Luis Enríquez Travezaño
Pasada la revolución cubana de 1959, un espectral delirio revolucionario se apoderó de las izquierdas marxistas latinoamericanas, dando inicio a una serie de experiencias guerrilleras, las cuales encontrarían un malhadado y lógico final, entre cadáveres y cenizas. Efectivamente, este delirio persiguió a las izquierdas del mundo por casi todo el siglo XX, cuyo paradigma y eje histórico sería la experiencia bolchevique en Rusia (a la que se agregaría, años más tarde, la China de Mao, y en Latinoamérica la Cuba de los Castro), cuyo derrumbe a comienzos de los años 90, así mismo, marcaría su final (tras un “breve” lapso de tiempo, muchas de las izquierdas latinoamericanas no sólo abandonaron sus afanes revolucionarios, sino que se reinventaron política e ideológicamente y lograron llegar al poder, cual ironía, democráticamente.)
Pasada la revolución cubana de 1959, un espectral delirio revolucionario se apoderó de las izquierdas marxistas latinoamericanas, dando inicio a una serie de experiencias guerrilleras, las cuales encontrarían un malhadado y lógico final, entre cadáveres y cenizas. Efectivamente, este delirio persiguió a las izquierdas del mundo por casi todo el siglo XX, cuyo paradigma y eje histórico sería la experiencia bolchevique en Rusia (a la que se agregaría, años más tarde, la China de Mao, y en Latinoamérica la Cuba de los Castro), cuyo derrumbe a comienzos de los años 90, así mismo, marcaría su final (tras un “breve” lapso de tiempo, muchas de las izquierdas latinoamericanas no sólo abandonaron sus afanes revolucionarios, sino que se reinventaron política e ideológicamente y lograron llegar al poder, cual ironía, democráticamente.)
Curiosamente, estos delirios revolucionarios parecen afectar ahora
a “nuestras” derechas, desde que se inició la situación de crisis en Venezuela.
Secciones de la derecha no sólo alientan las protestas contra el régimen de
Maduro, y solicitan condenas de parte de gobiernos vecinos y organismos
internacionales contra la represión sufrida por los protestantes, sino que
reclaman, bramando, la caída del chavismo incapaz, corrupto y criminal (resulta
poco convincente, y hasta ridícula, la actuación de una gran parte de las
derechas peruanas que se indignan hasta el rubor y claman por el fin de la
“dictadura” chavista, cuando años atrás, en las elecciones presidenciales del
2011, con total desparpajo estuvieron a punto de entregarle el gobierno del
país a los representantes de la dictadura fujimorista de los años 90.) En donde
existe, valgan verdades, una protesta legítima de un sector de la población
venezolana por la deplorable realidad económica y social de su país, las
derechas “revolucionarias” observan….”Trincheras
de la libertad” en las que además de universitarios y escolares, hay obreros,
amas de casa, empleados, profesionales, una ola popular.… (Mario Vargas
Llosa, La Libertad en las Calles, La República, 9 de marzo de 2014.*) Lo cual,
dista mucho de la realidad venezolana, repleta de grises que muchas veces dejan
ver sólo superficialidades, apariencias, determinadas por el ángulo desde el cual
son observadas desde el exterior; porque ni Nicolás Maduro es un dictador, ni
la protesta es fascista; ni el gobierno es tan democrático, ni la oposición los
inmaculados y heroicos luchadores de la libertad.
