lunes, 16 de junio de 2014

LAS LECCIONES DE OLLANTA

Luis Enríquez Travezaño

Minutos pasada las 4 de la tarde del domingo 5 de junio del año 2011, los primeros sondeos de votación que se daban a conocer en los medios de comunicación daban como ganador de las elecciones presidenciales a Ollanta Humala; los cuales horas más tarde serían confirmados de manera oficial por la ONPE. Este suceso histórico significó, al menos eso aparentaba en un principio, la primera vez que una opción política de (centro) izquierda llegaba al gobierno (aunque su naturaleza ideológica no fue de izquierda, algo que los políticos e intelectuales de derecha suelen olvidar u obviar al momento de analizar o presentar el hecho, las medidas y reformas de la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado estuvieron caracterizadas por aquel espectro ideológico), en cuyo alrededor se dan una serie de eventos, afortunados y desafortunados, relacionados al mismo.
En primer lugar, se encuentra en el susodicho proceso electoral la consolidación del voto anti.
Si bien es cierto que en un primer momento la intencionalidad del elector está dirigida en su gran mayoría por su simpatía o fascinación por un determinado candidato o lo que éste representa (valgan obviedades, en el escenario electoral nacional no se toman en consideración proyectos, al momento de elegir, ni de plantear análisis), lo que al final decide el triunfo y la derrota de uno u otro es el voto anti, en contra de. Al finalizar la primera parte de las presidenciales de 2011, Ollanta y Keiko Fujimori pasaron a una segunda vuelta electoral; durante el transcurso de esta, y a pesar de la campaña de un poderoso sector de las derechas en contra de Ollanta y a favor de la representante de la dictadura de los años 90, lo que terminó siendo el factor decisivo para la derrota de esta y el triunfo de aquel fue la resistencia que supuso entre la población la candidata del fujimorismo. La mayoría de los pobladores no votaron por el nacionalismo humalista, el que dicho sea de paso también tuvo en aquel momento una gran resistencia por el miedo y la incertidumbre que generaba. Votaron, al fin y al cabo, en contra de Keiko. Si Ollanta hubiera enfrentado a un candidato distinto a la fujimorista, el centro político y las derechas liberales democráticas representadas por Mario Vargas Llosa no le hubieran dado su apoyo ni su respaldo tal como sucedió, y lo más probable es que haya sido derrotado.
El voto anti ha sido la variable que en los últimos procesos electorales presidenciales ha decidido, más que las victorias, las derrotas de los candidatos que causaron oposición entre la ciudadanía. En las presidenciales del 2006, un chavista Ollanta encarnó el voto negativo, lo que le permitió a Alan García ganar el escrutinio. Como en el caso anterior, Alan, quien también figuraba una gran oposición (por su funesto primer gobierno, por su fama de charlatán y ladino y por todas las sombras de corrupción que lo envuelven, hasta el presente), aunque no tanta como la del entonces chavista, no hubiera triunfado si competía con Lourdes Flores o Valentín Paniagua, por citar un par de ejemplos. El año 2001 también se dio la preeminencia del voto anti, aunque en diferentes circunstancias que en los casos anteriores. El entonces por tercera vez candidato Alejandro Toledo, principal y destacada figura de la lucha contra la dictadura fujimorista a fines de los años 90, no era un actor resistido por el electorado, y su voto a favor estaba explicado más por la simpatía y el agrado de la mayor parte de la población (voto que simbolizaba también una recompensa por su labor política contra el fujimorismo), que por el rechazo al que era su rival en la segunda vuelta, Alan García. No obstante, el hecho de haber sido involucrado en denuncias, escándalos y faltas a la verdad durante la última parte de la campaña, hicieron peligrar su triunfo, el que finalmente se consumó gracias a la circunstancia de enfrentar al que en ese momento era, después de Alberto Fujimori y todos los relacionados a éste, el personaje político con mayor oposición entre los ciudadanos.
