lunes, 16 de junio de 2014

LAS LECCIONES DE OLLANTA

Luis Enríquez Travezaño

Minutos pasada las 4 de la tarde del domingo 5 de junio del año 2011, los primeros sondeos de votación que se daban a conocer en los medios de comunicación daban como ganador de las elecciones presidenciales a Ollanta Humala; los cuales horas más tarde serían confirmados de manera oficial por la ONPE. Este suceso histórico significó, al menos eso aparentaba en un principio, la primera vez que una opción política de (centro) izquierda llegaba al gobierno (aunque su naturaleza ideológica no fue de izquierda, algo que los políticos e intelectuales de derecha suelen olvidar u obviar al momento de analizar o presentar el hecho, las medidas y reformas de la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado estuvieron caracterizadas por aquel espectro ideológico), en cuyo alrededor se dan una serie de eventos, afortunados y desafortunados, relacionados al mismo.
En primer lugar, se encuentra en el susodicho proceso electoral la consolidación del voto anti.
Si bien es cierto que en un primer momento la intencionalidad del elector está dirigida en su gran mayoría por su simpatía o fascinación por un determinado candidato o lo que éste representa (valgan obviedades, en el escenario electoral nacional no se toman en consideración proyectos, al momento de elegir, ni de plantear análisis), lo que al final decide el triunfo y la derrota de uno u otro es el voto anti, en contra de. Al finalizar la primera parte de las presidenciales de 2011, Ollanta y Keiko Fujimori pasaron a una segunda vuelta electoral; durante el transcurso de esta, y a pesar de la campaña de un poderoso sector de las derechas en contra de Ollanta y a favor de la representante de la dictadura de los años 90, lo que terminó siendo el factor decisivo para la derrota de esta y el triunfo de aquel fue la resistencia que supuso entre la población la candidata del fujimorismo. La mayoría de los pobladores no votaron por el nacionalismo humalista, el que dicho sea de paso también tuvo en aquel momento una gran resistencia por el miedo y la incertidumbre que generaba. Votaron, al fin y al cabo, en contra de Keiko. Si Ollanta hubiera enfrentado a un candidato distinto a la fujimorista, el centro político y las derechas liberales democráticas representadas por Mario Vargas Llosa no le hubieran dado su apoyo ni su respaldo tal como sucedió, y lo más probable es que haya sido derrotado.
El voto anti ha sido la variable que en los últimos procesos electorales presidenciales ha decidido, más que las victorias, las derrotas de los candidatos que causaron oposición entre la ciudadanía. En las presidenciales del 2006, un chavista Ollanta encarnó el voto negativo, lo que le permitió a Alan García ganar el escrutinio. Como en el caso anterior, Alan, quien también figuraba una gran oposición (por su funesto primer gobierno, por su fama de charlatán y ladino y por todas las sombras de corrupción que lo envuelven, hasta el presente), aunque no tanta como la del entonces chavista, no hubiera triunfado si competía con Lourdes Flores o Valentín Paniagua, por citar un par de ejemplos. El año 2001 también se dio la preeminencia del voto anti, aunque en diferentes circunstancias que en los casos anteriores. El entonces por tercera vez candidato Alejandro Toledo, principal y destacada figura de la lucha contra la dictadura fujimorista a fines de los años 90, no era un actor resistido por el electorado, y su voto a favor estaba explicado más por la simpatía y el agrado de la mayor parte de la población (voto que simbolizaba también una recompensa por su labor política contra el fujimorismo), que por el rechazo al que era su rival en la segunda vuelta, Alan García. No obstante, el hecho de haber sido involucrado en denuncias, escándalos y faltas a la verdad durante la última parte de la campaña, hicieron peligrar su triunfo, el que finalmente se consumó gracias a la circunstancia de enfrentar al que en ese momento era, después de Alberto Fujimori y todos los relacionados a éste, el personaje político con mayor oposición entre los ciudadanos.
Dejando de lado las por demás irregulares, por todo lo que  aconteció durante estas, y al parecer, por los indicios, fraudulentas presidenciales del 2000 y, aunque en una situación de ilegalidad por el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, las justas de 1995 (Fujimori ganó con el voto de la simpatía, el encanto y el agradecimiento por la idea arraigada en el imaginario nacional de haber sido durante su primer gobierno que se capturó a Abimael Guzmán, se derrotó a Sendero Luminoso y se logró la paz y por haber detenido la terrible crisis económica y social heredada del gobierno aprista y dar comienzo a la recuperación y el desarrollo del país hacia la modernidad), las elecciones de 1990 igualmente se resolvieron por el voto anti, empero más que la resistencia a la figura de Mario Vargas Llosa (sí existió resistencia a su persona, pero esta estuvo vinculada a la irresponsable e imprudente contra-campaña del aprismo y las izquierdas, por cuestiones políticas e ideológicas), el voto anti estuvo relacionado a la, entonces, más polémica de sus propuestas: las aplicación del llamado shock económico para reestructurar y salvar la moribunda economía del país. Este drástico e inflexible plan de rescate de la economía generó el rechazo necesario para el triunfo en segunda vuelta electoral del candidato que se mostró en contra del shock y prometió no aplicarlo, un, hasta hace unos meses atrás, desconocido Alberto Fujimori, quien dicho sea de paso, días después de asumir la presidencia, aplicó la mencionada medida económica de emergencia, tristemente recordada como fujishock.
El triunfo de Ollanta asimismo denotó la importancia del escenario.
Esbozar una campaña electoral implica para toda agrupación política conocer el escenario en el cual va a competir. Una vez que se conocen los requerimientos, deseos y gustos de los electores (los cuales varían de acuerdo a la edad, estrato socioeconómico y espacio geográfico), el rechazo y el antagonismo que su candidato o sus ideas van a generar y entre quienes o qué grupos lo va hacer, y a sus, o probables, competidores, los movimientos políticos pueden plantear una estrategia de campaña que pretenda ser efectiva y que no entre en contradicción con su plan de gobierno, o su proyecto de país, en caso de tenerlo.
Después de su derrota en 2006, el nuevo equipo de campaña del nacionalismo humalista (en donde destacó, por sobre todos los demás, el trabajo como asesor del argentino brasileño Luis Favre) configuró la estrategia para las presidenciales del 2011 de acuerdo a las etapas, los tiempos de la elección. Durante la primera parte presentaron, si bien ya divorciado de su chavismo y etnocacerismo auroral y lejos de su discurso radical “anti sistema”, a un todavía Ollanta reformista, de la Gran Transformación, que confirmó el promedio de la intención de voto que tuvo en 2006 (30%), y que le valió para clasificar sin apuros de ningún tipo, y como en las elecciones pasadas con la aún resistencia de Lima (el capital electoral de Ollanta se encontraba en el interior del país), a la segunda vuelta. En esta nueva etapa, acomodada además a las circunstancias (la rival, Keiko Fujimori), se presentó a un Ollanta moderado, demócrata y conciliador (consumado todo en la conocida: Hoja de Ruta), enfatizando estas características en contra de lo que representaba su rival (los viejos anhelos autoritarios de las derechas conservadoras y antidemocráticas), e intentando acercar al votante de la capital, plaza que suele definir los procesos electorales presidenciales.
A diferencia de lo ocurrido en 2006, el nacionalismo humalista en 2011 conocía el escenario en el cual iba a contender. El equipo de campaña de Ollanta sabía muy bien que el potencial voto del interior no bastaba para ganar, y que sin el convencimiento de Lima, era poco menos que imposible. A cierta distancia, la campaña de Ollanta pareciera ser afectada por una serie de virajes en pleno transcurso, no obstante, pienso que esta respondió más a una sola estrategia planificada en base a un entendimiento y conocimiento del escenario nacional (apariciones en público, nexos de comunicación y gestos políticos, como por ejemplo lo fueron el manejo del discurso de acuerdo al público que lo escuchaba, a la ciudad a la que iba o el medio en el que estaba; y, con un gran sentido del tiempo y la oportunidad, la denuncia sobre las esterilizaciones forzadas cometidas en el momento en que Keiko formaba parte del régimen dictatorial como Primera Dama, dada a conocer durante el debate presidencial a pocos días de la votación de segunda vuelta, no sólo para causar impacto en la opinión pública, como efectivamente ocurrió, sino para evitar que la contrincante tuviera tiempo de reponerse y responder). El éxito de cualquier “partido” o frente político está relacionado a su conocimiento del escenario; desconocerlo o ignorarlo, en pos de subjetivismos ideológicos o un equivocado sentido de pertenencia (errores de táctica política que suelen cometer las izquierdas, por candidez, terquedad o fanatismo, como por ejemplo las posiciones tomadas ante la coyuntura venezolana: por un lado, la ambigüedad del Frente Amplio, y por el otro una defensa férrea e ideológica del chavismo por parte de otros sectores; hacer esto en un país donde el chavismo es percibido por la mayoría de electores como negativo y hasta nocivo como pensamiento y paradigma de desarrollo, es propio del desconocimiento del escenario), conduce a la derrota, el fracaso electoral  y la desaparición política.
Al respecto del escenario, el éxito del humalismo también posicionó el centro político.
Entender el escenario electoral, necesariamente significa conocer su idiosincrasia; en las presidenciales del 2006, Ollanta equivocadamente creyó que ésta estaba definida en su mayoría por el malestar, la inconformidad y el deseo de cambio, similar a la Venezolana a fines de la década de los 90, lo que permitió que Hugo Chávez llegara al poder con un discurso extremista, radical, de ruptura. Plantear una campaña en las mismas condiciones como las planteó el chavismo en su momento, impidió la victoria del nacionalismo humalista, y precipitó su derrota. 5 años más tarde, Ollanta ganó las elecciones ubicándose en el centro. 5 años antes Alan hizo lo mismo, y también ganó (en ambos casos, lejos de posturas, principios o moral política, su ubicación en el centro respondió a sus conveniencias). Toledo en 2001 ganó con una propuesta de centro. Y en 1990, Fujimori ganó al posicionarse más al centro que Vargas Llosa, quien a pesar de ser una personalidad independiente, de su prestigio y su propuesta liberal innovadora en el país, fue percibido como representante de las clases altas y la vetusta derecha oligárquica, por su ascendencia y posición acomodada y por haber estado aliado a sus “partidos” tradicionales (Acción Popular y el Partido Popular Cristiano, P.P.C.), a desemejanza del novedoso “chino”, independiente (tan sólo unos meses antes, Ricardo Belmont inició el llamado boom de los independientes, u outsiders, ganando las elecciones para alcalde de Lima en 1989), con un discurso mesurado (habría cambios para salir de la crisis, pero no se aplicaría el shock económico que prometía Vargas Llosa) y un perfil austero y popular que lo acercaba al elector. Porque, a pesar de lo que comúnmente se cree, el centro político no sólo implica las promesas electorales (lineamientos generales de un plan de gobierno) y el discurso; también implica la representación, lo que simboliza el candidato para el elector. A Ollanta, muy a pesar de todos los esfuerzos de su equipo de campaña, le fue muy complicado disponerse en el centro político en 2011. La imagen brindada en las presidenciales anteriores (el radical chavista), estaba presente en el imaginario de la ciudadanía, y causaba desconfianza y recelo en un sector de la población (de sobremanera en la plaza limeña, en donde su rechazo seguía siendo abrumador). En las instancias de la segunda vuelta, no solamente le bastó el acercamiento y las alianzas a grupos con credibilidad democrática (lo que Sinesio López definió en aquel contexto, cuando todavía era parte de la confluencia electoral izquierdista humalista: Gana Perú, como la nueva correlación de fuerzas), tal es el “partido” de Alejandro Toledo, Perú Posible, sino que, para hacer creíble su cambio de conducta y pensamiento político, hasta tuvo que jurar un documento de obligación: Compromiso en Defensa de la Democracia y en Contra de la Dictadura, ante la presencia de diversas y famosas personalidades, quienes actuaron como garantes de aquel juramento. Si bien es cierto que, a fin de cuentas, Ollanta logró el centro, y ganó la elección, cabe recordar que esto no hubiera sido posible si no hubiera tenido al frente a Keiko y al fujimorismo (lo que finamente prevaleció fue el voto anti). Sin el fujimorismo como antagonista, lo más probable es que cualquiera de sus otros rivales (Pedro Pablo Kuczynski, Alejandro Toledo, Luis Castañeda), hubiera representado el centro, y ganado el escrutinio.