Primero que nada, resulta oportuno mencionar que, lo de Maduro es
indefendible (en relación, aparte de ser ideológico y acrítico, el comunicado del
21 de febrero de las izquierdas peruanas reunidas en el Frente Amplio, que
busca ser un espejo de la experiencia uruguaya: Frente Amplio frente a la situación en Venezuela, constituye un error de táctica política, en
tanto una defensa del gobierno del Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV,
no genera réditos, ganancias políticas en un escenario nacional en donde el
chavismo no es visto con agrado ni simpatía; es impopular - decisiones
como estás son las que hacen que las
izquierdas bordeen el 1% de los votos en los comicios, o emprendan aventuras
electorales con candidatos “alquilados”, para que luego, una vez en el poder,
estos les den, como escribió en una oportunidad César Hildebrandt, una “patada
en el culo”); no es, desde ningún punto de vista razonable (existen otros,
ligados a la insensatez y a la ideología), un gobierno que haya colmado las
expectativas de su población, y todo lo que eso implica: satisfacción de las
necesidades básicas de los diferentes estratos sociales por medio de la
aplicación de políticas públicas sociales y económicas (la grave crisis
económica, la escasez y el levantamiento de las clases medias son la prueba
fehaciente de esto); y mucho menos aún, un gobierno que, al menos hasta el
momento, intente aplicar políticas que creen consensos con los indignados de
Venezuela; muy por el contrario, el oficialismo chavista devela sus rasgos
autoritarios (autoritarismo inherente al populismo de izquierda instaurado por Hugo
Chávez), y a través de los órganos de represión del Estado (policial, militar
y, en este caso particular, jurídico) intenta silenciar la protesta y el
hartazgo de una parte de su población. Una vez mencionado esto, puedo afirmar
que, Maduro, aunque políticamente torpe, bravucón y en muchas oportunidades
imprudente, no es un ningún dictador (ni lo fue Chávez en su momento), ni el problema
de Venezuela; Maduro, como principal representante del chavismo, ha heredado un
sistema ya constituido, un modelo forjado desde fines de los años 90 (modelo
que, si no ha colapsado ya, está a punto de hacerlo.) El populismo autoritario
de izquierda construido por Chávez, aunque lo parezca, no es una dictadura (el
hecho de copar y controlar las principales instituciones públicas responde,
aunque taimada y tramposa, a una
política de Estado, para así llevar a cabo y consolidar sus reformas económicas
y sociales; y en el transcurso de ese esfuerzo acabó por controlar los medios
de comunicación que se le oponían de forma intolerante y obcecada, lo que puede
ser visto como un error político o no del chavismo, dependiendo de la perspectiva
desde la cual se la enfoque), por el hecho de que tiene un origen democrático, el
cual nunca fue interrumpido; Maduro llegó al poder vía elecciones, al igual que
Chávez (muchos analistas se esfuerzan en comparar a Venezuela con el Perú de
Fujimori, olvidando el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, lo que conllevó
a una situación de ilegalidad del país y a la ruptura del orden democrático,
hasta su caída en el año 2000; este hecho es la principal diferencia entre
estos 2 contextos, por demás no comparables por ser realidades distintas.)
Nunca se dejaron de celebrar procesos electorales (aunque, es justo comentarlo, tal como lo observó el Centro
Carter en su Informe Preliminar sobre las últimas elecciones presidenciales, en
condiciones injustas para la oposición, por el uso de recursos del Estado para
fines proselitistas, a lo que se aúna el control de las entidades públicas por
parte del chavismo), lo que permitió que nunca perdiera su legitimidad como
gobierno, ante la mayoría de su población y de la comunidad latinoamericana. Y
está legitimidad, más que el respaldo de las instituciones policiales y
militares y el de poseer un brazo armado (los llamados: Colectivos chavistas,
como por ejemplo, Los Tupamaros), es precisamente la fuerza del gobierno de
Maduro en este contexto de crisis. Sin un resultado a favor en las últimas
elecciones, el respaldo de un sector importante de la población (el mismo que
llevó a Chávez al poder en 1999) y de
las democracias del continente, la cúpula del PSUV sería sencillamente
insostenible. No hay manera de sostener un gobierno de estas características
sin el respaldo de su población en su mayoría (cuando pierda este respaldo, el
chavismo será derrotado como fuerza política.) Por esta misma razón, no es
posible, como vocifera la oposición, que Venezuela esté en camino de
convertirse en una segunda Cuba; aparte de la evidente diferencia de contextos
históricos (errores que se suelen cometer en pos de subjetividades ideológicas
