miércoles, 11 de julio de 2012

EL ENCANTO DEL FUJIMORISMO

Luis Enríquez Travezaño

El fascismo acriollado encanta. Encantó a la mayoría de los peruanos en la elección presidencial de 1995, y a una gran parte de ellos en la del 2011 (la elección de 1990, que viene  ser la primera que ganó el fujimorismo, no fue sólo el resultado del apoyo prístino y lúdico obtenido sino que a este se aunó la emboscada que le tendieron, y que fue determinante para la victoria de Alberto Fujimori, el aprismo y las izquierdas a Mario Vargas Llosa, boicoteando su candidatura, y en la elección del 2000, la tercera que ganó Alberto, existieron suficientes indicios de fraude que deslegitimaron dicho proceso, de tal forma que en noviembre de ese mismo año Alberto huye del país, renuncia desde Japón, Valentín Paniagua asume como gobernante de transición, y se convoca elecciones para el 2001), a los poderes fácticos y mediáticos, a Steven Levitsky y Fernando Rospigliosi, y a Ollanta Humala.

El fujimorismo encantó al pueblo peruano. Embelesó a los electores peruanos en 1995 y 2011, y estos, al darle su respaldo, legitimaron al fascismo (definición de Mario Vargas Llosa) acriollado (agrego, para diferenciarlo del viejo fascismo europeo y latinoamericano. El nacional tiene características particulares).
Aunque sería injusto no tomar en cuenta el contexto de 1995 (auge de la creación mítica fujimorista: derrota del terrorismo e inicio del progreso económico), no se puede negar el hecho de que, en dicha elección, se legitimó, con la anuencia de la mayoría de los peruanos, definitivamente el golpe de Estado de 1992 (año en el cual se inició aquel proceso con la conformación del Congreso Constituyente Democrático y, un año más tarde, con la aprobación de la nueva constitución), y el modelo antidemocrático de desarrollo instituido.
Si la elección de 1995 es, hasta cierto punto, comprensible por la situación (paz, luego de una década trágica provocada por la rebelión de Sendero Luminoso y la respuesta del órgano militar y policial represor del Estado, estabilidad económica, luego de la crisis extrema causada por el gobierno de Alan García, y desconocimiento de los actos delictivos que ya se habían cometido y de los que se iban a cometer), la elección del 2011 no tiene parangón.
A pesar del público conocimiento de todas las transgresiones del fascismo acriollado como gobierno, desde la destrucción de la democracia hasta la devastación moral del país, su principal representante en prisión, y saberse que como movimiento político encarna una opción autoritaria, 48% del electorado le brindó su respaldo, legitimando así, nuevamente, al fujimorismo como fuerza política ante la sociedad.
Pero, a diferencia de 1995, cuya legitimidad obtenida fue producto de su masivo apoyo popular a sus políticas, en 2011 lo hizo por entre los poderes fácticos y mediáticos, los cuales utilizaron todos los recursos que le fueron posibles para dar apertura a un segundo fujimorismo, y así evitar también el triunfo del reformismo (hasta ese momento) nacionalista. Si bien no lograron su objetivo principal (en lo que seguramente será recordado como una jugada maestra del ajedrez electoral nacional, los asesores de Ollanta aprovecharon el debate, que se efectuó una semana antes del segundo sufragio y así provocar un mayor impacto, para lanzar la denuncia sobre el caso de las esterilizaciones forzadas llevadas a cabo por la dictadura, de la cual fue Primera Dama la candidata fujimorista en competencia, quien hasta ese momento lideraba las preferencias electorales. Este movimiento no sólo conmocionó a la opinión pública, sino también  jaqueó al fascismo y le significó la victoria al nacionalismo), su tarea de legitimización política y social del fascismo acriollado tuvo éxito. Para tal logro fue clave el apoyo que le brindaron, en su gran mayoría, como instrumentos vinculantes con la sociedad, los canales de televisión y radio, la prensa escrita, el gobierno de turno, los empresarios, las derechas políticas,  personajes famosos del medio farandulero y deportivo local.
Y los intelectuales.

