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jueves, 26 de noviembre de 2015

LA MISMA MISERIA

Luis Enríquez Travezaño

En poco tiempo la democracia peruana nuevamente enfrentara otra prueba que la pondrá frente a una ya vieja amenaza: el fujimorismo. A la que se aúna una verdadera tara del sistema: el alanismo que funge de aprismo desde que García se encumbró políticamente de manera práctica como el sucesor de Haya de la Torre al vencer en el interior del PAP a la facción de Andrés Townsend, y ganar las presidenciales de 1985.
En una democracia fuerte, con instituciones sólidas y reglas claras y serias y una ciudadanía consciente, informada y responsable, las candidaturas de Keiko Fujimori y Alan García no representarían un peligro. Ya desde el momento mismo de sus intenciones de postulación, estás serían moralmente condenadas, por ser personajes que desafían toda ética y toda moral y representan lo peor de la política peruana, tanto por sus antecedentes políticos, y en muchos casos sospechosos de ser cómplices de crímenes y delitos, como por sus contenidos políticos simbólicos. Empero, en una democracia endeble, institucionalmente enclenque y poco seria al momento de perfilar sus preferencias electorales, candidatos como los mencionados no sólo van a ser un problema para la institucionalidad democrática del país, sino también van a tener siempre la posibilidad de tener el apoyo de sectores de la población, que en su mayoría lo hacen de manera irresponsable (en estos casos, los electores siempre van a tener un grado de responsabilidad en tanto Alan y Keiko no son ni figuras públicas diáfanas y libres de toda sospecha y de conductas intachables, ni son una apuesta electoral nueva y atractiva. Nadie puede alegar que fue embaucado con promesas falsas o que no los conoce. Todos los peruanos mínimamente informados saben quiénes son y que representan estos sombríos actores políticos). En fin que, Keiko y Alan representan la misma miseria política y moral del país.
Empero, objetivamente se diferencian por matices. Mientras que Keiko Fujimori representa el mayor de los males y espantos para la democracia peruana, Alan se encuentra un escalón debajo. Porque mientras Keiko es la abanderada de la organización que durante los años 90 literalmente hundió al Perú en la más abyecta de las calamidades morales y políticas (además del neoliberalismo a rajatabla que instauró en el país, razón por la cual las derechas con vocación democrática se sienten un poco confundidas al tener al frente a sus ‘primos’ ideológicos que lograron lo que ellas hubieran querido hacer, el mayor legado del fujimorismo fue destruir toda noción y respeto de moral, honestidad, valores, cultura en el ámbito político y social, llevando al Perú a niveles extremos de corrupción y perversidad históricas), la candidatura de García es una mera falla del sistema y la prueba final de que el APRA no es un partido.
Una de las principales consecuencias de la dictadura fujimorista de los años 90 fue la anulación de la reelección presidencial, dado que las fuerzas políticas del autócrata de origen japonés que gobernó al país corrompieron este mecanismo para sus propios intereses (la conocida popularmente: re-reelección del año 2000; que no fue otra cosa que deformar las leyes vigentes en aquel momento para su beneficio, buscando permanecer en el poder por al menos 5 años más, de manera que aparente ser legítima ante la comunidad nacional e internacional), viciándolo ante la opinión pública una vez derrumbada la dictadura a fines del año 2000. Esto impide que se dé la reelección inmediata de un presidente (lo cual considero un error en tanto una comunidad que puede sentirse a gusto y satisfecha con su mandatario debería tener la oportunidad de darle más tiempo en la jefatura de gobierno, y a su vez permitir que el político en cuestión y su partido u asociación política en el poder tengan el tiempo de lograr plasmar, si lo tienen, su proyecto político nacional, tomando en consideración que un periodo de gobierno, que en el caso del Perú es 5 años como es sabido, siempre va a resultar insuficiente para desplegar con total eficiencia, si esa es su intención, un plan nacional de reformas, objetivos desarrollistas y de modernización. Lo que sí debería implementarse, mirándonos en el espejo del sistema político de los gringos del extremo norte de América, luego de este periodo de dos gobiernos, es el retiro definitivo del presidente saliente de las lides electorales, para evitar así tener candidatos eternos que busquen hacer negocio cada temporada electoral y de paso ayudar a fortalecer la democracia interna de los partidos nacionales, forzándolos a renovar sus cuadros y fortalecer sus instituciones). Pero no impide que el que fue presidente un periodo, pueda volver a ser candidato luego de pasada la etapa de otro gobierno, y por ende tener la oportunidad de llegar al poder de nuevo las veces que se le dé su reverenda gana. Este vacío del sistema es aprovechado por personajes como Alan García para ser los candidatos eternos de su facción política, a los que se suelen llamar partidos en el Perú. Y se suele, porque los partidos políticos en el Perú no existen.
Esta tercera candidatura de Alan, debería ya de una vez por todas acabar con el lugar común al que llegan la mayoría de los intelectuales y académicos sin distinciones ideológicas al nombrar al APRA como el único o lo que más se parece a un partido en el país. Más allá de todas las insinuaciones que ha dado a través de toda su historia, y de su organización y tradición nacional (que ya es casi una pieza de museo), la cultura de jefatura que está inoculada en las mentalidades apristas nunca le va a permitir consolidarse como partido político. Este rasgo no es nuevo; es parte de su historia, ya que Víctor Raúl fue quien lo definió con su incuestionable y longeva jefatura, que lo acompañó hasta su muerte en 1979. Hizo de su organización dependiente totalmente de una persona, de un jefe, de un caudillo, debilitando así sus propias estructuras organizativas e impidiendo su desarrollo institucional democrático. No es casualidad en la actualidad que el APRA se vea huérfano y a punto del colapso una vez que García esta fuera del panorama electoral (la última presidencial y congresal del año 2011, sin Alan de candidato, el APRA desembarcó a su candidata presidencial Mercedes Aráoz, y la hizo renunciar en beneficio del candidato de la derecha, o bien Castañeda o bien Keiko, quienes finalmente perdieron, que se enfrentara a Humala, y sólo pudo meter a 4 de sus candidatos al Congreso; en suma, un real desastre electoral). Al no ser un partido, el APRA es incapaz de presentar, interna y externamente, candidatos y alternativas diferentes que puedan ser atractivas para el electorado (los enfrentamientos de su cúpula de dirigentes y de las corrientes internas que la atraviesan, como por ejemplo es el caso de los denominados ‘cuarentones’ y ‘provincianos’, sólo definen cuotas de poder dentro de la casona de la av. Alfonso Ugarte; nadie en realidad puede discutir al líder y mucho menos alimentar tendencias que las diferencien, que las hagan únicas; el APRA en la actualidad es sólo otra asociación política de derecha, como las hay muchas, que busca llegar al poder, sin tener otro objetivo más que ese. No tiene contenido; está vacío por dentro. El mayor anhelo de su jefe y sus acompañantes es que sus nombres figuren en algún alto cargo de gobierno: presidente, ministro, congresista, y quedar como parte de la historia oficial. Y nada más. Su visión de país se reduce a lo ya existente desde los años 90, a lo que sólo creen es necesario agregarle obras de infraestructura y reproducir y aprobar leyes y ordenanzas periféricas, darle un trabajo en el Estado a todos los que los apoyaron durante la campaña, como suele suceder con todas las asociaciones políticas nacionales, y dar entrevistas a sus amigos de los medios y proclamar cuanto discurso sea necesario sobre el Perú que avanza), y todo lo que representa se reduce a la personalidad de su líder, que en este caso es el eterno candidato García.
Ahora, lo de Keiko y el fujimorismo no es una amenaza nueva, o que haya agarrado desprevenido al país. Es un proyecto que se ha venido gestando años y que pareció estar a punto de dar a luz en las presidenciales pasadas, del 2011, en las que según las encuestas del momento tuvo la ventaja hasta pocos días antes de realizarse la segunda vuelta (el cambio de rumbo de esas elecciones se logró gracias a la oportuna y astuta denuncia del entonces candidato Ollanta en el debate presidencial de la segunda vuelta, sobre las esterilizaciones forzadas durante el tiempo en el que Keiko fungía de Primera Dama de la nación en la dictadura dirigida por su padre; el golpe fue tan fuerte y tan cercano al día de las elecciones que Fujimori terminó perdiendo unos comicios que muchos creían que ya tenía ganado). Tal furor, de estar a portas de Palacio de Gobierno, a tan sólo unos metros, hizo que el fujimorismo mirara con optimismo el 2016, ya con la persona (Keiko) que los guiaría y llevaría nuevamente al poder y a la reivindicación de la dictadura de Alberto Fujimori. Y de toda la miseria y podredumbre que eso conlleva.
Actualmente, los sondeos de opinión parecen darle la razón y ya perfilan al as de espadas naranja como la ganadora, con una gran complacencia de la mayoría de los medios de comunicación y la abierta complicidad de las derechas conservadoras que ven con ilusión a la facción fujimorista nuevamente al mando del gobierno nacional. Sin embargo, sabiendo también sus operadores políticos que existe una gran probabilidad de una segunda vuelta electoral, han desplegado un plan en el que Keiko es presentada ante la ciudadanía como una estadista con un discurso y un proyecto político de centro, conciliador y democrático (algo que ciertamente hace recordar las entrevistas que daba Álvaro Vargas Llosa en las presidenciales del 2011, en las que definía a Ollanta como un estadista), distinto al de su padre y los viejos caudillos del fujimorismo, para así evitar el rechazo de ser el mal mayor y resistir la colisión que supondrá enfrentarse al bloque democrático que va a alinearse tras el otro candidato que pase a la segunda vuelta. Todas sus expectativas electorales están puestas en esto. No obstante, también es cierto que a estas alturas aún las encuestas sólo están perfilando a los actores principales de la próxima elección. Recordemos que para las presidenciales del 2011, en el mes de noviembre de 2010, según las encuestas Ollanta Humala figuraba por debajo de hasta 3 candidatos (Alejandro Toledo, Keiko y Luis Castañeda), y su intención de voto llegaba en promedio sólo al 10%. Por aquel entonces, siguiendo las encuestas de noviembre, los probables ganadores hubieran sido Toledo o Castañeda, quien por aquel tiempo lideraba las preferencias electorales con más del 20% de intención de voto, o incluso  en el peor de los escenarios la misma Fujimori. Está por demás decir que nada de esto ocurrió, como todos ya saben. El voto fuerte por Humala recién se develó en marzo, a pocas semanas de los comicios, y rápidamente lo colocó en primer lugar y le permitió finalmente acceder a la segunda vuelta; entretanto, la intención de voto de Castañeda cayó irremediablemente en favor del candidato de ‘Alianza por el gran Cambio’, Pedro Pablo Kuczynski, quien en noviembre del 2010 no llegaba ni siquiera al 2% de intención de voto y que finalmente se quedaría con el tercer lugar de aquellas presidenciales, con el 18% de los votos válidos.  Al igual que Castañeda, Toledo luego de experimentar una verdadera fiebre de triunfo gracias a su casi 30% de preferencia electoral según las encuestas desde fines del 2010 hasta febrero del 2011, empezó a debilitarse en marzo para terminar de caerse a días de realizarse los comicios y sólo pudo conseguir un magro cuarto lugar con el 15% de los votos válidos.