absolutas), el chavismo “cubano” necesitaría, al menos, mínimo, el respaldo de
más del 75 % de su población para intentar tomar este, por demás anacrónico,
camino. Como esto no se condice con la realidad, no sería serio plantear por
parte del gobierno, tal no lo es por el lado de la oposición, menos aún con
argumentos como: María Corina Machado
contaba que…. (Entrevista a Álvaro Vargas Llosa, El Comercio, 30 de marzo
de 2014); una ruta cubana como posibilidad. Esta injerencia e influencia cubana
en el chavismo (que existe, pero no hasta el punto de ser mandato en el
gobierno bolivariano) que denuncia la oposición “revolucionaria”, pienso, está
más ligada a una, audaz eso sí, estrategia política que intentaría apelar a la
reacción del nacionalismo, el patriotismo y la identidad llanera de las
estructuras mentales de su colectividad, ante una posible intervención
extranjera, para así alinearlos en su lucha contra Maduro (de la misma forma,
el oficialismo utiliza como dispositivo verbal de defensa al “imperio yanqui”,
el cual, en honor a la verdad, sí se interesa por Venezuela, al punto de haber
apoyado en el año 2002 el golpe de Estado contra Hugo Chávez, tal como lo
reseña el documental de 2009: South of
the Border, de Oliver Stone; no obstante no lo suficiente ni con la misma
intensidad desde el fin del mandato de George W. Bush, como pretende el
discurso del PSUV.)
El chavismo, a manera de proyecto político ha conseguido en su
transcurso importantes logros a través de, como reflexionó el presidente de
Uruguay José Mujica en una entrevista concedida a CNN en 2012, discutibles pero
efectivos métodos: “Lo admiro (el
socialismo del siglo XXI), pero no es el camino que yo elegiría….Cuando pase
Chávez habrá un montón, millones de venezolanos que vivían en la miseria que
van a estar viviendo un poco mejor….”; y políticas sociales que han
cambiado para siempre la historia de su país (las más significativas son la
reducción de la desigualdad y la pobreza, por entre del otorgamiento de derechos
ciudadanos y permitiéndoles el acceso a servicios básicos de bienestar, como
salud, educación y vivienda); sin embargo, su carácter autoritario, su modelo
de desarrollo estatista (sostenido por la exportación del petróleo, y que se
encuentra en crisis en la actualidad), la burocratización, el envilecimiento y
la corrupción de funcionarios producido por sus años como gobierno (situación
inevitable, generado por los mecanismos del poder, que corrompe a sus
componentes mientras más tiempo estén en sus fauces); y el fallecimiento de su
caudillo e imagen principal del régimen, Hugo Chávez, están provocando su
quiebre, y parece derrumbarse (probablemente, su destino inexorable en unos
cuantos años más.) Los autoritarismos de este tipo, sean de izquierda o de
derecha, si bien logran, si esa es su intención, cambios importantes para la
población en un determinado momento, tienen fecha de caducidad, y en muchos
casos no logran que dichas transformaciones se institucionalicen socialmente
(el éxito de la instauración de la economía de mercado en los casos
particulares de Chile en los años 70 y en Perú en los 90, impuestas por sendas
dictatoriales, determinó que estas transformaciones sí se institucionalizaran),
y tienden a desaparecer junto al régimen, o sufren retrocesos provocados por
los nuevos gobiernos contrarios al anterior.
Este populismo autoritario, legitimado democráticamente, como lo
acabamos de ver, no es una dictadura, ni mucho menos; por lo que un movimiento
social y mediático de protesta dirigido a sacar a Maduro y al PSUV del
gobierno, no sería solamente un error de cálculo político; también sería una más
que evidente intención golpista antidemocrática, una transgresión del Estado de
derecho; entonces, ¿por qué, desde distintos espacios de la oposición, interior
y exterior, se insiste tanto con la posibilidad de tumbar a Maduro, y con este
al chavismo, hasta llegar a los extremos de la histeria? (resulta vergonzosa la
posición de muchos opositores, políticos y mediáticos, pidiendo a través de
distintos medios de comunicación, la intervención de los Estados Unidos en el
conflicto, como “hermano mayor”, o en el último de los casos como juez
“imparcial”. Si existe algo que han logrado los gobiernos reformistas de
centroizquierda en la región, además de atender políticas públicas sociales con
un denodado énfasis solidario, es la autonomía, el poder de decisión, la
independencia política respecto de potencias mundiales como los EEUU y su
política exterior intervencionista, feroz guachimán de sus conveniencias);
¿esto convierte al movimiento de protesta en fascista, como lo llaman desde el
oficialismo chavista? No (existen rincones fascistas, común a todos los mapas
ideológicos de los conjuntos sociales, pero el fascismo no atrapa a toda la
protesta.)
