lunes, 7 de mayo de 2012

LOS HEREDEROS

Luis Enríquez Travezaño

La hegemonía de las derechas, y su modelo democrático neoliberal totalitario, es real. A fines de los años 80, e inicios de los 90, con la caída del Muro de Berlín y de la real politik socialista, se impone a nivel mundial. En el Perú, el modelo forjado por el Consenso De Washington y los Chicago Boys, se instaura a través del golpe de Estado perpetrado por Alberto Fujimori el 5 de abril de 1992.
En el año 2000 diversos factores (movimiento social y ciudadano, oposición cultural e intelectual, desgaste político del fujimorismo, develación de los llamados: vladivideos) decidieron el fin de la dictadura fujimorista.
Pero no del modelo impuesto.
El esquema teórico de Friedman, y práctico de Pinochet, no fue reformado a pesar de que su base legal: la Constitución Política de 1993, es un genuino producto de esta suerte de fascismo (Mario Vargas Llosa) acriollado que es el fujimorismo.
El modelo de desarrollo que Paniagua no pudo reformar, Toledo no quiso, García agudizo, y, todo parecería indicar, Humala continuará, es herencia del fujimorismo.
Y los herederos son las derechas.
Sus matices confluyen en la aprobación del modelo. Desde Vargas Llosa (Mario suele plantear una síntesis crítica del fujimorismo disociando su objeto de análisis. Por un lado estaría el fujimorismo como estructura política, social, e ideológica, que afectó, y afecta, a las relaciones sociales organizacionales del país en su esfera pública y privada. Este fujimorismo es el que Mario rechaza y combate. Por el otro lado estaría el fujimorismo económico que no es otra cosa que la aplicación, con características propias, del modelo de desarrollo capitalista neoliberal en el Perú. Sobre este fujimorismo Mario siempre ha guardado un discreto silencio por razones ideológicas. El error en su análisis radica en el hecho mismo de la disociación. Proponer una síntesis crítica del fujimorismo, u otro paradigma social, implica necesariamente analizar al fenómeno como un todo. Por lo mismo se infiere que no existe un fujimorismo político y social, y otro económico. El fascismo acriollado es uno solo. Es una totalidad. Es un modelo que no se puede desarmar según conveniencias) hasta Jaime Bayly, desde Bedoya Reyes hasta Alan García, desde Rosa María hasta Cecilia Valenzuela, desde Álvarez Rodrich hasta Aldo Mariátegui. Las derechas han aceptado el bien que la dictadura les legó. El arquetipo de Montesinos.
El país de Fujimori.
El Perú de Alberto es el de la ortodoxia capitalista, del mercado como fin y de la democracia como medio, de la disminución de derechos sociales, del consumismo como valor y el egoísmo como moral, del totalitarismo neoliberal.
Del nihilismo.
El modelo que heredaron, y aceptaron, las derechas peruanas es un modelo de desarrollo que no está relacionado únicamente con la economía (extractivismo primario exportador), sino que atañe a todos las facetas y organización como sociedad. Este sistema no sólo significa bienestar macroeconómico (como fundamento), significa también precariedad de la democracia, injusticia, ahondamiento del clientelismo político y la fragmentación social, absentismo del Estado, perversión de las estructuras mentales (corrupción, discriminación, racismo, inmoralidad, interiorización del nihilismo).
Las derechas políticas al no tener más ideario que el dinero, y al no tener partidos (ruina institucional) que los vinculen políticamente con la sociedad (la preeminencia de las derechas está ordenada por los poderes fácticos y mediáticos), han aceptado el fujimorismo como paradigma.
Un paradigma antidemocrático.
El paradigma fujimorista es el resultado de la Historia (Sinesio López) entendida como estructura. Es el resultado de la tradición autoritaria (Flores Galindo), y el contexto en el cual se extendió. Esta práctica antidemocrática (el politólogo estadounidense Steven Levitsky, quien junto a Lucan Way caracteriza el régimen fujimorista como autoritarismo competitivo, se equivoca al proponer un fujimorismo ideológico, que no existe como un conjunto de ideas por su cultura caudillista y pragmática, místico, que es una tradición inventada no exclusiva, militante, que es inestable en sus bases sociales cimentadas con políticas asistencialistas, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la democracia, que es un absurdo porque el fujimorismo sin Fujimori no existe y el fujimorismo es en esencia anti partido y antidemocrático) ha configurado el Perú contemporáneo.
Las derechas han convertido, consciente o inconscientemente, al fujimorismo, en confluencia con un falso liberalismo (el liberalismo no banca ni tranza con autoritarismos de ninguna laya. Es la actitud mostrada por Mario y Álvaro Vargas Llosa en la elección presidencial del 2011. Por el contrario, el falso liberalismo adhiere fascismos que restringen libertades y derechos. Es el caso de la política exterior de los Estados Unidos e Israel y sus aliados, o el de los azarosos “liberales” peruanos que en la coyuntura electoral referida apoyaron, sin atisbo de duda, al fascismo acriollado, lo cual no es de sorprender ya que nuestros “liberales” suelen pensar, usualmente, como conservadores, y actuar, en diferentes temas de interés nacional, como quinta columna), en normativa.
Este hecho no es un fenómeno nacional (aunque sí tiene sus particularidades). Está relacionado con las políticas internacionales de la economía de mercado.
El establecimiento de nuevas políticas pragmáticas asociadas al mercado (European Estability Mechanism), relacionadas con la crisis del neoliberalismo como modelo de desarrollo, están articulando un nuevo paradigma antidemocrático.
La democracia realmente existente.