Lo que sí es de resaltar, es que estas mismas encuestas y sondeos de opinión denotan que la fluctuación de la intención de voto por Fujimori (15-20%), a diferencia de las otras candidaturas, se mantuvo estable durante todo el periodo electoral, lo cual finalmente le bastó para clasificar a la segunda vuelta y competir con Ollanta. Esta intención de voto  sólida y estable a su vez reveló el voto pro fujimorista (entiéndase como el voto por Fujimori, por la personalidad, el apellido; si Keiko se apellidaría Chávez, Salgado o Cuculiza su intención y su concretización de voto no hubiera llegado a los dos dígitos, tal como le sucedió a una de las mismas mariscalas históricas del fujimorismo Martha Chávez en las elecciones del 2006, quien apenas llegó al 7% de los votos) que existe y resiste aún en las mentalidades nacionales y que le permiten tener al fujimorismo presencia y espacio en el ámbito público y político nacional  y una cuota de poder que le otorga capacidad de negociación y fuerza respecto a las otras fuerzas políticas. Esto da a entender que de acá hasta las presidenciales del próximo año, Fujimori tiene asegurada en promedio el 20% de la intención real de voto. Lo que no es seguro es si va a mantener los números que hoy le dan las encuestadoras (que ya de por sí, algunas actúan con muy poca seriedad al presentar tendenciosas encuestas de segunda vuelta dándola como ganadora, las cuales sí no tienen ningún tipo de valor de análisis; es decir que ese tipo de encuestas no sirven absolutamente para nada. El escenario político electoral de la casi segura segunda vuelta en las presidenciales del 2016 se va a configurar recién acabada la primera vuelta, por tanto el escenario de la segunda vuelta es un escenario inexistente aún, sobre el cual resulta imposible hacer sondeos de opinión o análisis serios, antes de que aquello ocurra). En todo caso, la apuesta del fujimorismo es llegar a la segunda vuelta con una candidata de centro con una recién descubierta vocación democrática, intentar seducir a la mayor parte de la población tal como ya sucedió en 2011 y proponer una estrategia similar a la de Humala en ese mismo año, lo cual resulta por lo menos curioso si tenemos en cuenta que todos los otros candidatos, incluidos los candidatos del 1%, que anhelan el sillón de Pizarro apuestan casi por lo mismo: en sus casos, captar el voto que contempla desilusionado y deprimido a Keiko y Alan y llegar a la segunda vuelta y enfrentar a la china –voto desilusionado que hoy en día ha puesto sus ojos coquetos en César Acuña, y que según Datum, CPI e IPSOS, ya lo colocan en tercer lugar de las preferencias-. Todos quieren enfrentar a Keiko porque saben que detrás de ellos se va a formar una gran coalición pro democrática que va a rechazar de manera frontal y absoluta la posibilidad de que el fujimorismo nuevamente llegue al poder; uno de ellos es el mismo Alan García, quien arma su estrategia con un sinnúmero de promesas falsas para convencer a los electores pensando en la segunda vuelta y presentándose en esta ante la población como el mal menor, tal como ya lo hizo exitosamente el 2006 enfrentándose y ganándole al por ese entonces furioso y vehemente chavista Ollanta Humala; por sí, es su única y mejor estrategia, porque enfrentar a otro candidato, lo convertiría a él automáticamente en el mal mayor. Y justamente es esta condición de mal mayor de Keiko la que afecta toda su estrategia electoral, y no hace posible que pueda ejecutar con holgura su plan de campaña conciliador de centro como el de Humala en el 2011; en aquel entonces el humalismo sabía que, dado el temor y rechazo que padecía por una gran parte de la población, para tener posibilidades reales de triunfo tenía que enfrentar al fujimorismo en la segunda vuelta, porque como sucede en el actual contexto en todos los casos siempre Keiko va a representar el mal mayor.
El problema para el fujimorismo es que Keiko nunca va a ser una candidata con vocación y convicción democrática.
Más allá de todo análisis del comportamiento y nuevas actitudes y tendencias que la candidata naranja pueda ofrecer ante la opinión pública, y por más visitas que haga a Harvard, auspiciado por periodistas, intelectuales y académicos que queriendo o sin querer fungen de útiles avales (ejerciendo un mal pretendido uso de la objetividad, en el contexto actual los últimos artículos sobre Keiko del politólogo gringo Steven Levitsky, en los cuales intenta convencer y convencerse a sí mismo de que el fujimorismo ‘Keikista’ es democrático y políticamente fresco, se asemejan a un café con sal; es una equivocación que sabe muy mal), el fujimorismo liderado por Alberto, Keiko o Kenji o por quien sea, en ningún caso puede tener vocación democrática. El fujimorismo en sí es anti-democrático. Su esencia se forjó durante la dictadura de los años 90. Su carácter conocido y reconocido, y la fuerza que empuja a sus bases sociales sólidas y fieles, es el autoritarismo. El fujimorismo no tiene corrientes, es una sola fuerza que tiene como práctica y razón de ser a Alberto y todo lo que él representa: su gobierno de los 90, sus triunfos electorales, sus logros económicos, la derrota del terrorismo, su “don de mando”, su “injusta persecución”, su condición de casi “mártir” en prisión; en fin, el mito del fujimorismo a todas luces. Toda su organización se mueve al ritmo de apellido Fujimori; no es casualidad que sea su hija, quien fue parte de la dictadura de los 90 como Primera Dama, su principal representante político en la actualidad. Realmente pensar o imaginar que el fujimorismo pueda ser democrático revela una tremenda ingenuidad por parte de ciertos académicos e intelectuales; claro, me refiero a los académicos e intelectuales críticos e independientes que no son fujimoristas de carné o corazón en la sombra. Los operadores intelectuales del ‘keikismo’ sí actúan con complicidad y trabajan como quinta columnas, preparando las condiciones para el triunfo de su lideresa. La única posibilidad de que el fujimorismo pueda ser democrático se funda en la negación misma del fujimorismo. Es decir, que para que su organización tenga vocación y perfil democrático tendrían que hacer una frontal autocrítica, rechazar públicamente la dictadura de los años 90, abandonar la praxis fujimorista, romper con la familia Fujimori y con todas sus estrellas y mariscalas históricas, tal lo son las ‘chicas superpoderosas’, que hoy forman parte del parlamento nacional. Esto da a entender fácilmente que es simplemente imposible. Dejarían de existir. Por tal no puede haber un ‘keikismo’ democrático y responsable y sin Fujimori, como ciertos intelectuales intentan presentar. La sola idea de un fujimorismo sin Fujimori no tiene sentido. Es ridícula. El fujimorismo puede tener matices, pugnas y diferencias de opinión y estrategia internas, pero todo lo que lo convierte en una grave amenaza para la democracia peruana sigue estando ahí, en su seno mismo. No ha cambiado. Sigue siendo la misma sombra nefasta y fúnebre que envolvió al Perú durante 10 años. Empero, ahora ya no con el rostro del chino, sino con el de su legítima heredera. Su hija. La china. Porque Keiko es el golpe del 5 de abril, es Vladimiro Montesinos, es el Grupo Colina, es el crimen de la Cantuta, y también el de Barrios Altos, es la masacre de Santa. Keiko es la manipulación y control de periódicos, canales de televisión, radios y periodistas, es la corrupción de funcionarios, políticos y empresarios, es la destrucción del Estado de Derecho, es el control absoluto e ilegal de las instituciones del Estado. Keiko es el desprecio y la violación de la Constitución y los derechos fundamentales de los ciudadanos, es la negación de los derechos laborales, es el desfalco de las arcas del Estado, es las imágenes de los vladivideos. Keiko es Alberto huyendo del país, y también es Alberto en prisión condenado por crímenes de lesa humanidad. Keiko es la podredumbre cultural y la crisis educativa del país. Keiko es todos los funcionarios y operadores de la dictadura fujimorista que purgaron y purgan prisión por cometer diversos delitos y crímenes, y también es todos los que huyeron del país y hoy se ocultan en el extranjero. Keiko es la intolerancia y el desprecio por los derechos humanos y civiles de todas las personas. Keiko es el colapso moral del Perú.
Existen diversas causas que han hecho posible un escenario en el cual Keiko Fujimori sea presidenciable. Sin atender todas las de corte estructural y coyuntural, de larga y corta duración (corrupción histórica, caudillismo, debilidad del Estado y sus instituciones, tradición autoritaria del imaginario nacional, abismos nacionales de exclusión, desigualdad y discriminación entre la capital y el interior, imposibilidad de plantear reformas por el manejo del poder de los poderes fácticos –los gobiernos que se suceden tienen tanta capacidad de poder y verdadera gestión como se los permiten los poderes fácticos, los que realmente dirigen  el país-, amnesia e inconsciencia de considerable parte de la población, redes de clientelismo fujimoristas tejidas en los años 90, gobiernos democráticos impopulares e ineficaces que no cumplen sus promesas o que simplemente no las pueden cumplir y se conforman con ser mascaras del poder, lo que genera desconfianza y escepticismo en los métodos democráticos, complicidad y beneplácito de los poderes fácticos con los autoritarismos de derecha, el mito del fujimorismo exitoso de los años 90), una de las principales causas es la endeble democracia que tenemos en el país. Desde el derrumbe de la dictadura, los diversos gobiernos que se han sucedido en el mando (Toledo, García, Humala) y sus respectivos poderes legislativos (y un Poder Judicial que todos perciben como injusto y corrupto en extremo), han hecho todo lo posible por debilitar el sistema democrático, con gestiones que a la vista de la mayoría de la población resultaron sendos fracasos (a excepción del gobierno de Alan, esta visión de fracaso de Toledo y Humala fue ayudada a ser creada por sus enemigos políticos y mediáticos de derechas, quienes aprovechando mínimos y máximos errores, torpezas políticas y su tremenda impopularidad, ejercieron una desmedida venganza por la derrota sufrida en las urnas. Les aplican lo que se conoce como ‘mala prensa’ y les practican una oposición violenta y en muchos casos injusta, para debilitarlos y tumbarlos de tal manera que sea casi imposible levantarse nuevamente como actores políticos con credibilidad. Los mandatos de Toledo y de Humala, que a fin de cuentas fue una suerte de segundo toledismo, fueron gobiernos ciertamente mediocres, pero nunca llegando al punto dramático y desastroso como sus enemigos los presentan en la radio, en la prensa y la televisión; eso es una falacia, una imagen inventada, creada por su ‘mala prensa’. A diferencia de aquellos, el segundo gobierno de Alan García, quien en comparación fue peor que los de Toledo y Humala, tuvo ‘buena prensa’, complaciente y sobona y una oposición política débil, presentando por momentos la imagen inventada de un gobierno exitoso, lo cual como ya se sabe dista mucho de la realidad y la verdad. Dicho sea de paso, estos modos y prácticas políticas irresponsables de los medios de derechas, cuya invencible nave insignia es el Grupo El Comercio, también debilitan la democracia), haciendo promesas en sus campañas a sabiendas que no las podían cumplir (excepto Alan García, quien sonriente y convencido suele hacer adornadas e histriónicas promesas falsas en sus campañas electorales), porque no tienen el suficiente poder para esto. Y si se hubieran atrevido a cumplir sus promesas de cambio y reforma, lo más probable es que los poderes fácticos y sus operadores mediáticos y las derechas conservadoras simplemente les hubieran sacado los tanques de los cuarteles y chau Alejandro, chau Ollanta, creado una junta por la estabilidad, el orden y la ‘democracia’ del país y llamado al poco tiempo a nuevas elecciones.