El centro político figura una necesidad para los candidatos presidenciales en el Perú. No es sencillo disponerse en el centro. Es necesario un trabajo político dirigido hacia la ciudadanía, respaldado con gestos y posturas de los actores; en relación, resultó interesante la postura de Lourdes Flores ante el proceso de revocatoria del 2013 contra la alcaldesa de Lima, Susana Villarán. Al apoyar a Susana, una política de izquierda, en pos de la gobernabilidad y la democracia, Lourdes se acercó un poco más al centro, distanciándose, empero no del todo, de su imagen de “vieja” y aristocrática derechista sectaria incapaz de tender puentes hacia la izquierda, ni de actuar sin apasionamientos y odios (imagen que le significó sus más importantes derrotas electorales, en el 2001 y el 2006). Ese gesto político visto como de solidaridad con el adversario y responsabilidad democrática, le ha valido a Lourdes bordear el centro, cambiar la percepción de su imagen y ser una atractiva y sugerente opción para elecciones futuras. Por el contrario, aferrarse al líder y caudillo en prisión y no tener un horizonte ni ideario político más que luchar por la liberación de aquel y recordar constantemente y con un orgullo desmedido cuando fueron gobierno, lo cual más que algo a su favor, suele resultarle contraproducente, al fujimorismo le resulta casi, por no decir imposible, intentar ubicarse en el centro. El fujimorismo en sí, su naturaleza autoritaria, su esencia antidemocrática, no se lo permite. El fujimorismo tendría que dejar de ser fujimorismo, romper con Alberto Fujimori y su familia y sus figuras (las “chicas súper poderosas”, por ejemplo), y pasar por un proceso de autocrítica para que tengan posibilidades reales de ser creíbles como demócratas, y alcanzar el centro; no obstante, al ser evidente que esto implicaría la negación de su propio ser y su desaparición, aquello no es posible (hipótesis que sugieren al fujimorismo como una fuerza política que podría afirmar la democracia y que vendría a ser “el aprismo del siglo XXI”, y todo lo que eso implica, esbozadas por politólogos juiciosos y mediáticos, reflejan una equivocación en la contemplación del fenómeno. El fujimorismo en sí mismo es una negación de la democracia, y equipararlo con un “partido” como el APRA del siglo XX, que era un movimiento político de masas que contaba con una estructura partidaria nacional, un ideario y un proyecto de país, es por demás un contrasentido; el fujimorismo fue popular en los años 90 pero nunca tuvo la capacidad política de movilizar masas, jamás se preocupó por edificar un órgano partidario ni crear un ideario y mucho menos tenía una idea de nación -cuando a fines de los años 90 comenzaron a articularse y movilizarse las corrientes democráticas de protesta contra la dictadura, no hubo acción cívica ciudadana ni partidaria que defendiera al fujimorismo o a una supuesta concepción de país, muy distinto, en comparación, a lo que ocurre hoy en día en Venezuela, en donde la organización política, social y militar chavista defiende y logra sostener hasta el momento a pesar del caudaloso descontento y la crisis social y económica, el régimen de un ineficiente y políticamente obtuso Nicolás Maduro, y a su modelo de nación). Es más, lo que todavía les permite ser una fuerza política importante en el país es esa misma postura radical acompañada del apellido del caudillo (elemento de vital importancia para sus intereses; sin el apellido, sus candidatos no logran llegar al 10%, como lo demostró la candidatura de Martha Chávez en el 2006), que en términos electorales representa un promedio de 20% (así lo confirmó el algo más del 23% que Keiko logró en las presidenciales del 2011), lo que les asegura seguir teniendo presencia, voz y poder para negociar, pero al mismo tiempo les impide ganar presidenciales.
Si para las derechas nacionales es necesaria la búsqueda del centro político, para las izquierdas posicionarse en el centro debería ser una obligación innegociable, e imprescindible. En un escenario, hasta cierto punto conservador, que únicamente tolera cambios y reformas siempre y cuando estos sean comprendidos como beneficiosos y no afecten la estabilidad económica, el modelo de desarrollo y la estructura organizacional del país, sólo el centro (y la confluencia de sus organizaciones políticas) hace electoralmente viable una opción de izquierda, considerando que esta representa en el imaginario del elector, en parte por vincularlas directamente con los fallidos modelos de pensamiento y sociedad socialistas del siglo XX y la funesta y malhadada experiencia de Sendero Luminoso en los años 80, el extremismo, la debacle y lo políticamente obsoleto (triste y ciertamente, algunas apartadas y anacrónicas células de las izquierdas todavía lo representan). Así parecen haberlo entendido las fuerzas reunidas en el Frente Amplio, un proyecto político que intenta ser un reflejo de la experiencia uruguaya, la que junto a la brasileña, son las izquierdas mejor organizadas, más modernas y exitosas de Sudamérica; sin embargo, al menos todavía por el momento, no parece encontrar un rumbo definido, ni perfilar una identidad política que lo distinga en el escenario nacional como un actor importante y con posibilidades reales de éxito, dependiendo esto principalmente de las decisiones que tomen y los gestos y señales que envíen a la población (decisiones que involucran posturas débiles o de confraternidad ante experiencias autoritarias de izquierda en la región, como durante la coyuntura venezolana, o el lanzamiento de candidatos presidenciales populares empero advenedizos como en las elecciones del 2011, o sin considerar que su figura debe generar empatía y consenso y no temor y rechazo en la mayoría del electorado como lo haría por ejemplo la figura de Gregorio Santos; son el tipo de decisiones que hacen que las izquierdas no representen mayor importancia en la escena política nacional).
Para las izquierdas nacionales representa un reto tomar el centro, y ganar elecciones; secciones mismas de las izquierdas piensan que acercarse al centro y compartir espacios con la derecha, entendido no de manera ideológica sino en la configuración de políticas públicas, es algo parecido a una traición a sus principios e ideales “revolucionarios”, de cambio estructural (muy distintos en sus formas y en sus métodos, claro está, a los que predicaban y propugnaban en el siglo XX), perder su esencia inconforme y rebelde, lo que los hace ser de izquierda, y actuar en la medida, creen, que les sea conveniente a las derechas. Pensar de esta manera, considero, es un error de apreciación; por poco un subjetivismo ideológico. Si existen unas izquierdas que las derechas temen, detestan y las desconciertan, son justamente aquellas que se muestran como una opción política moderna, responsable, eficaz, solidaria y capaz de plantear acuerdos en pos del beneficio público; lo que les convienen política y electoralmente a las derechas, dicho sea de paso, son unas izquierdas “revolucionarias” y  sectarias, ideológicamente anacrónicas y autoritarias e intransigentes e intolerantes; en fin, lo que les conviene son unas izquierdas quejicosas, tira-piedras y quema-llantas, que sigan siendo negadas e ignoradas en las urnas por la casi totalidad de la población.
Por otra parte, el nacionalismo humalista confirmó la irrealidad de las “grandes transformaciones”.
Disponer una estrategia supone, entre otros factores, la construcción de un discurso, respecto a lo que los electores (o una parte de ellos) necesiten escuchar. El discurso de la Gran Transformación durante las presidenciales del 2011 supuso esto. Como en los comicios del 2006, Ollanta buscó figurar la necesidad de un cambio en la organización política y económica del Estado de una gran parte de la población electoral, empero, a diferencia de aquel año, en el cual creía que esa necesidad le bastaría para ganar, el 2011 era consciente de que sólo le permitiría pasar a una segunda vuelta. Una vez concluido el proceso electoral, por haber sido únicamente parte de la estrategia discursiva y jamás algo real, la llamada Gran Transformación fue dejada absolutamente de lado por el humalismo. Una estrategia astuta y taimada, valgan verdades, pero que conllevó en sí misma una mentira; un engaño, a fin de cuentas. Lo que Ollanta sugirió durante su campaña electoral como promesa de un cambio en las estructuras organizacionales del país, conocida como Gran Transformación, es irremediablemente ilusoria y ciertamente inviable. En un contexto en el cual el ordenamiento político, económico, jurídico y militar nacional forma parte del sistema mundial capitalista neoliberal normado por la economía de mercado, proponer “grandes transformaciones” es sencillamente mentir (escribiendo hace más de 50 años atrás, no obstante refiriéndose a la inviabilidad de las aventuras revolucionarias comunistas y socialistas post experiencia bolchevique, Albert Camus planteó, en diferentes términos eso sí, esta idea). En tanto no se reestructure o se cambie el paradigma de desarrollo mundial, no es razonable una “gran transformación” a nivel nacional (dejando de lado los métodos de represión del contexto internacional, las estructuras de poder en el Perú, potestad de las derechas conservadoras, ahogarían cualquier intento de transformación, de cambios profundos emprendidos por un mandato, por ser los que habitualmente suelen trazarlo en sus proyectos, de izquierda; en relación, como caso expresivo, en el año 2013 bastó solamente que el gobierno insinúe la posibilidad de comprar Repsol contraviniendo los intereses ideológicos y económicos de las derechas, para que estas, exhibiendo parte de su poder para condicionar la decisión de la administración humalista, lo que finalmente ocurrió, realicen una intensa y envolvente contra campaña en todos los medios de comunicación, la cual, acariciando la histeria y el ridículo, llegó afirmar que: “….este será el comienzo de la transformación del Perú con un Estado avasallador, prepotente, autoritario, como en Cuba, Bolivia, Venezuela y Argentina. Pero los peruanos nos defenderemos de esta gran amenaza.”-Confiep: “Hemos salido de la hoja de ruta. Es una vergüenza”. Entrevista a Alfonso García Miró, El Comercio, 29 de abril del 2013). Las experiencias reformistas de centro izquierda de la región (Chile, Argentina, Uruguay, Brasil), y en menor medida los populismos de izquierda (Venezuela, Bolivia, Ecuador), lo entendieron así.
Uno de los puntos de crítica a Ollanta, por parte de las izquierdas que lo acompañaron y lo apoyaron durante el proceso electoral y el inicio de su gobierno, es justamente el hecho de que no haya cumplido con la promesa de la Gran Transformación (y no haya mantenido un perfil de izquierda como gobierno), y haya preferido el camino del pragmatismo. Este juicio, a mi criterio, tiene algo de verdad y algo de mentira; algo de razonable, y mucho de inconsciente e insensato. Todo parece indicar, a estas alturas, que Ollanta nunca tuvo la intención de efectuar, si bien no la Gran Transformación programada en su plan de gobierno (uso discursivo), por lo menos reformas políticas, sociales y económicas a la organización del país; Ollanta al parecer tenía su propia agenda, la cual empezó a evidenciar al poco tiempo de ganar las elecciones (la designación de un neoliberal convicto y confeso como Luis Castilla como ministro de Economía es muestra de ello), y transparentó con el caso Conga, la caída del gabinete Lerner y la desafectación de sus aliados de izquierda del gobierno. Ollanta como gobernante se presentó ante la ciudadanía como un pragmático, muy distinto a la figura de cambio que representó en las presidenciales, lo cual significó una farsa como bien reclaman las izquierdas, para sus partidarios y votantes independientes que creyeron en él. Sin embargo, este punto de crítica se mantuvo ausente cuando ya se estaban dando a conocer las primeras señales de lo que se llamó, el viraje hacia la derecha (en mí opinión no hubo tal viraje. Pienso que Ollanta nunca se sintió, ni mucho menos se concibió como él mismo se encargaba de hacerlo saber, de izquierda; solamente fue parte conveniente de su estrategia electoral). Políticos e intelectuales de izquierda intentaban explicar cada decisión durante la campaña (la correlación de fuerzas para la segunda vuelta, por ejemplo), o a comienzos del gobierno (la hipótesis, que no deja de estar conforme a razón y de tener bases explicativas sólidas, de la captura del Estado); una vez que estos fueron echados, la crítica, que ya existía tras bastidores, recién se manifestó de forma clara y pública, denotando una lucha de intereses y conveniencias (por ambas partes), más que por ideología, principios, ética o moral política por el lado de las izquierdas; y aún así, si esas hubieran sido las cuestiones, y expresaran un pedido franco y honesto, exigir al nacionalismo humalista la aplicación de una Gran Transformación (como aún, de forma obstinada y con poco sentido de la realidad, se sigue discutiendo en los ámbitos de las izquierdas), circunda la temeridad y la irreflexión; las derechas conservadoras, las que manejan las relaciones de poder, nunca lo hubieran permitido (y si Ollanta insistía, “nuestras” derechas, quienes suelen olvidarse rápida y fácilmente de sus compromisos y valores democráticos al momento de defender sus fueros e intereses, para decirlo sin eufemismos, le sacaban los tanques, lo golpeaban y se deshacían de él, sin misericordia, remordimientos de conciencia ni arrepentimientos de por medio). Ollanta asumió la presidencia sin un poder real detrás de él (una institución partidaria nacional de masas, y al menos 2 tercios de la población que respalde sus decisiones). Sin partido ni experiencia, los grupos de poder en contra, con una opinión pública dividida, una Lima desconfiada y con un triunfo conseguido no por sus propuestas sino por haber sido el “menos malo” de los dos candidatos, Ollanta eligió sobrevivir; y para esto tomó, para bien o para mal, la ruta del pragmatismo. Se adecuó a lo existente sin intentar cambiar nada (como lo hacen todos los jefes de gobierno desde el 2001; ha habido cambios sí, pero no de carácter sustancial), e intenta construir, junto a la figura de su esposa Nadine Heredia, un espacio propio de poder (por eso mismo, el recelo de las derechas conservadoras que lo toleran, pero no lo aceptan a pesar de su aparente cambio de rumbo hacia la derecha, y la campaña de desprestigio de los poderes fácticos, dirigido por entre la popular imagen de Nadine -desprestigio asentado en críticas y reproches justos, como su excesiva intromisión en asuntos de Estado, e injustos, tal es la labor social que realiza como representante política del gobierno).
La ruta del pragmatismo escogida por Ollanta, mucho antes de ser elegido presidente, y que es la consecuencia de una serie de circunstancias que se dieron alrededor de su concepción como actor político, suele ser un camino en cierta medida cómodo, seguro y estable; sin embargo el hecho de evitar proyectar y construir políticas públicas reformistas, necesarias en determinadas áreas de la sociedad (tales lo son, por mencionar algunas, educación, salud, industria, medioambiente, seguridad ciudadana, cimentación de las instituciones públicas, fortalecimiento de la igualdad y los derechos humanos, culturales y de género), hacen que nuestra realidad asemeje estar contenida en un limbo conceptual. Experiencias de centro izquierda sudamericanas (Brasil, Uruguay y Chile como casos ejemplares) y, no obstante ser diferentes en el fondo pero análogos en la forma, el gobierno municipal de Susana Villarán, demuestran que las reformas no son sencillas de construir (la puesta en marcha por la alcaldía de Lima de políticas públicas como la reforma del transporte, la recuperación de espacios públicos, tal es el caso emblemático de La Parada, y una considerable inversión en infraestructura, han provocado una fuerte resistencia y reacción por parte de los “afectados”, a los que se aúna el rechazo de las derechas conservadoras y el permanente e injusto hostigamiento de los medios, por razones ideológicas y ciertamente, no obstante en menor medida que la voceada por aquellos,  por errores propios y la falta de trabajo político con la ciudadanía, sus opositores y los que se muestran, literalmente, como sus enemigos políticos y mediáticos muy parecidos a los del Tea Party y los que suelen aparecer en Fox News), empero, con organización y convencimiento, aptitud y la mayoría de la opinión pública de acuerdo con aquellas, son realizables.
Ollanta, a diferencia de Susana, no se arriesgó. Por el momento, esa es su última lección.