Dejando de lado las por demás irregulares, por todo lo que  aconteció durante estas, y al parecer, por los indicios, fraudulentas presidenciales del 2000 y, aunque en una situación de ilegalidad por el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, las justas de 1995 (Fujimori ganó con el voto de la simpatía, el encanto y el agradecimiento por la idea arraigada en el imaginario nacional de haber sido durante su primer gobierno que se capturó a Abimael Guzmán, se derrotó a Sendero Luminoso y se logró la paz y por haber detenido la terrible crisis económica y social heredada del gobierno aprista y dar comienzo a la recuperación y el desarrollo del país hacia la modernidad), las elecciones de 1990 igualmente se resolvieron por el voto anti, empero más que la resistencia a la figura de Mario Vargas Llosa (sí existió resistencia a su persona, pero esta estuvo vinculada a la irresponsable e imprudente contra-campaña del aprismo y las izquierdas, por cuestiones políticas e ideológicas), el voto anti estuvo relacionado a la, entonces, más polémica de sus propuestas: las aplicación del llamado shock económico para reestructurar y salvar la moribunda economía del país. Este drástico e inflexible plan de rescate de la economía generó el rechazo necesario para el triunfo en segunda vuelta electoral del candidato que se mostró en contra del shock y prometió no aplicarlo, un, hasta hace unos meses atrás, desconocido Alberto Fujimori, quien dicho sea de paso, días después de asumir la presidencia, aplicó la mencionada medida económica de emergencia, tristemente recordada como fujishock.
El triunfo de Ollanta asimismo denotó la importancia del escenario.
Esbozar una campaña electoral implica para toda agrupación política conocer el escenario en el cual va a competir. Una vez que se conocen los requerimientos, deseos y gustos de los electores (los cuales varían de acuerdo a la edad, estrato socioeconómico y espacio geográfico), el rechazo y el antagonismo que su candidato o sus ideas van a generar y entre quienes o qué grupos lo va hacer, y a sus, o probables, competidores, los movimientos políticos pueden plantear una estrategia de campaña que pretenda ser efectiva y que no entre en contradicción con su plan de gobierno, o su proyecto de país, en caso de tenerlo.
Después de su derrota en 2006, el nuevo equipo de campaña del nacionalismo humalista (en donde destacó, por sobre todos los demás, el trabajo como asesor del argentino brasileño Luis Favre) configuró la estrategia para las presidenciales del 2011 de acuerdo a las etapas, los tiempos de la elección. Durante la primera parte presentaron, si bien ya divorciado de su chavismo y etnocacerismo auroral y lejos de su discurso radical “anti sistema”, a un todavía Ollanta reformista, de la Gran Transformación, que confirmó el promedio de la intención de voto que tuvo en 2006 (30%), y que le valió para clasificar sin apuros de ningún tipo, y como en las elecciones pasadas con la aún resistencia de Lima (el capital electoral de Ollanta se encontraba en el interior del país), a la segunda vuelta. En esta nueva etapa, acomodada además a las circunstancias (la rival, Keiko Fujimori), se presentó a un Ollanta moderado, demócrata y conciliador (consumado todo en la conocida: Hoja de Ruta), enfatizando estas características en contra de lo que representaba su rival (los viejos anhelos autoritarios de las derechas conservadoras y antidemocráticas), e intentando acercar al votante de la capital, plaza que suele definir los procesos electorales presidenciales.
