jueves, 4 de diciembre de 2014

ADIÓS SUSANA

Luis Enríquez Travezaño

El 5 de octubre del 2014 se llevaron a cabo las elecciones municipales más aburridas y predecibles de los últimos tiempos, ocurridas en la ciudad de Lima. Casi desde el mismo momento que se oficializó la postulación del ex alcalde de la capital peruana, Luis Castañeda Lossio, todos los que tenían cierto conocimiento del tema sabían que él iba a ser el ganador (y casi, porque desde que se instaló la idea de su candidatura entre los limeños, aún sin ser oficial, los sondeos de opinión ya lo daban como un seguro ganador, con más del 50% de las preferencias electorales). Este adormecedor suceso social y político está vinculado a dos factores que incidieron directamente en él: por un lado, la gestión de Susana Villarán, y por el otro las mentalidades del electorado limeño. Dejando de lado las explicaciones cliché, vagas, sin profundidad, tanto de las derechas como de las izquierdas, tales como electarado o roba pero hace obra (explicaciones propias de propaganda, de panfletos, pero que en un análisis detenido de la situación, sencillamente caen en la repetición); de este proceso se desprende más de una vertiente explicativa que nos ayuda a comprender muchos por qué, que encierra el fenómeno en sus diferentes dinámicas que transcurrieron desde los orígenes del  gobierno municipal de Villarán.
En primer lugar, tenemos la gestación de Villarán como alcaldesa de Lima (valgan obviedades, no se menciona el triunfo de un proyecto político o de una ideología, porque simplemente eso no existe en la dinámica electoral peruana. En pocas palabras: no triunfó ni un proyecto progresista ni una ideología de izquierda; la elección la ganó el individuo, la personalidad llamada Susana Villarán). Recordar, saber cómo se gestó el mandato de Villarán, otorga perspectiva sobre el fenómeno.
Durante las elecciones municipales de 2010, en las cuales se perfilaba como clara favorita la candidata del Partido Popular Cristiano, PPC, Lourdes Flores, quien tenía como competencia real a Álex Kouri, se dio una circunstancia particular que definiría el resultado de las mismas; el popular candidato de ‘Cambio Radical’ (uno de los muchísimos grupúsculos políticos existentes, que se hacen llamar equivocadamente: partidos; de tendencia derechista, conservadora), fue descalificado de la contienda por el Jurado Nacional de Elecciones, por descubrirse que no cumplía los requisitos necesarios para postular a la alcaldía de Lima. Es esta circunstancia que cambia la historia de aquel proceso. Al ser tachado Kouri, toda su intención de voto tuvo que migrar forzosamente, empero con una característica propia de la coyuntura: no migrarían (salvo habituales y contadas excepciones, claro) hacia la candidata del PPC; lo cual no es de extrañar si tomamos en cuenta que la principal responsable de que esto sucediera fue la misma Lourdes, quien al trazar durante su campaña la línea entre la decencia y la corrupción (estrategia electoral en la que ella, obviamente, representaba a la decencia y su rival la corrupción), polarizó la contienda y literalmente ahuyentó a la masa electoral que pensaba votar por Kouri, pero la cual ya con su candidato defenestrado no tenía ninguna intención de hacerlo por quien indirectamente los había rechazado, lo que afirmó y consolidó la idiosincrasia de la intención de voto por Kouri, que desde un inicio no simpatizó con Lourdes Flores.
La que se favoreció directamente con esto fue Susana Villarán, quien representó en ese momento lo opuesto, lo contrario de Lourdes: la candidata del pueblo (lo que resulta por lo menos curioso si tenemos en cuenta que la extracción social de Susana y Lourdes es similar), simpática, agradable, un “nuevo” rostro político (lo cual no es necesario explicar que falta groseramente a la verdad) y lo más importante en este caso: obtuvo la simpatía del electorado que no le agradaba Lourdes (la elección municipal de 2010 se caracterizó principalmente por la simpatía, que siempre es un factor a tomar en cuenta en cualquier escenario electoral, empero en el peruano resulta en la mayoría de los casos: determinante). Desfavorecida por este motivo, al que se aunaron la denuncia de su vinculación al empresario acusado de estar ligado al narcotráfico César Cataño, la difusión de los llamados potoaudios, en los cuales literalmente manda al poto a Lima y a todos los limeños que no pensaban votar por ella, y la afanosa contra-campaña que le hizo el escritor y periodista Jaime Bayly en su programa de televisión que se difundía en aquel entonces, Lourdes, dándole la razón nuevamente a su estigma de ‘eterna perdedora de elecciones’ (a las presidenciales a las que se presentó, 2001 y 2006, tras comienzos de campaña muy favorables, Lourdes fue derrotada en primera vuelta, y anecdóticamente en ambas ocasiones por un estrecho margen de votos y por el astuto y ladino candidato del APRA, Alan García, quien le ganó, como se dice en coloquial en el país, por tener personeros más pendejos), en poco tiempo se vio superada en las encuestas por Villarán, para finalmente perder los comicios del 3 de octubre del 2010.
Se entiende que el triunfo de Villarán se dio por una circunstancia específica, afortunada para ella y fatídica para el candidato descalificado. Por tal, su triunfo no fue el resultado de una exitosa campaña, de una simpatía espontánea de los ciudadanos por ella, ni de un supuesto voto afín a las izquierdas que ella representaba. Su triunfo, valga la redundancia, fue el triunfo de las circunstancias. Esto se corrobora si tomamos en cuenta que, cuando al final de la campaña electoral Lourdes cambia de estrategia y demostrando preparación y determinación propone una agresiva campaña publicitaria y ataca ferozmente a su rival por todos los medios posibles, develando su inexperiencia, flaqueza y cierto grado de improvisación, casi logrando revertir los resultados (si la campaña hubiera durado una semana más probablemente Susana, como estaba sucediendo en los últimos días del proceso, habría continuado su caída en la intención de voto y Lourdes habría obtenido la victoria); y cuando a poco tiempo después de asumir la gobernación de la ciudad, su nivel de popularidad se fue desmoronando rápidamente, hasta volverse catastróficamente impopular (a tal punto que intentaron revocarla), producto de la demoledora contra-campaña efectuada por la casi totalidad de los medios de comunicación (se popularizó entre los limeños el agraviante y burlón apodo: lady vaga), por sus propios errores políticos y porque la gran mayoría de los que votaron por ella nunca lo hicieron por un proyecto de desarrollo progresista de la ciudad (simplemente, a sus votantes no les preocupaba ni les interesaba que Lima se reforme; ellos no votaron por reformas; votaron por obras de mejoramiento y de beneficio público, pero sin que nada cambie; valgan verdades, los que votaron por reformas, por un programa o una idea fueron 4 gatos comunistones).
No es cierto entonces que el 3 de octubre del 2010 Susana Villarán o las izquierdas o el progresismo político haya triunfado en las elecciones municipales. Este tan sólo aparencial éxito, esta suerte de espejismo, fue una de las grandes debilidades del gobierno municipal de Villarán a través de todo su transcurso, y una de las razones por las cuales en las municipales de 2014, su derrota electoral, y de (todas) las izquierdas, fue tan evidentemente previsible y contundente.
En segundo lugar, la relación de Villarán con sus enemigos políticos y mediáticos.
Uno de los principales errores que cometió Villarán y su equipo de trabajo fue el nunca plantear una estrategia política para enfrentar la difícil relación que tendría como gobierno municipal con los medios y los sectores políticos de oposición, que en muchas oportunidades actuaron más como sus enemigos que como opositores políticos.
Luego del fallido intento de los radicalizados medios derechistas conservadores contrarios a toda opción de izquierda o liberal progresista que definen de la manera más burda y simplona como ‘caviar’ (El Comercio y Correo, y sus respectivos satélites, como sus principales representantes), de acabar con Villarán en las municipales del 2010 (por el contrario, su contra-campaña del miedo, intentando vincular a Villarán y su gente con el comunismo más retrógrado, tuvo el efecto contrario, victimizando a Villarán y afianzando su ocasional empatía con el votante), con ‘Fuerza Social’ ya como gobierno desde el 2011 inician como venganza, junto a sus declarados enemigos políticos (Castañeda Lossio y sus muchachos, tras el anuncio de que, después de descubrirse graves indicios de corrupción, se investigaría la gestión del ex alcalde y su grado de su participación en el caso Comunicore), una paciente y permanente e intolerante campaña de hostigamiento y difamación que desembocó en el proceso de revocatoria del año 2013. Tras una nueva derrota (como premio consuelo para sus enemigos, se revocó a casi todos los regidores de ‘Fuerza Social’; sólo quedó uno), esta vez ocasionada por la pésima, desorganizada y antidemocrática campaña del ‘SÍ’, y por la audaz y creativa campaña del ‘NO’ y por el respaldo de los principales representantes políticos democráticos de la ciudad a Villarán y al sistema de gobierno (destacando fundamentalmente en aquella ocasión el apoyo que le brindó la lideresa del PPC, Lourdes Flores); el antivillaranismo recién encontraría su venganza en la municipales del 2014, derrotando y sacando del  gobierno de Lima a una terriblemente impopular Villarán y a las desorganizadas y extraviadas izquierdas.
En ningún momento, Villarán y su equipo entendieron que estaban jugando de visitantes, con el público y el árbitro ideologizados y en contra. Por el contrario, sin ningún criterio político al saberse nuevos y sin una verdadera organización política y social que los respalde, sin experiencia ni un equipo técnico adecuado, sin aliados importantes y habiendo ganado las elecciones más por azar y por buena fortuna que por su capacidad de convocatoria o por ser un movimiento de masas; deliberadamente abrieron nuevos frentes, se buscaron más enemigos al contraponerse a más intereses de diversos sectores con una determinada cuota de poder en la ciudad, y literalmente se pelearon con medio Lima. Es cierto que lo hicieron con buenas intenciones, pero el plan de reforma y desarrollo que intentaron llevar a cabo en la ciudad no podía cimentarse en la buena voluntad; además de un plan técnico integral consistente (que existió, pero que por el apresuramiento y la improvisación de su implementación, pareció que en realidad no existía), se necesitaba de un plan político. No todo se podía resolver con “faltó comunicación”, como declaraban sus funcionarios. Por sus propias decisiones la administración de Villarán se aisló, se quedó sola y desamparada.
No hubo por parte de Villarán y su gente voluntad, capacidad, criterio político (buscar acercamientos, crear alianzas de conveniencias, ceder poder, convocar tecnócratas de otras tiendas políticas, negociar con los sectores opositores más blandos) ni una idea real del escenario en el cual iban a actuar, para enfrentar a sus enemigos políticos y mediáticos, dejando en evidencia su inexperiencia y su falta de preparación en el aspecto político, para asumir un cargo de este tipo. Para decirlo, en palabras simples, les faltó maña; les faltó calle, como se dice popularmente. 
En tercer lugar, el proyecto político de Villarán en Lima.