Lima, junio de 2014.

domingo, 6 de abril de 2014

DELIRIOS REVOLUCIONARIOS

Luis Enríquez Travezaño

Pasada la revolución cubana de 1959, un espectral delirio revolucionario se apoderó de las izquierdas marxistas latinoamericanas, dando inicio a una serie de experiencias guerrilleras, las cuales encontrarían un malhadado y lógico final, entre cadáveres y cenizas. Efectivamente, este delirio persiguió a las izquierdas del mundo por casi todo el siglo XX, cuyo paradigma y eje histórico sería la experiencia bolchevique en Rusia (a la que se agregaría, años más tarde, la China de Mao, y en Latinoamérica la Cuba de los Castro), cuyo derrumbe a comienzos de los años 90, así mismo, marcaría su final (tras un “breve” lapso de tiempo, muchas de las izquierdas latinoamericanas no sólo abandonaron sus afanes revolucionarios, sino que se reinventaron política e ideológicamente y lograron llegar al poder, cual ironía, democráticamente.)
Curiosamente, estos delirios revolucionarios parecen afectar ahora a “nuestras” derechas, desde que se inició la situación de crisis en Venezuela. Secciones de la derecha no sólo alientan las protestas contra el régimen de Maduro, y solicitan condenas de parte de gobiernos vecinos y organismos internacionales contra la represión sufrida por los protestantes, sino que reclaman, bramando, la caída del chavismo incapaz, corrupto y criminal (resulta poco convincente, y hasta ridícula, la actuación de una gran parte de las derechas peruanas que se indignan hasta el rubor y claman por el fin de la “dictadura” chavista, cuando años atrás, en las elecciones presidenciales del 2011, con total desparpajo estuvieron a punto de entregarle el gobierno del país a los representantes de la dictadura fujimorista de los años 90.) En donde existe, valgan verdades, una protesta legítima de un sector de la población venezolana por la deplorable realidad económica y social de su país, las derechas “revolucionarias” observan….”Trincheras de la libertad” en las que además de universitarios y escolares, hay obreros, amas de casa, empleados, profesionales, una ola popular.… (Mario Vargas Llosa, La Libertad en las Calles, La República, 9 de marzo de 2014.*) Lo cual, dista mucho de la realidad venezolana, repleta de grises que muchas veces dejan ver sólo superficialidades, apariencias, determinadas por el ángulo desde el cual son observadas desde el exterior; porque ni Nicolás Maduro es un dictador, ni la protesta es fascista; ni el gobierno es tan democrático, ni la oposición los inmaculados y heroicos luchadores de la libertad.

*Para evitar confusiones y malos entendidos, este artículo de don Mario debe leerse, y comprenderse, en su justa medida, como lo que es: un artículo de “batalla”. No es un trabajo de análisis crítico. No busca comprender la realidad venezolana, ni mucho menos entender la complejidad del todo. Lo que hace don Mario, de manera consciente,  con la intención de hacerlo así, es construir una “verdad” en torno a la lucha política de las derechas venezolanas. Esta “verdad” en el artículo representa más a una convicción ideológica que a la realidad misma, reflejada sencillamente como una lucha entre el bien (la oposición) y el mal (el gobierno chavista.) En suma, es un trabajo político, un absoluto ideológico, que expresa un deseo, presenta una visión particular de la realidad (ve, tal vez confundido por las brumas de la madrugada a su alrededor, a la oposición venezolana como a la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial) y adhiere a la causa de las derechas venezolanas. No es la primera vez, ni supongo será la última, que don Mario escribe artículos de “batalla”, ideologizados, lo cual, más allá de los errores que pueda cometer, como su definición de fascismo, no es criticable (es más, esta es una de las razones por las cual es admirado y respetado); aunque en más de una oportunidad, en evidente contradicción y falta de autocrítica, denueste los trabajos con lo que no está de acuerdo, no respondan a sus conveniencias políticas o que simplemente no le gustan, llamándolos: ideologizados. 