A diferencia de lo ocurrido en 2006, el nacionalismo humalista en 2011 conocía el escenario en el cual iba a contender. El equipo de campaña de Ollanta sabía muy bien que el potencial voto del interior no bastaba para ganar, y que sin el convencimiento de Lima, era poco menos que imposible. A cierta distancia, la campaña de Ollanta pareciera ser afectada por una serie de virajes en pleno transcurso, no obstante, pienso que esta respondió más a una sola estrategia planificada en base a un entendimiento y conocimiento del escenario nacional (apariciones en público, nexos de comunicación y gestos políticos, como por ejemplo lo fueron el manejo del discurso de acuerdo al público que lo escuchaba, a la ciudad a la que iba o el medio en el que estaba; y, con un gran sentido del tiempo y la oportunidad, la denuncia sobre las esterilizaciones forzadas cometidas en el momento en que Keiko formaba parte del régimen dictatorial como Primera Dama, dada a conocer durante el debate presidencial a pocos días de la votación de segunda vuelta, no sólo para causar impacto en la opinión pública, como efectivamente ocurrió, sino para evitar que la contrincante tuviera tiempo de reponerse y responder). El éxito de cualquier “partido” o frente político está relacionado a su conocimiento del escenario; desconocerlo o ignorarlo, en pos de subjetivismos ideológicos o un equivocado sentido de pertenencia (errores de táctica política que suelen cometer las izquierdas, por candidez, terquedad o fanatismo, como por ejemplo las posiciones tomadas ante la coyuntura venezolana: por un lado, la ambigüedad del Frente Amplio, y por el otro una defensa férrea e ideológica del chavismo por parte de otros sectores; hacer esto en un país donde el chavismo es percibido por la mayoría de electores como negativo y hasta nocivo como pensamiento y paradigma de desarrollo, es propio del desconocimiento del escenario), conduce a la derrota, el fracaso electoral  y la desaparición política.
Al respecto del escenario, el éxito del humalismo también posicionó el centro político.
Entender el escenario electoral, necesariamente significa conocer su idiosincrasia; en las presidenciales del 2006, Ollanta equivocadamente creyó que ésta estaba definida en su mayoría por el malestar, la inconformidad y el deseo de cambio, similar a la Venezolana a fines de la década de los 90, lo que permitió que Hugo Chávez llegara al poder con un discurso extremista, radical, de ruptura. Plantear una campaña en las mismas condiciones como las planteó el chavismo en su momento, impidió la victoria del nacionalismo humalista, y precipitó su derrota. 5 años más tarde, Ollanta ganó las elecciones ubicándose en el centro. 5 años antes Alan hizo lo mismo, y también ganó (en ambos casos, lejos de posturas, principios o moral política, su ubicación en el centro respondió a sus conveniencias). Toledo en 2001 ganó con una propuesta de centro. Y en 1990, Fujimori ganó al posicionarse más al centro que Vargas Llosa, quien a pesar de ser una personalidad independiente, de su prestigio y su propuesta liberal innovadora en el país, fue percibido como representante de las clases altas y la vetusta derecha oligárquica, por su ascendencia y posición acomodada y por haber estado aliado a sus “partidos” tradicionales (Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, P.P.C.), a desemejanza del novedoso “chino”, independiente (tan sólo unos meses antes, Ricardo Belmont inició el llamado boom de los independientes, u outsiders, ganando las elecciones para alcalde de Lima en 1989), con un discurso mesurado (habría cambios para salir de la crisis, pero no se aplicaría el shock económico que prometía Vargas Llosa) y un perfil austero y popular que lo acercaba al elector. Porque, a pesar de lo que comúnmente se cree, el centro político no sólo implica las promesas electorales (lineamientos generales de un plan de gobierno) y el discurso; también implica la representación, lo que simboliza el candidato para el elector. A Ollanta, muy a pesar de todos los esfuerzos de su equipo de campaña, le fue muy complicado disponerse en el centro político en 2011. La imagen brindada en las presidenciales anteriores (el radical chavista), estaba presente en el imaginario de la ciudadanía, y causaba desconfianza y recelo en un sector de la población (de sobremanera en la plaza limeña, en donde su rechazo seguía siendo abrumador). En las instancias de la segunda vuelta, no solamente le bastó el acercamiento y las alianzas a grupos con credibilidad democrática (lo que Sinesio López definió en aquel contexto, cuando todavía era parte de la confluencia electoral izquierdista humalista: Gana Perú, como la nueva correlación de fuerzas), tal es el “partido” de Alejandro Toledo, Perú Posible, sino que, para hacer creíble su cambio de conducta y pensamiento político, hasta tuvo que jurar un documento de obligación: Compromiso en Defensa de la Democracia y en Contra de la Dictadura, ante la presencia de diversas y famosas personalidades, quienes actuaron como garantes de aquel juramento. Si bien es cierto que, a fin de cuentas, Ollanta logró el centro, y ganó la elección, cabe recordar que esto no hubiera sido posible si no hubiera tenido al frente a Keiko y al fujimorismo (lo que finamente prevaleció fue el voto anti). Sin el fujimorismo como antagonista, lo más probable es que cualquiera de sus otros rivales (Pedro Pablo Kuczynski, Alejandro Toledo, Luis Castañeda), hubiera representado el centro, y ganado el escrutinio.
