo ‘Keikista’ es democrático y políticamente fresco, se asemejan a un café con sal; es una equivocación que sabe muy mal), el fujimorismo liderado por Alberto, Keiko o Kenji o por quien sea, en ningún caso puede tener vocación democrática. El fujimorismo en sí es anti-democrático. Su esencia se forjó durante la dictadura de los años 90. Su carácter conocido y reconocido, y la fuerza que empuja a sus bases sociales sólidas y fieles, es el autoritarismo. El fujimorismo no tiene corrientes, es una sola fuerza que tiene como práctica y razón de ser a Alberto y todo lo que él representa: su gobierno de los 90, sus triunfos electorales, sus logros económicos, la derrota del terrorismo, su “don de mando”, su “injusta persecución”, su condición de casi “mártir” en prisión; en fin, el mito del fujimorismo a todas luces. Toda su organización se mueve al ritmo de apellido Fujimori; no es casualidad que sea su hija, quien fue parte de la dictadura de los 90 como Primera Dama, su principal representante político en la actualidad. Realmente pensar o imaginar que el fujimorismo pueda ser democrático revela una tremenda ingenuidad por parte de ciertos académicos e intelectuales; claro, me refiero a los académicos e intelectuales críticos e independientes que no son fujimoristas de carné o corazón en la sombra. Los operadores intelectuales del ‘keikismo’ sí actúan con complicidad y trabajan como quinta columnas, preparando las condiciones para el triunfo de su lideresa. La única posibilidad de que el fujimorismo pueda ser democrático se funda en la negación misma del fujimorismo. Es decir, que para que su organización tenga vocación y perfil democrático tendrían que hacer una frontal autocrítica, rechazar públicamente la dictadura de los años 90, abandonar la praxis fujimorista, romper con la familia Fujimori y con todas sus estrellas y mariscalas históricas, tal lo son las ‘chicas superpoderosas’, que hoy forman parte del parlamento nacional. Esto da a entender fácilmente que es simplemente imposible. Dejarían de existir. Por tal no puede haber un ‘keikismo’ democrático y responsable y sin Fujimori, como ciertos intelectuales intentan presentar. La sola idea de un fujimorismo sin Fujimori no tiene sentido. Es ridícula. El fujimorismo puede tener matices, pugnas y diferencias de opinión y estrategia internas, pero todo lo que lo convierte en una grave amenaza para la democracia peruana sigue estando ahí, en su seno mismo. No ha cambiado. Sigue siendo la misma sombra nefasta y fúnebre que envolvió al Perú durante 10 años. Empero, ahora ya no con el rostro del chino, sino con el de su legítima heredera. Su hija. La china. Porque Keiko es el golpe del 5 de abril, es Vladimiro Montesinos, es el Grupo Colina, es el crimen de la Cantuta, y también el de Barrios Altos, es la masacre de Santa. Keiko es la manipulación y control de periódicos, canales de televisión, radios y periodistas, es la corrupción de funcionarios, políticos y empresarios, es la destrucción del Estado de Derecho, es el control absoluto e ilegal de las instituciones del Estado. Keiko es el desprecio y la violación de la Constitución y los derechos fundamentales de los ciudadanos, es la negación de los derechos laborales, es el desfalco de las arcas del Estado, es las imágenes de los vladivideos. Keiko es Alberto huyendo del país, y también es Alberto en prisión condenado por crímenes de lesa humanidad. Keiko es la podredumbre cultural y la crisis educativa del país. Keiko es todos los funcionarios y operadores de la dictadura fujimorista que purgaron y purgan prisión por cometer diversos delitos y crímenes, y también es todos los que huyeron del país y hoy se ocultan en el extranjero. Keiko es la intolerancia y el desprecio por los derechos humanos y civiles de todas las personas. Keiko es el colapso moral del Perú.