La historia ha sido injusta con José Carlos Mariátegui. Ella habitualmente ha indicado que las izquierdas peruanas son sus herederas políticas, sus beneficiarias ideológicas, sus usufructuarias intelectuales, cuando en realidad es otro actor el que legó a las izquierdas.
Eudocio Ravines.
Si bien es cierto que José Carlos apertura el socialismo, como pensamiento (7 Ensayos De Interpretación De La Realidad Peruana, Amauta) y como organización política (funda, junto a Manuel Hinojosa, Avelino Navarro, Julio Portocarrero, Julio Borja, Bernardo Regman, Ricardo Martínez De La Torre, Luciano Castillo, y Ricardo Chávez León, el Partido Socialista Peruano en 1928), es Eudocio quien, al morir Mariátegui en 1930, trunca este proyecto y decide, como secretario general, en una acción más que simbólica (y por la política de la Komintern), cambiar el nombre del partido a comunista. Este hecho significó la vinculación política dependiente con el estalinismo, y el proceso de ideologización.
El dogma y el sectarismo de las izquierdas peruanas (y mundiales).
El marxismo y el leninismo fueron convertidos en religión (y Stalin en sumo pontífice), los comunistas en fanáticos, y el pensamiento de izquierda pasó de ser crítico a único.
Este pensamiento único no debe ser entendido como unidad política.
La ideologización fragmentó políticamente a las izquierdas ya que, este pensamiento único, se reprodujo entre sus numerosas y distintas capillas creando, cada una de ellas, una verdad absoluta en hostilidad con las otras.
Los pensamientos de Marx y Lenin se deifican al descontextualizarlos, es decir al ser apreciados sin tomar en cuenta su contexto histórico (sus producciones culturales deberían ser comprendidas como constructos de su época).
Y al ser convertidos en paradigmas científicos.
Ser asumidos como doctrina científica (marxismo leninismo) propicia contradictoriamente su divinización, la pérdida de su carácter histórico, subjetivismo (visión marxista de la historia), y noción de la realidad (interpretación subjetiva y anacrónica).
Las izquierdas peruanas nunca se dispusieron como institución democrática (la Izquierda Unida de los años 80 quedó en perspectiva). Su religión favoreció la adhesión, y justificación, de experimentos opresivos (Unión Soviética, Cuba, China, Corea Del Norte, Kampuchea Democrática, Bloque Del Este), y revolucionarios (Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, Movimiento Revolucionario Túpac Amaru). Favoreció su inexistencia como partido, su fragmentación política, su falta de identidad nacional, su falta de representación electoral.
Las izquierdas son las herederas de Ravines.

Steven Levitsky y Carlos Meléndez se equivocaron al afirmar que “el fujimorismo es el aprismo del siglo xxi”, comparación, por lo menos, desafortunada (comparar el aprismo de Víctor Raúl, Manuel Seoane, Luis Alberto Sánchez, Carlos Manuel Cox, Luis Heysen, Andrés Townsend, Ramiro Prialé, el aprismo auroral de Ciro Alegría y Magda Portal, con el fujimorismo de Alberto, Vladimiro, Keiko, Kenji, Santiago, las “chicas súper poderosas”, es un despropósito. Sólo el “búfalo” Pacheco podría caber en tal comparación).
El nacionalismo es el aprismo. El nacionalismo de Ollanta Humala es el aprismo de Alan García.
El heredero de Alan es Ollanta.
Humala es el heredero ideológico (el aprismo es una variante del nacionalismo adornado con La Marsellesa), y práctico (la dualidad contrapuesta: candidato-gobernante, que en política significa que el gobernante no va a cumplir las promesas que como candidato ofreció, y el doble discurso conocido como “escopeta de dos cañones”, es de uso corriente en Alan) de García.
El aprismo, como matiz ideológico del nacionalismo, es pragmático. No tiene principios ni ética, ni moral.
Es una indefinición (puede estar ubicado a la izquierda, a la derecha, al centro. Es una hoja en el viento)
Por lo mismo los virajes políticos de los actores son recurrentes (Haya en 1956, García en 2006, Humala post Conga en 2011. Todos hacia la derecha. En el caso de los apristas los virajes fueron resultados de procesos que duraron años y significaron ajustes y reinterpretaciones a su ideología. En el caso de Ollanta su viraje se dio en menos de 5 meses y no tuvo mayor significación ideológica. Políticamente significó la defenestración de su instrumento electoral de izquierda. Sinesio López explica el viraje, de Humala, con la hipótesis, que adhiero, de la captura del Estado y su aparato de gobierno por el gran capital).
Este pragmatismo, aunado al caudillismo y a la ausencia de partidos (el aprismo no se consolida como partido, a pesar de que su organización tiene todos los elementos necesarios para hacerlo, entre otras razones por el liderazgo de García –cultura autoritaria de jefatura- que lo ha convertido en su patrimonio), emprende contra la democracia y la construcción de instituciones políticas partidarias.