Para comenzar con este punto, es necesario afirmar que lo hecho por la gestión de Villarán, dar inicio a una serie de políticas públicas y reformas en la ciudad (recuperación y mejoramiento del espacio público, inversión considerable en infraestructura, reforma del transporte) es loable, responsable y muy necesario. Llevar adelante un proyecto de modernización de la ciudad de este tipo es muy arriesgado. No era muy difícil inferir que iba a provocar resistencias de diferentes clases y de distintos sectores. No obstante, el gobierno de ‘Fuerza Social’, con la mejor buena voluntad, lo llevó a cabo, sucediendo los contratiempos y cometiendo las equivocaciones que se suelen cometer cuando se desarrollan este tipo de programas de gobierno. Así mismo, demostró a una parte de la ciudadanía que un gobierno de (centro) izquierda nacional (salvando las evidentes diferencias, lo más cercano a las experiencias de centro izquierda de la región) puede generar proyectos de inversión y desarrollo en concordancia con el libre mercado, contradiciendo los prejuicios inventados por entre los discursos de las derechas conservadoras y los operadores mediáticos de los poderes fácticos, que hacen referencia al arcaísmo ideológico de las izquierdas, las cuales supuestamente estarían en contra de toda política pública de desarrollo que implique relación con el libre mercado y el capitalismo; discurso que, dicho sea de paso, ha funcionado muy bien en el caso de Cajamarca y el proyecto de inversión minera Conga; las izquierdas son percibidas desde diversos sectores del país como anti-mineros, contrarios al progreso, la modernidad, al desarrollo y a toda inversión del capital extranjero en el país. Ciertamente, la intransigencia y la postura anti-minera y anti-capitalista de algunos dirigentes de la protesta y grupos radicalizados de izquierdas, también han hecho su parte en la construcción de este discurso.
Sin embargo, también es cierto, no basta con la buena voluntad para hacer algo de beneficio. Y justamente ese fue el principal error de Villarán y sus muchachos: creer que con su buena voluntad podían hacerlo todo posible. En política, razonar que con la buena voluntad es suficiente, es un arma; pero para tus enemigos políticos.
Al no tener conciencia de que jugaban con todo en contra, no tomaron en consideración que cada error o falla cometida, por insignificante que esta pueda ser, sería aprovechado por sus enemigos. Tal cual sucedió. Al principio, toda obra o iniciativa pública fue silenciada por los medios, y como admitirían los mismos Villarán boys: por sus propios errores (falta de comunicación y difusión de sus obras). Esto propició que sus enemigos y los medios inventaran la imagen de ociosa de la alcaldesa y de una ciudad detenida, que no avanzaba. Luego, cuando se empezó a difundir su trabajo, los contratiempos y fallas de las iniciativas y proyectos, tales como los casos de la arena de la playa La Herradura o la inundación de una parte de las obras de Vía Parque Rímac, fueron convertidos en ineficacia e ineptitud. Tras la fallida revocatoria, nunca se dio tregua a Villarán. Su imagen impopular se acentuó y consolidó entre la mayoría de la población, gracias también a su poco trabajo político de imagen y su frágil relación con los sectores populares. Villarán se convirtió para la mayor parte de los limeños en un personaje político antipático. No les caía bien. Por tal, todo mal funcionamiento de sus políticas públicas, de sus obras o proyectos no iba a ser bien recibido (todos los intereses y los grupos de poder en pugna con la municipalidad, aprovecharon esta situación). En la mayoría de los casos no se planificaron ni se tomaron las medidas necesarias para intentar contrarrestar esto; el ejemplo más claro fue el malhadado e infausto caso de La Parada, que resultó finalmente siendo un éxito, empero con un excesivo costo social que se trasluciría más adelante en un costo político. Era evidente la falta de organización política, y sobre todo el sentido de oportunidad para desplegar determinados trabajos.
La implementación del Corredor Azul, parte de la reforma del transporte, a ojos de la mayor parte de los ciudadanos fue propia de la improvisación y del hacer mal las cosas. Fue rechazada. Sus enemigos políticos y mediáticos, claro está, contribuyeron desde sus tribunas a que el impacto negativo fuera mayor. A mi criterio, el Corredor Azul y la reforma del transporte de manera integral, son de suma necesidad para la reorganización y el bienestar de Lima. Sin embargo, el apresuramiento, la manifiesta improvisación de su puesta en funcionamiento y su débil trabajo político de concientización ciudadana (ausencia de fuertes campañas de información previa, medición del impacto social, encuestas sobre su necesidad y sobre la aceptación o rechazo de los limeños a su implementación, prever y contrarrestar las lógicas resistencias de los intereses afectados y de las personas al cambio), han ocasionado que no sea aceptada totalmente, y que pueda ser detenida o definitivamente terminada por el nuevo gobierno de Lima. Desde el hecho de que se desplegara este proyecto en un año electoral y con la alcaldesa intentando reelegirse fue una pésima decisión, por las consecuencias que podrían afectar los planes de reforma y el beneficio público de los limeños; la misma decisión de Villarán de participar en las municipales de 2014, ya de por sí era una mala decisión, por sus altos niveles de rechazo e impopularidad. Para todos era conocido que no iba a ganar; probablemente incluso si Castañeda no participaba en las mismas. A tal punto llegó su impopularidad y su antipatía política, que hasta un personaje políticamente desdichado y enclenque como Enrique Cornejo le ganó.
En cuarto lugar, la relación de Villarán con los limeños.
A desemejanza de lo que los intelectuales, periodistas y políticos de derecha concluyen en sus poco reflexivas y sí muy apasionadas opiniones, el gobierno de Villarán dista de ser un fracaso. Es cierto que se cometieron errores que traslucieron en más de una ocasión inexperiencia y falta de preparación, empero Villarán durante su mandato hizo lo que otros alcaldes no hicieron cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo, y con mayor tiempo para hacerlo (desde el gobierno de Alberto Andrade, QEPD, quien a partir del año 1996 hasta el 2002 inició la reorganización de la capital, nunca se llevó a cabo un proyecto de desarrollo y modernización profundo de la ciudad de Lima. Durante su primer periodo de 8 años, Castañeda, políticamente muy hábil y taimado, supo con sus decisiones, acciones y obras quedar bien con los diversos intereses que existen en Lima, sin intentar siquiera enfrentar los problemas trascendentes que afectaban a la ciudad. Es decir, nunca se peleó con nadie y a la vez se las ingenió para contentar a la mayoría. Eso explica sus altos niveles de aprobación y popularidad entre los limeños y el consenso de las derechas mediáticas, junto a un sector de las derechas políticas, para que sea quien los lleve al triunfo en las elecciones del 2014, tal como finalmente sucedió). Emprendió una serie de obras, políticas públicas y reformas a favor de la capital, cuyos resultados, en el momento en que escribo este artículo, si bien es cierto que aún están en proceso (4 años resulta un tiempo escaso para llevar adelante tal iniciativa), ya han puesto en marcha un proyecto de ciudad.
Susana Villarán no fracasó como alcaldesa. Sin embargo, sí lo hizo como política; y este fracaso se denotó claramente en su relación con los limeños. Porque si bien es evidente que sus enemigos hicieron su trabajo, a todas luces exitoso, denigrando y destruyendo su imagen pública, la propia Villarán también hizo su parte.
Sin tomar consciencia del voto prestado del 2010 (no fue un voto genuino por ella, por su agrupación, ni mucho menos por las izquierdas), Villarán y sus muchachos no se plantearon una estrategia para vincularse verdaderamente con los ciudadanos, de manera políticamente efectiva. Muy por el contrario, Villarán se alejó de los limeños y su gobierno pareció habitar en una burbuja, sin contacto con la realidad. Esta ausencia de trabajo político con los ciudadanos, el cual incluye la falta de difusión de sus obras en la primera etapa de su gobierno, su alejamiento de los sectores populares (“Para los sectores mayoritarios de la población, especialmente para los más pobres, las obras de Castañeda llegaban más a sus intereses y necesidades que las obras de Villarán”. Sinesio López, El Velorio de la Derecha, La República, 9 de octubre del 2014) y una imagen distante y distinta de la mayoría de sus votantes, los que no se sentían verdaderamente identificados con ella, fue muy bien aprovechada por sus enemigos políticos y mediáticos para su demolición política (por entre opinión mezclada con un poco de información, ideologizada y sensacionalista, prensa, radio y televisión en su mayoría estimularon el morbo de los limeños que no les agradaba, soportaban ni toleraban a Villarán). A estas alturas pienso que Villarán y su gente consideraron equivocadamente que los limeños iban a comprender su trabajo, porque al fin y al cabo iban a llegar a entender que era para el beneficio de ellos mismos. Tal ingenuidad política quedó demostrada cuando Villarán decidió presentarse a las municipales del 2014, para intentar reelegirse, tal vez entusiasmada por los resultados favorables de la revocatoria; empero, en aquella consulta, tampoco el voto fue por Villarán; el voto mayoritario fue en contra de las consecuencias que traería la revocatoria, y en contra de la insensata campaña del NO y sus nada responsables representantes políticos.
Esto devela también de paso un desconocimiento de la idiosincrasia del electorado.
Al respecto, no estoy de acuerdo con Steven Levitsky cuando afirma que lo que se define como irracionalidad del voto programático es provocada por la incertidumbre generada por el exceso de oferta de candidatos, la desconfianza porque los candidatos no cumplen sus promesas, y la corrupción (Elecciones y Tarados, La República, 5 de octubre del 2104).
Es cierto lo del exceso de oferta de candidatos personalistas, muchos de ellos noveles, sin programa claro y sin partido. Empero, razonar que esto genera incertidumbre no es correcto. Durante el proceso mismo, a pesar del exceso de candidatos, los electores destacan con su intención de voto a 2 o 3 candidatos sobre el resto, a los cuales dejan de lado (los llamados candidatos del 1 %, que en realidad algunos no llegan ni siquiera a bordear esta cifra). En la práctica no se da tal incertidumbre; en el transcurso del proceso electoral, los votantes definen entre varios a los que finalmente van a competir por el puesto de gobierno. Basta recordar los últimos procesos, para darse cuenta de ello: en las municipales de Lima del 2014 participaron 13 candidatos; desde un inicio los votantes decidieron al ganador de estos comicios. A pesar de los 10 candidatos, en las presidenciales del 2011 los ciudadanos perfilaron mayoritariamente sus preferencias hacia 3 candidatos, Ollanta Humala, Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski. En las municipales de Lima del 2010 se presentaron 9 candidatos; sólo 2 compitieron en la práctica. En las municipales de Lima del 2006 ocurrió algo similar a las del 2014, con el mismo resultado. En las presidenciales del 2006, participaron 20 candidatos; sólo 3 compitieron en la realidad: Ollanta, Alan y Lourdes.
Lo del caudillismo y lo de la falta de partidos son problemas estructurales, y son temas que pertenecen a una problemática más amplia y compleja.
La aplastante victoria de Castañeda en las municipales del 2014 no sólo se entiende como el rechazo y la ojeriza a Villarán, sino como un voto de confianza del limeño al nuevamente alcalde de Lima. La señalada desconfianza porque los políticos no cumplen sus promesas no es una característica de las mentalidades de los electores. Sí existe tal desconfianza, denuesto y recelo por la clase política, sin embargo no puede ser aplicado como característica del comportamiento de los votantes, porque no existe un patrón de desconfianza hacia todos los candidatos políticos. El caso de Castañeda es más que evidente. La mayor parte de los limeños confían en él, en su trabajo, así como en su momento confiaron en Alberto Andrade, o en Ricardo Belmont. Esa confianza puede desaparecer en algún momento claro, o no puede ser transferida a otra situación distinta, como sucedió con el mismo Castañeda en las presidenciales del 2011, quien no vio reflejada su popularidad como exitoso alcalde de la capital a nivel nacional (por poco una maldición de los alcaldes de Lima que quieren ser presidente). Sin embargo, existe.