El centro político figura una necesidad para los candidatos presidenciales en el Perú. No es sencillo disponerse en el centro. Es necesario un trabajo político dirigido hacia la ciudadanía, respaldado con gestos y posturas de los actores; en relación, resultó interesante la postura de Lourdes Flores ante el proceso de revocatoria del 2013 contra la alcaldesa de Lima, Susana Villarán. Al apoyar a Susana, una política de izquierda, en pos de la gobernabilidad y la democracia, Lourdes se acercó un poco más al centro, distanciándose, empero no del todo, de su imagen de “vieja” y aristocrática derechista sectaria incapaz de tender puentes hacia la izquierda, ni de actuar sin apasionamientos y odios (imagen que le significó sus más importantes derrotas electorales, en el 2001 y el 2006). Ese gesto político visto como de solidaridad con el adversario y responsabilidad democrática, le ha valido a Lourdes bordear el centro, cambiar la percepción de su imagen y ser una atractiva y sugerente opción para elecciones futuras. Por el contrario, aferrarse al líder y caudillo en prisión y no tener un horizonte ni ideario político más que luchar por la liberación de aquel y recordar constantemente y con un orgullo desmedido cuando fueron gobierno, lo cual más que algo a su favor, suele resultarle contraproducente, al fujimorismo le resulta casi, por no decir imposible, intentar ubicarse en el centro. El fujimorismo en sí, su naturaleza autoritaria, su esencia antidemocrática, no se lo permite. El fujimorismo tendría que dejar de ser fujimorismo, romper con Alberto Fujimori y su familia y sus figuras (las “chicas súper poderosas”, por ejemplo), y pasar por un proceso de autocrítica para que tengan posibilidades reales de ser creíbles como demócratas, y alcanzar el centro; no obstante, al ser evidente que esto implicaría la negación de su propio ser y su desaparición, aquello no es posible (hipótesis que sugieren al fujimorismo como una fuerza política que podría afirmar la democracia y que vendría a ser “el aprismo del siglo XXI”, y todo lo que eso implica, esbozadas por politólogos juiciosos y mediáticos, reflejan una equivocación en la contemplación del fenómeno. El fujimorismo en sí mismo es una negación de la democracia, y equipararlo con un “partido” como el APRA del siglo XX, que era un movimiento político de masas que contaba con una estructura partidaria nacional, un ideario y un proyecto de país, es por demás un contrasentido; el fujimorismo fue popular en los años 90 pero nunca tuvo la capacidad política de movilizar masas, jamás se preocupó por edificar un órgano partidario ni crear un ideario y mucho menos tenía una idea de nación -cuando a fines de los años 90 comenzaron a articularse y movilizarse las corrientes democráticas de protesta contra la dictadura, no hubo acción cívica ciudadana ni partidaria que defendiera al fujimorismo o a una supuesta concepción de país, muy distinto, en comparación, a lo que ocurre hoy en día en Venezuela, en donde la organización política, social y militar chavista defiende y logra sostener hasta el momento a pesar del caudaloso descontento y la crisis social y económica, el régimen de un ineficiente y políticamente obtuso Nicolás Maduro, y a su modelo de nación). Es más, lo que todavía les permite ser una fuerza política importante en el país es esa misma postura radical acompañada del apellido del caudillo (elemento de vital importancia para sus intereses; sin el apellido, sus candidatos no logran llegar al 10%, como lo demostró la candidatura de Martha Chávez en el 2006), que en términos electorales representa un promedio de 20% (así lo confirmó el algo más del 23% que Keiko logró en las presidenciales del 2011), lo que les asegura seguir teniendo presencia, voz y poder para negociar, pero al mismo tiempo les impide ganar presidenciales.