El macondo de las instituciones políticas (no existe un sistema de partidos) está relacionado con los actores y la estructura, y afecta directamente la representación democrática (democracia en perspectiva). Es un problema que no se reduce tan sólo a la precariedad de los actores políticos ni al sistema organizacional.
El pragmatismo, de larga duración, de las derechas y el nacionalismo, ha forjado un modelo antidemocrático. Su enajenación al fujimorismo es el producto de la inexistencia de un sistema partidario y de las circunstancias históricas (preeminencia de los poderes fácticos y mediáticos, caudillismo, nación inacabada, situación de contexto).
Las derechas tendrían que reconstruir su tradición política rescatando el pensamiento liberal histórico (Francisco García Calderón Rey), nacional (Jorge Basadre, Víctor Andrés Belaúnde),  y relacionarlo dialécticamente con el moderno (Mario y Álvaro Vargas Llosa), vinculándose a la sociedad a través de un proyecto político nacional liberal, no libertario (Martín Tanaka explica el conservadurismo de las derechas liberales peruanas con la hipótesis de la influencia del liberalismo libertario), de centro derecha, que necesariamente exigiría una articulación partidaria con base social, alcance nacional, y un programa que actúe como eje cohesionador de sus distintas fuerzas políticas. Este trabajo de base, y organización, sería el primer paso para la institucionalización (lo que sólo se lograría en el largo plazo. Una institución política no se crea por decreto. El Estado no puede crear un sistema de partidos. A los partidos los forjan los actores y la Historia).
La conformación de un partido al estilo del Republican Party, y la consolidación del aprismo nacionalista (reconstrucción de su tradición política: Haya, Sánchez) como institución, fortalecerían la democracia.
Una identidad política democrática liberal institucionalizada les permitiría a las derechas tener libertad de acción respecto a los poderes fácticos y mediáticos (y a su vez estos ya no tendrían el control total de las relaciones de poder), y romper la relación de dependencia con el fascismo criollo (fujimorismo) al que recurre el falso liberalismo cuando se asusta (César Hildebrandt).
Las derechas deben construir democracias libres, el gobierno de los ciudadanos  y no el designio del mercado.
Las ideologías descontextualizadas (marxismo, leninismo, estalinismo, maoísmo, trotskismo) no sólo han desestructurado a las izquierdas, también han producido anacronismos autoritarios (Cuba, FARC, neo senderismo, violencia revolucionaria, dictadura del proletariado) y subjetivos (La religión marxista ha creado verdades absolutas en el imaginario de las izquierdas). La dualidad, entendida como contradictoria, que define el ideal de las izquierdas y el de las derechas: justicia (izquierdas) y libertad (derechas), y que opone lo cultural a lo natural (lo social relacionado a lo cultural y lo individual a lo natural), han significado históricamente, para las izquierdas, asumir compromisos con regímenes despóticos, tiranías, “socialismos” totalitarios, persiguiendo un ideal de justicia que inhibía la libertad de las personas (a su vez las derechas liberales cimentaron democracias injustas).
La preeminencia del mercado, en el contexto actual, apertura un nuevo escenario: el ordenamiento de nuevas políticas pragmáticas asociadas al mercado (“markt konforme democratie.” Angela Merkel) están configurando un modelo de democracia realmente existente (el experimento europeo). Ante tal situación las experiencias reformistas (políticas nacionales independientes en relación con el sistema globalizado) de las izquierdas latinoamericanas (Uruguay, Brasil, Argentina), se presentan como una alternativa de instauración democrática.
Esta realidad antepone a las izquierdas peruanas: construir un ideario nacional histórico y cultural (José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José María Arguedas, Alberto Flores Galindo), situar ideologías y hechos en su tiempo y espacio, reencontrarse con la socialdemocracia, acabar con los anacronismos y los subjetivismos, proponer una unidad programática, desde las bases y los distintos actores políticos e intelectuales, que tenga una agenda, que realice un trabajo político que recree la comunicación con la sociedad (recrear el vínculo), que le dé forma a un proyecto político nacional reformista (urgen reformas de Estado, salud, educación, justicia, marco legal, políticas de interés nacional, de industrialización, de seguridad ciudadana, de diversidad cultural y de género, políticas laborales, medio ambientales, fiscales, en relación independiente con la economía de mercado-creación de un nuevo paradigma de desarrollo) y propio (la aventura con Ollanta debería ser la última en la que el fin se antepone a los medios), que forje una identidad, y que cimente los principios para su institucionalización.
Converger justicia y libertad.
Construir un proyecto político moderno de centro izquierda representa una alternativa para la democracia en perspectiva, y una contrariedad para las tentaciones autoritarias del capitalismo neoliberal.

Lima, Abril de 2012.