A Steven Levitsky el fujimorismo no lo encantó. Lo engañó. Le hizo creer que es el aprismo del siglo xxi (tesis, compartida por Carlos Meléndez, expuesta en una entrevista para un programa de televisión durante la coyuntura electoral de 2011. En los artículos sobre el fujimorismo atenuara esta afirmación, así como lo hará con otras sugeridas en los mismos). Como lo mencioné en Los Herederos (Bloch Jones, 7 de mayo de 2012), tal comparación es un despropósito.
El fascismo acriollado también le hizo creer que es ideológico, místico, militante, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la democracia (tesis planteadas en los artículos, publicados en el diario La República: La Derecha y la Democracia, 5 de febrero de 2012, Construcción de Partidos y la Paradoja del Fujimorismo, 19 de febrero de 2012, Los Dilemas del Fujimorismo, 4 de marzo de 2012).
El fujimorismo ideológico no existe como un conjunto de ideas por su cultura caudillista y  pragmática. Todo se reduce al líder. Durante la elección de 2011, el discurso público de Keiko Fujimori estaba relacionado directamente con su padre (evocación, reivindicación, y deseo de liberación). El mito fujimorista, lo que Steven considera el cimento ideológico: la victoria sobre Sendero Luminoso, la “persecución” al líder y, a los cuales añado, el progreso económico, está unido al proceder, la “genialidad”, y el sufrimiento del caudillo.
El fujimorismo místico es una tradición inventada no exclusiva. Todas las agrupaciones políticas, desde su propia perspectiva histórica, tienen mística. Acción Popular tiene mística, al igual que el Partido Popular Cristiano, y mucho más aún los partidos comunista y aprista. Hasta un novel Perú Posible podría reclamar mística, construirla, en fin, imaginarla.
El fujimorismo militante es inestable en sus bases sociales cimentadas con políticas asistencialistas. Si estas políticas son redirigidas por un nuevo caudillo, el basamento social del fujimorismo se perdería. La eliminación del Programa Nacional de Asistencia alimentaria, Pronaa, y la creación de Qali Warma, al parecer, van en este sentido.
El fujimorismo como posible partido que fortalezca la democracia es un absurdo. El fujimorismo es anti-partido, fue concebido como tal, es su naturaleza,  casi su razón de existir, por su cultura, al igual que en el supuesto ideológico, caudillista y pragmática. No podría fortalecer la democracia por su esencia antidemocrática. La democratización del fujimorismo significaría su desaparición.
El fujimorismo sin Fujimori no existe.
No tiene una identidad, un nombre propio, nunca lo ha tenido, que no esté vinculado con Alberto. No gana elecciones (Martha Chávez en la elección presidencial de 2006 sólo obtuvo 7%, con lo cual ni siquiera logró alcanzar el promedio del voto fujimorista: 20%, promedio que, dicho sea de paso, le bastó a Keiko para disputar la segunda vuelta del último curso electoral), ni legitimidad social (se puede pensar que quien obtuvo la legitimización en 2011 fue Keiko, y no Alberto. Es más, algunos analistas observaron cualidades de buena candidata, presidenciable, en ella. En realidad quien logró legitimar al fascismo acriollado no fue Keiko, fue Fujimori. Lo simbólico. Si Keiko se apellidaría Raffo, Cuculiza, Salgado, Montesinos, Cipriani, Alcorta, o Bayly, lo más probable es que no hubiera tenido éxito).
El caso de Steven no es uno de simpatías ni de subjetividades analíticas (él mismo se encargó de aclararlo en el artículo: Los Dilemas del Fujimorismo), tampoco de desconocimiento del tema (politólogo estadounidense que desde hace muchos años atrás estudia la realidad nacional y el fenómeno fujimorista-él y Lucan Way le dieron un enfoque particular al gobierno de Alberto denominándolo, para diferenciarlo de otros sucesos análogos: Autoritarismo Competitivo),ni mucho menos, claro está, de falta de capacidad, la cual es indudable por sus conocimientos y su prestigio.
Es simplemente, considero, una apreciación desacertada.
Por el contrario, a Fernando Rospigliosi el fujimorismo no lo engañó. Lo encantó. Sólo así se puede explicar su artículo: Sin Montesinos (La República, 8 de mayo de 2011), en el cual fundamentó las razones por las cuales Keiko sería una alternativa a considerar.
El artículo es una toma de posición. Una de las muchas que se dieron durante el contexto electoral. Al igual que Fernando, Mario Vargas Llosa lo hizo con: Retorno a la Dictadura, no (El País, 24 de abril de 2011), o César Hildebrandt con: Votar por Humala (Hildebrandt en sus Trece, 3 de junio de 2011). Pero, a diferencia de aquel, Mario y César lo hicieron por principios y con razones sólidas. Las razones de Fernando fueron inconsistentes (argüir, en síntesis, que Keiko no representaba al fascismo acriollado, no es argumentar. Es mentir, por cálculo político. Sólo alguien con un absoluto desconocimiento del tema referido podría haber hecho tal afirmación con convicción. Fernando no es una de esas personas), y sus principios olvidados (debes olvidarte de tus principios y de tu integridad como persona, como profesional, como intelectual, como demócrata, para apoyar a la agrupación política que destruyó al país y que cometió toda una serie de delitos en los cuales también está involucrada la hija de Alberto).
Sin Montesinos es político y panfletario. Analíticamente subjetivo. Expresa los deseos conscientes e inconscientes del autor, y su mentalidad. El artículo es casi una mala ficción. Casi, porque en la parte final, refiriéndose a Ollanta (en realidad la cita refiere un engaño muy distinto al que se iba a perpetrar. Es un presagio involuntario), escribe lo siguiente: “Se ha disfrazado para aparentar algo que no es.”
Y tenía razón.