El movimiento de protesta en Venezuela, integrado en su gran
mayoría por las clases medias, no está cohesionado por un componente ideológico
homogéneo; son distintos los motivos por los cuales se movilizan (desde que se
iniciaron, hace ya más de un mes atrás, desde que escribo este artículo, las
protestas ciudadanas vienen perdiendo las fuerzas con las que comenzaron; el
que no cesa es el trabajo político de la oposición organizada, dentro y fuera
de su nación): por un lado, están los que protestan de manera espontánea por la
situación socioeconómica del país y reclaman cambios y soluciones (los
principales afectados por la crisis, los ciudadanos independientes), y por el
otro los que plantean la salida de Maduro y la caída del régimen (oposición
radical, con sus propios intereses políticos: María Corina Machado, Leopoldo
López.) Sinesio López plantea dos
estrategias en el caparazón político de la oposición (Mesa de la Unidad Democrática,
MUD): la constitucional de Henrique Capriles, y la anticonstitucional de López
y Machado (¿A Dónde va Venezuela? La República, 20 de febrero de 2014); en
realidad, este planteamiento escapa un tanto a la coyuntura, en tanto la
movilización de masas no tiene un ideario político, al menos no uno definido
(si bien López y Machado tienen un objetivo político abiertamente golpista,
como ellos mismos se han encargado de divulgar; el genuino movimiento de
protesta ciudadano trasciende este fin), y la actuación de Capriles ha sido en
realidad, en estas circunstancias (el hecho en sí), el de un actor secundario,
que recién con el pasar de los días volvió a tomar protagonismo (aunque todavía
se le perciba, desde la derecha radical, como blandengue); sobre todo desde la
entrega de López a las autoridades.
Estas posturas, confundidas entre la protesta, hacen de este un
movimiento al que no se le pueden poner etiquetas: la protesta es autentica y
democrática, porque reclama a su gobierno, con distintos métodos, mejores
condiciones de vida y remedio a los problemas inmediatos del país; pero a la
vez, existen bloques intencionalmente golpistas que intentan direccionar a toda
la protesta hacia ese rumbo, situándola en una posición antidemocrática. No son
ni fascistas, ni los héroes de la libertad que intentan inventar los medios,
políticos e intelectuales de derecha. Es un movimiento social literalmente
aburrido de su realidad y de sus gobernantes, con ideas distintas sobre lo que
quieren. Como parte de la corriente, la dirección política de la oposición, los
rostros visibles de la protesta, tienen sus propios intereses, y van más allá
del movimiento social de masas. Capriles, luego de su derrota en la elecciones presidenciales
de 2013, tomó el camino legítimo de la oposición democrática y fortalecer su
opción para las próximas consultas (visión de futuro con probabilidades de
éxito, porque todo parece indicar que el chavismo no resiste una elección más),
resaltando el hecho, como lo hizo en las presidenciales pasadas, de que las
reformas sociales del chavismo no serán tocadas (estrategia de consenso, que
ganaría a una parte importante que hoy apoya al oficialismo.) López, por el
contrario, como muchos derechistas, quiere su propia revolución, exitosa o no
(si fracasa en las calles, como es lo más posible que ocurra, ya ha ganado un
nombre, una fama, en el escenario político nacional venezolano), que le sirva
como puente al poder, aquel que el chavismo parece haber privatizado en los
últimos años para su uso “personal”, y que otros anhelan. Como todo en
política, el trasfondo de la crisis venezolana denota las conveniencias
particulares, genuinas o no, de los actores que representan las distintas visiones
de país, desde diferentes perspectivas socioeconómicas: “El problema de Capriles, López y
María Corina Machado (es)….que son pitucos” (Otra Perspectiva Sobre
Venezuela, Steven Levitsky, La República, 2 de marzo de 2014.) Aunque no lo
afirma explícitamente, el politólogo estadounidense deja entender en su concepto
la importancia, como categoría sociológica a tomar en cuenta para entender el
hecho, del factor racial (pituco), el que, dicho sea de paso, no es la primera
vez que es citado por los que analizan la realidad venezolana (los testigos
presenciales del escenario de dicho país resaltaron este hecho en sus crónicas de
las manifestaciones partidarias durante las elecciones presidenciales del 2013.)
