domingo, 6 de abril de 2014

DELIRIOS REVOLUCIONARIOS

Luis Enríquez Travezaño

Pasada la revolución cubana de 1959, un espectral delirio revolucionario se apoderó de las izquierdas marxistas latinoamericanas, dando inicio a una serie de experiencias guerrilleras, las cuales encontrarían un malhadado y lógico final, entre cadáveres y cenizas. Efectivamente, este delirio persiguió a las izquierdas del mundo por casi todo el siglo XX, cuyo paradigma y eje histórico sería la experiencia bolchevique en Rusia (a la que se agregaría, años más tarde, la China de Mao, y en Latinoamérica la Cuba de los Castro), cuyo derrumbe a comienzos de los años 90, así mismo, marcaría su final (tras un “breve” lapso de tiempo, muchas de las izquierdas latinoamericanas no sólo abandonaron sus afanes revolucionarios, sino que se reinventaron política e ideológicamente y lograron llegar al poder, cual ironía, democráticamente.)
Curiosamente, estos delirios revolucionarios parecen afectar ahora a “nuestras” derechas, desde que se inició la situación de crisis en Venezuela. Secciones de la derecha no sólo alientan las protestas contra el régimen de Maduro, y solicitan condenas de parte de gobiernos vecinos y organismos internacionales contra la represión sufrida por los protestantes, sino que reclaman, bramando, la caída del chavismo incapaz, corrupto y criminal (resulta poco convincente, y hasta ridícula, la actuación de una gran parte de las derechas peruanas que se indignan hasta el rubor y claman por el fin de la “dictadura” chavista, cuando años atrás, en las elecciones presidenciales del 2011, con total desparpajo estuvieron a punto de entregarle el gobierno del país a los representantes de la dictadura fujimorista de los años 90.) En donde existe, valgan verdades, una protesta legítima de un sector de la población venezolana por la deplorable realidad económica y social de su país, las derechas “revolucionarias” observan….”Trincheras de la libertad” en las que además de universitarios y escolares, hay obreros, amas de casa, empleados, profesionales, una ola popular.… (Mario Vargas Llosa, La Libertad en las Calles, La República, 9 de marzo de 2014.*) Lo cual, dista mucho de la realidad venezolana, repleta de grises que muchas veces dejan ver sólo superficialidades, apariencias, determinadas por el ángulo desde el cual son observadas desde el exterior; porque ni Nicolás Maduro es un dictador, ni la protesta es fascista; ni el gobierno es tan democrático, ni la oposición los inmaculados y heroicos luchadores de la libertad.

*Para evitar confusiones y malos entendidos, este artículo de don Mario debe leerse, y comprenderse, en su justa medida, como lo que es: un artículo de “batalla”. No es un trabajo de análisis crítico. No busca comprender la realidad venezolana, ni mucho menos entender la complejidad del todo. Lo que hace don Mario, de manera consciente,  con la intención de hacerlo así, es construir una “verdad” en torno a la lucha política de las derechas venezolanas. Esta “verdad” en el artículo representa más a una convicción ideológica que a la realidad misma, reflejada sencillamente como una lucha entre el bien (la oposición) y el mal (el gobierno chavista.) En suma, es un trabajo político, un absoluto ideológico, que expresa un deseo, presenta una visión particular de la realidad (ve, tal vez confundido por las brumas de la madrugada a su alrededor, a la oposición venezolana como a la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial) y adhiere a la causa de las derechas venezolanas. No es la primera vez, ni supongo será la última, que don Mario escribe artículos de “batalla”, ideologizados, lo cual, más allá de los errores que pueda cometer, como su definición de fascismo, no es criticable (es más, esta es una de las razones por las cual es admirado y respetado); aunque en más de una oportunidad, en evidente contradicción y falta de autocrítica, denueste los trabajos con lo que no está de acuerdo, no respondan a sus conveniencias políticas o que simplemente no le gustan, llamándolos: ideologizados. 