Promesas en tiempo de elecciones que se vuelven mentirosas y vacías en tiempo de gobierno, atentan contra el sistema democrático y lo vuelven cada vez más frágil. La gente se vuelve cada vez más escéptica y desconfiada de los políticos y sus organizaciones en democracia, y muchos finalmente terminan por dejar de creerles. Esto conlleva a contextos en donde proyectos autoritarios que reflejan una artificial imagen de eficacia (la popular y conocida ‘mano dura’ para resolver los problemas; por ejemplo, en un escenario como el actual en donde el Congreso de la República y todos los lamentables y ridículos políticos que lo integran parecen haber sido extraídos de un cuento de Kafka, una medida de cierre o clausura por un presidente popular, con gran aceptación, sería apoyada por la mayoría de la población) sean vistos con buenos ojos por amplios sectores de los electores, y terminen dándole su confianza. No es un voto de rabia contra el sistema como es definido comúnmente por intelectuales y académicos; es un voto por la personalidad que les ofrezca soluciones prácticas a sus problemas inmediatos. Por ejemplo, el grave problema de la inseguridad en el país está llegando a un punto en que muchos ciudadanos estén de acuerdo con soluciones radicales para acabar con la delincuencia y la criminalidad que los agobia día con día, y con un mandatario que inflexiblemente y sin escrúpulos no le tiemble la mano para poner orden y brindar seguridad (uno de los réditos que tuvo el candidato Ollanta en el 2011 en vastos sectores electorales, la mayoría afincados en provincias, fue su condición de militar).
La otra causa son los propios electores. Sin sus votos de confianza, simpatía o azar a personajes como Keiko o Alan, estos no representarían ninguna amenaza para la democracia. Son los propios ciudadanos los que deciden darles su preferencia. Y son los mismos ciudadanos los que deben asumir la responsabilidad por sus decisiones (muchos se preguntan repetidamente por qué tenemos un Congreso de espanto y desafortunados mandatarios; y la verdad es que únicamente están ahí por sus votos; llegaron a ocupar un cargo público porque votaron por ellos; porque todos esos congresistas que en la actualidad casi toda la población repudia y le da vergüenza ajena, fueron elegidos por sus mismos votos. Les otorgaron mandato). Keiko puede repetir miles y miles de veces que ella y su “nuevo” fujimorismo son democráticos, y Alan decir que es el candidato del cambio y que va a cumplir sus promesas multicolores para todos los gustos, como lo hace en cada elección en la que se presenta; en complicidad con sus operadores políticos y mediáticos pueden, y van a, repetirlo hasta el hartazgo durante la campaña electoral; Keiko y Alan tienen la libertad y el derecho de decir lo que deseen, el problema está en las personas que les creen.
El colapso y la debacle de la moral que provocó el fujimorismo en el país durante los años 90 afectaron a los ámbitos públicos y privados y a todos los actores políticos y sociales del escenario nacional, haciendo que posturas, ideas y personajes sospechosos y abiertamente nocivos en sus formas y contenidos, sean tomados como parte de la cotidianidad, de las costumbres y en el peor de los casos sean aceptados con simpatía o como males necesarios. Esto se resume muy bien en lo que ya a estas alturas es una frase cliché del progresismo intelectual: ‘roba pero hace obra’. Esta incapacidad de poder distinguir entre lo bueno y lo malo, hacer lo correcto en vez de lo incorrecto, y este ambiente de confusión moral y egoísmo, el verdadero gran logro del fujimorismo de los años 90, está creando olas de cinismo en el imaginario nacional, lo cual es aprovechado por viejas prácticas como el fujimorismo o el alanismo para nuevamente intentar llegar al poder, y de paso poner a prueba la democracia en el Perú. Por eso es muy importante que los electores decidan qué es lo que quieren para el país. Va a ser su propia decisión, y de la decisión que tomen, basándose en simpatías y lo que piensen o lo que crean que es correcto, van a tener que asumir las consecuencias.
No obstante, no es la primera vez que el país tiene que pasar por este tipo de pruebas. Y cuando tuvo que hacerlo, la gran mayoría de ciudadanos lo hizo con responsabilidad y consciencia (Lo del llamado ‘electarado’ es sólo un mote bobo al que recurren los intelectuales de derechas para descargar su rabia por perder elecciones contra los candidatos de los liberales y los progresistas. La dinámica del heterogéneo electorado peruano suele estar vinculada a las diferentes coyunturas que se suceden; no acostumbran actuar de la misma manera siempre. Esto significa que la idiosincrasia del electorado sea compleja, no esté caracterizada por un comportamiento inmutable, y sí esté condicionada por el contexto y las circunstancias históricas que la afectan en un determinado momento). Lo hizo en el 2011, cuando la misma Keiko quiso mover las agujas del reloj y las fechas calendario y hacernos retroceder hasta los años 90 (un triunfo del fujimorismo en las presidenciales, significaría echar al tacho de la basura 15 años de democracia, y de paso reivindicar a una de los peores absurdos y miserias políticas que tuvo y tiene el país); también actuó con la misma firmeza rechazando la malhadada Revocatoria del 2013 contra la entonces alcaldesa de Lima, Susana Villarán, impulsada por el tristemente célebre Marco Tulio Gutiérrez (en realidad, sólo un operador; los poderes en la sombra de aquel despropósito político fueron el actual alcalde de Lima Luis Castañeda y el alanismo aprista); y la rechazaron muy a pesar de la impopularidad y de las torpezas políticas y de gestión de doña Susana y sus muchachos, dejando de lado sus intereses personales y actuando con verdadera responsabilidad cívica y en defensa de la democracia.
Y en las presidenciales del 2016 que se avecinan, y que ya dejan escuchar por las calles los estruendosos y fúnebres tambores del fujimorismo, los ciudadanos peruanos van a tener la oportunidad de hacerlo nuevamente. Lo único malo de toda esta historia es que ante tanta prueba, la democracia que en el Perú se asemeja a un cristal, puede terminar por ceder ante la siempre presente tentación de fracasar y permita que el fujimorismo la haga esquirlas.
Porque esto es el Perú, y en el Perú suelen pasar cosas como estas. Y peores.

Lima, noviembre de 2015. 

martes, 30 de septiembre de 2014

SIN OLVIDO NI RENCOR

Luis Enríquez Travezaño

Por entre el camino de la historia existen hechos, eventos, sucesos que marcan pautas y establecen cambios (y continuidades) que reconfiguran las organizaciones sociales, políticas y económicas en un determinado contexto, y afectan directa e indirectamente la consciencia y la memoria de los imaginarios nacionales. Ejemplos de estos hitos en la historia peruana son: el proceso de Conquista y colonización (dicho sea de paso, el origen histórico del Perú moderno;  por más buenas intenciones y promociones turísticas que puedan tener por un lado, o por más complejos o miedos que tengan por el otro, el origen de la sociedad peruana actual no se encuentra en las culturas nativas que ocuparon estos territorios, así como tampoco se encuentra, claro está, en Madrid, Extremadura o Aragón;  valgan obviedades, el Perú es el todo de un mestizaje, que se caracterizó, sin desmerecer a las otras culturas inmigrantes, principalmente de la amalgama de las culturas nativas, las culturas españolas y las culturas africanas), o el proceso de Independencia (el origen político del Perú moderno; no obstante, si bien en este paradigma, caracterizado por su aparencial estado de ruptura, los imparables cauces de continuidad y por albergar una suma de infortunados sucesos que determinaron en el tiempo la formación de las estructuras organizacionales, se encuentran, contemplados por el análisis histórico, respuestas a muchos por qué de la historia nacional, sería un error razonar en condicionamientos absolutos o destinos trágicos de los cuales se hace imposible escapar. Resulta muy fácil y conveniente para algunos políticos e intelectuales explicar la realidad del país pensando solamente en aquello, sin tomar en cuenta los diversos movimientos, vuelcos y variables que han afectado el transcurso, desde aquel hito; claro, cabe anotar también que es imposible explicar nuestra realidad sin tomar en cuenta aquellos paradigmas). Ahora, dejando de lado hechos más relacionados a la larga duración, en esta ocasión quisiera centrarme en 3 sucesos vinculados de manera directa a la consciencia y la memoria histórica de la colectividad peruana contemporánea.
En primer lugar, la Guerra del Pacífico.
Es cierto que este paradigma tiene más que ver con la larga duración, que con lo inmediato; también es cierto que con el pasar del tiempo las nuevas generaciones casi no tienen, o simplemente no lo tienen, interés verdadero en lo que sucedió y lo que significó esta guerra del siglo pasado (la Historia es por poco una paria, entre las juventudes); sin embargo, el caso de que sea un conflicto sin resolver en el inconsciente colectivo, y que haya ido develando lo que se escondía celosamente tras bastidores del escenario nacional, hace que, aunque invisible y fantasmal, retorne cada cierto tiempo y se haga presente para incentivar dudas y herir orgullos. Tal, se pudo apreciar durante el conflicto de La Haya.
De este evento particular, que enfrentó en los tribunales de La Haya a Perú y Chile por la delimitación marítima, se pueden dilucidar algunas cuestiones referidas al tema que nos concierne. Antes que nada se debe señalar que la relevancia y la expectativa de este hecho, estuvo más relacionada al interés que existió por parte de algunos sectores políticos y periodísticos por hacerlo un asunto de identidad nacional y de patriotismo a ultranza (el tema era de orden jurídico, y sin las euforias nacionalistas inventadas no hubiera pasado de ser eso, ni hubiera tenido la cobertura mediática que tuvo). Esta exaltación patriotera llegó a su cumbre el 27 de enero del 2014, día en el que se dio a conocer el fallo del tribunal. Más allá de la confusión que generó en los pobladores la resolución (dictado de algo más de 2 horas lleno de cansados detalles y tediosos tecnicismos; los ciudadanos únicamente querían saber quién ganó el duelo), y los mensajes de triunfo y orgullo de las clases políticas y dirigentes peruanas; con el pasar de los días, y la coyuntura, este trascendental tema pasó casi a desaparecer del interés público. Pasó de moda. Lo que parecía en un momento una cuestión de prestigio y honor para los peruanos, en unas semanas (por no decir, días) se convirtió en olvido y cenizas. Consecuencia común de un hecho mediático.
Al ser convertido en un tema de naturaleza mediática, una vez que el fallo de La Haya dejó de ser una novedad, perdió el interés (inventado, por conveniencias políticas), y como suele suceder con los temas mediáticos, al ser reemplazado por otra noticia sensación (o sensacionalista), se desvaneció del imaginario nacional, dejando algunos rastros que vuelven de cuando en cuando.