Razonar en teoría a la corrupción como un factor que incide en los electores, en la práctica no ocurre. Si la corrupción actuara como un factor de este tipo, Castañeda en Lima ni Gregorio Santos en Cajamarca hubieran ganado sus respectivos escrutinios, por ejemplo. Los graves indicios de corrupción que los envuelven a ambos (Santos incluso participó en la elecciones, preso), hubieran bastado para ser inhabilitados moralmente por sus poblaciones electorales. Empero, esto no sucedió; por el contrario, la corrupción nunca actuó como un factor negativo ni estimuló una reacción moral en la mayoría de los votantes. La candidatura de Castañeda fue apoyada abiertamente por amplios sectores de la sociedad (empresarios, medios de comunicación, “partidos” políticos, ciudadanos independientes), sin que la corrupción que acechaba a su candidato representara un real problema. El caso de Santos, fue distinto; su voto a favor fue el voto del hartazgo de Cajamarca por la capital, el voto contra Lima y su clase política y sus periodistas y sus ciudadanos derechistas, discriminadores, superfluos e intolerantes. Este sentimiento lo representó Santos, e incidió en la mayoría de los votantes cajamarquinos, a diferencia de las sospechas de corrupción, las cuales no actuaron en la práctica como un elemento incidente importante.
Depende de las tendencias del comportamiento del votante, para que factores como la desconfianza o la corrupción funcionen y actúen en la dinámica electoral como características, pero esto siempre va a estar condicionado por la coyuntura, por el momento en el que ocurren los hechos y por las circunstancias históricas que inciden en aquel; es decir, pueden funcionar y actuar como particularidades de las mentalidades de los votantes, empero sólo en determinados contextos electorales. Por lo mismo, la desconfianza y la corrupción no pueden ser características de la nombrada irracionalidad del voto programático, proposición teórica que significa, valgan obviedades, y en palabras menos pomposas, que los peruanos no votan por programas.
Por último, Villarán en relación a la situación de las izquierdas nacionales.
No ha pasado mucho tiempo desde que se anunció desde los ámbitos de las izquierdas la formación del ‘Frente Amplio’, una suerte de espejo de la electoral y políticamente exitosa experiencia uruguaya. Este proyecto de organización partidaria política nacional, con evidentes fines electorales, buscaba, o busca en realidad, ser un espacio de izquierda que se convierta en una confluencia de corrientes políticas, unidas bajo acuerdos y un programa, para así mostrarse como una alternativa electoralmente viable, una opción atractiva entre los ciudadanos y una voz importante en la dinámica pública política nacional. Las recientes elecciones municipales y regionales eran la oportunidad del ‘Frente Amplio’ para presentarse como un solo bloque en torno a los distintos candidatos de izquierda, partidarios y afines, que postularían; así además intentar atraer a otros organismos y movimientos regionales independientes de izquierda. Este hubiera sido por ejemplo el caso de Villarán, representante de las izquierdas en Lima (aunque una vez hundido el barco, algunos trataron de negarlo), y a quien incluso antes de su clara y contundente derrota en las municipales se le voceaba en los corredores de las izquierdas como la candidata para las presidenciales del 2016. Y escribo hubiera, porque esto jamás sucedió. Durante el proceso electoral la unidad planteada en teoría por las izquierdas, no funcionó en la práctica. Nunca llegaron a alcanzar acuerdos mutuos por insuperables posturas ideológicas (resulta obvio que Villarán y sus muchachos y Patria Roja, por citar un caso, están separados por un profundo y extenso abismo ideológico), cuestiones de principios (el principal, según los protagonistas, la alianza  del villaranismo con el toledismo), falta de voluntad y por cuotas de poder, y se dividieron (parece ser un eterno vicio de las izquierdas el de que a pesar de ser “4 gatos”, esos “4” terminan siempre peleándose entre sí).
Hasta este punto, considero necesario aclarar que la unidad, cual fórmula mágica, no hubiera significado el éxito electoral de Villarán, ni mucho menos (los problemas de las izquierdas nacionales no se van a resolver únicamente con predecibles y repetitivos llamados a la unidad de sus políticos e intelectuales; sus problemas son mucho más profundos y están vinculados a lo que sucedió con aquellas una vez caído el Muro de Berlín y el bloque comunista internacional liderado por la URSS); Castañeda iba a ganar, de todas maneras. Empero, una vez decidida la postulación de Villarán (un error político, desde un principio), como unidad se debió trabajar arduamente para hacer ingresar a la mayor cantidad de regidores que fiscalicen al nuevo gobierno y defiendan las reformas emprendidas por ‘Fuerza Social’.
La derrota de las izquierdas en Lima (y por poco en todo el Perú; hubo algunas excepciones, como Cajamarca; aunque claro, este triunfo tampoco puede traducirse como un voto de izquierda), develó una serie de quiebres en su interior, y confirmó su fantasmal situación actual. Razonar, por enésima vez, que se debe Comenzar desde cero: quemar las naves (Una Autocrítica desde la Izquierda. Rocío Silva Santisteban, La República, 7 de octubre del 2014), o, sin ningún afán de autocrítica, que la derrota de Villarán….no compromete al sector que decidió abstenerse en las elecciones…. (Tiempos Turbulentos, Nelson Manrique, La República, 7 de octubre del 2014), no hace sino confirmar estos quiebres, reflejados en sus organizaciones, sus ideologías, sus prácticas, sus políticos y sus intelectuales.
Sin autocrítica ni consciencia de la realidad (uno de los pocos que planteó una verdadera autocrítica en sus artículos sobre las elecciones del 2014 fue Sinesio López, quien afirmó de manera concluyente: En vez de responder al desafío de la derecha con la unidad y con la formación de una vasta coalición de centro izquierda, los partidos fragmentados de la izquierda se suicidaron antes de entrar a la batalla, abandonaron a Susana y ahora quieren rehuir la responsabilidad de la derrota. El Velorio de la Derecha, La República, 9 de octubre del 2014; Se desataca el triunfo regional en Cajamarca y el éxito en pocas provincias en contraste con la derrota de Lima, pero se oculta la aplastante derrota de los partidos de izquierda que impulsaron la división en muchas provincias y distritos en donde presentaron candidatos. La verdad es que todas las izquierdas perdieron. Dos estrategias, La República, 16 de octubre del 2014), atractivo electoral ni horizonte (vivir añorando la “gloriosa” década de los 80 y a Izquierda Unida, no presenta precisamente un panorama alentador; muchas de ellas viven atrapadas en anacronismos ideológicos), sin poder, capacidad de organización y sí con mucha mezquindad, las izquierdas políticas en estos tiempos electoralmente no representan absolutamente nada. Las izquierdas únicamente son una piedra y un cristal roto, un ahogado grito de protesta y un viejo libro de editorial Progreso, un profesor de la Católica, una desganada canción de Silvio Rodríguez y una enardecida conversación en un bar, entre butifarras, cigarrillos y cervezas.
Hablar cada cierto tiempo, tras un nuevo fracaso electoral y político y social, de unidad, quemar naves y comenzar de nuevo, bajar a bases, que la izquierda se gesta en las calles, que la izquierda se tiene que modernizar,  que las nuevas generaciones tienen que tomar la posta y que el pueblo unido jamás será vencido, son a estas alturas palabras vacías; sin contenido. Puro lirismo intelectual y académico. La realidad indica que las izquierdas están destruidas, por dentro y por fuera. Y que fueron las mismas izquierdas las que se destruyeron a sí mismas cuando a fines de la década de los años 80 e inicios de los 90, con el derrumbe del paradigma del comunismo y el socialismo mundial y el duro e innegociable rechazo de la sociedad peruana a la infausta vía revolucionaria de Gonzalo y Sendero Luminoso, no se reformaron organizacional, política ni ideológicamente. Tuvieron la oportunidad de hacerlo, y no lo hicieron. Ahora se asemejan a un alma en pena que, olvidando que ya está muerta, vuelve a repetir los momentos de su muerte, una y otra vez.
Para que la izquierda peruana deje de seguir siendo lo que es desde la década de los 90, un mero ornamento folclórico para darle color al escenario político nacional, tiene que practicar lo mismo que predicó como receta infalible para la sociedad nacional y mundial, hasta el punto alucinado de postularlo como verdad científica: tiene que afrontar una revolución, y todo lo que eso conlleva y significa. Tiene que someterse a un proceso de transformación de sus propias estructuras. Cambiarlo completamente todo, sin atisbo de dudas.    
El caso de Villarán, aunque muchos izquierdistas no estén de acuerdo, figura muy bien la realidad de las izquierdas nacionales. Un triunfo electoral de las circunstancias, un gobierno progresista impopular, una líder, junto a sus muchachos, sin capacidad de respuesta política (es justo decir que lo que les faltó en organización y experiencia, les sobró en buena voluntad y decisión política. Las reformas emprendidas en Lima son parte de un proyecto que vislumbra una idea de ciudad, y aunque se notó la falta de organización en su implementación, son trascendentes para la modernización y el ordenamiento de Lima). Y una gran mayoría de la población diciéndole, adiós.
La crisis política de las izquierdas, que se extiende a todo el sistema partidario “institucional” del país (es decir, también es propio de las derechas; al respecto, resultó patético ver a algunos periodistas, analistas y políticos celebrar el “éxito” electoral de Cornejo y el aprismo, e intentar convencer a la opinión pública de su arraigo supuestamente restablecido. Los mismos que intentan formar opinión y tendencias a favoritismos en base a prematuras encuestas para las presidenciales del 2016; a estas alturas, esas encuestas no dicen nada, no descubren nada ni auguran nada; en resumen, no significan nada para futuras presidenciales. Ciertamente, ese tipo de encuestas únicamente sirven como pasatiempo para periodistas y analistas políticos mediáticos), nos brinda una idea del comportamiento de los votantes en una realidad sin partidos y con los poderes fácticos controlando las relaciones de poder en el Perú (no existen partidos políticos en el país; discrepo con los que afirman que el APRA es un partido. El APRA no puede ser un partido porque se ha visto afectado históricamente por su cultura autoritaria de jefatura; actualmente sin Alan García no ganan elecciones ni posiciones de poder. Dependen totalmente de él).
Es equivocado intentar dar características, o descubrir pautas, a este comportamiento porque no es único ni absoluto. El comportamiento de los votantes está relacionado al escenario, al contexto histórico y a las circunstancias en el cual se desenvuelven, los cuales cambian con el transcurrir del tiempo. Entendiendo esto, es posible comprender las diferentes dinámicas electorales nacionales.

Lima, noviembre de 2014. 

martes, 30 de septiembre de 2014

SIN OLVIDO NI RENCOR

Luis Enríquez Travezaño

Por entre el camino de la historia existen hechos, eventos, sucesos que marcan pautas y establecen cambios (y continuidades) que reconfiguran las organizaciones sociales, políticas y económicas en un determinado contexto, y afectan directa e indirectamente la consciencia y la memoria de los imaginarios nacionales. Ejemplos de estos hitos en la historia peruana son: el proceso de Conquista y colonización (dicho sea de paso, el origen histórico del Perú moderno;  por más buenas intenciones y promociones turísticas que puedan tener por un lado, o por más complejos o miedos que tengan por el otro, el origen de la sociedad peruana actual no se encuentra en las culturas nativas que ocuparon estos territorios, así como tampoco se encuentra, claro está, en Madrid, Extremadura o Aragón;  valgan obviedades, el Perú es el todo de un mestizaje, que se caracterizó, sin desmerecer a las otras culturas inmigrantes, principalmente de la amalgama de las culturas nativas, las culturas españolas y las culturas africanas), o el proceso de Independencia (el origen político del Perú moderno; no obstante, si bien en este paradigma, caracterizado por su aparencial estado de ruptura, los imparables cauces de continuidad y por albergar una suma de infortunados sucesos que determinaron en el tiempo la formación de las estructuras organizacionales, se encuentran, contemplados por el análisis histórico, respuestas a muchos por qué de la historia nacional, sería un error razonar en condicionamientos absolutos o destinos trágicos de los cuales se hace imposible escapar. Resulta muy fácil y conveniente para algunos políticos e intelectuales explicar la realidad del país pensando solamente en aquello, sin tomar en cuenta los diversos movimientos, vuelcos y variables que han afectado el transcurso, desde aquel hito; claro, cabe anotar también que es imposible explicar nuestra realidad sin tomar en cuenta aquellos paradigmas). Ahora, dejando de lado hechos más relacionados a la larga duración, en esta ocasión quisiera centrarme en 3 sucesos vinculados de manera directa a la consciencia y la memoria histórica de la colectividad peruana contemporánea.
En primer lugar, la Guerra del Pacífico.
Es cierto que este paradigma tiene más que ver con la larga duración, que con lo inmediato; también es cierto que con el pasar del tiempo las nuevas generaciones casi no tienen, o simplemente no lo tienen, interés verdadero en lo que sucedió y lo que significó esta guerra del siglo pasado (la Historia es por poco una paria, entre las juventudes); sin embargo, el caso de que sea un conflicto sin resolver en el inconsciente colectivo, y que haya ido develando lo que se escondía celosamente tras bastidores del escenario nacional, hace que, aunque invisible y fantasmal, retorne cada cierto tiempo y se haga presente para incentivar dudas y herir orgullos. Tal, se pudo apreciar durante el conflicto de La Haya.
De este evento particular, que enfrentó en los tribunales de La Haya a Perú y Chile por la delimitación marítima, se pueden dilucidar algunas cuestiones referidas al tema que nos concierne. Antes que nada se debe señalar que la relevancia y la expectativa de este hecho, estuvo más relacionada al interés que existió por parte de algunos sectores políticos y periodísticos por hacerlo un asunto de identidad nacional y de patriotismo a ultranza (el tema era de orden jurídico, y sin las euforias nacionalistas inventadas no hubiera pasado de ser eso, ni hubiera tenido la cobertura mediática que tuvo). Esta exaltación patriotera llegó a su cumbre el 27 de enero del 2014, día en el que se dio a conocer el fallo del tribunal. Más allá de la confusión que generó en los pobladores la resolución (dictado de algo más de 2 horas lleno de cansados detalles y tediosos tecnicismos; los ciudadanos únicamente querían saber quién ganó el duelo), y los mensajes de triunfo y orgullo de las clases políticas y dirigentes peruanas; con el pasar de los días, y la coyuntura, este trascendental tema pasó casi a desaparecer del interés público. Pasó de moda. Lo que parecía en un momento una cuestión de prestigio y honor para los peruanos, en unas semanas (por no decir, días) se convirtió en olvido y cenizas. Consecuencia común de un hecho mediático.
Al ser convertido en un tema de naturaleza mediática, una vez que el fallo de La Haya dejó de ser una novedad, perdió el interés (inventado, por conveniencias políticas), y como suele suceder con los temas mediáticos, al ser reemplazado por otra noticia sensación (o sensacionalista), se desvaneció del imaginario nacional, dejando algunos rastros que vuelven de cuando en cuando.
De ser un tema jurídico no tan importante, pasó a ser lo más importante de la historia peruana, y culminó como un asunto al cual ya nadie le da importancia. La forma como se trató este evento particular por parte de los distintos actores, denota una falta de equilibrio, producto de todos los huaycos, temblores y derrumbes que han sido y son parte de la historia de la formación nacional.
Por un lado, las clases dirigentes, políticas e intelectuales (en parte), al inventar el carácter trascendental del fallo, por diversas razones, que van desde las honestas y nobles (fortalecer la identidad y crear consciencia en el imaginario social), hasta las mezquinas y egoístas (conveniencias políticas; al respecto, se dio un caso curioso el día del fallo: algunos medios, instantes después de haber sido culminada la lectura de la sentencia del tribunal, lejos de presentar las reacciones de las autoridades actuales o de los ciudadanos en las calles, mostró al líder y caudillo del aprismo, Alan García, descorchando champañas y brindando por el triunfo con sus allegados; semanas antes, este mismo controvertido y sospechoso personaje pidió, cual fiestas de julio, embanderar el país para recibir el fallo), hicieron de aquel, de manera irresponsable, un tema mediático, con todos los riesgos que esto conlleva. Por su parte, los ciudadanos, abstraídos y confundidos por la histeria y la emoción creada por los medios, al parecer nunca tomaron consciencia de la circunstancia misma (esto lo demostraría, el hecho de que el suceso transcurrió y no dejó nada en las estructuras mentales. Como elementos de identidad, el cebiche y el pollo a la brasa resultan ser más efectivos que estos brotes no espontáneos de nacionalismo). Tan es así, que el fallo de La Haya parece ya algo muy lejano (es justo añadir que también es un reflejo de los tiempos, de las organizaciones sociales mediáticas y fugaces sin contenidos reales en todas sus formas de representación; los ejemplos más llamativos se dan en las expresiones artísticas y culturales comerciales). Este desequilibrio es propio de la formación de la nación y el Estado. Es difícil fortalecer la identidad, crear consciencia y extender la memoria histórica en una nación indefinida, con un Estado débil (claro, cabe anotar que el tradicional, obsoleto y desfasado concepto de nación hace que los cimientos del proyecto nacional tomen en consideración las nuevas articulaciones y reconfiguraciones de las estructuras organizacionales, y construyan, extiendan y fortalezcan derechos a todos los ciudadanos, como bases de igualdad).
La Guerra de 1879 es para la mayoría de las nuevas generaciones de peruanos un tema del pasado, que no reviste ninguna importancia ni interés (a pesar de la similitud de los escenarios, a diferencia del peruano en el chileno existen esfuerzos por seguir desarrollando y fortaleciendo su consciencia utilizando medios populares, tal es el caso del cine: ‘La Esmeralda, 1879’, una entretenida película de 2010 dirigida por Elías Llanos no obstante llena de clichés del cine patriotero estadounidense, es un ejemplo de ello - en el momento en el que preparo este trabajo, un conocido canal de televisión local publicita una serie sobre la vida de Don Miguel Grau Seminario; por los avances mostrados, esta aparenta ser un reflejo y una respuesta a la vez de la película chilena citada);  no es más que el tema de un examen que aprobar en el colegio, la sección de un libro de historia o la imagen polvorienta de algún héroe en un salón o en la calle. En parte, tienen razón; la Guerra con Chile y sus ecos que sobrevinieron, son un tema del pasado. Más allá de ciertas histéricas bravuconadas de algunos actores peruanos y chilenos, relacionadas en gran parte a los sectores chauvinistas y las derechas conservadoras de ambos países, el proceso jurídico de La Haya se llevó a cabo en total normalidad, sin producirse episodios de ruptura entre los gobiernos, ni ambientes hostiles y de rechazo de mayor importancia entre las poblaciones sudamericanas. Es decir, nunca fue realmente un asunto de identidades ni de espíritus nacionales para los ciudadanos de las dos naciones. No obstante, esto no significa que no haya tenido importancia; por el contrario, este evento es (o debería serlo) parte de la memoria histórica de la Guerra del Guano y el Salitre. Dejando de lado la importancia geopolítica del asunto tratado (geopolíticamente, su relevancia no tiene discusión por ningún ángulo desde el cual se le enfoque), el juicio de La Haya, comprendido como un capítulo derivado de las consecuencias de la Guerra del Pacífico, es importante en relación a la memoria y la consciencia histórica nacional; las cuales no tienen nada que ver con expresiones nacionalistas fanáticas ni alteraciones mediáticas sensacionalistas, como las que se contemplaron durante la coyuntura.
Con el paso del tiempo, el conflicto del siglo XIX con el vecino país del sur va quedando cada vez más atrás; y aunque sea un hito en la historia de ambos países, y un dilema sin resolver en el imaginario social peruano, su importancia se va haciendo cada vez más histórica; sin embargo, son necesarios gestos políticos por parte de los gobiernos que sustenten este carácter histórico. En este afán, por ejemplo, en la medida de lo posible, se debieran dar las voluntades de dejar de lado los denominados trofeos de guerra (la devolución en 2007 de libros robados por el Ejército chileno durante la invasión al Perú, aunque insuficiente, es un inicio).
En segundo lugar, Sendero Luminoso.
El 17 de mayo de 1980, el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso inició su rebelión contra el Estado, quemando ánforas en el pueblo ayacuchano de Chuschi; más de 30 años después, todavía no es posible tener un panorama en su totalidad de lo que significó esa terrorífica y catastrófica situación de guerra para los peruanos (sobre todo para los del interior del país). Existen muchos claroscuros por dilucidar en un tema que sigue despertando pasiones, odios y rencores en distintos sectores y actores de la sociedad. Una de las razones principales que no permiten apreciar el fenómeno en su total dimensión, es la existencia del Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales, MOVADEF, órgano político vinculado a lo que fue Sendero Luminoso (lo que fue, sí; Sendero ya no existe más; las “guerrillas” asociadas al narcotráfico del Vraem se desprenden de Sendero, pero ya no son propiamente Sendero Luminoso, no son una continuación política ni ideológica; por su parte, el MOVADEF, a pesar de que existen suficientes indicios que lo señalan como fachada del órgano partidario gonzalista, y esto aparentemente revelaría su existencia en la sombra, es en realidad una organización política civil pro amnistía de los responsables de los crímenes cometidos durante la guerra, que realiza sus actividades de manera pública y abierta a diferencia de lo que hacía SL. Sus intenciones, aunque totalmente discutibles y en gran parte inaceptables, son más políticas que revolucionarias; en realidad, la “existencia” del viejo Sendero Luminoso de Guzmán es funcional a conveniencias mediáticas y políticas de las derechas conservadoras; revivir el cadáver del comunismo de la cuarta espada es muy útil para lanzar advertencias, despertar temores o prestigiar métodos discriminatorios, violentos y autoritarios, sobre todo en contextos de protestas ciudadanas y en tiempos electorales). Su actuación en la escena política peruana se asemeja al de un espectro de muerte que se pasea libremente por las calles, provocando con su presencia, acrecentada por los medios amarillistas, los intereses inmediatos del gobierno de turno y las extremas derechas; pánico y susto entre los ciudadanos.
El principal problema que acarrea esta falta de apreciación, y al mismo tiempo una de sus causas, es la permanente negación de lo que sucedió en el país, negando a su vez parte de la memoria nacional y afectando la consciencia histórica (y esto a pesar de que, a desemejanza del caso anterior, lo que se comprende por su estado temporal “reciente”, este hecho generó y sigue generando amplios esfuerzos académicos, intelectuales y artísticos por crear consciencia en los ciudadanos: existen numerosos ensayos, ficciones literarias, trabajos de investigación y análisis crítico, películas, documentales, exposiciones artísticas sobre el tema).
El factor generacional es clave para entender este comportamiento social. Por un lado, las nuevas generaciones (las generaciones post guerra, las que no la vivieron, por ejemplo: los nacidos a fines de los años 80 e inicios de los 90) no tienen vínculos con ese pasado de horror, ni desean construirlos (en cierta forma, comprensible: no quieren detenerse y voltear a contemplar por unos momentos los mares de sangre y fuego que asolaron el país por más de 10 años); por otro, las generaciones de la guerra (los que la vivieron de manera consciente, a diferentes edades hasta los nacidos a fines de los años 70 e inicios de los 80) la tienen afligidamente presente como una ignominia; de sobremanera los directamente afectados por la guerra. Para que esto ocurra, sirven de mucha ayuda el MOVADEF, las anacrónicas facciones ultraizquierdistas estudiantiles universitarias y el hecho de que nunca los principales representantes políticos de Sendero Luminoso hayan practicado una autocrítica, frente a sus partidarios y a sus víctimas (en su gran mayoría, toda la población civil), por toda la muerte y el horror que provocaron con su fallida, desde todo punto de vista (equivocaron el análisis de la realidad nacional, equivocaron los métodos, la estrategia política, equivocaron el horizonte), insurgencia, que conllevó la infausta y tenebrosa respuesta del Estado por entre sus órganos de represión (la Policía, las Fuerzas Armadas y los grupos paramilitares), con los resultados que a estas alturas ya todos conocemos: la absurda muerte de aproximadamente 70 mil peruanos (según cifras de la Comisión de la Verdad y Reconciliación), violaciones, torturas, maltrato y daño psicológico de hombres y mujeres, niños y ancianos (factores en curso, de forma inconsciente en las estructuras mentales, del mecanismo de interiorización de la violencia).
El hecho de que el proceso de guerra interna que se dio en los años 80 y parte de los 90 en el imaginario nacional esté en estado de negación, y no se haya consolidado como parte de la memoria histórica, es peligroso; este suceso es muy “reciente” para que se extravíe u olvide; se cometieron demasiados disparates como para hacer un ejercicio de borrón y cuenta nueva; todos los actores cometieron disparates: Sendero Luminoso, el Estado y la sociedad civil (la guerra develó miedos y cobardías expresados a través de la indiferencia, del racismo y la discriminación entre muchos grupos de ciudadanos, sobre todo los de la capital y la Costa urbana del país, quienes en sus mentes relacionaron la violencia y el terrorismo con la piel, la cultura, las costumbres de peruanos distintos a ellos, obteniendo como resultado en su imaginación: el serrano terruco).
Por tal, es necesario que la problemática de Sendero Luminoso confluya con la memoria histórica; sin embargo, muy a pesar de todos los loables esfuerzos académicos, intelectuales y artísticos (a los que se asocia el trabajo institucional, a través de la construcción del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social, LUM) realizados para que se tome consciencia de este asunto, plantear una reconciliación nacional y aquello sea posible, se deben buscar alternativas para abordar de manera diferente el tema; y para esto, los actores deben tomar en cuenta ciertas consideraciones: antes que nada, afirmar el cumplimiento de los castigos y las condenas a prisión de todos los responsables directos (los que ejecutaron los crímenes y delitos) e indirectos (los que mandaron a ejecutar los antes mencionados; es decir, los responsables políticos) de las atrocidades cometidas durante el proceso de guerra. Desde los soldados (aunque, claro está, con atención de responsabilidad diferente: los soldados y policías que cometieron crímenes como miembros de instituciones del Estado fueron o serán juzgados de distinta forma que los soldados del ejército popular de Guzmán, quienes por el simple hecho de pertenecer a un organismo clandestino, ilegal, insurgente y declarado enemigo del Estado, ya estaban cometiendo un grave delito) hasta los mayores responsables políticos de ambos sectores (como lo son los principales que purgan prisión, empero no los únicos: Abimael Guzmán y  Alberto Fujimori). Pero, eso sí, una vez que todos estos cumplan sus condenas, tomando las respectivas precauciones y medidas necesarias (por ejemplo, normar una política pública de seguimiento y control de actividades por entre un sistema de labor social ejercida por la autoridad correspondiente y que tendría que ser acatada de forma obligatoria por la persona que cumplió su condena, por un determinado tiempo), deben quedar en plena libertad y ser reincorporados a la sociedad, con todo lo que eso significa: volver a tener los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano; volver a tener la oportunidad de trabajar, de hacer vida social (¿vida política?, es discutible), de opinar libremente, de desenvolverse sin el acoso, el ensañamiento, el denuesto, el prejuicio y el aprovechamiento amarillista y morboso de los medios y las derechas políticas extremistas. Por lo mismo, se debe recordar el hecho de que los comunistas senderistas son peruanos (idea planteada hace ya más de 20 años por Alberto Flores Galindo); quienes, acusados y juzgados socialmente sin misericordia, en muchos casos cobardía y crueldad, son el reflejo de nuestro propio país; son el espejo de nosotros mismos. Parece algo obvio, pero contemplado a cierta distancia se puede apreciar que no lo es; los ciudadanos inconscientemente suelen olvidarlo, por distintas razones (políticas, ideológicas, personales), y actuar con desmedida obcecación e intolerancia; los ex-insurrectos maoístas son vistos como forasteros, extraños o, lo que genera mayor consenso en la opinión pública: dementes (valgan verdades, muchas de las decisiones que tomaron en su momento tanto los miembros de politburó como los mandos militares senderistas en los campos de batalla, se ahogaron en la insania y la estupidez). Razonar de esta manera desde un criterio objetivo no sólo es criticable, sino también representa una equivocación. Es cierto que la rebelión de Sendero Luminoso, como sus ideólogos y militantes creían, no tiene nada que ver con una supuesta naturaleza histórica ni filosófica de la misma (y sí mucho con la religiosidad fanática ideológica de sus principales dirigentes y seguidores; el fenómeno de Sendero es el resultado de una suma de factores, decisiones y circunstancias históricas que afectaron el transcurso de los hechos, y desembocaron en aquel 17 de mayo de 1980); sin embargo, negarlo, ignorarlo o simplemente creer que fue un hecho ajeno a todos nosotros, llevado a cabo por un grupo de rojos orates, es negar la historia del Perú, sus parajes sombríos y sus miserias como país; lo que fue y en algunos aspectos no ha dejado de ser (si bien existen logros y luchas políticas por extender derechos civiles  y humanitarios a los grupos y minorías sociales excluidos, implementando políticas públicas liberales; aún resultan insuficientes, tanto en forma de normas, como en contraste con la realidad, frente al carácter desigual, excluyente, discriminatorio, racista e intolerante de las relaciones sociales en el Perú). En fin, creer de manera concluyente, y así zafar de responsabilidad alguna (las clases dirigentes y diversos sectores sociales y políticos tienen parte de responsabilidad de lo que sucedió durante la rebelión de Sendero), que lo acaecido pasó porque Guzmán y sus muchachos perdieron la razón, significa no tener consciencia de lo que ocurrió, y dejar en blanco páginas del libro de la memoria histórica de nuestro país. Y para que esto no ocurra, como dice una “añeja” lección que nos dejó doña Hannah Arendt, necesitamos comprender. En relación, existen todavía muchos puntos conocidos que necesitan discutirse (claro, con esto no hago referencia a juicios de valor moral; a lo que me refiero es a poner en discusión la consideración de ciertas formas, asumidas como verdades, de entender el tema; por ejemplo: Sendero Luminoso como conjunto social; es ampliamente conocido que los conjuntos sociales, más de allá de costumbres o expresiones culturales propias, no se caracterizan por ser colectividades homogéneas, uniformes en sus formas de comportarse, de pensar, en sus creencias, gustos o intereses; por lo tanto, creer y afirmar que SL como totalidad fue un conjunto social homogéneo, extensiones de Guzmán y sus postulados políticos e ideológicos, incapaces de tener sus propias ideas, sentimientos o intereses como individuos, al punto de casi deshumanizarlos, es un aspecto que, al menos, es propio de controversia; pienso que, dejando de lado a Gonzalo, a Miriam, el resto de la cúpula y sus allegados y sectores políticos más fanáticos, Sendero Luminoso como conjunto tenía su propia dinámica y como en cualquier espacio social los que lo integraban eran un grupo de individualidades, de personas con sus propias maneras de pensar, comportarse y sentir como cualquier otra), y otros que necesitan investigarse. Todavía, por todo lo que representa aún la aventura de Guzmán y sus camaradas, no se ha podido concretar un estudio del fenómeno lejos de apasionamientos políticos e ideológicos, y que proyecten una visión crítica total de la situación de guerra que vivió el Perú; en fin, comprender el por qué, más que seguir emitiendo partes de condenas sociales interesadas muchas veces sólo en contar una parte de la historia o sus propias versiones de la historia de la insurgencia senderista (como lo hacen con fines políticos por ejemplo, las derechas conservadoras, para las cuales todo acto de represión, sin que haya importado el grado de fuerza o los métodos utilizados, de los órganos estatales estaba justificado; para las extremas derechas mientras SL cometió crímenes y causó espantos, las Fuerzas Armadas y Policiales únicamente cometieron excesos y errores - es por demás curioso que el MOVADEF utilice el mismo inmoral y vergonzoso argumento de las derechas para plantear su campaña de amnistía). En tal sentido, resultó interesante en su momento el libro del 2007 de Santiago Roncagliolo: ‘La Cuarta Espada. La Historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso’. Escrito en una clave diferente a los tradicionales estudios sobre el tema, la investigación periodística de Roncagliolo resulta no sólo bien escrita, didáctica, sin dejar de ser crítica y, para una persona que desee profundizar sobre el tema, como una introducción A SL (al que se aúnan, según mi opinión, los libros  de Gustavo Gorriti, ‘Sendero: Historia de la Guerra Milenaria en el Perú’, de 1990; y de Carlos Iván Degregori, ‘El Surgimiento de Sendero Luminoso. Ayacucho, 1969-1979’, publicado el mismo año que el anterior), aunque eso sí poco desarrollado en la parte bibliográfica, sino también un intento por comprender, desde distintos ángulos del escenario (tal, uno de los más novedosos y polémicos, abordarlo desde un lado humano, razonar a los senderistas como seres humanos), qué sucedió en el Perú durante la década de los 80 y parte de los 90, involucrándose como un personaje más de la historia de la investigación, que a la vez forma parte de una historia que todavía no ha llegado a su punto culmine, que aún no ha encontrado su lugar en la memoria ni una presencia estable, configurada en el imaginario nacional; un episodio más de lo que significó para el país una tragedia que nunca debiera olvidarse como experiencia histórica.
Por último, el fujimorismo.
A diferencia de los casos anteriores, el fujimorismo como gobierno y como expresión política de derecha, populista y conservadora, ya tiene un lugar en la memoria y la consciencia histórica nacional. En este aspecto, no existe ningún problema respecto al caso de estudio; no obstante, a pesar de esto, el fujimorismo no ha logrado crear en torno suyo una opinión de consenso entre los ciudadanos; por el contrario, es habitual que genere juicios de valor, debido a las diferentes formas de atender e interpretar todo lo relacionado a aquel. El fujimorismo ha fundado a su alrededor, tomas de posición que se caracterizan por ser absolutas: o están a favor o en contra de, que derivan del juicio de valor moral al cual es sometido: es bueno, o es malo. También existen, cabe la mención, empero son los menos, puntos medios que intentan rescatar y poner énfasis en lo bueno y lo malo de su experiencia, en perspectiva como en la actualidad, aunque en la mayor parte de los casos de manera acrítica, y en oportunidades hasta cómplice (su postura: ni a favor ni en contra de, además de hacer recordar el título de una vieja canción de Los Prisioneros, ‘Nunca Quedas Mal con Nadie’, se suele mimetizar con las posiciones conservadoras y reaccionarias).
Como en el caso de Sendero, el fujimorismo suele generar pasiones encontradas (durante la segunda vuelta de las últimas elecciones presidenciales realizadas en el año 2011, votar a favor o en contra de la candidata fujimorista, la señora Keiko Fujimori, representó una toma de posición que iba más allá de lo político; dependiendo de la perspectiva de cada persona, fue una lucha entre el bien y el mal; la cual, en este tipo de circunstancias, resulta algo común de manera consciente e inconsciente entre los ciudadanos). Las ideas que suelen actuar como ejes discursivos de las distintas visiones del fujimorismo en permanente contradicción son, por un lado, los que la consideran una experiencia histórica positiva, la fuerza política que inició la etapa de orden, paz y progreso económico y modernidad en el Perú; y por el otro, los que la consideran como negativa, el movimiento político criminal, autoritario y antidemocrático que sumergió al país en lo más hondo de un pantano de corrupción, deshonestidad, inconsciencia e inmoralidad (valgan verdades, características de la tan mentada mentalidad criolla que ya formaban parte de las estructuras mentales nacionales, pero que con el fujimorismo se agigantaron y se extendieron, dejando su condición de excepcional y ocasional, hasta convertirse en hábitos y costumbres en secciones considerables de las clases dirigentes y de la población).
Resulta interesante que al contemplar la situación, la totalidad de estas ideas eje de las 2 vertientes en negación, al contrastarse con la realidad histórica, obtengan fundamento; lo cual significa que, a pesar de las posiciones políticas en contradicción, sus principales postulados no se nieguen unos a otros. Durante el gobierno de Alberto Fujimori (que constó de 2 etapas: una etapa democrática, entre julio de 1990 y abril de 1992, y una fase antidemocrática, dictatorial, entre abril de 1992 y noviembre del 2000), tras el literal desastre de la realidad nacional provocado por la profunda crisis política, económica y social, malhadada herencia del primer gobierno de Alan García y de la rebelión de Sendero Luminoso (y en menor medida e importancia, la participación del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, MRTA, quienes aprovecharon la coyuntura y a mediados de los años 80 tomaron parte activa del conflicto armado y, debido a su filiación ideológica castrista guevarista, radicalmente desemejante de la de los senderistas, por su lado iniciaron su propia lucha revolucionaria); se logró estabilizar la economía (por entre políticas de emergencia con medidas de choque, cuyos costos sociales más graves fueron las oleadas de despidos, la quiebra de empresas y la eliminación de los derechos laborales) al insertarla en el modelo de desarrollo mundial, la economía liberal de mercado, lo cual conllevó con el tiempo a su recuperación y  a trazar una línea de “progreso” y “modernidad” en construcción (ideas muy discutibles, eso sí; dependiendo de la perspectiva desde la cual se las entienda), reflejado sobre todo en el campo de lo macroeconómico. Durante la década del fujimorismo gobernante, también se logró desestructurar a Sendero Luminoso, capturando a sus principales dirigentes y acabando con sus posiciones político militares, el llamado poder popular. Si bien quedaron rezagos y se mantuvieron aisladas posiciones rebeldes en zonas remotas del país, con la captura de Gonzalo y el resto de los miembros de su politburó se inició la derrota final de la insurrección del maoísmo gonzalista. En términos concretos, reales, durante el mandato de Fujimori se logró volver a una situación de paz y, aunque en forma relativa, únicamente relacionada a la finalización de las prácticas terroristas de los comunistas de la cuarta espada y los órganos de represión del Estado (obvia consecuencia del fin de la guerra); orden. Estos hechos que nos dan una visión positiva, favorable del fujimorismo, son verdaderos, reales; innegables (aunque sí propios de debate). Como asimismo lo son los que no nos hablan bien de éste.
El gobierno de la organización política fujimorista fue el más corrupto, sombrío y nefasto del siglo XX, y uno de los más corruptos, sombríos y nefastos de la historia peruana. Se cometieron crímenes y delitos de todo tipo: desde crímenes de lesa humanidad, pasando por la transgresión de las leyes constitucionales y democráticas, hasta el control y corrupción de los poderes e instituciones del Estado y de casi la totalidad de los medios de comunicación. El país, sin tomar consciencia real de esto, fue arrastrado por el fujimorismo a una de sus etapas más oscuras, de decadencia moral, reflejada en las relaciones sociales. A tal punto llegó el estado de gravedad de este aciago y desdichado suceso que, pasado el tiempo, desde que Fujimori literalmente fugó del país y se reinstauró la democracia aquel ya lejano noviembre del 2000, los principales representantes políticos, funcionarios públicos, empresarios privados y agentes (“periodistas” corruptos) de la dictadura fujimorista fueron arrestados, enjuiciados y condenados a prisión, por sus diferentes responsabilidades. Esta es la visión desfavorable del fujimorismo, que a fin de cuentas viene a ser, con la perspectiva positiva, una suma de realidades que no se contradicen entre sí, que forman parte de un mismo hecho histórico.
Sin embargo, en el proceso de construcción de la memoria y la disposición de la consciencia no sólo funcionan e intervienen las humanidades (la Historia y las ciencias sociales como parte de ellas - una de las razones por las cuales la Historia y en general las ciencias sociales en el Perú han perdido contacto con el mundo real , con la vida y la gente, radica en el hecho de creer o asumir aquellas que no tienen nada que ver con las expresiones artísticas o las culturas populares, por ejemplo); también lo hacen los mitos y las realidades inventadas, como en los casos de las historias oficiales, las que suelen estar compuestas, confundidas entre los hechos históricos, de estos mitos y ficciones; estos se originan del campo de las subjetividades (creencias populares, intencionalidades políticas, desapego y desinterés a la realidad) y se articulan “objetivamente” por entre discursos en los imaginarios nacionales. Lo malo de esto, es que en muchas ocasiones, cuando la crítica y el análisis histórico dejan de intervenir, estas irrealidades se convierten en verdades acríticas, instalando medias verdades ornadas con capítulos de una historia que nunca existió, creando subjetividades políticas y discriminatorias (xenofobia, chauvinismo, exclusión, prejuicios, odios, rencores, derechismos e izquierdismos fanáticos), y afectando la formación de la memoria y la consciencia de la colectividad; así tendríamos por ejemplo, una guerra de 1879 como un episodio únicamente de heroísmo y valor; una insurgencia en los años 80 llevada a cabo por malvados y crueles cholos resentidos y serranos terroristas; o un presidente durante los años 90 que salvó y condujo a una era de modernidad y progreso al Perú.
No resulta muy difícil hacer que esto suceda (tal, el mito del fujimorismo, vivo en una parte significativa de la población, ha permitido en la actualidad que su praxis permanezca y persista como una fuerza política importante, empero a la vez, por la misma aura autoritaria y antidemocrática que encierra este mito, incapaces de autocrítica sus principales representantes políticos a semejanza del caso de Sendero Luminoso, también provoca enormes resistencias entre la ciudadanía, lo que afecta directamente sus posibilidades de ganar elecciones presidenciales y retomar al poder); ya en el terreno de las subjetividades, sólo depende del trabajo político y social y la capacidad de movilización de los actores que quieran hacerlo realidad (Estado, clases dirigentes, movimientos políticos, poderes fácticos), unas circunstancias históricas favorables (tal podrían serlo un nuevo gobierno del fujimorismo, leyes de amnistía o desagravios discursivos hechos por “historiadores” a sueldo o ideologizados), y lo más importante, todas las personas que estén dispuestas a asumirlo como verdad y esperanza de existencia; porque, al fin y al cabo, en el espacio de lo subjetivo y lo relativo el ciudadano como individuo cree lo que quiere creer, recuerda lo que quiere recordar.
Contempla lo que quiere, o cree, contemplar.

Lima, setiembre de 2014.   

lunes, 16 de junio de 2014

LAS LECCIONES DE OLLANTA

Luis Enríquez Travezaño

Minutos pasada las 4 de la tarde del domingo 5 de junio del año 2011, los primeros sondeos de votación que se daban a conocer en los medios de comunicación daban como ganador de las elecciones presidenciales a Ollanta Humala; los cuales horas más tarde serían confirmados de manera oficial por la ONPE. Este suceso histórico significó, al menos eso aparentaba en un principio, la primera vez que una opción política de (centro) izquierda llegaba al gobierno (aunque su naturaleza ideológica no fue de izquierda, algo que los políticos e intelectuales de derecha suelen olvidar u obviar al momento de analizar o presentar el hecho, las medidas y reformas de la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado estuvieron caracterizadas por aquel espectro ideológico), en cuyo alrededor se dan una serie de eventos, afortunados y desafortunados, relacionados al mismo.
En primer lugar, se encuentra en el susodicho proceso electoral la consolidación del voto anti.
Si bien es cierto que en un primer momento la intencionalidad del elector está dirigida en su gran mayoría por su simpatía o fascinación por un determinado candidato o lo que éste representa (valgan obviedades, en el escenario electoral nacional no se toman en consideración proyectos, al momento de elegir, ni de plantear análisis), lo que al final decide el triunfo y la derrota de uno u otro es el voto anti, en contra de. Al finalizar la primera parte de las presidenciales de 2011, Ollanta y Keiko Fujimori pasaron a una segunda vuelta electoral; durante el transcurso de esta, y a pesar de la campaña de un poderoso sector de las derechas en contra de Ollanta y a favor de la representante de la dictadura de los años 90, lo que terminó siendo el factor decisivo para la derrota de esta y el triunfo de aquel fue la resistencia que supuso entre la población la candidata del fujimorismo. La mayoría de los pobladores no votaron por el nacionalismo humalista, el que dicho sea de paso también tuvo en aquel momento una gran resistencia por el miedo y la incertidumbre que generaba. Votaron, al fin y al cabo, en contra de Keiko. Si Ollanta hubiera enfrentado a un candidato distinto a la fujimorista, el centro político y las derechas liberales democráticas representadas por Mario Vargas Llosa no le hubieran dado su apoyo ni su respaldo tal como sucedió, y lo más probable es que haya sido derrotado.
El voto anti ha sido la variable que en los últimos procesos electorales presidenciales ha decidido, más que las victorias, las derrotas de los candidatos que causaron oposición entre la ciudadanía. En las presidenciales del 2006, un chavista Ollanta encarnó el voto negativo, lo que le permitió a Alan García ganar el escrutinio. Como en el caso anterior, Alan, quien también figuraba una gran oposición (por su funesto primer gobierno, por su fama de charlatán y ladino y por todas las sombras de corrupción que lo envuelven, hasta el presente), aunque no tanta como la del entonces chavista, no hubiera triunfado si competía con Lourdes Flores o Valentín Paniagua, por citar un par de ejemplos. El año 2001 también se dio la preeminencia del voto anti, aunque en diferentes circunstancias que en los casos anteriores. El entonces por tercera vez candidato Alejandro Toledo, principal y destacada figura de la lucha contra la dictadura fujimorista a fines de los años 90, no era un actor resistido por el electorado, y su voto a favor estaba explicado más por la simpatía y el agrado de la mayor parte de la población (voto que simbolizaba también una recompensa por su labor política contra el fujimorismo), que por el rechazo al que era su rival en la segunda vuelta, Alan García. No obstante, el hecho de haber sido involucrado en denuncias, escándalos y faltas a la verdad durante la última parte de la campaña, hicieron peligrar su triunfo, el que finalmente se consumó gracias a la circunstancia de enfrentar al que en ese momento era, después de Alberto Fujimori y todos los relacionados a éste, el personaje político con mayor oposición entre los ciudadanos.
Dejando de lado las por demás irregulares, por todo lo que  aconteció durante estas, y al parecer, por los indicios, fraudulentas presidenciales del 2000 y, aunque en una situación de ilegalidad por el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, las justas de 1995 (Fujimori ganó con el voto de la simpatía, el encanto y el agradecimiento por la idea arraigada en el imaginario nacional de haber sido durante su primer gobierno que se capturó a Abimael Guzmán, se derrotó a Sendero Luminoso y se logró la paz y por haber detenido la terrible crisis económica y social heredada del gobierno aprista y dar comienzo a la recuperación y el desarrollo del país hacia la modernidad), las elecciones de 1990 igualmente se resolvieron por el voto anti, empero más que la resistencia a la figura de Mario Vargas Llosa (sí existió resistencia a su persona, pero esta estuvo vinculada a la irresponsable e imprudente contra-campaña del aprismo y las izquierdas, por cuestiones políticas e ideológicas), el voto anti estuvo relacionado a la, entonces, más polémica de sus propuestas: las aplicación del llamado shock económico para reestructurar y salvar la moribunda economía del país. Este drástico e inflexible plan de rescate de la economía generó el rechazo necesario para el triunfo en segunda vuelta electoral del candidato que se mostró en contra del shock y prometió no aplicarlo, un, hasta hace unos meses atrás, desconocido Alberto Fujimori, quien dicho sea de paso, días después de asumir la presidencia, aplicó la mencionada medida económica de emergencia, tristemente recordada como fujishock.
El triunfo de Ollanta asimismo denotó la importancia del escenario.
Esbozar una campaña electoral implica para toda agrupación política conocer el escenario en el cual va a competir. Una vez que se conocen los requerimientos, deseos y gustos de los electores (los cuales varían de acuerdo a la edad, estrato socioeconómico y espacio geográfico), el rechazo y el antagonismo que su candidato o sus ideas van a generar y entre quienes o qué grupos lo va hacer, y a sus, o probables, competidores, los movimientos políticos pueden plantear una estrategia de campaña que pretenda ser efectiva y que no entre en contradicción con su plan de gobierno, o su proyecto de país, en caso de tenerlo.
Después de su derrota en 2006, el nuevo equipo de campaña del nacionalismo humalista (en donde destacó, por sobre todos los demás, el trabajo como asesor del argentino brasileño Luis Favre) configuró la estrategia para las presidenciales del 2011 de acuerdo a las etapas, los tiempos de la elección. Durante la primera parte presentaron, si bien ya divorciado de su chavismo y etnocacerismo auroral y lejos de su discurso radical “anti sistema”, a un todavía Ollanta reformista, de la Gran Transformación, que confirmó el promedio de la intención de voto que tuvo en 2006 (30%), y que le valió para clasificar sin apuros de ningún tipo, y como en las elecciones pasadas con la aún resistencia de Lima (el capital electoral de Ollanta se encontraba en el interior del país), a la segunda vuelta. En esta nueva etapa, acomodada además a las circunstancias (la rival, Keiko Fujimori), se presentó a un Ollanta moderado, demócrata y conciliador (consumado todo en la conocida: Hoja de Ruta), enfatizando estas características en contra de lo que representaba su rival (los viejos anhelos autoritarios de las derechas conservadoras y antidemocráticas), e intentando acercar al votante de la capital, plaza que suele definir los procesos electorales presidenciales.
A diferencia de lo ocurrido en 2006, el nacionalismo humalista en 2011 conocía el escenario en el cual iba a contender. El equipo de campaña de Ollanta sabía muy bien que el potencial voto del interior no bastaba para ganar, y que sin el convencimiento de Lima, era poco menos que imposible. A cierta distancia, la campaña de Ollanta pareciera ser afectada por una serie de virajes en pleno transcurso, no obstante, pienso que esta respondió más a una sola estrategia planificada en base a un entendimiento y conocimiento del escenario nacional (apariciones en público, nexos de comunicación y gestos políticos, como por ejemplo lo fueron el manejo del discurso de acuerdo al público que lo escuchaba, a la ciudad a la que iba o el medio en el que estaba; y, con un gran sentido del tiempo y la oportunidad, la denuncia sobre las esterilizaciones forzadas cometidas en el momento en que Keiko formaba parte del régimen dictatorial como Primera Dama, dada a conocer durante el debate presidencial a pocos días de la votación de segunda vuelta, no sólo para causar impacto en la opinión pública, como efectivamente ocurrió, sino para evitar que la contrincante tuviera tiempo de reponerse y responder). El éxito de cualquier “partido” o frente político está relacionado a su conocimiento del escenario; desconocerlo o ignorarlo, en pos de subjetivismos ideológicos o un equivocado sentido de pertenencia (errores de táctica política que suelen cometer las izquierdas, por candidez, terquedad o fanatismo, como por ejemplo las posiciones tomadas ante la coyuntura venezolana: por un lado, la ambigüedad del Frente Amplio, y por el otro una defensa férrea e ideológica del chavismo por parte de otros sectores; hacer esto en un país donde el chavismo es percibido por la mayoría de electores como negativo y hasta nocivo como pensamiento y paradigma de desarrollo, es propio del desconocimiento del escenario), conduce a la derrota, el fracaso electoral  y la desaparición política.
Al respecto del escenario, el éxito del humalismo también posicionó el centro político.
Entender el escenario electoral, necesariamente significa conocer su idiosincrasia; en las presidenciales del 2006, Ollanta equivocadamente creyó que ésta estaba definida en su mayoría por el malestar, la inconformidad y el deseo de cambio, similar a la Venezolana a fines de la década de los 90, lo que permitió que Hugo Chávez llegara al poder con un discurso extremista, radical, de ruptura. Plantear una campaña en las mismas condiciones como las planteó el chavismo en su momento, impidió la victoria del nacionalismo humalista, y precipitó su derrota. 5 años más tarde, Ollanta ganó las elecciones ubicándose en el centro. 5 años antes Alan hizo lo mismo, y también ganó (en ambos casos, lejos de posturas, principios o moral política, su ubicación en el centro respondió a sus conveniencias). Toledo en 2001 ganó con una propuesta de centro. Y en 1990, Fujimori ganó al posicionarse más al centro que Vargas Llosa, quien a pesar de ser una personalidad independiente, de su prestigio y su propuesta liberal innovadora en el país, fue percibido como representante de las clases altas y la vetusta derecha oligárquica, por su ascendencia y posición acomodada y por haber estado aliado a sus “partidos” tradicionales (Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, P.P.C.), a desemejanza del novedoso “chino”, independiente (tan sólo unos meses antes, Ricardo Belmont inició el llamado boom de los independientes, u outsiders, ganando las elecciones para alcalde de Lima en 1989), con un discurso mesurado (habría cambios para salir de la crisis, pero no se aplicaría el shock económico que prometía Vargas Llosa) y un perfil austero y popular que lo acercaba al elector. Porque, a pesar de lo que comúnmente se cree, el centro político no sólo implica las promesas electorales (lineamientos generales de un plan de gobierno) y el discurso; también implica la representación, lo que simboliza el candidato para el elector. A Ollanta, muy a pesar de todos los esfuerzos de su equipo de campaña, le fue muy complicado disponerse en el centro político en 2011. La imagen brindada en las presidenciales anteriores (el radical chavista), estaba presente en el imaginario de la ciudadanía, y causaba desconfianza y recelo en un sector de la población (de sobremanera en la plaza limeña, en donde su rechazo seguía siendo abrumador). En las instancias de la segunda vuelta, no solamente le bastó el acercamiento y las alianzas a grupos con credibilidad democrática (lo que Sinesio López definió en aquel contexto, cuando todavía era parte de la confluencia electoral izquierdista humalista: Gana Perú, como la nueva correlación de fuerzas), tal es el “partido” de Alejandro Toledo, Perú Posible, sino que, para hacer creíble su cambio de conducta y pensamiento político, hasta tuvo que jurar un documento de obligación: Compromiso en Defensa de la Democracia y en Contra de la Dictadura, ante la presencia de diversas y famosas personalidades, quienes actuaron como garantes de aquel juramento. Si bien es cierto que, a fin de cuentas, Ollanta logró el centro, y ganó la elección, cabe recordar que esto no hubiera sido posible si no hubiera tenido al frente a Keiko y al fujimorismo (lo que finamente prevaleció fue el voto anti). Sin el fujimorismo como antagonista, lo más probable es que cualquiera de sus otros rivales (Pedro Pablo Kuczynski, Alejandro Toledo, Luis Castañeda), hubiera representado el centro, y ganado el escrutinio.
El centro político figura una necesidad para los candidatos presidenciales en el Perú. No es sencillo disponerse en el centro. Es necesario un trabajo político dirigido hacia la ciudadanía, respaldado con gestos y posturas de los actores; en relación, resultó interesante la postura de Lourdes Flores ante el proceso de revocatoria del 2013 contra la alcaldesa de Lima, Susana Villarán. Al apoyar a Susana, una política de izquierda, en pos de la gobernabilidad y la democracia, Lourdes se acercó un poco más al centro, distanciándose, empero no del todo, de su imagen de “vieja” y aristocrática derechista sectaria incapaz de tender puentes hacia la izquierda, ni de actuar sin apasionamientos y odios (imagen que le significó sus más importantes derrotas electorales, en el 2001 y el 2006). Ese gesto político visto como de solidaridad con el adversario y responsabilidad democrática, le ha valido a Lourdes bordear el centro, cambiar la percepción de su imagen y ser una atractiva y sugerente opción para elecciones futuras. Por el contrario, aferrarse al líder y caudillo en prisión y no tener un horizonte ni ideario político más que luchar por la liberación de aquel y recordar constantemente y con un orgullo desmedido cuando fueron gobierno, lo cual más que algo a su favor, suele resultarle contraproducente, al fujimorismo le resulta casi, por no decir imposible, intentar ubicarse en el centro. El fujimorismo en sí, su naturaleza autoritaria, su esencia antidemocrática, no se lo permite. El fujimorismo tendría que dejar de ser fujimorismo, romper con Alberto Fujimori y su familia y sus figuras (las “chicas súper poderosas”, por ejemplo), y pasar por un proceso de autocrítica para que tengan posibilidades reales de ser creíbles como demócratas, y alcanzar el centro; no obstante, al ser evidente que esto implicaría la negación de su propio ser y su desaparición, aquello no es posible (hipótesis que sugieren al fujimorismo como una fuerza política que podría afirmar la democracia y que vendría a ser “el aprismo del siglo XXI”, y todo lo que eso implica, esbozadas por politólogos juiciosos y mediáticos, reflejan una equivocación en la contemplación del fenómeno. El fujimorismo en sí mismo es una negación de la democracia, y equipararlo con un “partido” como el APRA del siglo XX, que era un movimiento político de masas que contaba con una estructura partidaria nacional, un ideario y un proyecto de país, es por demás un contrasentido; el fujimorismo fue popular en los años 90 pero nunca tuvo la capacidad política de movilizar masas, jamás se preocupó por edificar un órgano partidario ni crear un ideario y mucho menos tenía una idea de nación -cuando a fines de los años 90 comenzaron a articularse y movilizarse las corrientes democráticas de protesta contra la dictadura, no hubo acción cívica ciudadana ni partidaria que defendiera al fujimorismo o a una supuesta concepción de país, muy distinto, en comparación, a lo que ocurre hoy en día en Venezuela, en donde la organización política, social y militar chavista defiende y logra sostener hasta el momento a pesar del caudaloso descontento y la crisis social y económica, el régimen de un ineficiente y políticamente obtuso Nicolás Maduro, y a su modelo de nación). Es más, lo que todavía les permite ser una fuerza política importante en el país es esa misma postura radical acompañada del apellido del caudillo (elemento de vital importancia para sus intereses; sin el apellido, sus candidatos no logran llegar al 10%, como lo demostró la candidatura de Martha Chávez en el 2006), que en términos electorales representa un promedio de 20% (así lo confirmó el algo más del 23% que Keiko logró en las presidenciales del 2011), lo que les asegura seguir teniendo presencia, voz y poder para negociar, pero al mismo tiempo les impide ganar presidenciales.