Si para las derechas nacionales es necesaria la búsqueda del centro político, para las izquierdas posicionarse en el centro debería ser una obligación innegociable, e imprescindible. En un escenario, hasta cierto punto conservador, que únicamente tolera cambios y reformas siempre y cuando estos sean comprendidos como beneficiosos y no afecten la estabilidad económica, el modelo de desarrollo y la estructura organizacional del país, sólo el centro (y la confluencia de sus organizaciones políticas) hace electoralmente viable una opción de izquierda, considerando que esta representa en el imaginario del elector, en parte por vincularlas directamente con los fallidos modelos de pensamiento y sociedad socialistas del siglo XX y la funesta y malhadada experiencia de Sendero Luminoso en los años 80, el extremismo, la debacle y lo políticamente obsoleto (triste y ciertamente, algunas apartadas y anacrónicas células de las izquierdas todavía lo representan). Así parecen haberlo entendido las fuerzas reunidas en el Frente Amplio, un proyecto político que intenta ser un reflejo de la experiencia uruguaya, la que junto a la brasileña, son las izquierdas mejor organizadas, más modernas y exitosas de Sudamérica; sin embargo, al menos todavía por el momento, no parece encontrar un rumbo definido, ni perfilar una identidad política que lo distinga en el escenario nacional como un actor importante y con posibilidades reales de éxito, dependiendo esto principalmente de las decisiones que tomen y los gestos y señales que envíen a la población (decisiones que involucran posturas débiles o de confraternidad ante experiencias autoritarias de izquierda en la región, como durante la coyuntura venezolana, o el lanzamiento de candidatos presidenciales populares empero advenedizos como en las elecciones del 2011, o sin considerar que su figura debe generar empatía y consenso y no temor y rechazo en la mayoría del electorado como lo haría por ejemplo la figura de Gregorio Santos; son el tipo de decisiones que hacen que las izquierdas no representen mayor importancia en la escena política nacional).
Para las izquierdas nacionales representa un reto tomar el centro, y ganar elecciones; secciones mismas de las izquierdas piensan que acercarse al centro y compartir espacios con la derecha, entendido no de manera ideológica sino en la configuración de políticas públicas, es algo parecido a una traición a sus principios e ideales “revolucionarios”, de cambio estructural (muy distintos en sus formas y en sus métodos, claro está, a los que predicaban y propugnaban en el siglo XX), perder su esencia inconforme y rebelde, lo que los hace ser de izquierda, y actuar en la medida, creen, que les sea conveniente a las derechas. Pensar de esta manera, considero, es un error de apreciación; por poco un subjetivismo ideológico. Si existen unas izquierdas que las derechas temen, detestan y las desconciertan, son justamente aquellas que se muestran como una opción política moderna, responsable, eficaz, solidaria y capaz de plantear acuerdos en pos del beneficio público; lo que les convienen política y electoralmente a las derechas, dicho sea de paso, son unas izquierdas “revolucionarias” y  sectarias, ideológicamente anacrónicas y autoritarias e intransigentes e intolerantes; en fin, lo que les conviene son unas izquierdas quejicosas, tira-piedras y quema-llantas, que sigan siendo negadas e ignoradas en las urnas por la casi totalidad de la población.
Por otra parte, el nacionalismo humalista confirmó la irrealidad de las “grandes transformaciones”.