Primero que nada, resulta oportuno mencionar que, lo de Maduro es indefendible (en relación, aparte de ser ideológico y acrítico, el comunicado del 21 de febrero de las izquierdas peruanas reunidas en el Frente Amplio, que busca ser un espejo de la experiencia uruguaya: Frente Amplio frente a la situación en Venezuela,  constituye un error de táctica política, en tanto una defensa del gobierno del Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, no genera réditos, ganancias políticas en un escenario nacional en donde el chavismo no es visto con agrado ni simpatía; es impopular - decisiones como  estás son las que hacen que las izquierdas bordeen el 1% de los votos en los comicios, o emprendan aventuras electorales con candidatos “alquilados”, para que luego, una vez en el poder, estos les den, como escribió en una oportunidad César Hildebrandt, una “patada en el culo”); no es, desde ningún punto de vista razonable (existen otros, ligados a la insensatez y a la ideología), un gobierno que haya colmado las expectativas de su población, y todo lo que eso implica: satisfacción de las necesidades básicas de los diferentes estratos sociales por medio de la aplicación de políticas públicas sociales y económicas (la grave crisis económica, la escasez y el levantamiento de las clases medias son la prueba fehaciente de esto); y mucho menos aún, un gobierno que, al menos hasta el momento, intente aplicar políticas que creen consensos con los indignados de Venezuela; muy por el contrario, el oficialismo chavista devela sus rasgos autoritarios (autoritarismo inherente al populismo de izquierda instaurado por Hugo Chávez), y a través de los órganos de represión del Estado (policial, militar y, en este caso particular, jurídico) intenta silenciar la protesta y el hartazgo de una parte de su población. Una vez mencionado esto, puedo afirmar que, Maduro, aunque políticamente torpe, bravucón y en muchas oportunidades imprudente, no es un ningún dictador (ni lo fue Chávez en su momento), ni el problema de Venezuela; Maduro, como principal representante del chavismo, ha heredado un sistema ya constituido, un modelo forjado desde fines de los años 90 (modelo que, si no ha colapsado ya, está a punto de hacerlo.) El populismo autoritario de izquierda construido por Chávez, aunque lo parezca, no es una dictadura (el hecho de copar y controlar las principales instituciones públicas responde, aunque taimada y tramposa,  a una política de Estado, para así llevar a cabo y consolidar sus reformas económicas y sociales; y en el transcurso de ese esfuerzo acabó por controlar los medios de comunicación que se le oponían de forma intolerante y obcecada, lo que puede ser visto como un error político o no del chavismo, dependiendo de la perspectiva desde la cual se la enfoque), por el hecho de que tiene un origen democrático, el cual nunca fue interrumpido; Maduro llegó al poder vía elecciones, al igual que Chávez (muchos analistas se esfuerzan en comparar a Venezuela con el Perú de Fujimori, olvidando el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, lo que conllevó a una situación de ilegalidad del país y a la ruptura del orden democrático, hasta su caída en el año 2000; este hecho es la principal diferencia entre estos 2 contextos, por demás no comparables por ser realidades distintas.) Nunca se dejaron de celebrar procesos electorales (aunque, es justo  comentarlo, tal como lo observó el Centro Carter en su Informe Preliminar sobre las últimas elecciones presidenciales, en condiciones injustas para la oposición, por el uso de recursos del Estado para fines proselitistas, a lo que se aúna el control de las entidades públicas por parte del chavismo), lo que permitió que nunca perdiera su legitimidad como gobierno, ante la mayoría de su población y de la comunidad latinoamericana. Y está legitimidad, más que el respaldo de las instituciones policiales y militares y el de poseer un brazo armado (los llamados: Colectivos chavistas, como por ejemplo, Los Tupamaros), es precisamente la fuerza del gobierno de Maduro en este