El fujimorismo está encantando a Ollanta Humala. Su gobierno se está acercando peligrosamente al fascismo. Criminaliza y reprime con violencia la protesta social y ciudadana, representa y defiende los intereses de los poderes fácticos y económicos.
Atenta contra la democracia.
Analistas diversos muestran su preocupación por el hecho de que Ollanta se “parezca”, día a día, cada vez más a Alberto, y temen un golpe de Estado como el de 1992. Sinesio López les responde que éste sería innecesario por redundante. Las derechas, según él, ya han ejecutado un “golpe blanco” y han tomado el poder (Sicarios Ayer y Turiferarios Hoy, La República, 17 de junio de 2012). Discrepo con ambas hipótesis. Comparar la situación de 1992 con la actual, sin tomar en cuenta las situaciones históricas, es una equivocación. Y proponer, con razón, un “golpe blanco” de las derechas, es soslayar responsabilidades propias y ajenas.
El que ha vulnerado la, ya de por sí frágil, democracia es Ollanta.
El incumplimiento, y olvido, de sus promesas electorales transgrede la democracia. Por supuesto que las derechas también son responsables de éste atentado. Los representantes del poder económico, y sus operadores mediáticos, lo propiciaron y alentaron. Hacer esto, es demostrar que a ellas no les interesa la democracia. Pero, el que decidió y consumó esta contravención, desmontando la puesta en escena de su campaña electoral, fue Ollanta.
Y los que lo ayudaron a vulnerar la democracia fueron las izquierdas.
Estas (Ciudadanos por el Cambio, de la que es parte Sinesio, fue la principal agrupación que refrendó a Humala), como herramienta política del nacionalismo plebiscitario, a estas alturas ya defenestradas del nacionalismo gobernante, son responsables por pragmatismo. Éste los indujo apostar por un advenedizo, por su capital socio-electoral, en vez de hacerlo por la construcción de un proyecto político propio de corto (circunstancial, plebiscitario) y largo (institucional) plazo. Esta malhadada aventura los ha obligado esbozar un proyecto político unitario, inspirado en el Frente Amplio uruguayo, por el momento indefinido y, según Levitsky, caracterizando a las izquierdas nacionales, sin fortaleza, débil: “Como ha señalado Eduardo Dargent, la izquierda peruana es muy débil. De hecho, es una de las más débiles de América Latina (junto con Guatemala, Panamá y Paraguay). Los partidos de izquierda son casi inexistentes.”(El Fantasma de la Izquierda, La República, 24 de junio de 2012). Por su parte, César Hildebrandt propone sin entusiasmo ni fe, como primer paso antes de intentar construir un proyecto, la autocrítica (Patada en el Culo, Hildebrandt en sus Trece, 27 de enero de 2012). Adhiero y estoy de acuerdo con ambas apreciaciones. Con lo único que estoy en desacuerdo es que se siga nombrando partido a los que no lo son. Partido, en el escenario nacional, no es un nombre propio, es un apodo. Un alias. Los partidos políticos, como instituciones, en el Perú, sencillamente, no existen.
Políticos, empresarios, periodistas, ayayeros varios, del fascismo acriollado, engatusan a Ollanta y, desde que “Conga va” (palabras emblemáticas que significaron el viraje del gobierno hacia la derecha, y por las cuales personajes como Aldo Mariátegui, Cecilia Valenzuela, Cecilia Blume,  más que opositores acérrimos, enemigos no declarados de Ollanta hasta antes de ser pronunciadas, le brindaran su apoyo y sus halagos), él está fascinado.
Heredero de Alan (Los Herederos),  encantado por Alberto (encanto limitado. Humala tiene sus propios apetitos. Por el momento ha empezado a crear los aparatos de asistencia social que le permitan establecer relaciones clientelares con los sectores populares), Ollanta es el reflejo del Perú.
Es el espejo de una ficción kafkiana.