Primero que nada, resulta oportuno mencionar que, lo de Maduro es indefendible (en relación, aparte de ser ideológico y acrítico, el comunicado del 21 de febrero de las izquierdas peruanas reunidas en el Frente Amplio, que busca ser un espejo de la experiencia uruguaya: Frente Amplio frente a la situación en Venezuela,  constituye un error de táctica política, en tanto una defensa del gobierno del Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV, no genera réditos, ganancias políticas en un escenario nacional en donde el chavismo no es visto con agrado ni simpatía; es impopular - decisiones como  estás son las que hacen que las izquierdas bordeen el 1% de los votos en los comicios, o emprendan aventuras electorales con candidatos “alquilados”, para que luego, una vez en el poder, estos les den, como escribió en una oportunidad César Hildebrandt, una “patada en el culo”); no es, desde ningún punto de vista razonable (existen otros, ligados a la insensatez y a la ideología), un gobierno que haya colmado las expectativas de su población, y todo lo que eso implica: satisfacción de las necesidades básicas de los diferentes estratos sociales por medio de la aplicación de políticas públicas sociales y económicas (la grave crisis económica, la escasez y el levantamiento de las clases medias son la prueba fehaciente de esto); y mucho menos aún, un gobierno que, al menos hasta el momento, intente aplicar políticas que creen consensos con los indignados de Venezuela; muy por el contrario, el oficialismo chavista devela sus rasgos autoritarios (autoritarismo inherente al populismo de izquierda instaurado por Hugo Chávez), y a través de los órganos de represión del Estado (policial, militar y, en este caso particular, jurídico) intenta silenciar la protesta y el hartazgo de una parte de su población. Una vez mencionado esto, puedo afirmar que, Maduro, aunque políticamente torpe, bravucón y en muchas oportunidades imprudente, no es un ningún dictador (ni lo fue Chávez en su momento), ni el problema de Venezuela; Maduro, como principal representante del chavismo, ha heredado un sistema ya constituido, un modelo forjado desde fines de los años 90 (modelo que, si no ha colapsado ya, está a punto de hacerlo.) El populismo autoritario de izquierda construido por Chávez, aunque lo parezca, no es una dictadura (el hecho de copar y controlar las principales instituciones públicas responde, aunque taimada y tramposa,  a una política de Estado, para así llevar a cabo y consolidar sus reformas económicas y sociales; y en el transcurso de ese esfuerzo acabó por controlar los medios de comunicación que se le oponían de forma intolerante y obcecada, lo que puede ser visto como un error político o no del chavismo, dependiendo de la perspectiva desde la cual se la enfoque), por el hecho de que tiene un origen democrático, el cual nunca fue interrumpido; Maduro llegó al poder vía elecciones, al igual que Chávez (muchos analistas se esfuerzan en comparar a Venezuela con el Perú de Fujimori, olvidando el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, lo que conllevó a una situación de ilegalidad del país y a la ruptura del orden democrático, hasta su caída en el año 2000; este hecho es la principal diferencia entre estos 2 contextos, por demás no comparables por ser realidades distintas.) Nunca se dejaron de celebrar procesos electorales (aunque, es justo  comentarlo, tal como lo observó el Centro Carter en su Informe Preliminar sobre las últimas elecciones presidenciales, en condiciones injustas para la oposición, por el uso de recursos del Estado para fines proselitistas, a lo que se aúna el control de las entidades públicas por parte del chavismo), lo que permitió que nunca perdiera su legitimidad como gobierno, ante la mayoría de su población y de la comunidad latinoamericana. Y está legitimidad, más que el respaldo de las instituciones policiales y militares y el de poseer un brazo armado (los llamados: Colectivos chavistas, como por ejemplo, Los Tupamaros), es precisamente la fuerza del gobierno de Maduro en este contexto de crisis. Sin un resultado a favor en las últimas elecciones, el respaldo de un sector importante de la población (el mismo que llevó  a Chávez al poder en 1999) y de las democracias del continente, la cúpula del PSUV sería sencillamente insostenible. No hay manera de sostener un gobierno de estas características sin el respaldo de su población en su mayoría (cuando pierda este respaldo, el chavismo será derrotado como fuerza política.) Por esta misma razón, no es posible, como vocifera la oposición, que Venezuela esté en camino de convertirse en una segunda Cuba; aparte de la evidente diferencia de contextos históricos (errores que se suelen cometer en pos de subjetividades ideológicas absolutas), el chavismo “cubano” necesitaría, al menos, mínimo, el respaldo de más del 75 % de su población para intentar tomar este, por demás anacrónico, camino. Como esto no se condice con la realidad, no sería serio plantear por parte del gobierno, tal no lo es por el lado de la oposición, menos aún con argumentos como: María Corina Machado contaba que…. (Entrevista a Álvaro Vargas Llosa, El Comercio, 30 de marzo de 2014); una ruta cubana como posibilidad. Esta injerencia e influencia cubana en el chavismo (que existe, pero no hasta el punto de ser mandato en el gobierno bolivariano) que denuncia la oposición “revolucionaria”, pienso, está más ligada a una, audaz eso sí, estrategia política que intentaría apelar a la reacción del nacionalismo, el patriotismo y la identidad llanera de las estructuras mentales de su colectividad, ante una posible intervención extranjera, para así alinearlos en su lucha contra Maduro (de la misma forma, el oficialismo utiliza como dispositivo verbal de defensa al “imperio yanqui”, el cual, en honor a la verdad, sí se interesa por Venezuela, al punto de haber apoyado en el año 2002 el golpe de Estado contra Hugo Chávez, tal como lo reseña el documental de 2009: South of the Border, de Oliver Stone; no obstante no lo suficiente ni con la misma intensidad desde el fin del mandato de George W. Bush, como pretende el discurso del PSUV.)    
El chavismo, a manera de proyecto político ha conseguido en su transcurso importantes logros a través de, como reflexionó el presidente de Uruguay José Mujica en una entrevista concedida a CNN en 2012, discutibles pero efectivos métodos: “Lo admiro (el socialismo del siglo XXI), pero no es el camino que yo elegiría….Cuando pase Chávez habrá un montón, millones de venezolanos que vivían en la miseria que van a estar viviendo un poco mejor….”; y políticas sociales que han cambiado para siempre la historia de su país (las más significativas son la reducción de la desigualdad y la pobreza, por entre del otorgamiento de derechos ciudadanos y permitiéndoles el acceso a servicios básicos de bienestar, como salud, educación y vivienda); sin embargo, su carácter autoritario, su modelo de desarrollo estatista (sostenido por la exportación del petróleo, y que se encuentra en crisis en la actualidad), la burocratización, el envilecimiento y la corrupción de funcionarios producido por sus años como gobierno (situación inevitable, generado por los mecanismos del poder, que corrompe a sus componentes mientras más tiempo estén en sus fauces); y el fallecimiento de su caudillo e imagen principal del régimen, Hugo Chávez, están provocando su quiebre, y parece derrumbarse (probablemente, su destino inexorable en unos cuantos años más.) Los autoritarismos de este tipo, sean de izquierda o de derecha, si bien logran, si esa es su intención, cambios importantes para la población en un determinado momento, tienen fecha de caducidad, y en muchos casos no logran que dichas transformaciones se institucionalicen socialmente (el éxito de la instauración de la economía de mercado en los casos particulares de Chile en los años 70 y en Perú en los 90, impuestas por sendas dictatoriales, determinó que estas transformaciones sí se institucionalizaran), y tienden a desaparecer junto al régimen, o sufren retrocesos provocados por los nuevos gobiernos contrarios al anterior.
Este populismo autoritario, legitimado democráticamente, como lo acabamos de ver, no es una dictadura, ni mucho menos; por lo que un movimiento social y mediático de protesta dirigido a sacar a Maduro y al PSUV del gobierno, no sería solamente un error de cálculo político; también sería una más que evidente intención golpista antidemocrática, una transgresión del Estado de derecho; entonces, ¿por qué, desde distintos espacios de la oposición, interior y exterior, se insiste tanto con la posibilidad de tumbar a Maduro, y con este al chavismo, hasta llegar a los extremos de la histeria? (resulta vergonzosa la posición de muchos opositores, políticos y mediáticos, pidiendo a través de distintos medios de comunicación, la intervención de los Estados Unidos en el conflicto, como “hermano mayor”, o en el último de los casos como juez “imparcial”. Si existe algo que han logrado los gobiernos reformistas de centroizquierda en la región, además de atender políticas públicas sociales con un denodado énfasis solidario, es la autonomía, el poder de decisión, la independencia política respecto de potencias mundiales como los EEUU y su política exterior intervencionista, feroz guachimán de sus conveniencias); ¿esto convierte al movimiento de protesta en fascista, como lo llaman desde el oficialismo chavista? No (existen rincones fascistas, común a todos los mapas ideológicos de los conjuntos sociales, pero el fascismo no atrapa a toda la protesta.)
El movimiento de protesta en Venezuela, integrado en su gran mayoría por las clases medias, no está cohesionado por un componente ideológico homogéneo; son distintos los motivos por los cuales se movilizan (desde que se iniciaron, hace ya más de un mes atrás, desde que escribo este artículo, las protestas ciudadanas vienen perdiendo las fuerzas con las que comenzaron; el que no cesa es el trabajo político de la oposición organizada, dentro y fuera de su nación): por un lado, están los que protestan de manera espontánea por la situación socioeconómica del país y reclaman cambios y soluciones (los principales afectados por la crisis, los ciudadanos independientes), y por el otro los que plantean la salida de Maduro y la caída del régimen (oposición radical, con sus propios intereses políticos: María Corina Machado, Leopoldo López.)  Sinesio López plantea dos estrategias en el caparazón político de la oposición (Mesa de la Unidad Democrática, MUD): la constitucional de Henrique Capriles, y la anticonstitucional de López y Machado (¿A Dónde va Venezuela? La República, 20 de febrero de 2014); en realidad, este planteamiento escapa un tanto a la coyuntura, en tanto la movilización de masas no tiene un ideario político, al menos no uno definido (si bien López y Machado tienen un objetivo político abiertamente golpista, como ellos mismos se han encargado de divulgar; el genuino movimiento de protesta ciudadano trasciende este fin), y la actuación de Capriles ha sido en realidad, en estas circunstancias (el hecho en sí), el de un actor secundario, que recién con el pasar de los días volvió a tomar protagonismo (aunque todavía se le perciba, desde la derecha radical, como blandengue); sobre todo desde la entrega de López a las autoridades.