Disponer una estrategia supone, entre otros factores, la construcción de un discurso, respecto a lo que los electores (o una parte de ellos) necesiten escuchar. El discurso de la Gran Transformación durante las presidenciales del 2011 supuso esto. Como en los comicios del 2006, Ollanta buscó figurar la necesidad de un cambio en la organización política y económica del Estado de una gran parte de la población electoral, empero, a diferencia de aquel año, en el cual creía que esa necesidad le bastaría para ganar, el 2011 era consciente de que sólo le permitiría pasar a una segunda vuelta. Una vez concluido el proceso electoral, por haber sido únicamente parte de la estrategia discursiva y jamás algo real, la llamada Gran Transformación fue dejada absolutamente de lado por el humalismo. Una estrategia astuta y taimada, valgan verdades, pero que conllevó en sí misma una mentira; un engaño, a fin de cuentas. Lo que Ollanta sugirió durante su campaña electoral como promesa de un cambio en las estructuras organizacionales del país, conocida como Gran Transformación, es irremediablemente ilusoria y ciertamente inviable. En un contexto en el cual el ordenamiento político, económico, jurídico y militar nacional forma parte del sistema mundial capitalista neoliberal normado por la economía de mercado, proponer “grandes transformaciones” es sencillamente mentir (escribiendo hace más de 50 años atrás, no obstante refiriéndose a la inviabilidad de las aventuras revolucionarias comunistas y socialistas post experiencia bolchevique, Albert Camus planteó, en diferentes términos eso sí, esta idea). En tanto no se reestructure o se cambie el paradigma de desarrollo mundial, no es razonable una “gran transformación” a nivel nacional (dejando de lado los métodos de represión del contexto internacional, las estructuras de poder en el Perú, potestad de las derechas conservadoras, ahogarían cualquier intento de transformación, de cambios profundos emprendidos por un mandato, por ser los que habitualmente suelen trazarlo en sus proyectos, de izquierda; en relación, como caso expresivo, en el año 2013 bastó solamente que el gobierno insinúe la posibilidad de comprar Repsol contraviniendo los intereses ideológicos y económicos de las derechas, para que estas, exhibiendo parte de su poder para condicionar la decisión de la administración humalista, lo que finalmente ocurrió, realicen una intensa y envolvente contra campaña en todos los medios de comunicación, la cual, acariciando la histeria y el ridículo, llegó afirmar que: “….este será el comienzo de la transformación del Perú con un Estado avasallador, prepotente, autoritario, como en Cuba, Bolivia, Venezuela y Argentina. Pero los peruanos nos defenderemos de esta gran amenaza.”-Confiep: “Hemos salido de la hoja de ruta. Es una vergüenza”. Entrevista a Alfonso García Miró, El Comercio, 29 de abril del 2013). Las experiencias reformistas de centro izquierda de la región (Chile, Argentina, Uruguay, Brasil), y en menor medida los populismos de izquierda (Venezuela, Bolivia, Ecuador), lo entendieron así.
Uno de los puntos de crítica a Ollanta, por parte de las izquierdas que lo acompañaron y lo apoyaron durante el proceso electoral y el inicio de su gobierno, es justamente el hecho de que no haya cumplido con la promesa de la Gran Transformación (y no haya mantenido un perfil de izquierda como gobierno), y haya preferido el camino del pragmatismo. Este juicio, a mi criterio, tiene algo de verdad y algo de mentira; algo de razonable, y mucho de inconsciente e insensato. Todo parece indicar, a estas alturas, que Ollanta nunca tuvo la intención de efectuar, si bien no la Gran Transformación programada en su plan de gobierno (uso discursivo), por lo menos reformas políticas, sociales y económicas a la organización del país; Ollanta al parecer tenía su propia agenda, la cual empezó a evidenciar al poco tiempo de ganar las elecciones (la designación de un neoliberal convicto y confeso como Luis Castilla como ministro de Economía es muestra de ello), y transparentó con el caso Conga, la caída del gabinete Lerner y la desafectación de sus aliados de izquierda del gobierno. Ollanta como gobernante se presentó ante la ciudadanía como un pragmático, muy distinto a la figura de cambio que representó en las presidenciales, lo cual significó una farsa como bien reclaman las izquierdas, para sus partidarios y votantes independientes que creyeron en él. Sin embargo, este punto de crítica se mantuvo ausente cuando ya se estaban dando a conocer las primeras señales de lo que se llamó, el viraje hacia la derecha (en mí opinión no hubo tal viraje. Pienso que Ollanta nunca se