Existen diversas causas que han hecho posible un escenario en el cual Keiko Fujimori sea presidenciable. Sin atender todas las de corte estructural y coyuntural, de larga y corta duración (corrupción histórica, caudillismo, debilidad del Estado y sus instituciones, tradición autoritaria del imaginario nacional, abismos nacionales de exclusión, desigualdad y discriminación entre la capital y el interior, imposibilidad de plantear reformas por el manejo del poder de los poderes fácticos –los gobiernos que se suceden tienen tanta capacidad de poder y verdadera gestión como se los permiten los poderes fácticos, los que realmente dirigen  el país-, amnesia e inconsciencia de considerable parte de la población, redes de clientelismo fujimoristas tejidas en los años 90, gobiernos democráticos impopulares e ineficaces que no cumplen sus promesas o que simplemente no las pueden cumplir y se conforman con ser mascaras del poder, lo que genera desconfianza y escepticismo en los métodos democráticos, complicidad y beneplácito de los poderes fácticos con los autoritarismos de derecha, el mito del fujimorismo exitoso de los años 90), una de las principales causas es la endeble democracia que tenemos en el país. Desde el derrumbe de la dictadura, los diversos gobiernos que se han sucedido en el mando (Toledo, García, Humala) y sus respectivos poderes legislativos (y un Poder Judicial que todos perciben como injusto y corrupto en extremo), han hecho todo lo posible por debilitar el sistema democrático, con gestiones que a la vista de la mayoría de la población resultaron sendos fracasos (a excepción del gobierno de Alan, esta visión de fracaso de Toledo y Humala fue ayudada a ser creada por sus enemigos políticos y mediáticos de derechas, quienes aprovechando mínimos y máximos errores, torpezas políticas y su tremenda impopularidad, ejercieron una desmedida venganza por la derrota sufrida en las urnas. Les aplican lo que se conoce como ‘mala prensa’ y les practican una oposición violenta y en muchos casos injusta, para debilitarlos y tumbarlos de tal manera que sea casi imposible levantarse nuevamente como actores políticos con credibilidad. Los mandatos de Toledo y de Humala, que a fin de cuentas fue una suerte de segundo toledismo, fueron gobiernos ciertamente mediocres, pero nunca llegando al punto dramático y desastroso como sus enemigos los presentan en la radio, en la prensa y la televisión; eso es una falacia, una imagen inventada, creada por su ‘mala prensa’. A diferencia de aquellos, el segundo gobierno de Alan García, quien en comparación fue peor que los de Toledo y Humala, tuvo ‘buena prensa’, complaciente y sobona y una oposición política débil, presentando por momentos la imagen inventada de un gobierno exitoso, lo cual como ya se sabe dista mucho de la realidad y la verdad. Dicho sea de paso, estos modos y prácticas políticas irresponsables de los medios de derechas, cuya invencible nave insignia es el Grupo El Comercio, también debilitan la democracia), haciendo promesas en sus campañas a sabiendas que no las podían cumplir (excepto Alan García, quien sonriente y convencido suele hacer adornadas e histriónicas promesas falsas en sus campañas electorales), porque no tienen el suficiente poder para esto. Y si se hubieran atrevido a cumplir sus promesas de cambio y reforma, lo más probable es que los poderes fácticos y sus operadores mediáticos y las derechas conservadoras simplemente les hubieran sacado los tanques de los cuarteles y chau Alejandro, chau Ollanta, creado una junta por la estabilidad, el orden y la ‘democracia’ del país y llamado al poco tiempo a nuevas elecciones.
Promesas en tiempo de elecciones que se vuelven mentirosas y vacías en tiempo de gobierno, atentan contra el sistema democrático y lo vuelven cada vez más frágil. La gente se vuelve cada vez más escéptica y desconfiada de los políticos y sus organizaciones en democracia, y muchos finalmente terminan por dejar de creerles. Esto conlleva a contextos en donde proyectos autoritarios que reflejan una artificial imagen de eficacia (la popular y conocida ‘mano dura’ para resolver los problemas; por ejemplo, en un escenario como el actual en donde el Congreso de la República y todos los lamentables y ridículos políticos que lo integran parecen haber sido extraídos de un cuento de Kafka, una medida de cierre o clausura por un presidente popular, con gran aceptación, sería apoyada por la mayoría de la población) sean vistos con buenos ojos por amplios sectores de los electores, y terminen dándole su confianza. No es un voto de rabia contra el sistema como es definido comúnmente por intelectuales y académicos; es un voto por la personalidad que les ofrezca soluciones prácticas a sus problemas inmediatos. Por ejemplo, el grave problema de la inseguridad en el país está llegando a un punto en que muchos ciudadanos estén de acuerdo con soluciones radicales para acabar con la delincuencia y la criminalidad que los agobia día con día, y con un mandatario que inflexiblemente y sin escrúpulos no le tiemble la mano para poner orden y brindar seguridad (uno de los réditos que tuvo el candidato Ollanta en el 2011 en vastos sectores electorales, la mayoría afincados en provincias, fue su condición de militar).