De ser un tema jurídico no tan importante, pasó a ser lo más importante de la historia peruana, y culminó como un asunto al cual ya nadie le da importancia. La forma como se trató este evento particular por parte de los distintos actores, denota una falta de equilibrio, producto de todos los huaycos, temblores y derrumbes que han sido y son parte de la historia de la formación nacional.
Por un lado, las clases dirigentes, políticas e intelectuales (en parte), al inventar el carácter trascendental del fallo, por diversas razones, que van desde las honestas y nobles (fortalecer la identidad y crear consciencia en el imaginario social), hasta las mezquinas y egoístas (conveniencias políticas; al respecto, se dio un caso curioso el día del fallo: algunos medios, instantes después de haber sido culminada la lectura de la sentencia del tribunal, lejos de presentar las reacciones de las autoridades actuales o de los ciudadanos en las calles, mostró al líder y caudillo del aprismo, Alan García, descorchando champañas y brindando por el triunfo con sus allegados; semanas antes, este mismo controvertido y sospechoso personaje pidió, cual fiestas de julio, embanderar el país para recibir el fallo), hicieron de aquel, de manera irresponsable, un tema mediático, con todos los riesgos que esto conlleva. Por su parte, los ciudadanos, abstraídos y confundidos por la histeria y la emoción creada por los medios, al parecer nunca tomaron consciencia de la circunstancia misma (esto lo demostraría, el hecho de que el suceso transcurrió y no dejó nada en las estructuras mentales. Como elementos de identidad, el cebiche y el pollo a la brasa resultan ser más efectivos que estos brotes no espontáneos de nacionalismo). Tan es así, que el fallo de La Haya parece ya algo muy lejano (es justo añadir que también es un reflejo de los tiempos, de las organizaciones sociales mediáticas y fugaces sin contenidos reales en todas sus formas de representación; los ejemplos más llamativos se dan en las expresiones artísticas y culturales comerciales). Este desequilibrio es propio de la formación de la nación y el Estado. Es difícil fortalecer la identidad, crear consciencia y extender la memoria histórica en una nación indefinida, con un Estado débil (claro, cabe anotar que el tradicional, obsoleto y desfasado concepto de nación hace que los cimientos del proyecto nacional tomen en consideración las nuevas articulaciones y reconfiguraciones de las estructuras organizacionales, y construyan, extiendan y fortalezcan derechos a todos los ciudadanos, como bases de igualdad).
La Guerra de 1879 es para la mayoría de las nuevas generaciones de peruanos un tema del pasado, que no reviste ninguna importancia ni interés (a pesar de la similitud de los escenarios, a diferencia del peruano en el chileno existen esfuerzos por seguir desarrollando y fortaleciendo su consciencia utilizando medios populares, tal es el caso del cine: ‘La Esmeralda, 1879’, una entretenida película de 2010 dirigida por Elías Llanos no obstante llena de clichés del cine patriotero estadounidense, es un ejemplo de ello - en el momento en el que preparo este trabajo, un conocido canal de televisión local publicita una serie sobre la vida de Don Miguel Grau Seminario; por los avances mostrados, esta aparenta ser un reflejo y una respuesta a la vez de la película chilena citada);  no es más que el tema de un examen que aprobar en el colegio, la sección de un libro de historia o la imagen polvorienta de algún héroe en un salón o en la calle. En parte, tienen razón; la Guerra con Chile y sus ecos que sobrevinieron, son un tema del pasado. Más allá de ciertas histéricas bravuconadas de algunos actores peruanos y chilenos, relacionadas en gran parte a los sectores chauvinistas y las derechas conservadoras de ambos países, el proceso jurídico de La Haya se llevó a cabo en total normalidad, sin producirse episodios de ruptura entre los gobiernos, ni ambientes hostiles y de rechazo de mayor importancia entre las poblaciones sudamericanas. Es decir, nunca fue realmente un asunto de identidades ni de espíritus nacionales para los ciudadanos de las dos naciones. No obstante, esto no significa que no haya tenido importancia; por el contrario, este evento es (o debería serlo) parte de la memoria histórica de la Guerra del Guano y el Salitre. Dejando de lado la importancia geopolítica del asunto tratado (geopolíticamente, su relevancia no tiene discusión por ningún ángulo desde el cual se le enfoque), el juicio de La Haya, comprendido como un capítulo derivado de las consecuencias de la Guerra del Pacífico, es importante en relación a la memoria y la consciencia histórica nacional; las cuales no tienen nada que ver con expresiones nacionalistas fanáticas ni alteraciones mediáticas sensacionalistas, como las que se contemplaron durante la coyuntura.
Con el paso del tiempo, el conflicto del siglo XIX con el vecino país del sur va quedando cada vez más atrás; y aunque sea un hito en la historia de ambos países, y un dilema sin resolver en el imaginario social peruano, su importancia se va haciendo cada vez más histórica; sin embargo, son necesarios gestos políticos por parte de los gobiernos que sustenten este carácter histórico. En este afán, por ejemplo, en la medida de lo posible, se debieran dar las voluntades de dejar de lado los denominados trofeos de guerra (la devolución en 2007 de libros robados por el Ejército chileno durante la invasión al Perú, aunque insuficiente, es un inicio).
En segundo lugar, Sendero Luminoso.
El 17 de mayo de 1980, el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso inició su rebelión contra el Estado, quemando ánforas en el pueblo ayacuchano de Chuschi; más de 30 años después, todavía no es posible tener un panorama en su totalidad de lo que significó esa terrorífica y catastrófica situación de guerra para los peruanos (sobre todo para los del interior del país). Existen muchos claroscuros por dilucidar en un tema que sigue despertando pasiones, odios y rencores en distintos sectores y actores de la sociedad. Una de las razones principales que no permiten apreciar el fenómeno en su total dimensión, es la existencia del Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales, MOVADEF, órgano político vinculado a lo que fue Sendero Luminoso (lo que fue, sí; Sendero ya no existe más; las “guerrillas” asociadas al narcotráfico del Vraem se desprenden de Sendero, pero ya no son propiamente Sendero Luminoso, no son una continuación política ni ideológica; por su parte, el MOVADEF, a pesar de que existen suficientes indicios que lo señalan como fachada del órgano partidario gonzalista, y esto aparentemente revelaría su existencia en la sombra, es en realidad una organización política civil pro amnistía de los responsables de los crímenes cometidos durante la guerra, que realiza sus actividades de manera pública y abierta a diferencia de lo que hacía SL. Sus intenciones, aunque totalmente discutibles y en gran parte inaceptables, son más políticas que revolucionarias; en realidad, la “existencia” del viejo Sendero Luminoso de Guzmán es funcional a conveniencias mediáticas y políticas de las derechas conservadoras; revivir el cadáver del comunismo de la cuarta espada es muy útil para lanzar advertencias, despertar temores o prestigiar métodos discriminatorios, violentos y autoritarios, sobre todo en contextos de protestas ciudadanas y en tiempos electorales). Su actuación en la escena política peruana se asemeja al de un espectro de muerte que se pasea libremente por las calles, provocando con su presencia, acrecentada por los medios amarillistas, los intereses inmediatos del gobierno de turno y las extremas derechas; pánico y susto entre los ciudadanos.
El principal problema que acarrea esta falta de apreciación, y al mismo tiempo una de sus causas, es la permanente negación de lo que sucedió en el país, negando a su vez parte de la memoria nacional y afectando la consciencia histórica (y esto a pesar de que, a desemejanza del caso anterior, lo que se comprende por su estado temporal “reciente”, este hecho generó y sigue generando amplios esfuerzos académicos, intelectuales y artísticos por crear consciencia en los ciudadanos: existen numerosos ensayos, ficciones literarias, trabajos de investigación y análisis crítico, películas, documentales, exposiciones artísticas sobre el tema).
El factor generacional es clave para entender este comportamiento social. Por un lado, las nuevas generaciones (las generaciones post guerra, las que no la vivieron, por ejemplo: los nacidos a fines de los años 80 e inicios de los 90) no tienen vínculos con ese pasado de horror, ni desean construirlos (en cierta forma, comprensible: no quieren detenerse y voltear a contemplar por unos momentos los mares de sangre y fuego que asolaron el país por más de 10 años); por otro, las generaciones de la guerra (los que la vivieron de manera consciente, a diferentes edades hasta los nacidos a fines de los años 70 e inicios de los 80) la tienen afligidamente presente como una ignominia; de sobremanera los directamente afectados por la guerra. Para que esto ocurra, sirven de mucha ayuda el MOVADEF, las anacrónicas facciones ultraizquierdistas estudiantiles universitarias y el hecho de que nunca los principales representantes políticos de Sendero Luminoso hayan practicado una autocrítica, frente a sus partidarios y a sus víctimas (en su gran mayoría, toda la población civil), por toda la muerte y el horror que provocaron con su fallida, desde todo punto de vista (equivocaron el análisis de la realidad nacional, equivocaron los métodos, la estrategia política, equivocaron el horizonte), insurgencia, que conllevó la infausta y tenebrosa respuesta del Estado por entre sus órganos de represión (la Policía, las Fuerzas Armadas y los grupos paramilitares), con los resultados que a estas alturas ya todos conocemos: la absurda muerte de aproximadamente 70 mil peruanos (según cifras de la Comisión de la Verdad y Reconciliación), violaciones, torturas, maltrato y daño psicológico de hombres y mujeres, niños y ancianos (factores en curso, de forma inconsciente en las estructuras mentales, del mecanismo de interiorización de la violencia).
El hecho de que el proceso de guerra interna que se dio en los años 80 y parte de los 90 en el imaginario nacional esté en estado de negación, y no se haya consolidado como parte de la memoria histórica, es peligroso; este suceso es muy “reciente” para que se extravíe u olvide; se cometieron demasiados disparates como para hacer un ejercicio de borrón y cuenta nueva; todos los actores cometieron disparates: Sendero Luminoso, el Estado y la sociedad civil (la guerra develó miedos y cobardías expresados a través de la indiferencia, del racismo y la discriminación entre muchos grupos de ciudadanos, sobre todo los de la capital y la Costa urbana del país, quienes en sus mentes relacionaron la violencia y el terrorismo con la piel, la cultura, las costumbres de peruanos distintos a ellos, obteniendo como resultado en su imaginación: el serrano terruco).