Estamos atrapados en una novela de Kafka. Fascistas legitimados por el poder y la sociedad política (derechas) y ciudadana (el Perú “incluido”, la “mitad” del país), intelectuales, consciente o inconscientemente, al servicio de aquellos, un presidente, que engañó a propios y ajenos, y tal vez hasta a él mismo, con falsas promesas de cambio (la gran transformación pasó a ser, post Conga y nombramiento de Óscar Valdés como Premier, una gran estafa adornada con la hoja de ruta), enajenado por el fujimorismo, todos reunidos en un país cuya realidad a la vez que indica una aparente modernidad (pensar en esto, cuando los pilares de un país moderno, que son la educación y la salud, están en crisis permanente, cuando las instituciones públicas son precarias, cuando un tercio de la población vive en pobreza y pobreza extrema, cuando sus gobernantes vulneran la democracia y los derechos humanos, laborales, y sociales, de sus gobernados, cuando la desigualdad, la discriminación, el racismo, la injusticia, la corrupción, la inmoralidad, imperan en las relaciones sociales en sus ámbitos público y privado, es una paradoja), y progreso económico (excluyente, que sólo beneficia al Perú “incluido”. El término, en política, inclusión, en parte gracias al gobierno nacionalista que lo ha desvirtuado, se puede prestar a confusión. El Perú excluido no busca ser incluido. Busca ser respetado. El ideal es, o debería serlo, sin incluidos ni excluidos, la igualdad), también anacronismo e inercia cultural y mental, podría ser una ficción, sombría y genial como El Proceso, escrita por Franz. Lo infausto es que no es una ficción.
Es la realidad peruana.
Peruanos exigen (a veces con formas inadecuadas y grotescas) una minería responsable con el medio ambiente y respetuosa de los derechos de las personas, y otros peruanos les responden que eso es detener el progreso y la marcha inexorable hacia el primer mundo (lo cual me hace recordar a las izquierdas del siglo xx que pensaban lo mismo del socialismo). Peruanos exigen que se respeten la vida y las diferencias culturales y de pensamiento, y otros peruanos reclaman represión, sin importar que esta pueda llegar a ser brutal y asesina (17 muertos por protestar, denuncias de tortura y agresión física y psicológica contra manifestantes anti-Conga y activistas pro derechos humanos en Cajamarca, violencia desmedida, normada en el segundo gobierno de García, contra protestantes en Espinar), de toda diferencia. Peruanos exigen que se respete el derecho a la protesta política y ciudadana y al diálogo, otros peruanos exhortan la cárcel para los disidentes y la imposición para los discrepantes (para que exista una verdadera voluntad de diálogo en Cajamarca, o en Espinar, lo primero que debe hacerse es reconocer a los otros como iguales, como peruanos. Identificarse con ellos. A los cajamarquinos que se oponen a Conga, los que están a favor del mismo –las derechas políticas y sociales, los poderes fácticos, económicos y mediáticos- los perciben como diferentes, extranjeros, enemigos a los que se tiene que abatir. No les importan sus derechos ni sus pareceres). Peruanos exigen justicia, otros peruanos les responden que eso es subversión. Peruanos exigen un país diferente, otros peruanos les responden que eso es imposible.
No lo es.
El país encantado por el fujimorismo es el espejo de la ficción kafkiana. Pero este lúgubre encanto puede romperse.
Con alegría y felicidad.
No pienso, por supuesto, que estas por sí solas puedan quebrar esta oscuridad. Eso sí es imposible. Creerlo sería una ingenuidad, decirlo una banalidad, y escribirlo un eslogan. Ellas son sólo el preámbulo de un poema de Mario Benedetti, el bosquejo del sueño de Julio Cortázar.
El umbral de la esperanza de Albert Camus.
La alegría, tal como la defiende Mario de pasmos y pesadillas, miserias y miserables, ingenuos y canallas, tal como la entiende Julio, la supresión de toda humillación y dolor, explotación y alienación, distancia y mutilación, para llegar a ser nosotros mismos, y la felicidad, tal como la reivindica Albert bregando por la justicia y la libertad, el arte y la cultura, la verdad y la solidaridad, son sólo el preludio.