contexto de crisis. Sin un resultado a favor en las últimas elecciones, el respaldo de un sector importante de la población (el mismo que llevó  a Chávez al poder en 1999) y de las democracias del continente, la cúpula del PSUV sería sencillamente insostenible. No hay manera de sostener un gobierno de estas características sin el respaldo de su población en su mayoría (cuando pierda este respaldo, el chavismo será derrotado como fuerza política.) Por esta misma razón, no es posible, como vocifera la oposición, que Venezuela esté en camino de convertirse en una segunda Cuba; aparte de la evidente diferencia de contextos históricos (errores que se suelen cometer en pos de subjetividades ideológicas absolutas), el chavismo “cubano” necesitaría, al menos, mínimo, el respaldo de más del 75 % de su población para intentar tomar este, por demás anacrónico, camino. Como esto no se condice con la realidad, no sería serio plantear por parte del gobierno, tal no lo es por el lado de la oposición, menos aún con argumentos como: María Corina Machado contaba que…. (Entrevista a Álvaro Vargas Llosa, El Comercio, 30 de marzo de 2014); una ruta cubana como posibilidad. Esta injerencia e influencia cubana en el chavismo (que existe, pero no hasta el punto de ser mandato en el gobierno bolivariano) que denuncia la oposición “revolucionaria”, pienso, está más ligada a una, audaz eso sí, estrategia política que intentaría apelar a la reacción del nacionalismo, el patriotismo y la identidad llanera de las estructuras mentales de su colectividad, ante una posible intervención extranjera, para así alinearlos en su lucha contra Maduro (de la misma forma, el oficialismo utiliza como dispositivo verbal de defensa al “imperio yanqui”, el cual, en honor a la verdad, sí se interesa por Venezuela, al punto de haber apoyado en el año 2002 el golpe de Estado contra Hugo Chávez, tal como lo reseña el documental de 2009: South of the Border, de Oliver Stone; no obstante no lo suficiente ni con la misma intensidad desde el fin del mandato de George W. Bush, como pretende el discurso del PSUV.)    
El chavismo, a manera de proyecto político ha conseguido en su transcurso importantes logros a través de, como reflexionó el presidente de Uruguay José Mujica en una entrevista concedida a CNN en 2012, discutibles pero efectivos métodos: “Lo admiro (el socialismo del siglo XXI), pero no es el camino que yo elegiría….Cuando pase Chávez habrá un montón, millones de venezolanos que vivían en la miseria que van a estar viviendo un poco mejor….”; y políticas sociales que han cambiado para siempre la historia de su país (las más significativas son la reducción de la desigualdad y la pobreza, por entre del otorgamiento de derechos ciudadanos y permitiéndoles el acceso a servicios básicos de bienestar, como salud, educación y vivienda); sin embargo, su carácter autoritario, su modelo de desarrollo estatista (sostenido por la exportación del petróleo, y que se encuentra en crisis en la actualidad), la burocratización, el envilecimiento y la corrupción de funcionarios producido por sus años como gobierno (situación inevitable, generado por los mecanismos del poder, que corrompe a sus componentes mientras más tiempo estén en sus fauces); y el fallecimiento de su caudillo e imagen principal del régimen, Hugo Chávez, están provocando su quiebre, y parece derrumbarse (probablemente, su destino inexorable en unos cuantos años más.) Los autoritarismos de este tipo, sean de izquierda o de derecha, si bien logran, si esa es su intención, cambios importantes para la población en un determinado momento, tienen fecha de caducidad, y en muchos casos no logran que dichas transformaciones se institucionalicen socialmente (el éxito de la instauración de la economía de mercado en los casos particulares de Chile en los años 70 y en Perú en los 90, impuestas por sendas dictatoriales, determinó que estas transformaciones sí se institucionalizaran), y tienden a desaparecer junto al régimen, o sufren retrocesos provocados por los nuevos gobiernos contrarios al anterior.