Por tal, es necesario que la problemática de Sendero Luminoso confluya con la memoria histórica; sin embargo, muy a pesar de todos los loables esfuerzos académicos, intelectuales y artísticos (a los que se asocia el trabajo institucional, a través de la construcción del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social, LUM) realizados para que se tome consciencia de este asunto, plantear una reconciliación nacional y aquello sea posible, se deben buscar alternativas para abordar de manera diferente el tema; y para esto, los actores deben tomar en cuenta ciertas consideraciones: antes que nada, afirmar el cumplimiento de los castigos y las condenas a prisión de todos los responsables directos (los que ejecutaron los crímenes y delitos) e indirectos (los que mandaron a ejecutar los antes mencionados; es decir, los responsables políticos) de las atrocidades cometidas durante el proceso de guerra. Desde los soldados (aunque, claro está, con atención de responsabilidad diferente: los soldados y policías que cometieron crímenes como miembros de instituciones del Estado fueron o serán juzgados de distinta forma que los soldados del ejército popular de Guzmán, quienes por el simple hecho de pertenecer a un organismo clandestino, ilegal, insurgente y declarado enemigo del Estado, ya estaban cometiendo un grave delito) hasta los mayores responsables políticos de ambos sectores (como lo son los principales que purgan prisión, empero no los únicos: Abimael Guzmán y  Alberto Fujimori). Pero, eso sí, una vez que todos estos cumplan sus condenas, tomando las respectivas precauciones y medidas necesarias (por ejemplo, normar una política pública de seguimiento y control de actividades por entre un sistema de labor social ejercida por la autoridad correspondiente y que tendría que ser acatada de forma obligatoria por la persona que cumplió su condena, por un determinado tiempo), deben quedar en plena libertad y ser reincorporados a la sociedad, con todo lo que eso significa: volver a tener los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano; volver a tener la oportunidad de trabajar, de hacer vida social (¿vida política?, es discutible), de opinar libremente, de desenvolverse sin el acoso, el ensañamiento, el denuesto, el prejuicio y el aprovechamiento amarillista y morboso de los medios y las derechas políticas extremistas. Por lo mismo, se debe recordar el hecho de que los comunistas senderistas son peruanos (idea planteada hace ya más de 20 años por Alberto Flores Galindo); quienes, acusados y juzgados socialmente sin misericordia, en muchos casos cobardía y crueldad, son el reflejo de nuestro propio país; son el espejo de nosotros mismos. Parece algo obvio, pero contemplado a cierta distancia se puede apreciar que no lo es; los ciudadanos inconscientemente suelen olvidarlo, por distintas razones (políticas, ideológicas, personales), y actuar con desmedida obcecación e intolerancia; los ex-insurrectos maoístas son vistos como forasteros, extraños o, lo que genera mayor consenso en la opinión pública: dementes (valgan verdades, muchas de las decisiones que tomaron en su momento tanto los miembros de politburó como los mandos militares senderistas en los campos de batalla, se ahogaron en la insania y la estupidez). Razonar de esta manera desde un criterio objetivo no sólo es criticable, sino también representa una equivocación. Es cierto que la rebelión de Sendero Luminoso, como sus ideólogos y militantes creían, no tiene nada que ver con una supuesta naturaleza histórica ni filosófica de la misma (y sí mucho con la religiosidad fanática ideológica de sus principales dirigentes y seguidores; el fenómeno de Sendero es el resultado de una suma de factores, decisiones y circunstancias históricas que afectaron el transcurso de los hechos, y desembocaron en aquel 17 de mayo de 1980); sin embargo, negarlo, ignorarlo o simplemente creer que fue un hecho ajeno a todos nosotros, llevado a cabo por un grupo de rojos orates, es negar la historia del Perú, sus parajes sombríos y sus miserias como país; lo que fue y en algunos aspectos no ha dejado de ser (si bien existen logros y luchas políticas por extender derechos civiles  y humanitarios a los grupos y minorías sociales excluidos, implementando políticas públicas liberales; aún resultan insuficientes, tanto en forma de normas, como en contraste con la realidad, frente al carácter desigual, excluyente, discriminatorio, racista e intolerante de las relaciones sociales en el Perú). En fin, creer de manera concluyente, y así zafar de responsabilidad alguna (las clases dirigentes y diversos sectores sociales y políticos tienen parte de responsabilidad de lo que sucedió durante la rebelión de Sendero), que lo acaecido pasó porque Guzmán y sus muchachos perdieron la razón, significa no tener consciencia de lo que ocurrió, y dejar en blanco páginas del libro de la memoria histórica de nuestro país. Y para que esto no ocurra, como dice una “añeja” lección que nos dejó doña Hannah Arendt, necesitamos comprender. En relación, existen todavía muchos puntos conocidos que necesitan discutirse (claro, con esto no hago referencia a juicios de valor moral; a lo que me refiero es a poner en discusión la consideración de ciertas formas, asumidas como verdades, de entender el tema; por ejemplo: Sendero Luminoso como conjunto social; es ampliamente conocido que los conjuntos sociales, más de allá de costumbres o expresiones culturales propias, no se caracterizan por ser colectividades homogéneas, uniformes en sus formas de comportarse, de pensar, en sus creencias, gustos o intereses; por lo tanto, creer y afirmar que SL como totalidad fue un conjunto social homogéneo, extensiones de Guzmán y sus postulados políticos e ideológicos, incapaces de tener sus propias ideas, sentimientos o intereses como individuos, al punto de casi deshumanizarlos, es un aspecto que, al menos, es propio de controversia; pienso que, dejando de lado a Gonzalo, a Miriam, el resto de la cúpula y sus allegados y sectores políticos más fanáticos, Sendero Luminoso como conjunto tenía su propia dinámica y como en cualquier espacio social los que lo integraban eran un grupo de individualidades, de personas con sus propias maneras de pensar, comportarse y sentir como cualquier otra), y otros que necesitan investigarse. Todavía, por todo lo que representa aún la aventura de Guzmán y sus camaradas, no se ha podido concretar un estudio del fenómeno lejos de apasionamientos políticos e ideológicos, y que proyecten una visión crítica total de la situación de guerra que vivió el Perú; en fin, comprender el por qué, más que seguir emitiendo partes de condenas sociales interesadas muchas veces sólo en contar una parte de la historia o sus propias versiones de la historia de la insurgencia senderista (como lo hacen con fines políticos por ejemplo, las derechas conservadoras, para las cuales todo acto de represión, sin que haya importado el grado de fuerza o los métodos utilizados, de los órganos estatales estaba justificado; para las extremas derechas mientras SL cometió crímenes y causó espantos, las Fuerzas Armadas y Policiales únicamente cometieron excesos y errores - es por demás curioso que el MOVADEF utilice el mismo inmoral y vergonzoso argumento de las derechas para plantear su campaña de amnistía). En tal sentido, resultó interesante en su momento el libro del 2007 de Santiago Roncagliolo: ‘La Cuarta Espada. La Historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso’. Escrito en una clave diferente a los tradicionales estudios sobre el tema, la investigación periodística de Roncagliolo resulta no sólo bien escrita, didáctica, sin dejar de ser crítica y, para una persona que desee profundizar sobre el tema, como una introducción A SL (al que se aúnan, según mi opinión, los libros  de Gustavo Gorriti, ‘Sendero: Historia de la Guerra Milenaria en el Perú’, de 1990; y de Carlos Iván Degregori, ‘El Surgimiento de Sendero Luminoso. Ayacucho, 1969-1979’, publicado el mismo año que el anterior), aunque eso sí poco desarrollado en la parte bibliográfica, sino también un intento por comprender, desde distintos ángulos del escenario (tal, uno de los más novedosos y polémicos, abordarlo desde un lado humano, razonar a los senderistas como seres humanos), qué sucedió en el Perú durante la década de los 80 y parte de los 90, involucrándose como un personaje más de la historia de la investigación, que a la vez forma parte de una historia que todavía no ha llegado a su punto culmine, que aún no ha encontrado su lugar en la memoria ni una presencia estable, configurada en el imaginario nacional; un episodio más de lo que significó para el país una tragedia que nunca debiera olvidarse como experiencia histórica.
Por último, el fujimorismo.
A diferencia de los casos anteriores, el fujimorismo como gobierno y como expresión política de derecha, populista y conservadora, ya tiene un lugar en la memoria y la consciencia histórica nacional. En este aspecto, no existe ningún problema respecto al caso de estudio; no obstante, a pesar de esto, el fujimorismo no ha logrado crear en torno suyo una opinión de consenso entre los ciudadanos; por el contrario, es habitual que genere juicios de valor, debido a las diferentes formas de atender e interpretar todo lo relacionado a aquel. El fujimorismo ha fundado a su alrededor, tomas de posición que se caracterizan por ser absolutas: o están a favor o en contra de, que derivan del juicio de valor moral al cual es sometido: es bueno, o es malo. También existen, cabe la mención, empero son los menos, puntos medios que intentan rescatar y poner énfasis en lo bueno y lo malo de su experiencia, en perspectiva como en la actualidad, aunque en la mayor parte de los casos de manera acrítica, y en oportunidades hasta cómplice (su postura: ni a favor ni en contra de, además de hacer recordar el título de una vieja canción de Los Prisioneros, ‘Nunca Quedas Mal con Nadie’, se suele mimetizar con las posiciones conservadoras y reaccionarias).
Como en el caso de Sendero, el fujimorismo suele generar pasiones encontradas (durante la segunda vuelta de las últimas elecciones presidenciales realizadas en el año 2011, votar a favor o en contra de la candidata fujimorista, la señora Keiko Fujimori, representó una toma de posición que iba más allá de lo político; dependiendo de la perspectiva de cada persona, fue una lucha entre el bien y el mal; la cual, en este tipo de circunstancias, resulta algo común de manera consciente e inconsciente entre los ciudadanos). Las ideas que suelen actuar como ejes discursivos de las distintas visiones del fujimorismo en permanente contradicción son, por un lado, los que la consideran una experiencia histórica positiva, la fuerza política que inició la etapa de orden, paz y progreso económico y modernidad en el Perú; y por el otro, los que la consideran como negativa, el movimiento político criminal, autoritario y antidemocrático que sumergió al país en lo más hondo de un pantano de corrupción, deshonestidad, inconsciencia e inmoralidad (valgan verdades, características de la tan mentada mentalidad criolla que ya formaban parte de las estructuras mentales nacionales, pero que con el fujimorismo se agigantaron y se extendieron, dejando su condición de excepcional y ocasional, hasta convertirse en hábitos y costumbres en secciones considerables de las clases dirigentes y de la población).
Resulta interesante que al contemplar la situación, la totalidad de estas ideas eje de las 2 vertientes en negación, al contrastarse con la realidad histórica, obtengan fundamento; lo cual significa que, a pesar de las posiciones políticas en contradicción, sus principales postulados no se nieguen unos a otros. Durante el gobierno de Alberto Fujimori (que constó de 2 etapas: una etapa democrática, entre julio de 1990 y abril de 1992, y una fase antidemocrática, dictatorial, entre abril de 1992 y noviembre del 2000), tras el literal desastre de la realidad nacional provocado por la profunda crisis política, económica y social, malhadada herencia del primer gobierno de Alan García y de la rebelión de Sendero Luminoso (y en menor medida e importancia, la participación del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, MRTA, quienes aprovecharon la coyuntura y a mediados de los años 80 tomaron parte activa del conflicto armado y, debido a su filiación ideológica castrista guevarista, radicalmente desemejante de la de los senderistas, por su lado iniciaron su propia lucha revolucionaria); se logró estabilizar la economía (por entre políticas de emergencia con medidas de choque, cuyos costos sociales más graves fueron las oleadas de despidos, la quiebra de empresas y la eliminación de los derechos laborales) al insertarla en el modelo de desarrollo mundial, la economía liberal de mercado, lo cual conllevó con el tiempo a su recuperación y  a trazar una línea de “progreso” y “modernidad” en construcción (ideas muy discutibles, eso sí; dependiendo de la perspectiva desde la cual se las entienda), reflejado sobre todo en el campo de lo macroeconómico. Durante la década del fujimorismo gobernante, también se logró desestructurar a Sendero Luminoso, capturando a sus principales dirigentes y acabando con sus posiciones político militares, el llamado poder popular. Si bien quedaron rezagos y se mantuvieron aisladas posiciones rebeldes en zonas remotas del país, con la captura de Gonzalo y el resto de los miembros de su politburó se inició la derrota final de la insurrección del maoísmo gonzalista. En términos concretos, reales, durante el mandato de Fujimori se logró volver a una situación de paz y, aunque en forma relativa, únicamente relacionada a la finalización de las prácticas terroristas de los comunistas de la cuarta espada y los órganos de represión del Estado (obvia consecuencia del fin de la guerra); orden. Estos hechos que nos dan una visión positiva, favorable del fujimorismo, son verdaderos, reales; innegables (aunque sí propios de debate). Como asimismo lo son los que no nos hablan bien de éste.