Lima, junio de 2012. 

lunes, 7 de mayo de 2012

LOS HEREDEROS

Luis Enríquez Travezaño

La hegemonía de las derechas, y su modelo democrático neoliberal totalitario, es real. A fines de los años 80, e inicios de los 90, con la caída del Muro de Berlín y de la real politik socialista, se impone a nivel mundial. En el Perú, el modelo forjado por el Consenso De Washington y los Chicago Boys, se instaura a través del golpe de Estado perpetrado por Alberto Fujimori el 5 de abril de 1992.
En el año 2000 diversos factores (movimiento social y ciudadano, oposición cultural e intelectual, desgaste político del fujimorismo, develación de los llamados: vladivideos) decidieron el fin de la dictadura fujimorista.
Pero no del modelo impuesto.
El esquema teórico de Friedman, y práctico de Pinochet, no fue reformado a pesar de que su base legal: la Constitución Política de 1993, es un genuino producto de esta suerte de fascismo (Mario Vargas Llosa) acriollado que es el fujimorismo.
El modelo de desarrollo que Paniagua no pudo reformar, Toledo no quiso, García agudizo, y, todo parecería indicar, Humala continuará, es herencia del fujimorismo.
Y los herederos son las derechas.
Sus matices confluyen en la aprobación del modelo. Desde Vargas Llosa (Mario suele plantear una síntesis crítica del fujimorismo disociando su objeto de análisis. Por un lado estaría el fujimorismo como estructura política, social, e ideológica, que afectó, y afecta, a las relaciones sociales organizacionales del país en su esfera pública y privada. Este fujimorismo es el que Mario rechaza y combate. Por el otro lado estaría el fujimorismo económico que no es otra cosa que la aplicación, con características propias, del modelo de desarrollo capitalista neoliberal en el Perú. Sobre este fujimorismo Mario siempre ha guardado un discreto silencio por razones ideológicas. El error en su análisis radica en el hecho mismo de la disociación. Proponer una síntesis crítica del fujimorismo, u otro paradigma social, implica necesariamente analizar al fenómeno como un todo. Por lo mismo se infiere que no existe un fujimorismo político y social, y otro económico. El fascismo acriollado es uno solo. Es una totalidad. Es un modelo que no se puede desarmar según conveniencias) hasta Jaime Bayly, desde Bedoya Reyes hasta Alan García, desde Rosa María hasta Cecilia Valenzuela, desde Álvarez Rodrich hasta Aldo Mariátegui. Las derechas han aceptado el bien que la dictadura les legó. El arquetipo de Montesinos.
El país de Fujimori.
El Perú de Alberto es el de la ortodoxia capitalista, del mercado como fin y de la democracia como medio, de la disminución de derechos sociales, del consumismo como valor y el egoísmo como moral, del totalitarismo neoliberal.
Del nihilismo.
El modelo que heredaron, y aceptaron, las derechas peruanas es un modelo de desarrollo que no está relacionado únicamente con la economía (extractivismo primario exportador), sino que atañe a todos las facetas y organización como sociedad. Este sistema no sólo significa bienestar macroeconómico (como fundamento), significa también precariedad de la democracia, injusticia, ahondamiento del clientelismo político y la fragmentación social, absentismo del Estado, perversión de las estructuras mentales (corrupción, discriminación, racismo, inmoralidad, interiorización del nihilismo).
Las derechas políticas al no tener más ideario que el dinero, y al no tener partidos (ruina institucional) que los vinculen políticamente con la sociedad (la preeminencia de las derechas está ordenada por los poderes fácticos y mediáticos), han aceptado el fujimorismo como paradigma.
Un paradigma antidemocrático.
El paradigma fujimorista es el resultado de la Historia (Sinesio López) entendida como estructura. Es el resultado de la tradición autoritaria (Flores Galindo), y el contexto en el cual se extendió. Esta práctica antidemocrática (el politólogo estadounidense Steven Levitsky, quien junto a Lucan Way caracteriza el régimen fujimorista como autoritarismo competitivo, se equivoca al proponer un fujimorismo ideológico, que no existe como un conjunto de ideas por su cultura caudillista y pragmática, místico, que es una tradición inventada no exclusiva, militante, que es inestable en sus bases sociales cimentadas con políticas asistencialistas, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la democracia, que es un absurdo porque el fujimorismo sin Fujimori no existe y el fujimorismo es en esencia anti partido y antidemocrático) ha configurado el Perú contemporáneo.