La otra causa son los propios electores. Sin sus votos de confianza, simpatía o azar a personajes como Keiko o Alan, estos no representarían ninguna amenaza para la democracia. Son los propios ciudadanos los que deciden darles su preferencia. Y son los mismos ciudadanos los que deben asumir la responsabilidad por sus decisiones (muchos se preguntan repetidamente por qué tenemos un Congreso de espanto y desafortunados mandatarios; y la verdad es que únicamente están ahí por sus votos; llegaron a ocupar un cargo público porque votaron por ellos; porque todos esos congresistas que en la actualidad casi toda la población repudia y le da vergüenza ajena, fueron elegidos por sus mismos votos. Les otorgaron mandato). Keiko puede repetir miles y miles de veces que ella y su “nuevo” fujimorismo son democráticos, y Alan decir que es el candidato del cambio y que va a cumplir sus promesas multicolores para todos los gustos, como lo hace en cada elección en la que se presenta; en complicidad con sus operadores políticos y mediáticos pueden, y van a, repetirlo hasta el hartazgo durante la campaña electoral; Keiko y Alan tienen la libertad y el derecho de decir lo que deseen, el problema está en las personas que les creen.
El colapso y la debacle de la moral que provocó el fujimorismo en el país durante los años 90 afectaron a los ámbitos públicos y privados y a todos los actores políticos y sociales del escenario nacional, haciendo que posturas, ideas y personajes sospechosos y abiertamente nocivos en sus formas y contenidos, sean tomados como parte de la cotidianidad, de las costumbres y en el peor de los casos sean aceptados con simpatía o como males necesarios. Esto se resume muy bien en lo que ya a estas alturas es una frase cliché del progresismo intelectual: ‘roba pero hace obra’. Esta incapacidad de poder distinguir entre lo bueno y lo malo, hacer lo correcto en vez de lo incorrecto, y este ambiente de confusión moral y egoísmo, el verdadero gran logro del fujimorismo de los años 90, está creando olas de cinismo en el imaginario nacional, lo cual es aprovechado por viejas prácticas como el fujimorismo o el alanismo para nuevamente intentar llegar al poder, y de paso poner a prueba la democracia en el Perú. Por eso es muy importante que los electores decidan qué es lo que quieren para el país. Va a ser su propia decisión, y de la decisión que tomen, basándose en simpatías y lo que piensen o lo que crean que es correcto, van a tener que asumir las consecuencias.
No obstante, no es la primera vez que el país tiene que pasar por este tipo de pruebas. Y cuando tuvo que hacerlo, la gran mayoría de ciudadanos lo hizo con responsabilidad y consciencia (Lo del llamado ‘electarado’ es sólo un mote bobo al que recurren los intelectuales de derechas para descargar su rabia por perder elecciones contra los candidatos de los liberales y los progresistas. La dinámica del heterogéneo electorado peruano suele estar vinculada a las diferentes coyunturas que se suceden; no acostumbran actuar de la misma manera siempre. Esto significa que la idiosincrasia del electorado sea compleja, no esté caracterizada por un comportamiento inmutable, y sí esté condicionada por el contexto y las circunstancias históricas que la afectan en un determinado momento). Lo hizo en el 2011, cuando la misma Keiko quiso mover las agujas del reloj y las fechas calendario y hacernos retroceder hasta los años 90 (un triunfo del fujimorismo en las presidenciales, significaría echar al tacho de la basura 15 años de democracia, y de paso reivindicar a una de los peores absurdos y miserias políticas que tuvo y tiene el país); también actuó con la misma firmeza rechazando la malhadada Revocatoria del 2013 contra la entonces alcaldesa de Lima, Susana Villarán, impulsada por el tristemente célebre Marco Tulio Gutiérrez (en realidad, sólo un operador; los poderes en la sombra de aquel despropósito político fueron el actual alcalde de Lima Luis Castañeda y el alanismo aprista); y la rechazaron muy a pesar de la impopularidad y de las torpezas políticas y de gestión de doña Susana y sus muchachos, dejando de lado sus intereses personales y actuando con verdadera responsabilidad cívica y en defensa de la democracia.
Y en las presidenciales del 2016 que se avecinan, y que ya dejan escuchar por las calles los estruendosos y fúnebres tambores del fujimorismo, los ciudadanos peruanos van a tener la oportunidad de hacerlo nuevamente. Lo único malo de toda esta historia es que ante tanta prueba, la democracia que en el Perú se asemeja a un cristal, puede terminar por ceder ante la siempre presente tentación de fracasar y permita que el fujimorismo la haga esquirlas.
Porque esto es el Perú, y en el Perú suelen pasar cosas como estas. Y peores.

Lima, noviembre de 2015. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario