Luis
Enríquez Travezaño
En poco tiempo la democracia peruana nuevamente enfrentara otra prueba que la pondrá frente a una ya vieja amenaza: el fujimorismo. A la que se aúna una verdadera tara del sistema: el alanismo que funge de aprismo desde que García se encumbró políticamente de manera práctica como el sucesor de Haya de la Torre al vencer en el interior del PAP a la facción de Andrés Townsend, y ganar las presidenciales de 1985.
En poco tiempo la democracia peruana nuevamente enfrentara otra prueba que la pondrá frente a una ya vieja amenaza: el fujimorismo. A la que se aúna una verdadera tara del sistema: el alanismo que funge de aprismo desde que García se encumbró políticamente de manera práctica como el sucesor de Haya de la Torre al vencer en el interior del PAP a la facción de Andrés Townsend, y ganar las presidenciales de 1985.
En una democracia fuerte, con instituciones
sólidas y reglas claras y serias y una ciudadanía consciente, informada y
responsable, las candidaturas de Keiko Fujimori y Alan García no representarían
un peligro. Ya desde el momento mismo de sus intenciones de postulación, estás
serían moralmente condenadas, por ser personajes que desafían toda ética y toda
moral y representan lo peor de la política peruana, tanto por sus antecedentes
políticos, y en muchos casos sospechosos de ser cómplices de crímenes y delitos,
como por sus contenidos políticos simbólicos. Empero, en una democracia
endeble, institucionalmente enclenque y poco seria al momento de perfilar sus
preferencias electorales, candidatos como los mencionados no sólo van a ser un
problema para la institucionalidad democrática del país, sino también van a
tener siempre la posibilidad de tener el apoyo de sectores de la población, que
en su mayoría lo hacen de manera irresponsable (en estos casos, los electores
siempre van a tener un grado de responsabilidad en tanto Alan y Keiko no son ni
figuras públicas diáfanas y libres de toda sospecha y de conductas intachables,
ni son una apuesta electoral nueva y atractiva. Nadie puede alegar que fue
embaucado con promesas falsas o que no los conoce. Todos los peruanos
mínimamente informados saben quiénes son y que representan estos sombríos
actores políticos). En fin que, Keiko y Alan representan la misma miseria
política y moral del país.
Empero, objetivamente se diferencian por
matices. Mientras que Keiko Fujimori representa el mayor de los males y
espantos para la democracia peruana, Alan se encuentra un escalón debajo.
Porque mientras Keiko es la abanderada de la organización que durante los años
90 literalmente hundió al Perú en la más abyecta de las calamidades morales y
políticas (además del neoliberalismo a rajatabla que instauró en el país, razón
por la cual las derechas con vocación democrática se sienten un poco
confundidas al tener al frente a sus ‘primos’ ideológicos que lograron lo que
ellas hubieran querido hacer, el mayor legado del fujimorismo fue destruir toda
noción y respeto de moral, honestidad, valores, cultura en el ámbito político y
social, llevando al Perú a niveles extremos de corrupción y perversidad
históricas), la candidatura de García es una mera falla del sistema y la prueba
final de que el APRA no es un partido.
Una de las principales consecuencias de
la dictadura fujimorista de los años 90 fue la anulación de la reelección
presidencial, dado que las fuerzas políticas del autócrata de origen japonés
que gobernó al país corrompieron este mecanismo para sus propios intereses (la
conocida popularmente: re-reelección del año 2000; que no fue otra cosa que
deformar las leyes vigentes en aquel momento para su beneficio, buscando permanecer
en el poder por al menos 5 años más, de manera que aparente ser legítima ante
la comunidad nacional e internacional), viciándolo ante la opinión pública una
vez derrumbada la dictadura a fines del año 2000. Esto impide que se dé la
reelección inmediata de un presidente (lo cual considero un error en tanto una
comunidad que puede sentirse a gusto y satisfecha con su mandatario debería
tener la oportunidad de darle más tiempo en la jefatura de gobierno, y a su vez
permitir que el político en cuestión y su partido u asociación política en el
poder tengan el tiempo de lograr plasmar, si lo tienen, su proyecto político
nacional, tomando en consideración que un periodo de gobierno, que en el caso
del Perú es 5 años como es sabido, siempre va a resultar insuficiente para
desplegar con total eficiencia, si esa es su intención, un plan nacional de
reformas, objetivos desarrollistas y de modernización. Lo que sí debería
implementarse, mirándonos en el espejo del sistema político de los gringos del
extremo norte de América, luego de este periodo de dos gobiernos, es el retiro
definitivo del presidente saliente de las lides electorales, para evitar así
tener candidatos eternos que busquen hacer negocio cada temporada electoral y
de paso ayudar a fortalecer la democracia interna de los partidos nacionales,
forzándolos a renovar sus cuadros y fortalecer sus instituciones). Pero no
impide que el que fue presidente un periodo, pueda volver a ser candidato luego
de pasada la etapa de otro gobierno, y por ende tener la oportunidad de llegar
al poder de nuevo las veces que se le dé su reverenda gana. Este vacío del
sistema es aprovechado por personajes como Alan García para ser los candidatos
eternos de su facción política, a los que se suelen llamar partidos en el Perú.
Y se suele, porque los partidos políticos en el Perú no existen.
Esta tercera candidatura de Alan,
debería ya de una vez por todas acabar con el lugar común al que llegan la
mayoría de los intelectuales y académicos sin distinciones ideológicas al
nombrar al APRA como el único o lo que más se parece a un partido en el país.
Más allá de todas las insinuaciones que ha dado a través de toda su historia, y
de su organización y tradición nacional (que ya es casi una pieza de museo), la
cultura de jefatura que está inoculada en las mentalidades apristas nunca le va
a permitir consolidarse como partido político. Este rasgo no es nuevo; es parte
de su historia, ya que Víctor Raúl fue quien lo definió con su incuestionable y
longeva jefatura, que lo acompañó hasta su muerte en 1979. Hizo de su
organización dependiente totalmente de una persona, de un jefe, de un caudillo,
debilitando así sus propias estructuras organizativas e impidiendo su
desarrollo institucional democrático. No es casualidad en la actualidad que el
APRA se vea huérfano y a punto del colapso una vez que García esta fuera del
panorama electoral (la última presidencial y congresal del año 2011, sin Alan
de candidato, el APRA desembarcó a su candidata presidencial Mercedes Aráoz, y
la hizo renunciar en beneficio del candidato de la derecha, o bien Castañeda o
bien Keiko, quienes finalmente perdieron, que se enfrentara a Humala, y sólo
pudo meter a 4 de sus candidatos al Congreso; en suma, un real desastre
electoral). Al no ser un partido, el APRA es incapaz de presentar, interna y
externamente, candidatos y alternativas diferentes que puedan ser atractivas
para el electorado (los enfrentamientos de su cúpula de dirigentes y de las
corrientes internas que la atraviesan, como por ejemplo es el caso de los denominados
‘cuarentones’ y ‘provincianos’, sólo definen cuotas de poder dentro de la casona
de la av. Alfonso Ugarte; nadie en realidad puede discutir al líder y mucho
menos alimentar tendencias que las diferencien, que las hagan únicas; el APRA
en la actualidad es sólo otra asociación política de derecha, como las hay
muchas, que busca llegar al poder, sin tener otro objetivo más que ese. No
tiene contenido; está vacío por dentro. El mayor anhelo de su jefe y sus
acompañantes es que sus nombres figuren en algún alto cargo de gobierno:
presidente, ministro, congresista, y quedar como parte de la historia oficial.
Y nada más. Su visión de país se reduce a lo ya existente desde los años 90, a
lo que sólo creen es necesario agregarle obras de infraestructura y reproducir y
aprobar leyes y ordenanzas periféricas, darle un trabajo en el Estado a todos
los que los apoyaron durante la campaña, como suele suceder con todas las
asociaciones políticas nacionales, y dar entrevistas a sus amigos de los medios
y proclamar cuanto discurso sea necesario sobre el Perú que avanza), y todo lo
que representa se reduce a la personalidad de su líder, que en este caso es el eterno
candidato García.
Ahora, lo de Keiko y el fujimorismo no
es una amenaza nueva, o que haya agarrado desprevenido al país. Es un proyecto
que se ha venido gestando años y que pareció estar a punto de dar a luz en las
presidenciales pasadas, del 2011, en las que según las encuestas del momento
tuvo la ventaja hasta pocos días antes de realizarse la segunda vuelta (el
cambio de rumbo de esas elecciones se logró gracias a la oportuna y astuta
denuncia del entonces candidato Ollanta en el debate presidencial de la segunda
vuelta, sobre las esterilizaciones forzadas durante el tiempo en el que Keiko
fungía de Primera Dama de la nación en la dictadura dirigida por su padre; el
golpe fue tan fuerte y tan cercano al día de las elecciones que Fujimori
terminó perdiendo unos comicios que muchos creían que ya tenía ganado). Tal
furor, de estar a portas de Palacio de Gobierno, a tan sólo unos metros, hizo
que el fujimorismo mirara con optimismo el 2016, ya con la persona (Keiko) que
los guiaría y llevaría nuevamente al poder y a la reivindicación de la
dictadura de Alberto Fujimori. Y de toda la miseria y podredumbre que eso
conlleva.
Actualmente, los sondeos de opinión
parecen darle la razón y ya perfilan al as de espadas naranja como la ganadora,
con una gran complacencia de la mayoría de los medios de comunicación y la
abierta complicidad de las derechas conservadoras que ven con ilusión a la
facción fujimorista nuevamente al mando del gobierno nacional. Sin embargo,
sabiendo también sus operadores políticos que existe una gran probabilidad de
una segunda vuelta electoral, han desplegado un plan en el que Keiko es presentada
ante la ciudadanía como una estadista con un discurso y un proyecto político de
centro, conciliador y democrático (algo que ciertamente hace recordar las
entrevistas que daba Álvaro Vargas Llosa en las presidenciales del 2011, en las
que definía a Ollanta como un estadista), distinto al de su padre y los viejos
caudillos del fujimorismo, para así evitar el rechazo de ser el mal mayor y resistir
la colisión que supondrá enfrentarse al bloque democrático que va a alinearse
tras el otro candidato que pase a la segunda vuelta. Todas sus expectativas
electorales están puestas en esto. No obstante, también es cierto que a estas
alturas aún las encuestas sólo están perfilando a los actores principales de la
próxima elección. Recordemos que para las presidenciales del 2011, en el mes de
noviembre de 2010, según las encuestas Ollanta Humala figuraba por debajo de
hasta 3 candidatos (Alejandro Toledo, Keiko y Luis Castañeda), y su intención
de voto llegaba en promedio sólo al 10%. Por aquel entonces, siguiendo las
encuestas de noviembre, los probables ganadores hubieran sido Toledo o
Castañeda, quien por aquel tiempo lideraba las preferencias electorales con más
del 20% de intención de voto, o incluso
en el peor de los escenarios la misma Fujimori. Está por demás decir que
nada de esto ocurrió, como todos ya saben. El voto fuerte por Humala recién se
develó en marzo, a pocas semanas de los comicios, y rápidamente lo colocó en
primer lugar y le permitió finalmente acceder a la segunda vuelta; entretanto,
la intención de voto de Castañeda cayó irremediablemente en favor del candidato
de ‘Alianza por el gran Cambio’, Pedro Pablo Kuczynski, quien en noviembre del
2010 no llegaba ni siquiera al 2% de intención de voto y que finalmente se
quedaría con el tercer lugar de aquellas presidenciales, con el 18% de los
votos válidos. Al igual que Castañeda,
Toledo luego de experimentar una verdadera fiebre de triunfo gracias a su casi
30% de preferencia electoral según las encuestas desde fines del 2010 hasta
febrero del 2011, empezó a debilitarse en marzo para terminar de caerse a días
de realizarse los comicios y sólo pudo conseguir un magro cuarto lugar con el
15% de los votos válidos.
Lo que sí es de resaltar, es que estas
mismas encuestas y sondeos de opinión denotan que la fluctuación de la
intención de voto por Fujimori (15-20%), a diferencia de las otras
candidaturas, se mantuvo estable durante todo el periodo electoral, lo cual finalmente
le bastó para clasificar a la segunda vuelta y competir con Ollanta. Esta
intención de voto sólida y estable a su
vez reveló el voto pro fujimorista (entiéndase como el voto por Fujimori, por
la personalidad, el apellido; si Keiko se apellidaría Chávez, Salgado o
Cuculiza su intención y su concretización de voto no hubiera llegado a los dos
dígitos, tal como le sucedió a una de las mismas mariscalas históricas del
fujimorismo Martha Chávez en las elecciones del 2006, quien apenas llegó al 7%
de los votos) que existe y resiste aún en las mentalidades nacionales y que le
permiten tener al fujimorismo presencia y espacio en el ámbito público y
político nacional y una cuota de poder
que le otorga capacidad de negociación y fuerza respecto a las otras fuerzas
políticas. Esto da a entender que de acá hasta las presidenciales del próximo
año, Fujimori tiene asegurada en promedio el 20% de la intención real de voto.
Lo que no es seguro es si va a mantener los números que hoy le dan las
encuestadoras (que ya de por sí, algunas actúan con muy poca seriedad al
presentar tendenciosas encuestas de segunda vuelta dándola como ganadora, las
cuales sí no tienen ningún tipo de valor de análisis; es decir que ese tipo de
encuestas no sirven absolutamente para nada. El escenario político electoral de
la casi segura segunda vuelta en las presidenciales del 2016 se va a configurar
recién acabada la primera vuelta, por tanto el escenario de la segunda vuelta
es un escenario inexistente aún, sobre el cual resulta imposible hacer sondeos
de opinión o análisis serios, antes de que aquello ocurra). En todo caso, la
apuesta del fujimorismo es llegar a la segunda vuelta con una candidata de
centro con una recién descubierta vocación democrática, intentar seducir a la
mayor parte de la población tal como ya sucedió en 2011 y proponer una estrategia
similar a la de Humala en ese mismo año, lo cual resulta por lo menos curioso
si tenemos en cuenta que todos los otros candidatos, incluidos los candidatos
del 1%, que anhelan el sillón de Pizarro apuestan casi por lo mismo: en sus
casos, captar el voto que contempla desilusionado y deprimido a Keiko y Alan y llegar
a la segunda vuelta y enfrentar a la china –voto desilusionado que hoy en día
ha puesto sus ojos coquetos en César Acuña, y que según Datum, CPI e IPSOS, ya
lo colocan en tercer lugar de las preferencias-. Todos quieren enfrentar a
Keiko porque saben que detrás de ellos se va a formar una gran coalición pro
democrática que va a rechazar de manera frontal y absoluta la posibilidad de
que el fujimorismo nuevamente llegue al poder; uno de ellos es el mismo Alan
García, quien arma su estrategia con un sinnúmero de promesas falsas para
convencer a los electores pensando en la segunda vuelta y presentándose en esta
ante la población como el mal menor, tal como ya lo hizo exitosamente el 2006 enfrentándose
y ganándole al por ese entonces furioso y vehemente chavista Ollanta Humala;
por sí, es su única y mejor estrategia, porque enfrentar a otro candidato, lo
convertiría a él automáticamente en el mal mayor. Y justamente es esta
condición de mal mayor de Keiko la que afecta toda su estrategia electoral, y
no hace posible que pueda ejecutar con holgura su plan de campaña conciliador de
centro como el de Humala en el 2011; en aquel entonces el humalismo sabía que,
dado el temor y rechazo que padecía por una gran parte de la población, para
tener posibilidades reales de triunfo tenía que enfrentar al fujimorismo en la
segunda vuelta, porque como sucede en el actual contexto en todos los casos
siempre Keiko va a representar el mal mayor.
El problema para el fujimorismo es que
Keiko nunca va a ser una candidata con vocación y convicción democrática.
Más allá de todo análisis del
comportamiento y nuevas actitudes y tendencias que la candidata naranja pueda
ofrecer ante la opinión pública, y por más visitas que haga a Harvard, auspiciado
por periodistas, intelectuales y académicos que queriendo o sin querer fungen
de útiles avales (ejerciendo un mal pretendido uso de la objetividad, en el
contexto actual los últimos artículos sobre Keiko del politólogo gringo Steven
Levitsky, en los cuales intenta convencer y convencerse a sí mismo de que el
fujimorismo ‘Keikista’ es democrático y políticamente fresco, se asemejan a un
café con sal; es una equivocación que sabe muy mal), el fujimorismo liderado
por Alberto, Keiko o Kenji o por quien sea, en ningún caso puede tener vocación
democrática. El fujimorismo en sí es anti-democrático. Su esencia se forjó
durante la dictadura de los años 90. Su carácter conocido y reconocido, y la
fuerza que empuja a sus bases sociales sólidas y fieles, es el autoritarismo. El
fujimorismo no tiene corrientes, es una sola fuerza que tiene como práctica y razón
de ser a Alberto y todo lo que él representa: su gobierno de los 90, sus
triunfos electorales, sus logros económicos, la derrota del terrorismo, su “don
de mando”, su “injusta persecución”, su condición de casi “mártir” en prisión;
en fin, el mito del fujimorismo a todas luces. Toda su organización se mueve al
ritmo de apellido Fujimori; no es casualidad que sea su hija, quien fue parte
de la dictadura de los 90 como Primera Dama, su principal representante
político en la actualidad. Realmente pensar o imaginar que el fujimorismo pueda
ser democrático revela una tremenda ingenuidad por parte de ciertos académicos
e intelectuales; claro, me refiero a los académicos e intelectuales críticos e independientes
que no son fujimoristas de carné o corazón en la sombra. Los operadores
intelectuales del ‘keikismo’ sí actúan con complicidad y trabajan como quinta
columnas, preparando las condiciones para el triunfo de su lideresa. La única
posibilidad de que el fujimorismo pueda ser democrático se funda en la negación
misma del fujimorismo. Es decir, que para que su organización tenga vocación y
perfil democrático tendrían que hacer una frontal autocrítica, rechazar
públicamente la dictadura de los años 90, abandonar la praxis fujimorista,
romper con la familia Fujimori y con todas sus estrellas y mariscalas
históricas, tal lo son las ‘chicas superpoderosas’, que hoy forman parte del parlamento
nacional. Esto da a entender fácilmente que es simplemente imposible. Dejarían
de existir. Por tal no puede haber un ‘keikismo’ democrático y responsable y
sin Fujimori, como ciertos intelectuales intentan presentar. La sola idea de un
fujimorismo sin Fujimori no tiene sentido. Es ridícula. El fujimorismo puede
tener matices, pugnas y diferencias de opinión y estrategia internas, pero todo
lo que lo convierte en una grave amenaza para la democracia peruana sigue
estando ahí, en su seno mismo. No ha cambiado. Sigue siendo la misma sombra
nefasta y fúnebre que envolvió al Perú durante 10 años. Empero, ahora ya no con
el rostro del chino, sino con el de su legítima heredera. Su hija. La china. Porque
Keiko es el golpe del 5 de abril, es Vladimiro Montesinos, es el Grupo Colina, es
el crimen de la Cantuta, y también el de Barrios Altos, es la masacre de Santa.
Keiko es la manipulación y control de periódicos, canales de televisión, radios
y periodistas, es la corrupción de funcionarios, políticos y empresarios, es la
destrucción del Estado de Derecho, es el control absoluto e ilegal de las
instituciones del Estado. Keiko es el desprecio y la violación de la Constitución
y los derechos fundamentales de los ciudadanos, es la negación de los derechos
laborales, es el desfalco de las arcas del Estado, es las imágenes de los
vladivideos. Keiko es Alberto huyendo del país, y también es Alberto en prisión
condenado por crímenes de lesa humanidad. Keiko es la podredumbre cultural y la
crisis educativa del país. Keiko es todos los funcionarios y operadores de la
dictadura fujimorista que purgaron y purgan prisión por cometer diversos
delitos y crímenes, y también es todos los que huyeron del país y hoy se
ocultan en el extranjero. Keiko es la intolerancia y el desprecio por los
derechos humanos y civiles de todas las personas. Keiko es el colapso moral del
Perú.
Existen diversas causas que han hecho
posible un escenario en el cual Keiko Fujimori sea presidenciable. Sin atender
todas las de corte estructural y coyuntural, de larga y corta duración
(corrupción histórica, caudillismo, debilidad del Estado y sus instituciones,
tradición autoritaria del imaginario nacional, abismos nacionales de exclusión,
desigualdad y discriminación entre la capital y el interior, imposibilidad de
plantear reformas por el manejo del poder de los poderes fácticos –los
gobiernos que se suceden tienen tanta capacidad de poder y verdadera gestión
como se los permiten los poderes fácticos, los que realmente dirigen el país-, amnesia e inconsciencia de
considerable parte de la población, redes de clientelismo fujimoristas tejidas
en los años 90, gobiernos democráticos impopulares e ineficaces que no cumplen
sus promesas o que simplemente no las pueden cumplir y se conforman con ser
mascaras del poder, lo que genera desconfianza y escepticismo en los métodos
democráticos, complicidad y beneplácito de los poderes fácticos con los
autoritarismos de derecha, el mito del fujimorismo exitoso de los años 90), una
de las principales causas es la endeble democracia que tenemos en el país. Desde
el derrumbe de la dictadura, los diversos gobiernos que se han sucedido en el
mando (Toledo, García, Humala) y sus respectivos poderes legislativos (y un
Poder Judicial que todos perciben como injusto y corrupto en extremo), han
hecho todo lo posible por debilitar el sistema democrático, con gestiones que a
la vista de la mayoría de la población resultaron sendos fracasos (a excepción
del gobierno de Alan, esta visión de fracaso de Toledo y Humala fue ayudada a
ser creada por sus enemigos políticos y mediáticos de derechas, quienes
aprovechando mínimos y máximos errores, torpezas políticas y su tremenda
impopularidad, ejercieron una desmedida venganza por la derrota sufrida en las
urnas. Les aplican lo que se conoce como ‘mala prensa’ y les practican una
oposición violenta y en muchos casos injusta, para debilitarlos y tumbarlos de
tal manera que sea casi imposible levantarse nuevamente como actores políticos
con credibilidad. Los mandatos de Toledo y de Humala, que a fin de cuentas fue
una suerte de segundo toledismo, fueron gobiernos ciertamente mediocres, pero
nunca llegando al punto dramático y desastroso como sus enemigos los presentan
en la radio, en la prensa y la televisión; eso es una falacia, una imagen
inventada, creada por su ‘mala prensa’. A diferencia de aquellos, el segundo
gobierno de Alan García, quien en comparación fue peor que los de Toledo y
Humala, tuvo ‘buena prensa’, complaciente y sobona y una oposición política
débil, presentando por momentos la imagen inventada de un gobierno exitoso, lo
cual como ya se sabe dista mucho de la realidad y la verdad. Dicho sea de paso,
estos modos y prácticas políticas irresponsables de los medios de derechas,
cuya invencible nave insignia es el Grupo El Comercio, también debilitan la
democracia), haciendo promesas en sus campañas a sabiendas que no las podían
cumplir (excepto Alan García, quien sonriente y convencido suele hacer
adornadas e histriónicas promesas falsas en sus campañas electorales), porque
no tienen el suficiente poder para esto. Y si se hubieran atrevido a cumplir
sus promesas de cambio y reforma, lo más probable es que los poderes fácticos y
sus operadores mediáticos y las derechas conservadoras simplemente les hubieran
sacado los tanques de los cuarteles y chau Alejandro, chau Ollanta, creado una
junta por la estabilidad, el orden y la ‘democracia’ del país y llamado al poco
tiempo a nuevas elecciones.
Promesas en tiempo de elecciones que se
vuelven mentirosas y vacías en tiempo de gobierno, atentan contra el sistema
democrático y lo vuelven cada vez más frágil. La gente se vuelve cada vez más
escéptica y desconfiada de los políticos y sus organizaciones en democracia, y
muchos finalmente terminan por dejar de creerles. Esto conlleva a contextos en
donde proyectos autoritarios que reflejan una artificial imagen de eficacia (la
popular y conocida ‘mano dura’ para resolver los problemas; por ejemplo, en un
escenario como el actual en donde el Congreso de la República y todos los
lamentables y ridículos políticos que lo integran parecen haber sido extraídos
de un cuento de Kafka, una medida de cierre o clausura por un presidente
popular, con gran aceptación, sería apoyada por la mayoría de la población) sean
vistos con buenos ojos por amplios sectores de los electores, y terminen
dándole su confianza. No es un voto de rabia contra el sistema como es definido
comúnmente por intelectuales y académicos; es un voto por la personalidad que
les ofrezca soluciones prácticas a sus problemas inmediatos. Por ejemplo, el
grave problema de la inseguridad en el país está llegando a un punto en que
muchos ciudadanos estén de acuerdo con soluciones radicales para acabar con la
delincuencia y la criminalidad que los agobia día con día, y con un mandatario
que inflexiblemente y sin escrúpulos no le tiemble la mano para poner orden y
brindar seguridad (uno de los réditos que tuvo el candidato Ollanta en el 2011
en vastos sectores electorales, la mayoría afincados en provincias, fue su
condición de militar).
La otra causa son los propios electores.
Sin sus votos de confianza, simpatía o azar a personajes como Keiko o Alan,
estos no representarían ninguna amenaza para la democracia. Son los propios
ciudadanos los que deciden darles su preferencia. Y son los mismos ciudadanos
los que deben asumir la responsabilidad por sus decisiones (muchos se preguntan
repetidamente por qué tenemos un Congreso de espanto y desafortunados
mandatarios; y la verdad es que únicamente están ahí por sus votos; llegaron a
ocupar un cargo público porque votaron por ellos; porque todos esos congresistas
que en la actualidad casi toda la población repudia y le da vergüenza ajena,
fueron elegidos por sus mismos votos. Les otorgaron mandato). Keiko puede
repetir miles y miles de veces que ella y su “nuevo” fujimorismo son
democráticos, y Alan decir que es el candidato del cambio y que va a cumplir
sus promesas multicolores para todos los gustos, como lo hace en cada elección
en la que se presenta; en complicidad con sus operadores políticos y mediáticos
pueden, y van a, repetirlo hasta el hartazgo durante la campaña electoral; Keiko
y Alan tienen la libertad y el derecho de decir lo que deseen, el problema está
en las personas que les creen.
El colapso y la debacle de la moral que
provocó el fujimorismo en el país durante los años 90 afectaron a los ámbitos
públicos y privados y a todos los actores políticos y sociales del escenario nacional,
haciendo que posturas, ideas y personajes sospechosos y abiertamente nocivos en
sus formas y contenidos, sean tomados como parte de la cotidianidad, de las
costumbres y en el peor de los casos sean aceptados con simpatía o como males
necesarios. Esto se resume muy bien en lo que ya a estas alturas es una frase
cliché del progresismo intelectual: ‘roba pero hace obra’. Esta incapacidad de
poder distinguir entre lo bueno y lo malo, hacer lo correcto en vez de lo
incorrecto, y este ambiente de confusión moral y egoísmo, el verdadero gran
logro del fujimorismo de los años 90, está creando olas de cinismo en el
imaginario nacional, lo cual es aprovechado por viejas prácticas como el
fujimorismo o el alanismo para nuevamente intentar llegar al poder, y de paso poner
a prueba la democracia en el Perú. Por eso es muy importante que los electores
decidan qué es lo que quieren para el país. Va a ser su propia decisión, y de
la decisión que tomen, basándose en simpatías y lo que piensen o lo que crean
que es correcto, van a tener que asumir las consecuencias.
No obstante, no es la primera vez que el
país tiene que pasar por este tipo de pruebas. Y cuando tuvo que hacerlo, la
gran mayoría de ciudadanos lo hizo con responsabilidad y consciencia (Lo del
llamado ‘electarado’ es sólo un mote bobo al que recurren los intelectuales de
derechas para descargar su rabia por perder elecciones contra los candidatos de
los liberales y los progresistas. La dinámica del heterogéneo electorado
peruano suele estar vinculada a las diferentes coyunturas que se suceden; no
acostumbran actuar de la misma manera siempre. Esto significa que la
idiosincrasia del electorado sea compleja, no esté caracterizada por un
comportamiento inmutable, y sí esté condicionada por el contexto y las circunstancias
históricas que la afectan en un determinado momento). Lo hizo en el 2011,
cuando la misma Keiko quiso mover las agujas del reloj y las fechas calendario
y hacernos retroceder hasta los años 90 (un triunfo del fujimorismo en las
presidenciales, significaría echar al tacho de la basura 15 años de democracia,
y de paso reivindicar a una de los peores absurdos y miserias políticas que
tuvo y tiene el país); también actuó con la misma firmeza rechazando la
malhadada Revocatoria del 2013 contra la entonces alcaldesa de Lima, Susana
Villarán, impulsada por el tristemente célebre Marco Tulio Gutiérrez (en
realidad, sólo un operador; los poderes en la sombra de aquel despropósito
político fueron el actual alcalde de Lima Luis Castañeda y el alanismo aprista);
y la rechazaron muy a pesar de la impopularidad y de las torpezas políticas y
de gestión de doña Susana y sus muchachos, dejando de lado sus intereses
personales y actuando con verdadera responsabilidad cívica y en defensa de la
democracia.
Y en las presidenciales del 2016 que se
avecinan, y que ya dejan escuchar por las calles los estruendosos y fúnebres
tambores del fujimorismo, los ciudadanos peruanos van a tener la oportunidad de
hacerlo nuevamente. Lo único malo de toda esta historia es que ante tanta
prueba, la democracia que en el Perú se asemeja a un cristal, puede terminar
por ceder ante la siempre presente tentación de fracasar y permita que el
fujimorismo la haga esquirlas.
Porque esto es el Perú, y en el Perú
suelen pasar cosas como estas. Y peores.
Lima, noviembre de 2015.
Lima, noviembre de 2015.