El gobierno de la organización política fujimorista fue el más corrupto, sombrío y nefasto del siglo XX, y uno de los más corruptos, sombríos y nefastos de la historia peruana. Se cometieron crímenes y delitos de todo tipo: desde crímenes de lesa humanidad, pasando por la transgresión de las leyes constitucionales y democráticas, hasta el control y corrupción de los poderes e instituciones del Estado y de casi la totalidad de los medios de comunicación. El país, sin tomar consciencia real de esto, fue arrastrado por el fujimorismo a una de sus etapas más oscuras, de decadencia moral, reflejada en las relaciones sociales. A tal punto llegó el estado de gravedad de este aciago y desdichado suceso que, pasado el tiempo, desde que Fujimori literalmente fugó del país y se reinstauró la democracia aquel ya lejano noviembre del 2000, los principales representantes políticos, funcionarios públicos, empresarios privados y agentes (“periodistas” corruptos) de la dictadura fujimorista fueron arrestados, enjuiciados y condenados a prisión, por sus diferentes responsabilidades. Esta es la visión desfavorable del fujimorismo, que a fin de cuentas viene a ser, con la perspectiva positiva, una suma de realidades que no se contradicen entre sí, que forman parte de un mismo hecho histórico.
Sin embargo, en el proceso de construcción de la memoria y la disposición de la consciencia no sólo funcionan e intervienen las humanidades (la Historia y las ciencias sociales como parte de ellas - una de las razones por las cuales la Historia y en general las ciencias sociales en el Perú han perdido contacto con el mundo real , con la vida y la gente, radica en el hecho de creer o asumir aquellas que no tienen nada que ver con las expresiones artísticas o las culturas populares, por ejemplo); también lo hacen los mitos y las realidades inventadas, como en los casos de las historias oficiales, las que suelen estar compuestas, confundidas entre los hechos históricos, de estos mitos y ficciones; estos se originan del campo de las subjetividades (creencias populares, intencionalidades políticas, desapego y desinterés a la realidad) y se articulan “objetivamente” por entre discursos en los imaginarios nacionales. Lo malo de esto, es que en muchas ocasiones, cuando la crítica y el análisis histórico dejan de intervenir, estas irrealidades se convierten en verdades acríticas, instalando medias verdades ornadas con capítulos de una historia que nunca existió, creando subjetividades políticas y discriminatorias (xenofobia, chauvinismo, exclusión, prejuicios, odios, rencores, derechismos e izquierdismos fanáticos), y afectando la formación de la memoria y la consciencia de la colectividad; así tendríamos por ejemplo, una guerra de 1879 como un episodio únicamente de heroísmo y valor; una insurgencia en los años 80 llevada a cabo por malvados y crueles cholos resentidos y serranos terroristas; o un presidente durante los años 90 que salvó y condujo a una era de modernidad y progreso al Perú.
No resulta muy difícil hacer que esto suceda (tal, el mito del fujimorismo, vivo en una parte significativa de la población, ha permitido en la actualidad que su praxis permanezca y persista como una fuerza política importante, empero a la vez, por la misma aura autoritaria y antidemocrática que encierra este mito, incapaces de autocrítica sus principales representantes políticos a semejanza del caso de Sendero Luminoso, también provoca enormes resistencias entre la ciudadanía, lo que afecta directamente sus posibilidades de ganar elecciones presidenciales y retomar al poder); ya en el terreno de las subjetividades, sólo depende del trabajo político y social y la capacidad de movilización de los actores que quieran hacerlo realidad (Estado, clases dirigentes, movimientos políticos, poderes fácticos), unas circunstancias históricas favorables (tal podrían serlo un nuevo gobierno del fujimorismo, leyes de amnistía o desagravios discursivos hechos por “historiadores” a sueldo o ideologizados), y lo más importante, todas las personas que estén dispuestas a asumirlo como verdad y esperanza de existencia; porque, al fin y al cabo, en el espacio de lo subjetivo y lo relativo el ciudadano como individuo cree lo que quiere creer, recuerda lo que quiere recordar.
Contempla lo que quiere, o cree, contemplar.

Lima, setiembre de 2014.   

lunes, 16 de junio de 2014

LAS LECCIONES DE OLLANTA

Luis Enríquez Travezaño

Minutos pasada las 4 de la tarde del domingo 5 de junio del año 2011, los primeros sondeos de votación que se daban a conocer en los medios de comunicación daban como ganador de las elecciones presidenciales a Ollanta Humala; los cuales horas más tarde serían confirmados de manera oficial por la ONPE. Este suceso histórico significó, al menos eso aparentaba en un principio, la primera vez que una opción política de (centro) izquierda llegaba al gobierno (aunque su naturaleza ideológica no fue de izquierda, algo que los políticos e intelectuales de derecha suelen olvidar u obviar al momento de analizar o presentar el hecho, las medidas y reformas de la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado estuvieron caracterizadas por aquel espectro ideológico), en cuyo alrededor se dan una serie de eventos, afortunados y desafortunados, relacionados al mismo.
En primer lugar, se encuentra en el susodicho proceso electoral la consolidación del voto anti.
Si bien es cierto que en un primer momento la intencionalidad del elector está dirigida en su gran mayoría por su simpatía o fascinación por un determinado candidato o lo que éste representa (valgan obviedades, en el escenario electoral nacional no se toman en consideración proyectos, al momento de elegir, ni de plantear análisis), lo que al final decide el triunfo y la derrota de uno u otro es el voto anti, en contra de. Al finalizar la primera parte de las presidenciales de 2011, Ollanta y Keiko Fujimori pasaron a una segunda vuelta electoral; durante el transcurso de esta, y a pesar de la campaña de un poderoso sector de las derechas en contra de Ollanta y a favor de la representante de la dictadura de los años 90, lo que terminó siendo el factor decisivo para la derrota de esta y el triunfo de aquel fue la resistencia que supuso entre la población la candidata del fujimorismo. La mayoría de los pobladores no votaron por el nacionalismo humalista, el que dicho sea de paso también tuvo en aquel momento una gran resistencia por el miedo y la incertidumbre que generaba. Votaron, al fin y al cabo, en contra de Keiko. Si Ollanta hubiera enfrentado a un candidato distinto a la fujimorista, el centro político y las derechas liberales democráticas representadas por Mario Vargas Llosa no le hubieran dado su apoyo ni su respaldo tal como sucedió, y lo más probable es que haya sido derrotado.
El voto anti ha sido la variable que en los últimos procesos electorales presidenciales ha decidido, más que las victorias, las derrotas de los candidatos que causaron oposición entre la ciudadanía. En las presidenciales del 2006, un chavista Ollanta encarnó el voto negativo, lo que le permitió a Alan García ganar el escrutinio. Como en el caso anterior, Alan, quien también figuraba una gran oposición (por su funesto primer gobierno, por su fama de charlatán y ladino y por todas las sombras de corrupción que lo envuelven, hasta el presente), aunque no tanta como la del entonces chavista, no hubiera triunfado si competía con Lourdes Flores o Valentín Paniagua, por citar un par de ejemplos. El año 2001 también se dio la preeminencia del voto anti, aunque en diferentes circunstancias que en los casos anteriores. El entonces por tercera vez candidato Alejandro Toledo, principal y destacada figura de la lucha contra la dictadura fujimorista a fines de los años 90, no era un actor resistido por el electorado, y su voto a favor estaba explicado más por la simpatía y el agrado de la mayor parte de la población (voto que simbolizaba también una recompensa por su labor política contra el fujimorismo), que por el rechazo al que era su rival en la segunda vuelta, Alan García. No obstante, el hecho de haber sido involucrado en denuncias, escándalos y faltas a la verdad durante la última parte de la campaña, hicieron peligrar su triunfo, el que finalmente se consumó gracias a la circunstancia de enfrentar al que en ese momento era, después de Alberto Fujimori y todos los relacionados a éste, el personaje político con mayor oposición entre los ciudadanos.
Dejando de lado las por demás irregulares, por todo lo que  aconteció durante estas, y al parecer, por los indicios, fraudulentas presidenciales del 2000 y, aunque en una situación de ilegalidad por el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, las justas de 1995 (Fujimori ganó con el voto de la simpatía, el encanto y el agradecimiento por la idea arraigada en el imaginario nacional de haber sido durante su primer gobierno que se capturó a Abimael Guzmán, se derrotó a Sendero Luminoso y se logró la paz y por haber detenido la terrible crisis económica y social heredada del gobierno aprista y dar comienzo a la recuperación y el desarrollo del país hacia la modernidad), las elecciones de 1990 igualmente se resolvieron por el voto anti, empero más que la resistencia a la figura de Mario Vargas Llosa (sí existió resistencia a su persona, pero esta estuvo vinculada a la irresponsable e imprudente contra-campaña del aprismo y las izquierdas, por cuestiones políticas e ideológicas), el voto anti estuvo relacionado a la, entonces, más polémica de sus propuestas: las aplicación del llamado shock económico para reestructurar y salvar la moribunda economía del país. Este drástico e inflexible plan de rescate de la economía generó el rechazo necesario para el triunfo en segunda vuelta electoral del candidato que se mostró en contra del shock y prometió no aplicarlo, un, hasta hace unos meses atrás, desconocido Alberto Fujimori, quien dicho sea de paso, días después de asumir la presidencia, aplicó la mencionada medida económica de emergencia, tristemente recordada como fujishock.
El triunfo de Ollanta asimismo denotó la importancia del escenario.
Esbozar una campaña electoral implica para toda agrupación política conocer el escenario en el cual va a competir. Una vez que se conocen los requerimientos, deseos y gustos de los electores (los cuales varían de acuerdo a la edad, estrato socioeconómico y espacio geográfico), el rechazo y el antagonismo que su candidato o sus ideas van a generar y entre quienes o qué grupos lo va hacer, y a sus, o probables, competidores, los movimientos políticos pueden plantear una estrategia de campaña que pretenda ser efectiva y que no entre en contradicción con su plan de gobierno, o su proyecto de país, en caso de tenerlo.