Este populismo autoritario, legitimado democráticamente, como lo acabamos de ver, no es una dictadura, ni mucho menos; por lo que un movimiento social y mediático de protesta dirigido a sacar a Maduro y al PSUV del gobierno, no sería solamente un error de cálculo político; también sería una más que evidente intención golpista antidemocrática, una transgresión del Estado de derecho; entonces, ¿por qué, desde distintos espacios de la oposición, interior y exterior, se insiste tanto con la posibilidad de tumbar a Maduro, y con este al chavismo, hasta llegar a los extremos de la histeria? (resulta vergonzosa la posición de muchos opositores, políticos y mediáticos, pidiendo a través de distintos medios de comunicación, la intervención de los Estados Unidos en el conflicto, como “hermano mayor”, o en el último de los casos como juez “imparcial”. Si existe algo que han logrado los gobiernos reformistas de centroizquierda en la región, además de atender políticas públicas sociales con un denodado énfasis solidario, es la autonomía, el poder de decisión, la independencia política respecto de potencias mundiales como los EEUU y su política exterior intervencionista, feroz guachimán de sus conveniencias); ¿esto convierte al movimiento de protesta en fascista, como lo llaman desde el oficialismo chavista? No (existen rincones fascistas, común a todos los mapas ideológicos de los conjuntos sociales, pero el fascismo no atrapa a toda la protesta.)
El movimiento de protesta en Venezuela, integrado en su gran mayoría por las clases medias, no está cohesionado por un componente ideológico homogéneo; son distintos los motivos por los cuales se movilizan (desde que se iniciaron, hace ya más de un mes atrás, desde que escribo este artículo, las protestas ciudadanas vienen perdiendo las fuerzas con las que comenzaron; el que no cesa es el trabajo político de la oposición organizada, dentro y fuera de su nación): por un lado, están los que protestan de manera espontánea por la situación socioeconómica del país y reclaman cambios y soluciones (los principales afectados por la crisis, los ciudadanos independientes), y por el otro los que plantean la salida de Maduro y la caída del régimen (oposición radical, con sus propios intereses políticos: María Corina Machado, Leopoldo López.)  Sinesio López plantea dos estrategias en el caparazón político de la oposición (Mesa de la Unidad Democrática, MUD): la constitucional de Henrique Capriles, y la anticonstitucional de López y Machado (¿A Dónde va Venezuela? La República, 20 de febrero de 2014); en realidad, este planteamiento escapa un tanto a la coyuntura, en tanto la movilización de masas no tiene un ideario político, al menos no uno definido (si bien López y Machado tienen un objetivo político abiertamente golpista, como ellos mismos se han encargado de divulgar; el genuino movimiento de protesta ciudadano trasciende este fin), y la actuación de Capriles ha sido en realidad, en estas circunstancias (el hecho en sí), el de un actor secundario, que recién con el pasar de los días volvió a tomar protagonismo (aunque todavía se le perciba, desde la derecha radical, como blandengue); sobre todo desde la entrega de López a las autoridades.
Estas posturas, confundidas entre la protesta, hacen de este un movimiento al que no se le pueden poner etiquetas: la protesta es autentica y democrática, porque reclama a su gobierno, con distintos métodos, mejores condiciones de vida y remedio a los problemas inmediatos del país; pero a la vez, existen bloques intencionalmente golpistas que intentan direccionar a toda la protesta hacia ese rumbo, situándola en una posición antidemocrática. No son ni fascistas, ni los héroes de la libertad que intentan inventar los medios, políticos e intelectuales de derecha. Es un movimiento social literalmente aburrido de su realidad y de sus gobernantes, con ideas distintas sobre lo que quieren. Como parte de la corriente, la dirección política de la oposición, los rostros visibles de la protesta, tienen sus propios intereses, y van más allá del movimiento social de masas. Capriles, luego de su derrota en la elecciones presidenciales de 2013, tomó el camino legítimo de la oposición democrática y fortalecer su opción para las próximas consultas (visión de futuro con probabilidades de éxito, porque todo parece indicar que el chavismo no resiste una elección más), resaltando el hecho, como lo hizo en las presidenciales pasadas, de que las reformas sociales del chavismo no serán tocadas (estrategia de consenso, que ganaría a una parte importante que hoy apoya al oficialismo.) López, por el contrario, como muchos derechistas, quiere su propia revolución, exitosa o no (si fracasa en las calles, como es lo más posible que ocurra, ya ha ganado un nombre, una fama, en el escenario político nacional venezolano), que le sirva como puente al poder, aquel que el chavismo parece haber privatizado en los últimos años para su uso “personal”, y que otros anhelan. Como todo en política, el trasfondo de la crisis venezolana denota las conveniencias particulares, genuinas o no, de los actores que representan las distintas visiones de país, desde diferentes perspectivas socioeconómicas: “El problema  de Capriles, López y María Corina Machado (es)….que son pitucos” (Otra Perspectiva Sobre Venezuela, Steven Levitsky, La República, 2 de marzo de 2014.) Aunque no lo afirma explícitamente, el politólogo estadounidense deja entender en su concepto la importancia, como categoría sociológica a tomar en cuenta para entender el hecho, del factor racial (pituco), el que, dicho sea de paso, no es la primera vez que es citado por los que analizan la realidad venezolana (los testigos presenciales del escenario de dicho país resaltaron este hecho en sus crónicas de las manifestaciones partidarias durante las elecciones presidenciales del 2013.)