Si para las derechas nacionales es necesaria la búsqueda del centro político, para las izquierdas posicionarse en el centro debería ser una obligación innegociable, e imprescindible. En un escenario, hasta cierto punto conservador, que únicamente tolera cambios y reformas siempre y cuando estos sean comprendidos como beneficiosos y no afecten la estabilidad económica, el modelo de desarrollo y la estructura organizacional del país, sólo el centro (y la confluencia de sus organizaciones políticas) hace electoralmente viable una opción de izquierda, considerando que esta representa en el imaginario del elector, en parte por vincularlas directamente con los fallidos modelos de pensamiento y sociedad socialistas del siglo XX y la funesta y malhadada experiencia de Sendero Luminoso en los años 80, el extremismo, la debacle y lo políticamente obsoleto (triste y ciertamente, algunas apartadas y anacrónicas células de las izquierdas todavía lo representan). Así parecen haberlo entendido las fuerzas reunidas en el Frente Amplio, un proyecto político que intenta ser un reflejo de la experiencia uruguaya, la que junto a la brasileña, son las izquierdas mejor organizadas, más modernas y exitosas de Sudamérica; sin embargo, al menos todavía por el momento, no parece encontrar un rumbo definido, ni perfilar una identidad política que lo distinga en el escenario nacional como un actor importante y con posibilidades reales de éxito, dependiendo esto principalmente de las decisiones que tomen y los gestos y señales que envíen a la población (decisiones que involucran posturas débiles o de confraternidad ante experiencias autoritarias de izquierda en la región, como durante la coyuntura venezolana, o el lanzamiento de candidatos presidenciales populares empero advenedizos como en las elecciones del 2011, o sin considerar que su figura debe generar empatía y consenso y no temor y rechazo en la mayoría del electorado como lo haría por ejemplo la figura de Gregorio Santos; son el tipo de decisiones que hacen que las izquierdas no representen mayor importancia en la escena política nacional).
Para las izquierdas nacionales representa un reto tomar el centro, y ganar elecciones; secciones mismas de las izquierdas piensan que acercarse al centro y compartir espacios con la derecha, entendido no de manera ideológica sino en la configuración de políticas públicas, es algo parecido a una traición a sus principios e ideales “revolucionarios”, de cambio estructural (muy distintos en sus formas y en sus métodos, claro está, a los que predicaban y propugnaban en el siglo XX), perder su esencia inconforme y rebelde, lo que los hace ser de izquierda, y actuar en la medida, creen, que les sea conveniente a las derechas. Pensar de esta manera, considero, es un error de apreciación; por poco un subjetivismo ideológico. Si existen unas izquierdas que las derechas temen, detestan y las desconciertan, son justamente aquellas que se muestran como una opción política moderna, responsable, eficaz, solidaria y capaz de plantear acuerdos en pos del beneficio público; lo que les convienen política y electoralmente a las derechas, dicho sea de paso, son unas izquierdas “revolucionarias” y  sectarias, ideológicamente anacrónicas y autoritarias e intransigentes e intolerantes; en fin, lo que les conviene son unas izquierdas quejicosas, tira-piedras y quema-llantas, que sigan siendo negadas e ignoradas en las urnas por la casi totalidad de la población.
Por otra parte, el nacionalismo humalista confirmó la irrealidad de las “grandes transformaciones”.
Disponer una estrategia supone, entre otros factores, la construcción de un discurso, respecto a lo que los electores (o una parte de ellos) necesiten escuchar. El discurso de la Gran Transformación durante las presidenciales del 2011 supuso esto. Como en los comicios del 2006, Ollanta buscó figurar la necesidad de un cambio en la organización política y económica del Estado de una gran parte de la población electoral, empero, a diferencia de aquel año, en el cual creía que esa necesidad le bastaría para ganar, el 2011 era consciente de que sólo le permitiría pasar a una segunda vuelta. Una vez concluido el proceso electoral, por haber sido únicamente parte de la estrategia discursiva y jamás algo real, la llamada Gran Transformación fue dejada absolutamente de lado por el humalismo. Una estrategia astuta y taimada, valgan verdades, pero que conllevó en sí misma una mentira; un engaño, a fin de cuentas. Lo que Ollanta sugirió durante su campaña electoral como promesa de un cambio en las estructuras organizacionales del país, conocida como Gran Transformación, es irremediablemente ilusoria y ciertamente inviable. En un contexto en el cual el ordenamiento político, económico, jurídico y militar nacional forma parte del sistema mundial capitalista neoliberal normado por la economía de mercado, proponer “grandes transformaciones” es sencillamente mentir (escribiendo hace más de 50 años atrás, no obstante refiriéndose a la inviabilidad de las aventuras revolucionarias comunistas y socialistas post experiencia bolchevique, Albert Camus planteó, en diferentes términos eso sí, esta idea). En tanto no se reestructure o se cambie el paradigma de desarrollo mundial, no es razonable una “gran transformación” a nivel nacional (dejando de lado los métodos de represión del contexto internacional, las estructuras de poder en el Perú, potestad de las derechas conservadoras, ahogarían cualquier intento de transformación, de cambios profundos emprendidos por un mandato, por ser los que habitualmente suelen trazarlo en sus proyectos, de izquierda; en relación, como caso expresivo, en el año 2013 bastó solamente que el gobierno insinúe la posibilidad de comprar Repsol contraviniendo los intereses ideológicos y económicos de las derechas, para que estas, exhibiendo parte de su poder para condicionar la decisión de la administración humalista, lo que finalmente ocurrió, realicen una intensa y envolvente contra campaña en todos los medios de comunicación, la cual, acariciando la histeria y el ridículo, llegó afirmar que: “….este será el comienzo de la transformación del Perú con un Estado avasallador, prepotente, autoritario, como en Cuba, Bolivia, Venezuela y Argentina. Pero los peruanos nos defenderemos de esta gran amenaza.”-Confiep: “Hemos salido de la hoja de ruta. Es una vergüenza”. Entrevista a Alfonso García Miró, El Comercio, 29 de abril del 2013). Las experiencias reformistas de centro izquierda de la región (Chile, Argentina, Uruguay, Brasil), y en menor medida los populismos de izquierda (Venezuela, Bolivia, Ecuador), lo entendieron así.
Uno de los puntos de crítica a Ollanta, por parte de las izquierdas que lo acompañaron y lo apoyaron durante el proceso electoral y el inicio de su gobierno, es justamente el hecho de que no haya cumplido con la promesa de la Gran Transformación (y no haya mantenido un perfil de izquierda como gobierno), y haya preferido el camino del pragmatismo. Este juicio, a mi criterio, tiene algo de verdad y algo de mentira; algo de razonable, y mucho de inconsciente e insensato. Todo parece indicar, a estas alturas, que Ollanta nunca tuvo la intención de efectuar, si bien no la Gran Transformación programada en su plan de gobierno (uso discursivo), por lo menos reformas políticas, sociales y económicas a la organización del país; Ollanta al parecer tenía su propia agenda, la cual empezó a evidenciar al poco tiempo de ganar las elecciones (la designación de un neoliberal convicto y confeso como Luis Castilla como ministro de Economía es muestra de ello), y transparentó con el caso Conga, la caída del gabinete Lerner y la desafectación de sus aliados de izquierda del gobierno. Ollanta como gobernante se presentó ante la ciudadanía como un pragmático, muy distinto a la figura de cambio que representó en las presidenciales, lo cual significó una farsa como bien reclaman las izquierdas, para sus partidarios y votantes independientes que creyeron en él. Sin embargo, este punto de crítica se mantuvo ausente cuando ya se estaban dando a conocer las primeras señales de lo que se llamó, el viraje hacia la derecha (en mí opinión no hubo tal viraje. Pienso que Ollanta nunca se sintió, ni mucho menos se concibió como él mismo se encargaba de hacerlo saber, de izquierda; solamente fue parte conveniente de su estrategia electoral). Políticos e intelectuales de izquierda intentaban explicar cada decisión durante la campaña (la correlación de fuerzas para la segunda vuelta, por ejemplo), o a comienzos del gobierno (la hipótesis, que no deja de estar conforme a razón y de tener bases explicativas sólidas, de la captura del Estado); una vez que estos fueron echados, la crítica, que ya existía tras bastidores, recién se manifestó de forma clara y pública, denotando una lucha de intereses y conveniencias (por ambas partes), más que por ideología, principios, ética o moral política por el lado de las izquierdas; y aún así, si esas hubieran sido las cuestiones, y expresaran un pedido franco y honesto, exigir al nacionalismo humalista la aplicación de una Gran Transformación (como aún, de forma obstinada y con poco sentido de la realidad, se sigue discutiendo en los ámbitos de las izquierdas), circunda la temeridad y la irreflexión; las derechas conservadoras, las que manejan las relaciones de poder, nunca lo hubieran permitido (y si Ollanta insistía, “nuestras” derechas, quienes suelen olvidarse rápida y fácilmente de sus compromisos y valores democráticos al momento de defender sus fueros e intereses, para decirlo sin eufemismos, le sacaban los tanques, lo golpeaban y se deshacían de él, sin misericordia, remordimientos de conciencia ni arrepentimientos de por medio). Ollanta asumió la presidencia sin un poder real detrás de él (una institución partidaria nacional de masas, y al menos 2 tercios de la población que respalde sus decisiones). Sin partido ni experiencia, los grupos de poder en contra, con una opinión pública dividida, una Lima desconfiada y con un triunfo conseguido no por sus propuestas sino por haber sido el “menos malo” de los dos candidatos, Ollanta eligió sobrevivir; y para esto tomó, para bien o para mal, la ruta del pragmatismo. Se adecuó a lo existente sin intentar cambiar nada (como lo hacen todos los jefes de gobierno desde el 2001; ha habido cambios sí, pero no de carácter sustancial), e intenta construir, junto a la figura de su esposa Nadine Heredia, un espacio propio de poder (por eso mismo, el recelo de las derechas conservadoras que lo toleran, pero no lo aceptan a pesar de su aparente cambio de rumbo hacia la derecha, y la campaña de desprestigio de los poderes fácticos, dirigido por entre la popular imagen de Nadine -desprestigio asentado en críticas y reproches justos, como su excesiva intromisión en asuntos de Estado, e injustos, tal es la labor social que realiza como representante política del gobierno).
La ruta del pragmatismo escogida por Ollanta, mucho antes de ser elegido presidente, y que es la consecuencia de una serie de circunstancias que se dieron alrededor de su concepción como actor político, suele ser un camino en cierta medida cómodo, seguro y estable; sin embargo el hecho de evitar proyectar y construir políticas públicas reformistas, necesarias en determinadas áreas de la sociedad (tales lo son, por mencionar algunas, educación, salud, industria, medioambiente, seguridad ciudadana, cimentación de las instituciones públicas, fortalecimiento de la igualdad y los derechos humanos, culturales y de género), hacen que nuestra realidad asemeje estar contenida en un limbo conceptual. Experiencias de centro izquierda sudamericanas (Brasil, Uruguay y Chile como casos ejemplares) y, no obstante ser diferentes en el fondo pero análogos en la forma, el gobierno municipal de Susana Villarán, demuestran que las reformas no son sencillas de construir (la puesta en marcha por la alcaldía de Lima de políticas públicas como la reforma del transporte, la recuperación de espacios públicos, tal es el caso emblemático de La Parada, y una considerable inversión en infraestructura, han provocado una fuerte resistencia y reacción por parte de los “afectados”, a los que se aúna el rechazo de las derechas conservadoras y el permanente e injusto hostigamiento de los medios, por razones ideológicas y ciertamente, no obstante en menor medida que la voceada por aquellos,  por errores propios y la falta de trabajo político con la ciudadanía, sus opositores y los que se muestran, literalmente, como sus enemigos políticos y mediáticos muy parecidos a los del Tea Party y los que suelen aparecer en Fox News), empero, con organización y convencimiento, aptitud y la mayoría de la opinión pública de acuerdo con aquellas, son realizables.
Ollanta, a diferencia de Susana, no se arriesgó. Por el momento, esa es su última lección.

Lima, junio de 2014.