Después de su derrota en 2006, el nuevo equipo de campaña del nacionalismo humalista (en donde destacó, por sobre todos los demás, el trabajo como asesor del argentino brasileño Luis Favre) configuró la estrategia para las presidenciales del 2011 de acuerdo a las etapas, los tiempos de la elección. Durante la primera parte presentaron, si bien ya divorciado de su chavismo y etnocacerismo auroral y lejos de su discurso radical “anti sistema”, a un todavía Ollanta reformista, de la Gran Transformación, que confirmó el promedio de la intención de voto que tuvo en 2006 (30%), y que le valió para clasificar sin apuros de ningún tipo, y como en las elecciones pasadas con la aún resistencia de Lima (el capital electoral de Ollanta se encontraba en el interior del país), a la segunda vuelta. En esta nueva etapa, acomodada además a las circunstancias (la rival, Keiko Fujimori), se presentó a un Ollanta moderado, demócrata y conciliador (consumado todo en la conocida: Hoja de Ruta), enfatizando estas características en contra de lo que representaba su rival (los viejos anhelos autoritarios de las derechas conservadoras y antidemocráticas), e intentando acercar al votante de la capital, plaza que suele definir los procesos electorales presidenciales.
A diferencia de lo ocurrido en 2006, el nacionalismo humalista en 2011 conocía el escenario en el cual iba a contender. El equipo de campaña de Ollanta sabía muy bien que el potencial voto del interior no bastaba para ganar, y que sin el convencimiento de Lima, era poco menos que imposible. A cierta distancia, la campaña de Ollanta pareciera ser afectada por una serie de virajes en pleno transcurso, no obstante, pienso que esta respondió más a una sola estrategia planificada en base a un entendimiento y conocimiento del escenario nacional (apariciones en público, nexos de comunicación y gestos políticos, como por ejemplo lo fueron el manejo del discurso de acuerdo al público que lo escuchaba, a la ciudad a la que iba o el medio en el que estaba; y, con un gran sentido del tiempo y la oportunidad, la denuncia sobre las esterilizaciones forzadas cometidas en el momento en que Keiko formaba parte del régimen dictatorial como Primera Dama, dada a conocer durante el debate presidencial a pocos días de la votación de segunda vuelta, no sólo para causar impacto en la opinión pública, como efectivamente ocurrió, sino para evitar que la contrincante tuviera tiempo de reponerse y responder). El éxito de cualquier “partido” o frente político está relacionado a su conocimiento del escenario; desconocerlo o ignorarlo, en pos de subjetivismos ideológicos o un equivocado sentido de pertenencia (errores de táctica política que suelen cometer las izquierdas, por candidez, terquedad o fanatismo, como por ejemplo las posiciones tomadas ante la coyuntura venezolana: por un lado, la ambigüedad del Frente Amplio, y por el otro una defensa férrea e ideológica del chavismo por parte de otros sectores; hacer esto en un país donde el chavismo es percibido por la mayoría de electores como negativo y hasta nocivo como pensamiento y paradigma de desarrollo, es propio del desconocimiento del escenario), conduce a la derrota, el fracaso electoral  y la desaparición política.
Al respecto del escenario, el éxito del humalismo también posicionó el centro político.
Entender el escenario electoral, necesariamente significa conocer su idiosincrasia; en las presidenciales del 2006, Ollanta equivocadamente creyó que ésta estaba definida en su mayoría por el malestar, la inconformidad y el deseo de cambio, similar a la Venezolana a fines de la década de los 90, lo que permitió que Hugo Chávez llegara al poder con un discurso extremista, radical, de ruptura. Plantear una campaña en las mismas condiciones como las planteó el chavismo en su momento, impidió la victoria del nacionalismo humalista, y precipitó su derrota. 5 años más tarde, Ollanta ganó las elecciones ubicándose en el centro. 5 años antes Alan hizo lo mismo, y también ganó (en ambos casos, lejos de posturas, principios o moral política, su ubicación en el centro respondió a sus conveniencias). Toledo en 2001 ganó con una propuesta de centro. Y en 1990, Fujimori ganó al posicionarse más al centro que Vargas Llosa, quien a pesar de ser una personalidad independiente, de su prestigio y su propuesta liberal innovadora en el país, fue percibido como representante de las clases altas y la vetusta derecha oligárquica, por su ascendencia y posición acomodada y por haber estado aliado a sus “partidos” tradicionales (Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, P.P.C.), a desemejanza del novedoso “chino”, independiente (tan sólo unos meses antes, Ricardo Belmont inició el llamado boom de los independientes, u outsiders, ganando las elecciones para alcalde de Lima en 1989), con un discurso mesurado (habría cambios para salir de la crisis, pero no se aplicaría el shock económico que prometía Vargas Llosa) y un perfil austero y popular que lo acercaba al elector. Porque, a pesar de lo que comúnmente se cree, el centro político no sólo implica las promesas electorales (lineamientos generales de un plan de gobierno) y el discurso; también implica la representación, lo que simboliza el candidato para el elector. A Ollanta, muy a pesar de todos los esfuerzos de su equipo de campaña, le fue muy complicado disponerse en el centro político en 2011. La imagen brindada en las presidenciales anteriores (el radical chavista), estaba presente en el imaginario de la ciudadanía, y causaba desconfianza y recelo en un sector de la población (de sobremanera en la plaza limeña, en donde su rechazo seguía siendo abrumador). En las instancias de la segunda vuelta, no solamente le bastó el acercamiento y las alianzas a grupos con credibilidad democrática (lo que Sinesio López definió en aquel contexto, cuando todavía era parte de la confluencia electoral izquierdista humalista: Gana Perú, como la nueva correlación de fuerzas), tal es el “partido” de Alejandro Toledo, Perú Posible, sino que, para hacer creíble su cambio de conducta y pensamiento político, hasta tuvo que jurar un documento de obligación: Compromiso en Defensa de la Democracia y en Contra de la Dictadura, ante la presencia de diversas y famosas personalidades, quienes actuaron como garantes de aquel juramento. Si bien es cierto que, a fin de cuentas, Ollanta logró el centro, y ganó la elección, cabe recordar que esto no hubiera sido posible si no hubiera tenido al frente a Keiko y al fujimorismo (lo que finamente prevaleció fue el voto anti). Sin el fujimorismo como antagonista, lo más probable es que cualquiera de sus otros rivales (Pedro Pablo Kuczynski, Alejandro Toledo, Luis Castañeda), hubiera representado el centro, y ganado el escrutinio.
El centro político figura una necesidad para los candidatos presidenciales en el Perú. No es sencillo disponerse en el centro. Es necesario un trabajo político dirigido hacia la ciudadanía, respaldado con gestos y posturas de los actores; en relación, resultó interesante la postura de Lourdes Flores ante el proceso de revocatoria del 2013 contra la alcaldesa de Lima, Susana Villarán. Al apoyar a Susana, una política de izquierda, en pos de la gobernabilidad y la democracia, Lourdes se acercó un poco más al centro, distanciándose, empero no del todo, de su imagen de “vieja” y aristocrática derechista sectaria incapaz de tender puentes hacia la izquierda, ni de actuar sin apasionamientos y odios (imagen que le significó sus más importantes derrotas electorales, en el 2001 y el 2006). Ese gesto político visto como de solidaridad con el adversario y responsabilidad democrática, le ha valido a Lourdes bordear el centro, cambiar la percepción de su imagen y ser una atractiva y sugerente opción para elecciones futuras. Por el contrario, aferrarse al líder y caudillo en prisión y no tener un horizonte ni ideario político más que luchar por la liberación de aquel y recordar constantemente y con un orgullo desmedido cuando fueron gobierno, lo cual más que algo a su favor, suele resultarle contraproducente, al fujimorismo le resulta casi, por no decir imposible, intentar ubicarse en el centro. El fujimorismo en sí, su naturaleza autoritaria, su esencia antidemocrática, no se lo permite. El fujimorismo tendría que dejar de ser fujimorismo, romper con Alberto Fujimori y su familia y sus figuras (las “chicas súper poderosas”, por ejemplo), y pasar por un proceso de autocrítica para que tengan posibilidades reales de ser creíbles como demócratas, y alcanzar el centro; no obstante, al ser evidente que esto implicaría la negación de su propio ser y su desaparición, aquello no es posible (hipótesis que sugieren al fujimorismo como una fuerza política que podría afirmar la democracia y que vendría a ser “el aprismo del siglo XXI”, y todo lo que eso implica, esbozadas por politólogos juiciosos y mediáticos, reflejan una equivocación en la contemplación del fenómeno. El fujimorismo en sí mismo es una negación de la democracia, y equipararlo con un “partido” como el APRA del siglo XX, que era un movimiento político de masas que contaba con una estructura partidaria nacional, un ideario y un proyecto de país, es por demás un contrasentido; el fujimorismo fue popular en los años 90 pero nunca tuvo la capacidad política de movilizar masas, jamás se preocupó por edificar un órgano partidario ni crear un ideario y mucho menos tenía una idea de nación -cuando a fines de los años 90 comenzaron a articularse y movilizarse las corrientes democráticas de protesta contra la dictadura, no hubo acción cívica ciudadana ni partidaria que defendiera al fujimorismo o a una supuesta concepción de país, muy distinto, en comparación, a lo que ocurre hoy en día en Venezuela, en donde la organización política, social y militar chavista defiende y logra sostener hasta el momento a pesar del caudaloso descontento y la crisis social y económica, el régimen de un ineficiente y políticamente obtuso Nicolás Maduro, y a su modelo de nación). Es más, lo que todavía les permite ser una fuerza política importante en el país es esa misma postura radical acompañada del apellido del caudillo (elemento de vital importancia para sus intereses; sin el apellido, sus candidatos no logran llegar al 10%, como lo demostró la candidatura de Martha Chávez en el 2006), que en términos electorales representa un promedio de 20% (así lo confirmó el algo más del 23% que Keiko logró en las presidenciales del 2011), lo que les asegura seguir teniendo presencia, voz y poder para negociar, pero al mismo tiempo les impide ganar presidenciales.
Si para las derechas nacionales es necesaria la búsqueda del centro político, para las izquierdas posicionarse en el centro debería ser una obligación innegociable, e imprescindible. En un escenario, hasta cierto punto conservador, que únicamente tolera cambios y reformas siempre y cuando estos sean comprendidos como beneficiosos y no afecten la estabilidad económica, el modelo de desarrollo y la estructura organizacional del país, sólo el centro (y la confluencia de sus organizaciones políticas) hace electoralmente viable una opción de izquierda, considerando que esta representa en el imaginario del elector, en parte por vincularlas directamente con los fallidos modelos de pensamiento y sociedad socialistas del siglo XX y la funesta y malhadada experiencia de Sendero Luminoso en los años 80, el extremismo, la debacle y lo políticamente obsoleto (triste y ciertamente, algunas apartadas y anacrónicas células de las izquierdas todavía lo representan). Así parecen haberlo entendido las fuerzas reunidas en el Frente Amplio, un proyecto político que intenta ser un reflejo de la experiencia uruguaya, la que junto a la brasileña, son las izquierdas mejor organizadas, más modernas y exitosas de Sudamérica; sin embargo, al menos todavía por el momento, no parece encontrar un rumbo definido, ni perfilar una identidad política que lo distinga en el escenario nacional como un actor importante y con posibilidades reales de éxito, dependiendo esto principalmente de las decisiones que tomen y los gestos y señales que envíen a la población (decisiones que involucran posturas débiles o de confraternidad ante experiencias autoritarias de izquierda en la región, como durante la coyuntura venezolana, o el lanzamiento de candidatos presidenciales populares empero advenedizos como en las elecciones del 2011, o sin considerar que su figura debe generar empatía y consenso y no temor y rechazo en la mayoría del electorado como lo haría por ejemplo la figura de Gregorio Santos; son el tipo de decisiones que hacen que las izquierdas no representen mayor importancia en la escena política nacional).