No es cierto que detrás de toda la oposición exista una vocación democrática. Me puedo equivocar, pero el histrionismo, la sobreactuación, la sobreexposición mediática, los objetivos golpistas (que en los casos de Leopoldo y María Corina son una reincidencia, por haber estado involucrados en el fallido golpe de Estado del 2002 contra Chávez), y sobre todo su negativa a buscar soluciones a la crisis intentando negociar políticamente con el chavismo gobernante (intentan agudizar las contradicciones hasta llevar a Venezuela a un estado de ruptura, de transformación violenta), de López y Machado hacen poco creíble su afección por la democracia. El que ha demostrado tener una verdadera vocación democrática ha sido Capriles, intentando crear espacios de consenso y apertura con el oficialismo, a fin de que cese la peligrosa violencia política que podría llevar a Venezuela, en el peor de los casos, a una guerra civil que sacrificaría y condenaría a una segura muerte ya no a decenas, como viene ocurriendo, sino a miles de venezolanos, mientras que desde New York, Madrid y París seguirían hablando, delirantes, de los “valientes venezolanos” y de las “trincheras de la libertad”. Capriles no sólo ha decidido seguir el camino de la democracia y de la sensatez, como afirmó con perspicacia en más de una oportunidad el analista internacional Farid Kahhat en TV Perú Mundo, programa de televisión en el cual participa actualmente como comentarista, sino el que le podría dar mayores réditos políticos en el mediano plazo (al gobierno de Maduro, de cierta manera, le conviene una oposición radical, intransigente y sectaria que rechace todo lo relacionado con aquel, porque eso le permitiría tener una base social solida que vería con recelo a una opción política diferente que las rechaza por precisamente estar relacionados al PSUV; en cambio, una oposición que fraternice y busque crear puentes y acuerdos con las bases sociales del chavismo, continúe con las reformas exitosas de la revolución bolivariana y proponga alternativas que mejoren las condiciones de todos los estratos socioeconómicos venezolanos, sin venganzas políticas de por medio; dejaría a un de por sí débil e ineficaz gobierno en medio del atardecer y las tinieblas.)
Al gobierno de Maduro y al chavismo dirigente sólo le quedan las reformas liberales o el suicidio político. La realidad venezolana actual es sombría. La crisis económica está derivando en una crisis social y política. El modelo socialista del siglo XXI es insostenible como paradigma de desarrollo en un sistema mundo liberal de economía de mercado (parte importante de la reinvención y modernización de las izquierdas en América del Sur está vinculado al hecho de la aceptación del liberalismo capitalista como modelo de desarrollo económico.) Si Maduro quiere salvar la revolución y los logros del socialismo venezolano (más que nada  de los que desean ver arder el Palacio de Miraflores, tal vieron arder La Moneda en 1973), tiene que por un lado, empezar hacer ajustes al modelo heredado por Chávez (apertura económica) y concesiones a la oposición política y ciudadana (alto a la las medidas de represión desproporcional, garantizar el respeto de los derechos humanos y negociación para establecer acuerdos conjuntos para afrontar la crisis); y por el otro, luchar internamente con las divisiones extremistas del chavismo militarista, y evitar la tentación de la vía dictatorial (si la facción militarista del gobierno pierde la noción de lo real empujado por la debilidad y la inoperancia de la facción civil y por la oposición intransigente e irresponsable, bota a Maduro y toma el poder, se daría comienzo a un nuevo escenario, muy distinto al actual, y eventualmente, considero, también se daría principio al último capítulo de la historia de la revolución bolivariana.)