Las derechas han convertido, consciente o inconscientemente, al fujimorismo, en confluencia con un falso liberalismo (el liberalismo no banca ni tranza con autoritarismos de ninguna laya. Es la actitud mostrada por Mario y Álvaro Vargas Llosa en la elección presidencial del 2011. Por el contrario, el falso liberalismo adhiere fascismos que restringen libertades y derechos. Es el caso de la política exterior de los Estados Unidos e Israel y sus aliados, o el de los azarosos “liberales” peruanos que en la coyuntura electoral referida apoyaron, sin atisbo de duda, al fascismo acriollado, lo cual no es de sorprender ya que nuestros “liberales” suelen pensar, usualmente, como conservadores, y actuar, en diferentes temas de interés nacional, como quinta columna), en normativa.
Este hecho no es un fenómeno nacional (aunque sí tiene sus particularidades). Está relacionado con las políticas internacionales de la economía de mercado.
El establecimiento de nuevas políticas pragmáticas asociadas al mercado (European Estability Mechanism), relacionadas con la crisis del neoliberalismo como modelo de desarrollo, están articulando un nuevo paradigma antidemocrático.
La democracia realmente existente.

La historia ha sido injusta con José Carlos Mariátegui. Ella habitualmente ha indicado que las izquierdas peruanas son sus herederas políticas, sus beneficiarias ideológicas, sus usufructuarias intelectuales, cuando en realidad es otro actor el que legó a las izquierdas.
Eudocio Ravines.
Si bien es cierto que José Carlos apertura el socialismo, como pensamiento (7 Ensayos De Interpretación De La Realidad Peruana, Amauta) y como organización política (funda, junto a Manuel Hinojosa, Avelino Navarro, Julio Portocarrero, Julio Borja, Bernardo Regman, Ricardo Martínez De La Torre, Luciano Castillo, y Ricardo Chávez León, el Partido Socialista Peruano en 1928), es Eudocio quien, al morir Mariátegui en 1930, trunca este proyecto y decide, como secretario general, en una acción más que simbólica (y por la política de la Komintern), cambiar el nombre del partido a comunista. Este hecho significó la vinculación política dependiente con el estalinismo, y el proceso de ideologización.
El dogma y el sectarismo de las izquierdas peruanas (y mundiales).
El marxismo y el leninismo fueron convertidos en religión (y Stalin en sumo pontífice), los comunistas en fanáticos, y el pensamiento de izquierda pasó de ser crítico a único.
Este pensamiento único no debe ser entendido como unidad política.
La ideologización fragmentó políticamente a las izquierdas ya que, este pensamiento único, se reprodujo entre sus numerosas y distintas capillas creando, cada una de ellas, una verdad absoluta en hostilidad con las otras.
Los pensamientos de Marx y Lenin se deifican al descontextualizarlos, es decir al ser apreciados sin tomar en cuenta su contexto histórico (sus producciones culturales deberían ser comprendidas como constructos de su época).
Y al ser convertidos en paradigmas científicos.
Ser asumidos como doctrina científica (marxismo leninismo) propicia contradictoriamente su divinización, la pérdida de su carácter histórico, subjetivismo (visión marxista de la historia), y noción de la realidad (interpretación subjetiva y anacrónica).
Las izquierdas peruanas nunca se dispusieron como institución democrática (la Izquierda Unida de los años 80 quedó en perspectiva). Su religión favoreció la adhesión, y justificación, de experimentos opresivos (Unión Soviética, Cuba, China, Corea Del Norte, Kampuchea Democrática, Bloque Del Este), y revolucionarios (Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, Movimiento Revolucionario Túpac Amaru). Favoreció su inexistencia como partido, su fragmentación política, su falta de identidad nacional, su falta de representación electoral.
Las izquierdas son las herederas de Ravines.