No es cierto que detrás de toda la oposición exista una vocación
democrática. Me puedo equivocar, pero el histrionismo, la sobreactuación, la
sobreexposición mediática, los objetivos golpistas (que en los casos de Leopoldo
y María Corina son una reincidencia, por haber estado involucrados en el
fallido golpe de Estado del 2002 contra Chávez), y sobre todo su negativa a
buscar soluciones a la crisis intentando negociar políticamente con el chavismo
gobernante (intentan agudizar las contradicciones hasta llevar a Venezuela a un
estado de ruptura, de transformación violenta), de López y Machado hacen poco
creíble su afección por la democracia. El que ha demostrado tener una verdadera
vocación democrática ha sido Capriles, intentando crear espacios de consenso y
apertura con el oficialismo, a fin de que cese la peligrosa violencia política
que podría llevar a Venezuela, en el peor de los casos, a una guerra civil que
sacrificaría y condenaría a una segura muerte ya no a decenas, como viene
ocurriendo, sino a miles de venezolanos, mientras que desde New York, Madrid y
París seguirían hablando, delirantes, de los “valientes venezolanos” y de las “trincheras
de la libertad”. Capriles no sólo ha decidido seguir el camino de la democracia
y de la sensatez, como afirmó con perspicacia en más de una oportunidad el
analista internacional Farid Kahhat en TV Perú Mundo, programa de televisión en
el cual participa actualmente como comentarista, sino el que le podría dar
mayores réditos políticos en el mediano plazo (al gobierno de Maduro, de cierta
manera, le conviene una oposición radical, intransigente y sectaria que rechace
todo lo relacionado con aquel, porque eso le permitiría tener una base social
solida que vería con recelo a una opción política diferente que las rechaza por
precisamente estar relacionados al PSUV; en cambio, una oposición que
fraternice y busque crear puentes y acuerdos con las bases sociales del
chavismo, continúe con las reformas exitosas de la revolución bolivariana y proponga alternativas que mejoren las
condiciones de todos los estratos socioeconómicos venezolanos, sin venganzas
políticas de por medio; dejaría a un de por sí débil e ineficaz gobierno en
medio del atardecer y las tinieblas.)
Al gobierno de Maduro y al chavismo dirigente sólo le quedan las
reformas liberales o el suicidio político. La realidad venezolana actual es
sombría. La crisis económica está derivando en una crisis social y política. El
modelo socialista del siglo XXI es
insostenible como paradigma de desarrollo en un sistema mundo liberal de
economía de mercado (parte importante de la reinvención y modernización de las
izquierdas en América del Sur está vinculado al hecho de la aceptación del
liberalismo capitalista como modelo de desarrollo económico.) Si Maduro quiere
salvar la revolución y los logros del
socialismo venezolano (más que nada de
los que desean ver arder el Palacio de Miraflores, tal vieron arder La Moneda
en 1973), tiene que por un lado, empezar hacer ajustes al modelo heredado por
Chávez (apertura económica) y concesiones a la oposición política y ciudadana (alto
a la las medidas de represión desproporcional, garantizar el respeto de los
derechos humanos y negociación para establecer acuerdos conjuntos para afrontar
la crisis); y por el otro, luchar internamente con las divisiones extremistas
del chavismo militarista, y evitar la tentación de la vía dictatorial (si la
facción militarista del gobierno pierde la noción de lo real empujado por la debilidad
y la inoperancia de la facción civil y por la oposición intransigente e
irresponsable, bota a Maduro y toma el poder, se daría comienzo a un nuevo
escenario, muy distinto al actual, y eventualmente, considero, también se daría
principio al último capítulo de la historia de la revolución bolivariana.)