La oposición por su parte, como unidad (y no como fracciones democrática y antidemocrática), si no cambia su plataforma de lucha (pedir la salida de Maduro) y su discurso de choque, anti (la conferencia de prensa del 21 de marzo de María Corina Machado en la OEA, demuestra que el ala radical al que representa, no quiere negociar; y si acepta, solamente será para dar inicio a una “transición hacia la democracia”, es decir, Maduro out), no podrá articular un frente de amplia base capaz de derrotar electoralmente al chavismo gobernante (a pesar del amplio respaldo mediático que tiene la protesta fuera de Venezuela, uno de los problemas más difíciles de solucionar para sus dirigentes políticos entre sus conciudadanos y las fuerzas progresistas democráticas de América Latina, es que ese movimiento social es percibido, además de golpista, como de derecha, que genera simpatías únicamente entre las derechas conservadoras latinoamericanas, las mismas que vieron con agrado a Pinochet, a la Junta Militar Argentina o a Fujimori, y cuyos ascendientes ideológicos occidentales del siglo XX contemplaron en un momento determinado con simpatía al nazismo y al fascismo como una manera de frenar la influencia del malvado ogro comunista ruso – en España el régimen fascista de Franco no fue tocado, y durante los años 70 la infausta política exterior estadounidense, por medio de la CIA, promovió dictaduras fascistas en Latinoamérica, para combatir al comunismo.) Si a Maduro le lanzan fuego, él sin ningún problema, hasta le resulta más conveniente, responderá con fuego (el extremismo de la oposición está logrando lo que la figura de Maduro no había logrado hasta entonces: cohesionar al chavismo, dirigente y social, ante un enemigo común que pareciera pretende arrebatarles todo lo que han logrado hasta el momento y regresar al pasado anterior a Chávez - se debe tener en cuenta cuál era la situación precaria, de pobreza, olvido y exclusión de la mayoría de los venezolanos antes de la llegada de Chávez al poder, para así entender el imaginario de las bases sociales del chavismo.) Empero, si por el contrario, dejando de lado los delirios revolucionarios de algunos de sus dirigentes y las derechas intelectuales del continente, le plantean ideas, razones y proyectos políticos nacionales inclusivos de centroderecha (que abracen a las masas chavistas, y que no nieguen ni confronten los logros sociales del PSUV), las izquierdas políticas venezolanas, si no tienen mayor horizonte ni paradigma que el que se está hundiendo en estos momentos en sus propias contradicciones, y peor aún si deciden defenderlo con balas y bravatas, perderán su legitimidad en la urnas y en las calles.
En el complejo escenario venezolano, donde no todo es lo que parece ser y lo que es puede no serlo tanto, existen más incertidumbres que certezas; más probabilidades que realidades; nadie puede asegurar (la Historia mucho menos), el devenir de esta circunstancia crítica y del proceso mismo que se inició en el año de 1999. Lo que sí se puede afirmar es que en estos momentos, lejos de batallas por la libertad y la democracia que algunos creen observar, de las ilusiones y los espejismos del chavismo y los delirios revolucionarios de la oposición que quieran presentar como sueños e ideales, se está llevando a cabo en Venezuela una lucha política por el poder; y como se sabe, en política no predominan las verdades ni los altruismos sin conveniencias, ni el bien ni el mal como caminos separados de existencia en permanente negación; ciertamente, en política todo converge en un claroscuro de intereses.

Lima, marzo de 2014.