Steven Levitsky y Carlos Meléndez se equivocaron al afirmar que “el fujimorismo es el aprismo del siglo xxi”, comparación, por lo menos, desafortunada (comparar el aprismo de Víctor Raúl, Manuel Seoane, Luis Alberto Sánchez, Carlos Manuel Cox, Luis Heysen, Andrés Townsend, Ramiro Prialé, el aprismo auroral de Ciro Alegría y Magda Portal, con el fujimorismo de Alberto, Vladimiro, Keiko, Kenji, Santiago, las “chicas súper poderosas”, es un despropósito. Sólo el “búfalo” Pacheco podría caber en tal comparación).
El nacionalismo es el aprismo. El nacionalismo de Ollanta Humala es el aprismo de Alan García.
El heredero de Alan es Ollanta.
Humala es el heredero ideológico (el aprismo es una variante del nacionalismo adornado con La Marsellesa), y práctico (la dualidad contrapuesta: candidato-gobernante, que en política significa que el gobernante no va a cumplir las promesas que como candidato ofreció, y el doble discurso conocido como “escopeta de dos cañones”, es de uso corriente en Alan) de García.
El aprismo, como matiz ideológico del nacionalismo, es pragmático. No tiene principios ni ética, ni moral.
Es una indefinición (puede estar ubicado a la izquierda, a la derecha, al centro. Es una hoja en el viento)
Por lo mismo los virajes políticos de los actores son recurrentes (Haya en 1956, García en 2006, Humala post Conga en 2011. Todos hacia la derecha. En el caso de los apristas los virajes fueron resultados de procesos que duraron años y significaron ajustes y reinterpretaciones a su ideología. En el caso de Ollanta su viraje se dio en menos de 5 meses y no tuvo mayor significación ideológica. Políticamente significó la defenestración de su instrumento electoral de izquierda. Sinesio López explica el viraje, de Humala, con la hipótesis, que adhiero, de la captura del Estado y su aparato de gobierno por el gran capital).
Este pragmatismo, aunado al caudillismo y a la ausencia de partidos (el aprismo no se consolida como partido, a pesar de que su organización tiene todos los elementos necesarios para hacerlo, entre otras razones por el liderazgo de García –cultura autoritaria de jefatura- que lo ha convertido en su patrimonio), emprende contra la democracia y la construcción de instituciones políticas partidarias.