Para las izquierdas nacionales representa un reto tomar el centro, y ganar elecciones; secciones mismas de las izquierdas piensan que acercarse al centro y compartir espacios con la derecha, entendido no de manera ideológica sino en la configuración de políticas públicas, es algo parecido a una traición a sus principios e ideales “revolucionarios”, de cambio estructural (muy distintos en sus formas y en sus métodos, claro está, a los que predicaban y propugnaban en el siglo XX), perder su esencia inconforme y rebelde, lo que los hace ser de izquierda, y actuar en la medida, creen, que les sea conveniente a las derechas. Pensar de esta manera, considero, es un error de apreciación; por poco un subjetivismo ideológico. Si existen unas izquierdas que las derechas temen, detestan y las desconciertan, son justamente aquellas que se muestran como una opción política moderna, responsable, eficaz, solidaria y capaz de plantear acuerdos en pos del beneficio público; lo que les convienen política y electoralmente a las derechas, dicho sea de paso, son unas izquierdas “revolucionarias” y  sectarias, ideológicamente anacrónicas y autoritarias e intransigentes e intolerantes; en fin, lo que les conviene son unas izquierdas quejicosas, tira-piedras y quema-llantas, que sigan siendo negadas e ignoradas en las urnas por la casi totalidad de la población.
Por otra parte, el nacionalismo humalista confirmó la irrealidad de las “grandes transformaciones”.
Disponer una estrategia supone, entre otros factores, la construcción de un discurso, respecto a lo que los electores (o una parte de ellos) necesiten escuchar. El discurso de la Gran Transformación durante las presidenciales del 2011 supuso esto. Como en los comicios del 2006, Ollanta buscó figurar la necesidad de un cambio en la organización política y económica del Estado de una gran parte de la población electoral, empero, a diferencia de aquel año, en el cual creía que esa necesidad le bastaría para ganar, el 2011 era consciente de que sólo le permitiría pasar a una segunda vuelta. Una vez concluido el proceso electoral, por haber sido únicamente parte de la estrategia discursiva y jamás algo real, la llamada Gran Transformación fue dejada absolutamente de lado por el humalismo. Una estrategia astuta y taimada, valgan verdades, pero que conllevó en sí misma una mentira; un engaño, a fin de cuentas. Lo que Ollanta sugirió durante su campaña electoral como promesa de un cambio en las estructuras organizacionales del país, conocida como Gran Transformación, es irremediablemente ilusoria y ciertamente inviable. En un contexto en el cual el ordenamiento político, económico, jurídico y militar nacional forma parte del sistema mundial capitalista neoliberal normado por la economía de mercado, proponer “grandes transformaciones” es sencillamente mentir (escribiendo hace más de 50 años atrás, no obstante refiriéndose a la inviabilidad de las aventuras revolucionarias comunistas y socialistas post experiencia bolchevique, Albert Camus planteó, en diferentes términos eso sí, esta idea). En tanto no se reestructure o se cambie el paradigma de desarrollo mundial, no es razonable una “gran transformación” a nivel nacional (dejando de lado los métodos de represión del contexto internacional, las estructuras de poder en el Perú, potestad de las derechas conservadoras, ahogarían cualquier intento de transformación, de cambios profundos emprendidos por un mandato, por ser los que habitualmente suelen trazarlo en sus proyectos, de izquierda; en relación, como caso expresivo, en el año 2013 bastó solamente que el gobierno insinúe la posibilidad de comprar Repsol contraviniendo los intereses ideológicos y económicos de las derechas, para que estas, exhibiendo parte de su poder para condicionar la decisión de la administración humalista, lo que finalmente ocurrió, realicen una intensa y envolvente contra campaña en todos los medios de comunicación, la cual, acariciando la histeria y el ridículo, llegó afirmar que: “….este será el comienzo de la transformación del Perú con un Estado avasallador, prepotente, autoritario, como en Cuba, Bolivia, Venezuela y Argentina. Pero los peruanos nos defenderemos de esta gran amenaza.”-Confiep: “Hemos salido de la hoja de ruta. Es una vergüenza”. Entrevista a Alfonso García Miró, El Comercio, 29 de abril del 2013). Las experiencias reformistas de centro izquierda de la región (Chile, Argentina, Uruguay, Brasil), y en menor medida los populismos de izquierda (Venezuela, Bolivia, Ecuador), lo entendieron así.
Uno de los puntos de crítica a Ollanta, por parte de las izquierdas que lo acompañaron y lo apoyaron durante el proceso electoral y el inicio de su gobierno, es justamente el hecho de que no haya cumplido con la promesa de la Gran Transformación (y no haya mantenido un perfil de izquierda como gobierno), y haya preferido el camino del pragmatismo. Este juicio, a mi criterio, tiene algo de verdad y algo de mentira; algo de razonable, y mucho de inconsciente e insensato. Todo parece indicar, a estas alturas, que Ollanta nunca tuvo la intención de efectuar, si bien no la Gran Transformación programada en su plan de gobierno (uso discursivo), por lo menos reformas políticas, sociales y económicas a la organización del país; Ollanta al parecer tenía su propia agenda, la cual empezó a evidenciar al poco tiempo de ganar las elecciones (la designación de un neoliberal convicto y confeso como Luis Castilla como ministro de Economía es muestra de ello), y transparentó con el caso Conga, la caída del gabinete Lerner y la desafectación de sus aliados de izquierda del gobierno. Ollanta como gobernante se presentó ante la ciudadanía como un pragmático, muy distinto a la figura de cambio que representó en las presidenciales, lo cual significó una farsa como bien reclaman las izquierdas, para sus partidarios y votantes independientes que creyeron en él. Sin embargo, este punto de crítica se mantuvo ausente cuando ya se estaban dando a conocer las primeras señales de lo que se llamó, el viraje hacia la derecha (en mí opinión no hubo tal viraje. Pienso que Ollanta nunca se sintió, ni mucho menos se concibió como él mismo se encargaba de hacerlo saber, de izquierda; solamente fue parte conveniente de su estrategia electoral). Políticos e intelectuales de izquierda intentaban explicar cada decisión durante la campaña (la correlación de fuerzas para la segunda vuelta, por ejemplo), o a comienzos del gobierno (la hipótesis, que no deja de estar conforme a razón y de tener bases explicativas sólidas, de la captura del Estado); una vez que estos fueron echados, la crítica, que ya existía tras bastidores, recién se manifestó de forma clara y pública, denotando una lucha de intereses y conveniencias (por ambas partes), más que por ideología, principios, ética o moral política por el lado de las izquierdas; y aún así, si esas hubieran sido las cuestiones, y expresaran un pedido franco y honesto, exigir al nacionalismo humalista la aplicación de una Gran Transformación (como aún, de forma obstinada y con poco sentido de la realidad, se sigue discutiendo en los ámbitos de las izquierdas), circunda la temeridad y la irreflexión; las derechas conservadoras, las que manejan las relaciones de poder, nunca lo hubieran permitido (y si Ollanta insistía, “nuestras” derechas, quienes suelen olvidarse rápida y fácilmente de sus compromisos y valores democráticos al momento de defender sus fueros e intereses, para decirlo sin eufemismos, le sacaban los tanques, lo golpeaban y se deshacían de él, sin misericordia, remordimientos de conciencia ni arrepentimientos de por medio). Ollanta asumió la presidencia sin un poder real detrás de él (una institución partidaria nacional de masas, y al menos 2 tercios de la población que respalde sus decisiones). Sin partido ni experiencia, los grupos de poder en contra, con una opinión pública dividida, una Lima desconfiada y con un triunfo conseguido no por sus propuestas sino por haber sido el “menos malo” de los dos candidatos, Ollanta eligió sobrevivir; y para esto tomó, para bien o para mal, la ruta del pragmatismo. Se adecuó a lo existente sin intentar cambiar nada (como lo hacen todos los jefes de gobierno desde el 2001; ha habido cambios sí, pero no de carácter sustancial), e intenta construir, junto a la figura de su esposa Nadine Heredia, un espacio propio de poder (por eso mismo, el recelo de las derechas conservadoras que lo toleran, pero no lo aceptan a pesar de su aparente cambio de rumbo hacia la derecha, y la campaña de desprestigio de los poderes fácticos, dirigido por entre la popular imagen de Nadine -desprestigio asentado en críticas y reproches justos, como su excesiva intromisión en asuntos de Estado, e injustos, tal es la labor social que realiza como representante política del gobierno).
La ruta del pragmatismo escogida por Ollanta, mucho antes de ser elegido presidente, y que es la consecuencia de una serie de circunstancias que se dieron alrededor de su concepción como actor político, suele ser un camino en cierta medida cómodo, seguro y estable; sin embargo el hecho de evitar proyectar y construir políticas públicas reformistas, necesarias en determinadas áreas de la sociedad (tales lo son, por mencionar algunas, educación, salud, industria, medioambiente, seguridad ciudadana, cimentación de las instituciones públicas, fortalecimiento de la igualdad y los derechos humanos, culturales y de género), hacen que nuestra realidad asemeje estar contenida en un limbo conceptual. Experiencias de centro izquierda sudamericanas (Brasil, Uruguay y Chile como casos ejemplares) y, no obstante ser diferentes en el fondo pero análogos en la forma, el gobierno municipal de Susana Villarán, demuestran que las reformas no son sencillas de construir (la puesta en marcha por la alcaldía de Lima de políticas públicas como la reforma del transporte, la recuperación de espacios públicos, tal es el caso emblemático de La Parada, y una considerable inversión en infraestructura, han provocado una fuerte resistencia y reacción por parte de los “afectados”, a los que se aúna el rechazo de las derechas conservadoras y el permanente e injusto hostigamiento de los medios, por razones ideológicas y ciertamente, no obstante en menor medida que la voceada por aquellos,  por errores propios y la falta de trabajo político con la ciudadanía, sus opositores y los que se muestran, literalmente, como sus enemigos políticos y mediáticos muy parecidos a los del Tea Party y los que suelen aparecer en Fox News), empero, con organización y convencimiento, aptitud y la mayoría de la opinión pública de acuerdo con aquellas, son realizables.
Ollanta, a diferencia de Susana, no se arriesgó. Por el momento, esa es su última lección.

Lima, junio de 2014.