sintió, ni mucho menos se concibió como él mismo se encargaba de hacerlo saber, de izquierda; solamente fue parte conveniente de su estrategia electoral). Políticos e intelectuales de izquierda intentaban explicar cada decisión durante la campaña (la correlación de fuerzas para la segunda vuelta, por ejemplo), o a comienzos del gobierno (la hipótesis, que no deja de estar conforme a razón y de tener bases explicativas sólidas, de la captura del Estado); una vez que estos fueron echados, la crítica, que ya existía tras bastidores, recién se manifestó de forma clara y pública, denotando una lucha de intereses y conveniencias (por ambas partes), más que por ideología, principios, ética o moral política por el lado de las izquierdas; y aún así, si esas hubieran sido las cuestiones, y expresaran un pedido franco y honesto, exigir al nacionalismo humalista la aplicación de una Gran Transformación (como aún, de forma obstinada y con poco sentido de la realidad, se sigue discutiendo en los ámbitos de las izquierdas), circunda la temeridad y la irreflexión; las derechas conservadoras, las que manejan las relaciones de poder, nunca lo hubieran permitido (y si Ollanta insistía, “nuestras” derechas, quienes suelen olvidarse rápida y fácilmente de sus compromisos y valores democráticos al momento de defender sus fueros e intereses, para decirlo sin eufemismos, le sacaban los tanques, lo golpeaban y se deshacían de él, sin misericordia, remordimientos de conciencia ni arrepentimientos de por medio). Ollanta asumió la presidencia sin un poder real detrás de él (una institución partidaria nacional de masas, y al menos 2 tercios de la población que respalde sus decisiones). Sin partido ni experiencia, los grupos de poder en contra, con una opinión pública dividida, una Lima desconfiada y con un triunfo conseguido no por sus propuestas sino por haber sido el “menos malo” de los dos candidatos, Ollanta eligió sobrevivir; y para esto tomó, para bien o para mal, la ruta del pragmatismo. Se adecuó a lo existente sin intentar cambiar nada (como lo hacen todos los jefes de gobierno desde el 2001; ha habido cambios sí, pero no de carácter sustancial), e intenta construir, junto a la figura de su esposa Nadine Heredia, un espacio propio de poder (por eso mismo, el recelo de las derechas conservadoras que lo toleran, pero no lo aceptan a pesar de su aparente cambio de rumbo hacia la derecha, y la campaña de desprestigio de los poderes fácticos, dirigido por entre la popular imagen de Nadine -desprestigio asentado en críticas y reproches justos, como su excesiva intromisión en asuntos de Estado, e injustos, tal es la labor social que realiza como representante política del gobierno).
La ruta del pragmatismo escogida por Ollanta, mucho antes de ser elegido presidente, y que es la consecuencia de una serie de circunstancias que se dieron alrededor de su concepción como actor político, suele ser un camino en cierta medida cómodo, seguro y estable; sin embargo el hecho de evitar proyectar y construir políticas públicas reformistas, necesarias en determinadas áreas de la sociedad (tales lo son, por mencionar algunas, educación, salud, industria, medioambiente, seguridad ciudadana, cimentación de las instituciones públicas, fortalecimiento de la igualdad y los derechos humanos, culturales y de género), hacen que nuestra realidad asemeje estar contenida en un limbo conceptual. Experiencias de centro izquierda sudamericanas (Brasil, Uruguay y Chile como casos ejemplares) y, no obstante ser diferentes en el fondo pero análogos en la forma, el gobierno municipal de Susana Villarán, demuestran que las reformas no son sencillas de construir (la puesta en marcha por la alcaldía de Lima de políticas públicas como la reforma del transporte, la recuperación de espacios públicos, tal es el caso emblemático de La Parada, y una considerable inversión en infraestructura, han provocado una fuerte resistencia y reacción por parte de los “afectados”, a los que se aúna el rechazo de las derechas conservadoras y el permanente e injusto hostigamiento de los medios, por razones ideológicas y ciertamente, no obstante en menor medida que la voceada por aquellos,  por errores propios y la falta de trabajo político con la ciudadanía, sus opositores y los que se muestran, literalmente, como sus enemigos políticos y mediáticos muy parecidos a los del Tea Party y los que suelen aparecer en Fox News), empero, con organización y convencimiento, aptitud y la mayoría de la opinión pública de acuerdo con aquellas, son realizables.
Ollanta, a diferencia de Susana, no se arriesgó. Por el momento, esa es su última lección.

Lima, junio de 2014.