El macondo de las instituciones políticas (no existe un sistema de partidos) está relacionado con los actores y la estructura, y afecta directamente la representación democrática (democracia en perspectiva). Es un problema que no se reduce tan sólo a la precariedad de los actores políticos ni al sistema organizacional.
El pragmatismo, de larga duración, de las derechas y el nacionalismo, ha forjado un modelo antidemocrático. Su enajenación al fujimorismo es el producto de la inexistencia de un sistema partidario y de las circunstancias históricas (preeminencia de los poderes fácticos y mediáticos, caudillismo, nación inacabada, situación de contexto).
Las derechas tendrían que reconstruir su tradición política rescatando el pensamiento liberal histórico (Francisco García Calderón Rey), nacional (Jorge Basadre, Víctor Andrés Belaúnde),  y relacionarlo dialécticamente con el moderno (Mario y Álvaro Vargas Llosa), vinculándose a la sociedad a través de un proyecto político nacional liberal, no libertario (Martín Tanaka explica el conservadurismo de las derechas liberales peruanas con la hipótesis de la influencia del liberalismo libertario), de centro derecha, que necesariamente exigiría una articulación partidaria con base social, alcance nacional, y un programa que actúe como eje cohesionador de sus distintas fuerzas políticas. Este trabajo de base, y organización, sería el primer paso para la institucionalización (lo que sólo se lograría en el largo plazo. Una institución política no se crea por decreto. El Estado no puede crear un sistema de partidos. A los partidos los forjan los actores y la Historia).
La conformación de un partido al estilo del Republican Party, y la consolidación del aprismo nacionalista (reconstrucción de su tradición política: Haya, Sánchez) como institución, fortalecerían la democracia.
Una identidad política democrática liberal institucionalizada les permitiría a las derechas tener libertad de acción respecto a los poderes fácticos y mediáticos (y a su vez estos ya no tendrían el control total de las relaciones de poder), y romper la relación de dependencia con el fascismo criollo (fujimorismo) al que recurre el falso liberalismo cuando se asusta (César Hildebrandt).
Las derechas deben construir democracias libres, el gobierno de los ciudadanos  y no el designio del mercado.
Las ideologías descontextualizadas (marxismo, leninismo, estalinismo, maoísmo, trotskismo) no sólo han desestructurado a las izquierdas, también han producido anacronismos autoritarios (Cuba, FARC, neo senderismo, violencia revolucionaria, dictadura del proletariado) y subjetivos (La religión marxista ha creado verdades absolutas en el imaginario de las izquierdas). La dualidad, entendida como contradictoria, que define el ideal de las izquierdas y el de las derechas: justicia (izquierdas) y libertad (derechas), y que opone lo cultural a lo natural (lo social relacionado a lo cultural y lo individual a lo natural), han significado históricamente, para las izquierdas, asumir compromisos con regímenes despóticos, tiranías, “socialismos” totalitarios, persiguiendo un ideal de justicia que inhibía la libertad de las personas (a su vez las derechas liberales cimentaron democracias injustas).
La preeminencia del mercado, en el contexto actual, apertura un nuevo escenario: el ordenamiento de nuevas políticas pragmáticas asociadas al mercado (“markt konforme democratie.” Angela Merkel) están configurando un modelo de democracia realmente existente (el experimento europeo). Ante tal situación las experiencias reformistas (políticas nacionales independientes en relación con el sistema globalizado) de las izquierdas latinoamericanas (Uruguay, Brasil, Argentina), se presentan como una alternativa de instauración democrática.
Esta realidad antepone a las izquierdas peruanas: construir un ideario nacional histórico y cultural (José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José María Arguedas, Alberto Flores Galindo), situar ideologías y hechos en su tiempo y espacio, reencontrarse con la socialdemocracia, acabar con los anacronismos y los subjetivismos, proponer una unidad programática, desde las bases y los distintos actores políticos e intelectuales, que tenga una agenda, que realice un trabajo político que recree la comunicación con la sociedad (recrear el vínculo), que le dé forma a un proyecto político nacional reformista (urgen reformas de Estado, salud, educación, justicia, marco legal, políticas de interés nacional, de industrialización, de seguridad ciudadana, de diversidad cultural y de género, políticas laborales, medio ambientales, fiscales, en relación independiente con la economía de mercado-creación de un nuevo paradigma de desarrollo) y propio (la aventura con Ollanta debería ser la última en la que el fin se antepone a los medios), que forje una identidad, y que cimente los principios para su institucionalización.
Converger justicia y libertad.
Construir un proyecto político moderno de centro izquierda representa una alternativa para la democracia en perspectiva, y una contrariedad para las tentaciones autoritarias del capitalismo neoliberal.

Lima, Abril de 2012.