La oposición por su parte, como unidad (y no como fracciones
democrática y antidemocrática), si no cambia su plataforma de lucha (pedir la
salida de Maduro) y su discurso de choque, anti (la conferencia de prensa del
21 de marzo de María Corina Machado en la OEA, demuestra que el ala radical al
que representa, no quiere negociar; y si acepta, solamente será para dar inicio
a una “transición hacia la democracia”, es decir, Maduro out), no podrá
articular un frente de amplia base capaz de derrotar electoralmente al chavismo
gobernante (a pesar del amplio respaldo mediático que tiene la protesta fuera
de Venezuela, uno de los problemas más difíciles de solucionar para sus
dirigentes políticos entre sus conciudadanos y las fuerzas progresistas democráticas
de América Latina, es que ese movimiento social es percibido, además de
golpista, como de derecha, que genera simpatías únicamente entre las derechas conservadoras
latinoamericanas, las mismas que vieron con agrado a Pinochet, a la Junta
Militar Argentina o a Fujimori, y cuyos ascendientes ideológicos occidentales del
siglo XX contemplaron en un momento determinado con simpatía al nazismo y al
fascismo como una manera de frenar la influencia del malvado ogro comunista ruso – en España el régimen fascista de
Franco no fue tocado, y durante los años 70 la infausta política exterior
estadounidense, por medio de la CIA, promovió dictaduras fascistas en
Latinoamérica, para combatir al comunismo.) Si a Maduro le lanzan fuego, él sin
ningún problema, hasta le resulta más conveniente, responderá con fuego (el
extremismo de la oposición está logrando lo que la figura de Maduro no había
logrado hasta entonces: cohesionar al chavismo, dirigente y social, ante un
enemigo común que pareciera pretende arrebatarles todo lo que han logrado hasta
el momento y regresar al pasado anterior a Chávez - se debe tener en cuenta cuál
era la situación precaria, de pobreza, olvido y exclusión de la mayoría de los
venezolanos antes de la llegada de Chávez al poder, para así entender el
imaginario de las bases sociales del chavismo.) Empero, si por el contrario,
dejando de lado los delirios revolucionarios de algunos de sus dirigentes y las
derechas intelectuales del continente, le plantean ideas, razones y proyectos políticos
nacionales inclusivos de centroderecha (que abracen a las masas chavistas, y
que no nieguen ni confronten los logros sociales del PSUV), las izquierdas políticas
venezolanas, si no tienen mayor horizonte ni paradigma que el que se está
hundiendo en estos momentos en sus propias contradicciones, y peor aún si
deciden defenderlo con balas y bravatas, perderán su legitimidad en la urnas y
en las calles.
En el complejo escenario venezolano, donde no todo es lo que
parece ser y lo que es puede no serlo tanto, existen más incertidumbres que
certezas; más probabilidades que realidades; nadie puede asegurar (la Historia
mucho menos), el devenir de esta circunstancia crítica y del proceso mismo que
se inició en el año de 1999. Lo que sí se puede afirmar es que en estos
momentos, lejos de batallas por la libertad y la democracia que algunos creen
observar, de las ilusiones y los espejismos del chavismo y los delirios
revolucionarios de la oposición que quieran presentar como sueños e ideales, se
está llevando a cabo en Venezuela una lucha política por el poder; y como se
sabe, en política no predominan las verdades ni los altruismos sin
conveniencias, ni el bien ni el mal como caminos separados de existencia en
permanente negación; ciertamente, en política todo converge en un claroscuro de
intereses.
Lima, marzo de 2014.
Lima, marzo de 2014.