Estas posturas, confundidas entre la protesta, hacen de este un movimiento al que no se le pueden poner etiquetas: la protesta es autentica y democrática, porque reclama a su gobierno, con distintos métodos, mejores condiciones de vida y remedio a los problemas inmediatos del país; pero a la vez, existen bloques intencionalmente golpistas que intentan direccionar a toda la protesta hacia ese rumbo, situándola en una posición antidemocrática. No son ni fascistas, ni los héroes de la libertad que intentan inventar los medios, políticos e intelectuales de derecha. Es un movimiento social literalmente aburrido de su realidad y de sus gobernantes, con ideas distintas sobre lo que quieren. Como parte de la corriente, la dirección política de la oposición, los rostros visibles de la protesta, tienen sus propios intereses, y van más allá del movimiento social de masas. Capriles, luego de su derrota en la elecciones presidenciales de 2013, tomó el camino legítimo de la oposición democrática y fortalecer su opción para las próximas consultas (visión de futuro con probabilidades de éxito, porque todo parece indicar que el chavismo no resiste una elección más), resaltando el hecho, como lo hizo en las presidenciales pasadas, de que las reformas sociales del chavismo no serán tocadas (estrategia de consenso, que ganaría a una parte importante que hoy apoya al oficialismo.) López, por el contrario, como muchos derechistas, quiere su propia revolución, exitosa o no (si fracasa en las calles, como es lo más posible que ocurra, ya ha ganado un nombre, una fama, en el escenario político nacional venezolano), que le sirva como puente al poder, aquel que el chavismo parece haber privatizado en los últimos años para su uso “personal”, y que otros anhelan. Como todo en política, el trasfondo de la crisis venezolana denota las conveniencias particulares, genuinas o no, de los actores que representan las distintas visiones de país, desde diferentes perspectivas socioeconómicas: “El problema  de Capriles, López y María Corina Machado (es)….que son pitucos” (Otra Perspectiva Sobre Venezuela, Steven Levitsky, La República, 2 de marzo de 2014.) Aunque no lo afirma explícitamente, el politólogo estadounidense deja entender en su concepto la importancia, como categoría sociológica a tomar en cuenta para entender el hecho, del factor racial (pituco), el que, dicho sea de paso, no es la primera vez que es citado por los que analizan la realidad venezolana (los testigos presenciales del escenario de dicho país resaltaron este hecho en sus crónicas de las manifestaciones partidarias durante las elecciones presidenciales del 2013.)
No es cierto que detrás de toda la oposición exista una vocación democrática. Me puedo equivocar, pero el histrionismo, la sobreactuación, la sobreexposición mediática, los objetivos golpistas (que en los casos de Leopoldo y María Corina son una reincidencia, por haber estado involucrados en el fallido golpe de Estado del 2002 contra Chávez), y sobre todo su negativa a buscar soluciones a la crisis intentando negociar políticamente con el chavismo gobernante (intentan agudizar las contradicciones hasta llevar a Venezuela a un estado de ruptura, de transformación violenta), de López y Machado hacen poco creíble su afección por la democracia. El que ha demostrado tener una verdadera vocación democrática ha sido Capriles, intentando crear espacios de consenso y apertura con el oficialismo, a fin de que cese la peligrosa violencia política que podría llevar a Venezuela, en el peor de los casos, a una guerra civil que sacrificaría y condenaría a una segura muerte ya no a decenas, como viene ocurriendo, sino a miles de venezolanos, mientras que desde New York, Madrid y París seguirían hablando, delirantes, de los “valientes venezolanos” y de las “trincheras de la libertad”. Capriles no sólo ha decidido seguir el camino de la democracia y de la sensatez, como afirmó con perspicacia en más de una oportunidad el analista internacional Farid Kahhat en TV Perú Mundo, programa de televisión en el cual participa actualmente como comentarista, sino el que le podría dar mayores réditos políticos en el mediano plazo (al gobierno de Maduro, de cierta manera, le conviene una oposición radical, intransigente y sectaria que rechace todo lo relacionado con aquel, porque eso le permitiría tener una base social solida que vería con recelo a una opción política diferente que las rechaza por precisamente estar relacionados al PSUV; en cambio, una oposición que fraternice y busque crear puentes y acuerdos con las bases sociales del chavismo, continúe con las reformas exitosas de la revolución bolivariana y proponga alternativas que mejoren las condiciones de todos los estratos socioeconómicos venezolanos, sin venganzas políticas de por medio; dejaría a un de por sí débil e ineficaz gobierno en medio del atardecer y las tinieblas.)
Al gobierno de Maduro y al chavismo dirigente sólo le quedan las reformas liberales o el suicidio político. La realidad venezolana actual es sombría. La crisis económica está derivando en una crisis social y política. El modelo socialista del siglo XXI es insostenible como paradigma de desarrollo en un sistema mundo liberal de economía de mercado (parte importante de la reinvención y modernización de las izquierdas en América del Sur está vinculado al hecho de la aceptación del liberalismo capitalista como modelo de desarrollo económico.) Si Maduro quiere salvar la revolución y los logros del socialismo venezolano (más que nada  de los que desean ver arder el Palacio de Miraflores, tal vieron arder La Moneda en 1973), tiene que por un lado, empezar hacer ajustes al modelo heredado por Chávez (apertura económica) y concesiones a la oposición política y ciudadana (alto a la las medidas de represión desproporcional, garantizar el respeto de los derechos humanos y negociación para establecer acuerdos conjuntos para afrontar la crisis); y por el otro, luchar internamente con las divisiones extremistas del chavismo militarista, y evitar la tentación de la vía dictatorial (si la facción militarista del gobierno pierde la noción de lo real empujado por la debilidad y la inoperancia de la facción civil y por la oposición intransigente e irresponsable, bota a Maduro y toma el poder, se daría comienzo a un nuevo escenario, muy distinto al actual, y eventualmente, considero, también se daría principio al último capítulo de la historia de la revolución bolivariana.)
La oposición por su parte, como unidad (y no como fracciones democrática y antidemocrática), si no cambia su plataforma de lucha (pedir la salida de Maduro) y su discurso de choque, anti (la conferencia de prensa del 21 de marzo de María Corina Machado en la OEA, demuestra que el ala radical al que representa, no quiere negociar; y si acepta, solamente será para dar inicio a una “transición hacia la democracia”, es decir, Maduro out), no podrá articular un frente de amplia base capaz de derrotar electoralmente al chavismo gobernante (a pesar del amplio respaldo mediático que tiene la protesta fuera de Venezuela, uno de los problemas más difíciles de solucionar para sus dirigentes políticos entre sus conciudadanos y las fuerzas progresistas democráticas de América Latina, es que ese movimiento social es percibido, además de golpista, como de derecha, que genera simpatías únicamente entre las derechas conservadoras latinoamericanas, las mismas que vieron con agrado a Pinochet, a la Junta Militar Argentina o a Fujimori, y cuyos ascendientes ideológicos occidentales del siglo XX contemplaron en un momento determinado con simpatía al nazismo y al fascismo como una manera de frenar la influencia del malvado ogro comunista ruso – en España el régimen fascista de Franco no fue tocado, y durante los años 70 la infausta política exterior estadounidense, por medio de la CIA, promovió dictaduras fascistas en Latinoamérica, para combatir al comunismo.) Si a Maduro le lanzan fuego, él sin ningún problema, hasta le resulta más conveniente, responderá con fuego (el extremismo de la oposición está logrando lo que la figura de Maduro no había logrado hasta entonces: cohesionar al chavismo, dirigente y social, ante un enemigo común que pareciera pretende arrebatarles todo lo que han logrado hasta el momento y regresar al pasado anterior a Chávez - se debe tener en cuenta cuál era la situación precaria, de pobreza, olvido y exclusión de la mayoría de los venezolanos antes de la llegada de Chávez al poder, para así entender el imaginario de las bases sociales del chavismo.) Empero, si por el contrario, dejando de lado los delirios revolucionarios de algunos de sus dirigentes y las derechas intelectuales del continente, le plantean ideas, razones y proyectos políticos nacionales inclusivos de centroderecha (que abracen a las masas chavistas, y que no nieguen ni confronten los logros sociales del PSUV), las izquierdas políticas venezolanas, si no tienen mayor horizonte ni paradigma que el que se está hundiendo en estos momentos en sus propias contradicciones, y peor aún si deciden defenderlo con balas y bravatas, perderán su legitimidad en la urnas y en las calles.
En el complejo escenario venezolano, donde no todo es lo que parece ser y lo que es puede no serlo tanto, existen más incertidumbres que certezas; más probabilidades que realidades; nadie puede asegurar (la Historia mucho menos), el devenir de esta circunstancia crítica y del proceso mismo que se inició en el año de 1999. Lo que sí se puede afirmar es que en estos momentos, lejos de batallas por la libertad y la democracia que algunos creen observar, de las ilusiones y los espejismos del chavismo y los delirios revolucionarios de la oposición que quieran presentar como sueños e ideales, se está llevando a cabo en Venezuela una lucha política por el poder; y como se sabe, en política no predominan las verdades ni los altruismos sin conveniencias, ni el bien ni el mal como caminos separados de existencia en permanente negación; ciertamente, en política todo converge en un claroscuro de intereses.

Lima, marzo de 2014.             

miércoles, 11 de julio de 2012

EL ENCANTO DEL FUJIMORISMO

Luis Enríquez Travezaño

El fascismo acriollado encanta. Encantó a la mayoría de los peruanos en la elección presidencial de 1995, y a una gran parte de ellos en la del 2011 (la elección de 1990, que viene  ser la primera que ganó el fujimorismo, no fue sólo el resultado del apoyo prístino y lúdico obtenido sino que a este se aunó la emboscada que le tendieron, y que fue determinante para la victoria de Alberto Fujimori, el aprismo y las izquierdas a Mario Vargas Llosa, boicoteando su candidatura, y en la elección del 2000, la tercera que ganó Alberto, existieron suficientes indicios de fraude que deslegitimaron dicho proceso, de tal forma que en noviembre de ese mismo año Alberto huye del país, renuncia desde Japón, Valentín Paniagua asume como gobernante de transición, y se convoca elecciones para el 2001), a los poderes fácticos y mediáticos, a Steven Levitsky y Fernando Rospigliosi, y a Ollanta Humala.

El fujimorismo encantó al pueblo peruano. Embelesó a los electores peruanos en 1995 y 2011, y estos, al darle su respaldo, legitimaron al fascismo (definición de Mario Vargas Llosa) acriollado (agrego, para diferenciarlo del viejo fascismo europeo y latinoamericano. El nacional tiene características particulares).
Aunque sería injusto no tomar en cuenta el contexto de 1995 (auge de la creación mítica fujimorista: derrota del terrorismo e inicio del progreso económico), no se puede negar el hecho de que, en dicha elección, se legitimó, con la anuencia de la mayoría de los peruanos, definitivamente el golpe de Estado de 1992 (año en el cual se inició aquel proceso con la conformación del Congreso Constituyente Democrático y, un año más tarde, con la aprobación de la nueva constitución), y el modelo antidemocrático de desarrollo instituido.
Si la elección de 1995 es, hasta cierto punto, comprensible por la situación (paz, luego de una década trágica provocada por la rebelión de Sendero Luminoso y la respuesta del órgano militar y policial represor del Estado, estabilidad económica, luego de la crisis extrema causada por el gobierno de Alan García, y desconocimiento de los actos delictivos que ya se habían cometido y de los que se iban a cometer), la elección del 2011 no tiene parangón.
A pesar del público conocimiento de todas las transgresiones del fascismo acriollado como gobierno, desde la destrucción de la democracia hasta la devastación moral del país, su principal representante en prisión, y saberse que como movimiento político encarna una opción autoritaria, 48% del electorado le brindó su respaldo, legitimando así, nuevamente, al fujimorismo como fuerza política ante la sociedad.
Pero, a diferencia de 1995, cuya legitimidad obtenida fue producto de su masivo apoyo popular a sus políticas, en 2011 lo hizo por entre los poderes fácticos y mediáticos, los cuales utilizaron todos los recursos que le fueron posibles para dar apertura a un segundo fujimorismo, y así evitar también el triunfo del reformismo (hasta ese momento) nacionalista. Si bien no lograron su objetivo principal (en lo que seguramente será recordado como una jugada maestra del ajedrez electoral nacional, los asesores de Ollanta aprovecharon el debate, que se efectuó una semana antes del segundo sufragio y así provocar un mayor impacto, para lanzar la denuncia sobre el caso de las esterilizaciones forzadas llevadas a cabo por la dictadura, de la cual fue Primera Dama la candidata fujimorista en competencia, quien hasta ese momento lideraba las preferencias electorales. Este movimiento no sólo conmocionó a la opinión pública, sino también  jaqueó al fascismo y le significó la victoria al nacionalismo), su tarea de legitimización política y social del fascismo acriollado tuvo éxito. Para tal logro fue clave el apoyo que le brindaron, en su gran mayoría, como instrumentos vinculantes con la sociedad, los canales de televisión y radio, la prensa escrita, el gobierno de turno, los empresarios, las derechas políticas,  personajes famosos del medio farandulero y deportivo local.
Y los intelectuales.

A Steven Levitsky el fujimorismo no lo encantó. Lo engañó. Le hizo creer que es el aprismo del siglo xxi (tesis, compartida por Carlos Meléndez, expuesta en una entrevista para un programa de televisión durante la coyuntura electoral de 2011. En los artículos sobre el fujimorismo atenuara esta afirmación, así como lo hará con otras sugeridas en los mismos). Como lo mencioné en Los Herederos (Bloch Jones, 7 de mayo de 2012), tal comparación es un despropósito.
El fascismo acriollado también le hizo creer que es ideológico, místico, militante, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la democracia (tesis planteadas en los artículos, publicados en el diario La República: La Derecha y la Democracia, 5 de febrero de 2012, Construcción de Partidos y la Paradoja del Fujimorismo, 19 de febrero de 2012, Los Dilemas del Fujimorismo, 4 de marzo de 2012).
El fujimorismo ideológico no existe como un conjunto de ideas por su cultura caudillista y  pragmática. Todo se reduce al líder. Durante la elección de 2011, el discurso público de Keiko Fujimori estaba relacionado directamente con su padre (evocación, reivindicación, y deseo de liberación). El mito fujimorista, lo que Steven considera el cimento ideológico: la victoria sobre Sendero Luminoso, la “persecución” al líder y, a los cuales añado, el progreso económico, está unido al proceder, la “genialidad”, y el sufrimiento del caudillo.
El fujimorismo místico es una tradición inventada no exclusiva. Todas las agrupaciones políticas, desde su propia perspectiva histórica, tienen mística. Acción Popular tiene mística, al igual que el Partido Popular Cristiano, y mucho más aún los partidos comunista y aprista. Hasta un novel Perú Posible podría reclamar mística, construirla, en fin, imaginarla.
El fujimorismo militante es inestable en sus bases sociales cimentadas con políticas asistencialistas. Si estas políticas son redirigidas por un nuevo caudillo, el basamento social del fujimorismo se perdería. La eliminación del Programa Nacional de Asistencia alimentaria, Pronaa, y la creación de Qali Warma, al parecer, van en este sentido.
El fujimorismo como posible partido que fortalezca la democracia es un absurdo. El fujimorismo es anti-partido, fue concebido como tal, es su naturaleza,  casi su razón de existir, por su cultura, al igual que en el supuesto ideológico, caudillista y pragmática. No podría fortalecer la democracia por su esencia antidemocrática. La democratización del fujimorismo significaría su desaparición.
El fujimorismo sin Fujimori no existe.
No tiene una identidad, un nombre propio, nunca lo ha tenido, que no esté vinculado con Alberto. No gana elecciones (Martha Chávez en la elección presidencial de 2006 sólo obtuvo 7%, con lo cual ni siquiera logró alcanzar el promedio del voto fujimorista: 20%, promedio que, dicho sea de paso, le bastó a Keiko para disputar la segunda vuelta del último curso electoral), ni legitimidad social (se puede pensar que quien obtuvo la legitimización en 2011 fue Keiko, y no Alberto. Es más, algunos analistas observaron cualidades de buena candidata, presidenciable, en ella. En realidad quien logró legitimar al fascismo acriollado no fue Keiko, fue Fujimori. Lo simbólico. Si Keiko se apellidaría Raffo, Cuculiza, Salgado, Montesinos, Cipriani, Alcorta, o Bayly, lo más probable es que no hubiera tenido éxito).
El caso de Steven no es uno de simpatías ni de subjetividades analíticas (él mismo se encargó de aclararlo en el artículo: Los Dilemas del Fujimorismo), tampoco de desconocimiento del tema (politólogo estadounidense que desde hace muchos años atrás estudia la realidad nacional y el fenómeno fujimorista-él y Lucan Way le dieron un enfoque particular al gobierno de Alberto denominándolo, para diferenciarlo de otros sucesos análogos: Autoritarismo Competitivo),ni mucho menos, claro está, de falta de capacidad, la cual es indudable por sus conocimientos y su prestigio.
Es simplemente, considero, una apreciación desacertada.
Por el contrario, a Fernando Rospigliosi el fujimorismo no lo engañó. Lo encantó. Sólo así se puede explicar su artículo: Sin Montesinos (La República, 8 de mayo de 2011), en el cual fundamentó las razones por las cuales Keiko sería una alternativa a considerar.
El artículo es una toma de posición. Una de las muchas que se dieron durante el contexto electoral. Al igual que Fernando, Mario Vargas Llosa lo hizo con: Retorno a la Dictadura, no (El País, 24 de abril de 2011), o César Hildebrandt con: Votar por Humala (Hildebrandt en sus Trece, 3 de junio de 2011). Pero, a diferencia de aquel, Mario y César lo hicieron por principios y con razones sólidas. Las razones de Fernando fueron inconsistentes (argüir, en síntesis, que Keiko no representaba al fascismo acriollado, no es argumentar. Es mentir, por cálculo político. Sólo alguien con un absoluto desconocimiento del tema referido podría haber hecho tal afirmación con convicción. Fernando no es una de esas personas), y sus principios olvidados (debes olvidarte de tus principios y de tu integridad como persona, como profesional, como intelectual, como demócrata, para apoyar a la agrupación política que destruyó al país y que cometió toda una serie de delitos en los cuales también está involucrada la hija de Alberto).
Sin Montesinos es político y panfletario. Analíticamente subjetivo. Expresa los deseos conscientes e inconscientes del autor, y su mentalidad. El artículo es casi una mala ficción. Casi, porque en la parte final, refiriéndose a Ollanta (en realidad la cita refiere un engaño muy distinto al que se iba a perpetrar. Es un presagio involuntario), escribe lo siguiente: “Se ha disfrazado para aparentar algo que no es.”
Y tenía razón.

El fujimorismo está encantando a Ollanta Humala. Su gobierno se está acercando peligrosamente al fascismo. Criminaliza y reprime con violencia la protesta social y ciudadana, representa y defiende los intereses de los poderes fácticos y económicos.
Atenta contra la democracia.
Analistas diversos muestran su preocupación por el hecho de que Ollanta se “parezca”, día a día, cada vez más a Alberto, y temen un golpe de Estado como el de 1992. Sinesio López les responde que éste sería innecesario por redundante. Las derechas, según él, ya han ejecutado un “golpe blanco” y han tomado el poder (Sicarios Ayer y Turiferarios Hoy, La República, 17 de junio de 2012). Discrepo con ambas hipótesis. Comparar la situación de 1992 con la actual, sin tomar en cuenta las situaciones históricas, es una equivocación. Y proponer, con razón, un “golpe blanco” de las derechas, es soslayar responsabilidades propias y ajenas.
El que ha vulnerado la, ya de por sí frágil, democracia es Ollanta.
El incumplimiento, y olvido, de sus promesas electorales transgrede la democracia. Por supuesto que las derechas también son responsables de éste atentado. Los representantes del poder económico, y sus operadores mediáticos, lo propiciaron y alentaron. Hacer esto, es demostrar que a ellas no les interesa la democracia. Pero, el que decidió y consumó esta contravención, desmontando la puesta en escena de su campaña electoral, fue Ollanta.
Y los que lo ayudaron a vulnerar la democracia fueron las izquierdas.
Estas (Ciudadanos por el Cambio, de la que es parte Sinesio, fue la principal agrupación que refrendó a Humala), como herramienta política del nacionalismo plebiscitario, a estas alturas ya defenestradas del nacionalismo gobernante, son responsables por pragmatismo. Éste los indujo apostar por un advenedizo, por su capital socio-electoral, en vez de hacerlo por la construcción de un proyecto político propio de corto (circunstancial, plebiscitario) y largo (institucional) plazo. Esta malhadada aventura los ha obligado esbozar un proyecto político unitario, inspirado en el Frente Amplio uruguayo, por el momento indefinido y, según Levitsky, caracterizando a las izquierdas nacionales, sin fortaleza, débil: “Como ha señalado Eduardo Dargent, la izquierda peruana es muy débil. De hecho, es una de las más débiles de América Latina (junto con Guatemala, Panamá y Paraguay). Los partidos de izquierda son casi inexistentes.”(El Fantasma de la Izquierda, La República, 24 de junio de 2012). Por su parte, César Hildebrandt propone sin entusiasmo ni fe, como primer paso antes de intentar construir un proyecto, la autocrítica (Patada en el Culo, Hildebrandt en sus Trece, 27 de enero de 2012). Adhiero y estoy de acuerdo con ambas apreciaciones. Con lo único que estoy en desacuerdo es que se siga nombrando partido a los que no lo son. Partido, en el escenario nacional, no es un nombre propio, es un apodo. Un alias. Los partidos políticos, como instituciones, en el Perú, sencillamente, no existen.
Políticos, empresarios, periodistas, ayayeros varios, del fascismo acriollado, engatusan a Ollanta y, desde que “Conga va” (palabras emblemáticas que significaron el viraje del gobierno hacia la derecha, y por las cuales personajes como Aldo Mariátegui, Cecilia Valenzuela, Cecilia Blume,  más que opositores acérrimos, enemigos no declarados de Ollanta hasta antes de ser pronunciadas, le brindaran su apoyo y sus halagos), él está fascinado.
Heredero de Alan (Los Herederos),  encantado por Alberto (encanto limitado. Humala tiene sus propios apetitos. Por el momento ha empezado a crear los aparatos de asistencia social que le permitan establecer relaciones clientelares con los sectores populares), Ollanta es el reflejo del Perú.
Es el espejo de una ficción kafkiana.

Estamos atrapados en una novela de Kafka. Fascistas legitimados por el poder y la sociedad política (derechas) y ciudadana (el Perú “incluido”, la “mitad” del país), intelectuales, consciente o inconscientemente, al servicio de aquellos, un presidente, que engañó a propios y ajenos, y tal vez hasta a él mismo, con falsas promesas de cambio (la gran transformación pasó a ser, post Conga y nombramiento de Óscar Valdés como Premier, una gran estafa adornada con la hoja de ruta), enajenado por el fujimorismo, todos reunidos en un país cuya realidad a la vez que indica una aparente modernidad (pensar en esto, cuando los pilares de un país moderno, que son la educación y la salud, están en crisis permanente, cuando las instituciones públicas son precarias, cuando un tercio de la población vive en pobreza y pobreza extrema, cuando sus gobernantes vulneran la democracia y los derechos humanos, laborales, y sociales, de sus gobernados, cuando la desigualdad, la discriminación, el racismo, la injusticia, la corrupción, la inmoralidad, imperan en las relaciones sociales en sus ámbitos público y privado, es una paradoja), y progreso económico (excluyente, que sólo beneficia al Perú “incluido”. El término, en política, inclusión, en parte gracias al gobierno nacionalista que lo ha desvirtuado, se puede prestar a confusión. El Perú excluido no busca ser incluido. Busca ser respetado. El ideal es, o debería serlo, sin incluidos ni excluidos, la igualdad), también anacronismo e inercia cultural y mental, podría ser una ficción, sombría y genial como El Proceso, escrita por Franz. Lo infausto es que no es una ficción.
Es la realidad peruana.
Peruanos exigen (a veces con formas inadecuadas y grotescas) una minería responsable con el medio ambiente y respetuosa de los derechos de las personas, y otros peruanos les responden que eso es detener el progreso y la marcha inexorable hacia el primer mundo (lo cual me hace recordar a las izquierdas del siglo xx que pensaban lo mismo del socialismo). Peruanos exigen que se respeten la vida y las diferencias culturales y de pensamiento, y otros peruanos reclaman represión, sin importar que esta pueda llegar a ser brutal y asesina (17 muertos por protestar, denuncias de tortura y agresión física y psicológica contra manifestantes anti-Conga y activistas pro derechos humanos en Cajamarca, violencia desmedida, normada en el segundo gobierno de García, contra protestantes en Espinar), de toda diferencia. Peruanos exigen que se respete el derecho a la protesta política y ciudadana y al diálogo, otros peruanos exhortan la cárcel para los disidentes y la imposición para los discrepantes (para que exista una verdadera voluntad de diálogo en Cajamarca, o en Espinar, lo primero que debe hacerse es reconocer a los otros como iguales, como peruanos. Identificarse con ellos. A los cajamarquinos que se oponen a Conga, los que están a favor del mismo –las derechas políticas y sociales, los poderes fácticos, económicos y mediáticos- los perciben como diferentes, extranjeros, enemigos a los que se tiene que abatir. No les importan sus derechos ni sus pareceres). Peruanos exigen justicia, otros peruanos les responden que eso es subversión. Peruanos exigen un país diferente, otros peruanos les responden que eso es imposible.
No lo es.
El país encantado por el fujimorismo es el espejo de la ficción kafkiana. Pero este lúgubre encanto puede romperse.
Con alegría y felicidad.
No pienso, por supuesto, que estas por sí solas puedan quebrar esta oscuridad. Eso sí es imposible. Creerlo sería una ingenuidad, decirlo una banalidad, y escribirlo un eslogan. Ellas son sólo el preámbulo de un poema de Mario Benedetti, el bosquejo del sueño de Julio Cortázar.
El umbral de la esperanza de Albert Camus.
La alegría, tal como la defiende Mario de pasmos y pesadillas, miserias y miserables, ingenuos y canallas, tal como la entiende Julio, la supresión de toda humillación y dolor, explotación y alienación, distancia y mutilación, para llegar a ser nosotros mismos, y la felicidad, tal como la reivindica Albert bregando por la justicia y la libertad, el arte y la cultura, la verdad y la solidaridad, son sólo el preludio.


Lima, junio de 2012. 

lunes, 7 de mayo de 2012

LOS HEREDEROS

Luis Enríquez Travezaño

La hegemonía de las derechas, y su modelo democrático neoliberal totalitario, es real. A fines de los años 80, e inicios de los 90, con la caída del Muro de Berlín y de la real politik socialista, se impone a nivel mundial. En el Perú, el modelo forjado por el Consenso De Washington y los Chicago Boys, se instaura a través del golpe de Estado perpetrado por Alberto Fujimori el 5 de abril de 1992.
En el año 2000 diversos factores (movimiento social y ciudadano, oposición cultural e intelectual, desgaste político del fujimorismo, develación de los llamados: vladivideos) decidieron el fin de la dictadura fujimorista.
Pero no del modelo impuesto.
El esquema teórico de Friedman, y práctico de Pinochet, no fue reformado a pesar de que su base legal: la Constitución Política de 1993, es un genuino producto de esta suerte de fascismo (Mario Vargas Llosa) acriollado que es el fujimorismo.
El modelo de desarrollo que Paniagua no pudo reformar, Toledo no quiso, García agudizo, y, todo parecería indicar, Humala continuará, es herencia del fujimorismo.
Y los herederos son las derechas.
Sus matices confluyen en la aprobación del modelo. Desde Vargas Llosa (Mario suele plantear una síntesis crítica del fujimorismo disociando su objeto de análisis. Por un lado estaría el fujimorismo como estructura política, social, e ideológica, que afectó, y afecta, a las relaciones sociales organizacionales del país en su esfera pública y privada. Este fujimorismo es el que Mario rechaza y combate. Por el otro lado estaría el fujimorismo económico que no es otra cosa que la aplicación, con características propias, del modelo de desarrollo capitalista neoliberal en el Perú. Sobre este fujimorismo Mario siempre ha guardado un discreto silencio por razones ideológicas. El error en su análisis radica en el hecho mismo de la disociación. Proponer una síntesis crítica del fujimorismo, u otro paradigma social, implica necesariamente analizar al fenómeno como un todo. Por lo mismo se infiere que no existe un fujimorismo político y social, y otro económico. El fascismo acriollado es uno solo. Es una totalidad. Es un modelo que no se puede desarmar según conveniencias) hasta Jaime Bayly, desde Bedoya Reyes hasta Alan García, desde Rosa María hasta Cecilia Valenzuela, desde Álvarez Rodrich hasta Aldo Mariátegui. Las derechas han aceptado el bien que la dictadura les legó. El arquetipo de Montesinos.
El país de Fujimori.
El Perú de Alberto es el de la ortodoxia capitalista, del mercado como fin y de la democracia como medio, de la disminución de derechos sociales, del consumismo como valor y el egoísmo como moral, del totalitarismo neoliberal.
Del nihilismo.
El modelo que heredaron, y aceptaron, las derechas peruanas es un modelo de desarrollo que no está relacionado únicamente con la economía (extractivismo primario exportador), sino que atañe a todos las facetas y organización como sociedad. Este sistema no sólo significa bienestar macroeconómico (como fundamento), significa también precariedad de la democracia, injusticia, ahondamiento del clientelismo político y la fragmentación social, absentismo del Estado, perversión de las estructuras mentales (corrupción, discriminación, racismo, inmoralidad, interiorización del nihilismo).
Las derechas políticas al no tener más ideario que el dinero, y al no tener partidos (ruina institucional) que los vinculen políticamente con la sociedad (la preeminencia de las derechas está ordenada por los poderes fácticos y mediáticos), han aceptado el fujimorismo como paradigma.
Un paradigma antidemocrático.
El paradigma fujimorista es el resultado de la Historia (Sinesio López) entendida como estructura. Es el resultado de la tradición autoritaria (Flores Galindo), y el contexto en el cual se extendió. Esta práctica antidemocrática (el politólogo estadounidense Steven Levitsky, quien junto a Lucan Way caracteriza el régimen fujimorista como autoritarismo competitivo, se equivoca al proponer un fujimorismo ideológico, que no existe como un conjunto de ideas por su cultura caudillista y pragmática, místico, que es una tradición inventada no exclusiva, militante, que es inestable en sus bases sociales cimentadas con políticas asistencialistas, con posibilidad de convertirse en un partido que fortalezca la democracia, que es un absurdo porque el fujimorismo sin Fujimori no existe y el fujimorismo es en esencia anti partido y antidemocrático) ha configurado el Perú contemporáneo.
Las derechas han convertido, consciente o inconscientemente, al fujimorismo, en confluencia con un falso liberalismo (el liberalismo no banca ni tranza con autoritarismos de ninguna laya. Es la actitud mostrada por Mario y Álvaro Vargas Llosa en la elección presidencial del 2011. Por el contrario, el falso liberalismo adhiere fascismos que restringen libertades y derechos. Es el caso de la política exterior de los Estados Unidos e Israel y sus aliados, o el de los azarosos “liberales” peruanos que en la coyuntura electoral referida apoyaron, sin atisbo de duda, al fascismo acriollado, lo cual no es de sorprender ya que nuestros “liberales” suelen pensar, usualmente, como conservadores, y actuar, en diferentes temas de interés nacional, como quinta columna), en normativa.
Este hecho no es un fenómeno nacional (aunque sí tiene sus particularidades). Está relacionado con las políticas internacionales de la economía de mercado.
El establecimiento de nuevas políticas pragmáticas asociadas al mercado (European Estability Mechanism), relacionadas con la crisis del neoliberalismo como modelo de desarrollo, están articulando un nuevo paradigma antidemocrático.
La democracia realmente existente.

La historia ha sido injusta con José Carlos Mariátegui. Ella habitualmente ha indicado que las izquierdas peruanas son sus herederas políticas, sus beneficiarias ideológicas, sus usufructuarias intelectuales, cuando en realidad es otro actor el que legó a las izquierdas.
Eudocio Ravines.
Si bien es cierto que José Carlos apertura el socialismo, como pensamiento (7 Ensayos De Interpretación De La Realidad Peruana, Amauta) y como organización política (funda, junto a Manuel Hinojosa, Avelino Navarro, Julio Portocarrero, Julio Borja, Bernardo Regman, Ricardo Martínez De La Torre, Luciano Castillo, y Ricardo Chávez León, el Partido Socialista Peruano en 1928), es Eudocio quien, al morir Mariátegui en 1930, trunca este proyecto y decide, como secretario general, en una acción más que simbólica (y por la política de la Komintern), cambiar el nombre del partido a comunista. Este hecho significó la vinculación política dependiente con el estalinismo, y el proceso de ideologización.
El dogma y el sectarismo de las izquierdas peruanas (y mundiales).
El marxismo y el leninismo fueron convertidos en religión (y Stalin en sumo pontífice), los comunistas en fanáticos, y el pensamiento de izquierda pasó de ser crítico a único.
Este pensamiento único no debe ser entendido como unidad política.
La ideologización fragmentó políticamente a las izquierdas ya que, este pensamiento único, se reprodujo entre sus numerosas y distintas capillas creando, cada una de ellas, una verdad absoluta en hostilidad con las otras.
Los pensamientos de Marx y Lenin se deifican al descontextualizarlos, es decir al ser apreciados sin tomar en cuenta su contexto histórico (sus producciones culturales deberían ser comprendidas como constructos de su época).
Y al ser convertidos en paradigmas científicos.
Ser asumidos como doctrina científica (marxismo leninismo) propicia contradictoriamente su divinización, la pérdida de su carácter histórico, subjetivismo (visión marxista de la historia), y noción de la realidad (interpretación subjetiva y anacrónica).
Las izquierdas peruanas nunca se dispusieron como institución democrática (la Izquierda Unida de los años 80 quedó en perspectiva). Su religión favoreció la adhesión, y justificación, de experimentos opresivos (Unión Soviética, Cuba, China, Corea Del Norte, Kampuchea Democrática, Bloque Del Este), y revolucionarios (Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, Movimiento Revolucionario Túpac Amaru). Favoreció su inexistencia como partido, su fragmentación política, su falta de identidad nacional, su falta de representación electoral.
Las izquierdas son las herederas de Ravines.

Steven Levitsky y Carlos Meléndez se equivocaron al afirmar que “el fujimorismo es el aprismo del siglo xxi”, comparación, por lo menos, desafortunada (comparar el aprismo de Víctor Raúl, Manuel Seoane, Luis Alberto Sánchez, Carlos Manuel Cox, Luis Heysen, Andrés Townsend, Ramiro Prialé, el aprismo auroral de Ciro Alegría y Magda Portal, con el fujimorismo de Alberto, Vladimiro, Keiko, Kenji, Santiago, las “chicas súper poderosas”, es un despropósito. Sólo el “búfalo” Pacheco podría caber en tal comparación).
El nacionalismo es el aprismo. El nacionalismo de Ollanta Humala es el aprismo de Alan García.
El heredero de Alan es Ollanta.
Humala es el heredero ideológico (el aprismo es una variante del nacionalismo adornado con La Marsellesa), y práctico (la dualidad contrapuesta: candidato-gobernante, que en política significa que el gobernante no va a cumplir las promesas que como candidato ofreció, y el doble discurso conocido como “escopeta de dos cañones”, es de uso corriente en Alan) de García.
El aprismo, como matiz ideológico del nacionalismo, es pragmático. No tiene principios ni ética, ni moral.
Es una indefinición (puede estar ubicado a la izquierda, a la derecha, al centro. Es una hoja en el viento)
Por lo mismo los virajes políticos de los actores son recurrentes (Haya en 1956, García en 2006, Humala post Conga en 2011. Todos hacia la derecha. En el caso de los apristas los virajes fueron resultados de procesos que duraron años y significaron ajustes y reinterpretaciones a su ideología. En el caso de Ollanta su viraje se dio en menos de 5 meses y no tuvo mayor significación ideológica. Políticamente significó la defenestración de su instrumento electoral de izquierda. Sinesio López explica el viraje, de Humala, con la hipótesis, que adhiero, de la captura del Estado y su aparato de gobierno por el gran capital).
Este pragmatismo, aunado al caudillismo y a la ausencia de partidos (el aprismo no se consolida como partido, a pesar de que su organización tiene todos los elementos necesarios para hacerlo, entre otras razones por el liderazgo de García –cultura autoritaria de jefatura- que lo ha convertido en su patrimonio), emprende contra la democracia y la construcción de instituciones políticas partidarias.

El macondo de las instituciones políticas (no existe un sistema de partidos) está relacionado con los actores y la estructura, y afecta directamente la representación democrática (democracia en perspectiva). Es un problema que no se reduce tan sólo a la precariedad de los actores políticos ni al sistema organizacional.
El pragmatismo, de larga duración, de las derechas y el nacionalismo, ha forjado un modelo antidemocrático. Su enajenación al fujimorismo es el producto de la inexistencia de un sistema partidario y de las circunstancias históricas (preeminencia de los poderes fácticos y mediáticos, caudillismo, nación inacabada, situación de contexto).
Las derechas tendrían que reconstruir su tradición política rescatando el pensamiento liberal histórico (Francisco García Calderón Rey), nacional (Jorge Basadre, Víctor Andrés Belaúnde),  y relacionarlo dialécticamente con el moderno (Mario y Álvaro Vargas Llosa), vinculándose a la sociedad a través de un proyecto político nacional liberal, no libertario (Martín Tanaka explica el conservadurismo de las derechas liberales peruanas con la hipótesis de la influencia del liberalismo libertario), de centro derecha, que necesariamente exigiría una articulación partidaria con base social, alcance nacional, y un programa que actúe como eje cohesionador de sus distintas fuerzas políticas. Este trabajo de base, y organización, sería el primer paso para la institucionalización (lo que sólo se lograría en el largo plazo. Una institución política no se crea por decreto. El Estado no puede crear un sistema de partidos. A los partidos los forjan los actores y la Historia).
La conformación de un partido al estilo del Republican Party, y la consolidación del aprismo nacionalista (reconstrucción de su tradición política: Haya, Sánchez) como institución, fortalecerían la democracia.
Una identidad política democrática liberal institucionalizada les permitiría a las derechas tener libertad de acción respecto a los poderes fácticos y mediáticos (y a su vez estos ya no tendrían el control total de las relaciones de poder), y romper la relación de dependencia con el fascismo criollo (fujimorismo) al que recurre el falso liberalismo cuando se asusta (César Hildebrandt).
Las derechas deben construir democracias libres, el gobierno de los ciudadanos  y no el designio del mercado.
Las ideologías descontextualizadas (marxismo, leninismo, estalinismo, maoísmo, trotskismo) no sólo han desestructurado a las izquierdas, también han producido anacronismos autoritarios (Cuba, FARC, neo senderismo, violencia revolucionaria, dictadura del proletariado) y subjetivos (La religión marxista ha creado verdades absolutas en el imaginario de las izquierdas). La dualidad, entendida como contradictoria, que define el ideal de las izquierdas y el de las derechas: justicia (izquierdas) y libertad (derechas), y que opone lo cultural a lo natural (lo social relacionado a lo cultural y lo individual a lo natural), han significado históricamente, para las izquierdas, asumir compromisos con regímenes despóticos, tiranías, “socialismos” totalitarios, persiguiendo un ideal de justicia que inhibía la libertad de las personas (a su vez las derechas liberales cimentaron democracias injustas).
La preeminencia del mercado, en el contexto actual, apertura un nuevo escenario: el ordenamiento de nuevas políticas pragmáticas asociadas al mercado (“markt konforme democratie.” Angela Merkel) están configurando un modelo de democracia realmente existente (el experimento europeo). Ante tal situación las experiencias reformistas (políticas nacionales independientes en relación con el sistema globalizado) de las izquierdas latinoamericanas (Uruguay, Brasil, Argentina), se presentan como una alternativa de instauración democrática.
Esta realidad antepone a las izquierdas peruanas: construir un ideario nacional histórico y cultural (José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José María Arguedas, Alberto Flores Galindo), situar ideologías y hechos en su tiempo y espacio, reencontrarse con la socialdemocracia, acabar con los anacronismos y los subjetivismos, proponer una unidad programática, desde las bases y los distintos actores políticos e intelectuales, que tenga una agenda, que realice un trabajo político que recree la comunicación con la sociedad (recrear el vínculo), que le dé forma a un proyecto político nacional reformista (urgen reformas de Estado, salud, educación, justicia, marco legal, políticas de interés nacional, de industrialización, de seguridad ciudadana, de diversidad cultural y de género, políticas laborales, medio ambientales, fiscales, en relación independiente con la economía de mercado-creación de un nuevo paradigma de desarrollo) y propio (la aventura con Ollanta debería ser la última en la que el fin se antepone a los medios), que forje una identidad, y que cimente los principios para su institucionalización.
Converger justicia y libertad.
Construir un proyecto político moderno de centro izquierda representa una alternativa para la democracia en perspectiva, y una contrariedad para las tentaciones autoritarias del capitalismo neoliberal.

Lima, Abril de 2012.